Por Matilde Ruiz

24 agosto, 2019

25 de agosto

Una quieta mañana al fin de agosto
cuando casi quiere atisbar el otoño,
hace diecisiete años,
con un sencillo “me ahogo”, te despediste
y hoy reposas
–rara suerte- junto a donde naciste.

Poco te alabé en vida,
tú que me agobiabas con tu miedo a la soledad,
pero si no por ti y por vosotros,
hubiera quedado en la cuneta,
sin gozar la vida honesta
que me diste.
Con tanta cuita y miedo que sentías,
no te di cuanto pedías
Madre más que madre, todo día
(difícil pronunciar esa palabra que chirría).

Cuántos años de distancia y diferencia,
manteníamos,
pero al fin, si posesiva, también pródiga,
tus palabras aun me ayudan, guían y sonrío;
aunque el bastón sólo se echa de menos en la cuesta,
y la linterna sólo se usa en la tiniebla,
aunque entonces no apreciaba el bastón ni la linterna.
Como quien pasa tantas veces frente a un cuadro
sin mirarlo ni apreciarlo,
y sólo lo descubre al descolgarlo;
así, yo. La exposición terminó.

Hoy con gusto volvería
a esa gracia inconsciente del niño
por el Retiro de tu mano,
por los viejos bulevares otoñales;
cuando ni corazas, ni exigencias ni penas materiales
enturbiaban mis dudas actuales.
Había ya borrado, con tu ayuda,
la ciudad gris de lluvia y desapego;
sin vertir lágrimas, sólo soberbia e impaciencia
mas tú allí estabas, colmada de paciencia.

Mucho más tarde, envejeciendo,
recordabas las canciones de tu infancia
de hacía cien años,
reconocías árboles y casas.
Pasabas las tardes rebuscando en tus cajitas,
los duros de plata, la calesa de la feria,
tus pañuelos, collares y sortijas
redescubiertos cada día,
mientras olvidabas el gas abierto y las noticias.
Pero tus finas manos sarmentosas
se movían con la elegancia y dignidad
que son la belleza de la ancianidad.
Cuidaste de las flores y las plantas,
amabas más los antiguos júpiter
del jardín de tu infancia
que los anchos y alineados olivares.
Sobria, escueta: pescado, verdura y fruta eran tu mesa.

Y cuando supiste que te ibas, con la certeza del crepúsculo cercano,
lúcida, aun cansada de este viaje, me llamaste una tarde de verano
para que tus encargos finales no olvidase.

Tía Matilde, madre adoptiva del autor, él y la hija mayor de éste, Violeta Ruiz, en París, Navidad 1981
La Puerta de Segura (Jaén)
3.III.1915 – 25.VIII.2002

NOTA EXPLICATIVA: Matilde Ruiz López, junto con su marido, Juan Badía La Calle, tras cuidar de ellos en su temprana infancia y niñez, fueron los padres adoptivos de Jaime-Axel y Cristina Ruiz Baudrihaye, a la muerte del padre de éstos, en 1963.


La conmovedora poesía de Joan Margarit

8 mayo, 2019

He descubierto a Margarit algo tarde, hace sólo tres años, en una librería de Barcelona (a Barcelona hay que ir también por sus librerías, de lance y de nuevo).

Desde que existe el lenguaje la poesía es un intento repetido de comprender la vida, esto es, la muerte. El paso del tiempo es el camino de la vida donde el poeta encuentra en lo que le rodea, la naturaleza, la ciudad, los seres humanos, la metáfora de su vida.

Joan Margarit hace exactamente eso, va destapando el velo de Maia, la escoria y la ganga que oculta la verdadera y profunda veta del ser humano: descarta el brillo fútil y efímero, las convenciones y lugares comunes, la mentira y la farsa.

Su obra no es intelectual sino que hace referencia a hechos, desde los históricos a los personales, desde sus sensaciones ante el paisaje, a la música o los textos de otros escritores y poetas, como Josep Pla,

…mentre camino per la seva prosa,

que serà un dia per a mi

l’única geografia,

o Cernuda, Lorca, Machado, Espriú, el menos conocido por los castellanos Miquel Martí i Pol y, naturalmente, Léo Ferré.

No deja de ser significativo que sea un técnico, un arquitecto, quien se empeña en desmontar los andamios que cubren la casa, las fachadas (façana es una palabra que aparece varias veces en sus poemas); nos descubre bajo la razón, más allá de la lógica, lo trágico, la pasión, el envejecimiento, el dolor interminable por la muerte de su hija Joana.

Es una poesía que se reduce a pocos temas, a pocos colores pero con múltiples tonos. Margarit reitera, vuelve sobre lo mismo, elimina la sobreabundancia cultural, literaria y artística. Como esos mosaicos que, hechos de miles de pequeñas piezas, nos ofrecen un único, solo dibujo, una sola escena.

¿Por qué reitera? Porque es consciente tal vez –en mi lega opinión- de la insuficiencia e incapacidad del lenguaje para expresar bien los sentimientos primigenios: amor, dolor, miedo, la vejez, la muerte. Tiene que decirlo, volver a decirlo de otra manera, para lograr representárselos y con-movernos.

El desencanto dulce de sus poemas nos envuelve –quizás haya que haber llegado a una cierta edad para compartirlo-, como si fuese el relato de muchos episodios de nuestras propias vidas.

Desde su infancia en la postguerra sórdida, gris, represora, de la derrota, después con la luz de Tenerife (“que mai no havien profanat els turistes”), Barcelona, París (“quadres de una exposició”), el inacabable, perdurable dolor por la pérdida de Joana, Joan Margarit nos ha ido abriendo su alma, sus sentimientos.

Y como acontece con la buena poesía, nos identificamos con ella, con esa sensación de ‘eso es lo que yo quería decir y no sabía cómo’.

Perquè la poesía, que a vegades comença

sent un paisatge on arribem de nit,

acaba sent sempre un mirall

on un està llegint els propis llavis.

[porque la poesía, que a veces comienza siendo un paisaje al que llegamos de noche, termina siendo un espejo donde uno lee sus propios labios]

En todas sus colecciones aparecen determinados hitos, la música, Bach, el jazz de Chet Baker,

… pots recordar

dels seus últims concerts un son maligne

de trompets, bellísim i apagat…

o Charlie Parker, Coltrane, Grecia, Italia, los árboles, la luz y la oscuridad (fosc, adjetivo que vuelve tantas veces), las calles y carreteras, todo le sirve al poeta para evocar el constante sentir de su vida, su íntima autenticidad. Ha convivido con la muerte, la ha rozado y quizás, como se deduce de algún poema, le ha tentado. Pero al final, su poesía es protectora, como un remedio –aunque insuficiente- contra el dolor.

és ella qui em salva d’aquest monstre

que és a l’aguait en algun lloc dins meu

[es la que me libra de ese monstruo que me acecha]

Como a todo buen cuadro, o buena música, se puede volver a ella, porque siempre encontraremos algo diferente, incluso nuestro mudable estado de ánimo.

Joan Margarit acaba de conseguir un premio más, aunque ya no los necesita. Pero esto nos recuerda que en estos tiempos de ciertas desavenencias obtusas, leer a Joan Margarit, así como a Josep Pla, a Carner, al sensible Màrius Torres, a Espriú, a Martí i Pol, a tantos escritores catalanes en ambas lenguas, debería ser una necesidad cívica en toda España. Abriríamos puertas, en lugar de cerrarlas.

[Tots els poemes (1975-2012), Labutxaca, Edicions 62, Proa, 2015.]


La encina, que hizo el suelo fértil de España

2 abril, 2019

Fue Pedro Ruiz López -mi tío, ingeniero, amante de la naturaleza, ecologista de antes de llamarse así- quien me dijo que era gracias a las encinas, robles y alcornoques que se fue formando durante siglos el suelo agrícola de España, ese suelo que venimos destruyendo a base de cultivos intensivos, abonos químicos y herbicidas .

Pedro Ruiz López, en 1947

Hoy, otro Pedro, Pedro Pablo Miralles, evoca y homenajea la encina en un breve poema (http://www.lasdoscastillas.net), cuya reproducción me autoriza:

La encina es pura armonía,
chaparra o de gran altura
su copa redonda y ancha,
en grupo o de forma aislada
bien plantada y muy leal,
tan elegante y robusta,
con ramas abigarradas,
corteza gris soledad.

La encina nos acompaña
silenciosa y charlatana,
con sus hojas verde oscuro
entre sinceras espinas,
nos da frutos de buen quercus,
ramas, troncos moldeados
por la luna, el sol, los vientos,
todo el año así se muestra.

(Pedro Pablo Miralles)


Ferlinghetti cumple cien años

15 marzo, 2019

Lawrence Ferlinghetti, el poeta, el editor de la mítica, si pobre y modesta City Lights, de San Francisco, el antiguo y ya único miembro vivo de la Beat Generation, cumple 100 años el 24 de marzo. Pero él mismo ya no se siente desde hace mucho de esa generación, que fue un movimiento efímero aunque necesario, dice.

Recordemos que beatnik (Kerouac, Burroughs, Ginsberg, Gary Snyder, Kenneth Rexroth, etc) fue el término que eligieron para autodefinirse, con la raíz beat, feliz, y el sufijo nik, que evocaba el gran desafío al poderío americano que supuso el sputnik soviético.

Ferlinghetti ha seguido siempre una trayectoria libertaria, en el mejor sentido de la palabra, sin eludir su contribución a la lucha contra el nazismo, habiendo participado en un caza submarinos en el desembarco en Normandía el 6 de junio de 1944. Luego, tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, se fue haciendo cada vez más pacifista activo, e incluso pasó por  la cárcel por manifestarse contra la guerra de Vietnam. A Johnson, por ejemplo, lo llamaba públicamente Coronel Zuro (cornpone).

El fue quien publicó por primera vez Howl, Aullido, de Allen Ginsberg, libro que llegó a ser prohibido temporalmente por un juez, por obscenidad.

En su poemario A Coney Island of the Mind (1955), ya su lenguaje no es simplemente ‘beat’ (de feliz), sino claramente de denuncia:

En las más tremendas escenas de Goya creemos ver

los pueblos del mundo

en el momento exacto en que

obtuvieron por primera vez el título de “humanidad sufriente”

(…)

y todos los monstruos que gritan el final

de la

“imaginación del desastre”

son tan condenadamente reales

es como si aún existieran

Y lo hacen

Sólo el paisaje ha cambiado

(…)

Son las mismas personas

sólo que más lejos de casa

en autopistas de cincuenta carriles

sobre un continente de hormigón

parcelado con sosos paneles

que ilustran imbéciles ilusiones de felicidad (…)

Ha sido irreverente hasta la saciedad, como podemos comprobar en su largo poema de doscientos versos, The situation in the West (1965), una auténtica proclama sobre el mundo que nos ha tocado vivir, incluidos esos

ilustrísimos poetas arrogantes y secos

andando pesadamente, sin aliento

que vemos todos los días marcando los cánones estéticos del país.

Su poesía, como la de Ginsberg, está en la tradición americana de Hojas de hierba, de Whitman (curiosamente, Howl se publicará cien años después del libro de Walt Whitman).

Ferlinghetti habla y lee en francés, habiendo traducido a Prévert y otros y nos deja muchos poemas sobre Francia, París, la cultura francesa, como el gran poema Plan du centre de Paris à vol d’oiseau, en que, como un diablo cojuelo, recorre ese París mítico de la segunda postguerra y los existencialistas.

Siempre combativo, ha acuñado el término Autogeddon, the Age of Autogeddon, por la destrucción (Armageddon) de las ciudades debida a los automóviles, esos “animales con ruedas”,

Para qué sirve la poesía estos días

De qué sirve y cuánto vale

en estos días y noches en la Edad de Autogeddon

en los que han pavimentado encima de la poesía

para abrir paso a los ejércitos de la noche

como en ese paraíso de palmeras en el mismo norte de Nicaragua (…)

[1993]

El automóvil por doquier, como metáfora y como símbolo de la sociedad de consumo, es una de sus pesadillas,

Dónde van

todos estos intrépidos y valientes animales

con pelo y piel

en cabinas de acero

sobre ruedas

con grandes aletas

a las cuatro de la tarde del viernes por la autopista (…)

Poco publicado en España (Visor lo hizo hace tiempo, cómo no), hoy puede el lector encontrar una selección bilingüe de los poemas de Ferlinghetti hecha por Antonio Rómar en la editorial Salto de Página (2016).


Encuentro con Juan Vicente Piqueras, poeta

10 marzo, 2019

El pueblo de Requena fue siempre para mi un lugar escondido, una pequeña incógnita en mi niñez. Era el recuerdo de mi padre, que allí trabajó como Agente de Extensión Agraria por los años en que Juan Vicente Piqueras nació, no muy lejos, en Los Duques de Requena.

De Requena me traía mi padre -que vivió años en destinos laborales por los pueblos de España- el “vino de niños”, que debía ser un mosto dulce que alegraba los postres y me hacía sentirme mayor. Muchos años después he ido a Requena a ver cómo era ese pueblo, a buscar la casa donde habitara mi padre, que ya no existía. Por la carretera hacia el sur, hacia Casas Ibáñez y Albacete, camino de Jaén, pasaría por el lugar natal de Piqueras. Pinares oscuros y viñedos bermejos, era otoño.

Y hoy, tarde casi, descubro a este poeta que ha vivido por muchos lugares del Mediterráneo, que ama la lengua italiana y la francesa, que está empapado de la lírica antigua de las dos riberas de este mar histórico.

Descubrir un poeta es descubrirse un poco a sí mismo, enfrentarse a sentimientos y pensares que uno reconoce y en los que se reconoce. El poeta se expone y se muestra en todas sus debilidades y fragilidades, en todos sus sueños y anhelos. Es de agradecer que un poeta nos ayude a descubrirnos descubriéndose él mismo, con el pudor y la delicadeza de metáforas no evidentes, inteligentes, evocadoras y sugestivas, que nos abren otro horizonte. Es adentrarse en el universo del otro, salir de sí mismo y de un cierto confort de lector de los poemas ya conocidos para enfrentarse a otras preguntas, dudas y plegarias laicas, como nos dice Piqueras.

Si un libro no hace un poeta ni una golondrina hace primavera, Juan Vicente Piqueras, descubierto hace un instante, nos abre otro discurso poético, de sinceridad casi dolorosa, de una larga obra publicada desde que tenía treinta años.

En Adverbios de lugar (Visor, 2004), con sus tres partes, Ida, Sed y Vuelta, el poeta nos habla de lugares, de partidas, de “cruzar ese íntimo desierto … con un libro que haga las veces de Corán, de Biblia,/ de Torah y Tao y tenga / las páginas en blanco o esté escrito / en una lengua que nadie comprenda”. Es la poesía de la vida, áspera y suave, esa necesidad de ‘existir un poco’ que dijera un escritor olvidado.

El poemas Sauces es un homenaje a José Hierro, otros, como Altrove (del italiano, ‘en otro lugar’), se interrogan sobre el sentido y la validez de la poesía, “¿para hacer y nombrar siempre lo mismo?”, que Piqueras nos muestra como esa generosa apertura al mundo, a terceros desconocidos.

“Vuelo sin cielo: escribo. Sólo sé

que no sé adónde voy ni qué destino

aguarda a mis palabras migratorias.”

Y la eterna duda del poeta,

“Aquí en mi mecedora

hablando en soledad con el que fui

escribo lentamente cualquier cosa,

escucho cualquier disco

y mido mis zapatos

rotos de caminar hacia ninguna parte”.

El mar, el desierto, la vida nómada (como la que lleva él), surgen en cada poema así como las referencias de lugar, los adverbios de lugar, en una tradición que me hacen recordar a Kavafis, al Camus de Retour à Tipasa, a Jaime Gil de Biedma, y seguramente a poetas italianos, que tan bien conoce Piqueras (ha traducido a varios), o árabes, pero yo aun no conozco.

En esta colección orgánica de poemas –los que más me gustan son los de Sed–  surgen los eternos problemas del hombre, abordados sin conmiseración y con tremenda sinceridad, el amor (Amor sin mí, El ciprés y la palmera, y otros), el desamor, la soledad (La palabra lejos), la duda, el cansancio, la incertidumbre, la consoladora belleza, la inocencia del niño (Ailleurs), la pérdida de los amigos,

“Yo soy la puerta de tu habitación

Soy tu espejo y tu armario

y la duna de dudas de tu almohada.

Soy el incendio que llama cenizas

a su futuro, fe a lo que le falta,

el miedo a no saber amar, tu sed.”

La naturaleza está siempre presente en esos lugares por los que transita el poeta, como un destino al que nos acercamos irremisiblemente, irresponsablemente,

“La tierra se ha cansado

                                    de su propia paciencia

y ni frutos ni fuentes,

                                    humillada

comienza a darnos nuestro merecido”,

Como relata en el épico y desesperado poema Tormenta de arena.

Agua, sed y arena son recurrentes como metáforas de vida, afán y consuelo. Su vida en el sur del Mediterráneo le ha marcado.

Los árboles, el ciprés, el sauce, el cerezo, las palmeras (que cantan salomas), las higueras, los cedros, forman parte del universo natural del poeta, árboles a veces podados, talados, caídos, secos, como el símbolo de lo efímero pero que siempre renace, gracias a las semillas que los vientos esparcen.

“Todo es naturaleza y a ella vuelve.

Como el dolor al mar y yo a mi aldea”.

Es necesario hablar con el poeta no para que nos explique sus poemas –que tienen sentido en sí mismos-, sino para que nos ayude a descubrir esa cultura mediterránea que posee, para que nos guíe e ilustre, que muchas vivencias y lecturas se atisban en sus versos.

Releer, la poesía es para releerla, los  libros de poemas se guardan para consolarnos de vez en cuando, volviendo a abrirlos cuando necesitamos volver y queremos sentir lo que no entendemos. Son como devocionarios laicos. Al igual que un buen cuadro al que volvemos siempre porque nos evoca algo desconocido pero íntimo, misterioso, que no sabemos definir pero sí sentir, así este libro de poemas –que me llevará a leer más poemas de Juan Vicente Piqueras, que este libro lo he encontrado en la librería Antonio Machado, de Madrid, pero hay muchos más-, porque un buen poema es como un pequeño puerto de abrigo para detener un momento nuestro errar por este mundo y sosegarnos.


In Flanders fields (el poeta John McCrae). La Gran guerra en los campos de Flandes, 1914-1918. Cuatro pinturas

10 febrero, 2019

El conocido poema del teniente coronel canadiense McCrae, caído en combate en enero de 1918 en Boulogne sur Mer, norte de Francia, me han inspirado las cuatro pinturas que se exponen más abajo, la serie In Flanders Fields.

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie
In Flanders fields.

Take up our with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields

[En los campos de Flandes las amapolas florecen
Entre las cruces, hilera tras hilera
Marcando nuestro lugar; y en el cielo
Las alondras cantan todavía, vuelan
Pero poco se oyen entre los cañones de aquí abajo.

Somos los Muertos. Hace pocos días
Vivíamos, veíamos el amanecer y el brillo de la puesta del Sol
Amábamos y éramos amados, y ahora yacemos
En los campos de Flandes.

Continúa el combate con el enemigo:
Con manos ya débiles te pasamos
La antorcha; tuya es, manténla bien alto.
Si pierdes la fe en los que morimos
No dormiremos, aunque las amapolas florezcan
En los campos de Flandes.]

(Traducción: La pluma del cormorán)


Felipe Benítez Reyes, novelas y poemas.

27 agosto, 2018

Pero la vida ocurre sólo en el presente
en el fluido veloz de la insignificancia

Felipe Benítez Reyes

Es una impertinencia, es casi insolente querer comentar en cuatro párrafos un libro que tardó diez años en escribirse. Y menos hacer una crítica literaria como si fuese un cirujano de las letras.

Aún así, deseo comentar El azar y viceversa , obra deslumbrante, un libro largo que entronca con la novela picaresca, que relata las venturas y desventuras de un personaje de Rota en los pasados años sesenta y setenta. Está compuesto por esos retales de gentes de nuestro país de hace medio siglo, lleno de hallazgos verbales, desparpajo y con ese humor que Benítez Reyes sabe administrar. El es un pince-sans-rire, como llaman los franceses a quien hace reir como sin querer, sin hacer el ademán del gracioso.

download-2La primera parte, más que la crónica agridulce de una época de Rota, es la elegía de Rota, de esa Baja Andalucía tan personal, tan diferente (no en vano en la Constitución Federal de la Primera República se decía que “componen la Nación española, los Estados de Andalucía Alta, Andalucía Baja, etcétera”). De unos años lejanos, los últimos del franquismo en que la sociedad se salía por las costuras de la gazmoñería reinante. Rota, situada estratégicamente en la entrada de la Bahía de Cádiz, parece que hubiera atraído, como un cruce de civilizaciones –que siempre fue aquella esquina de la península-, no sólo los navíos de guerra norteamericanos, sino los tipos más singulares y estrafalarios que en la pluma de FBR cobran relieve. Son los tiempos de Emerson, Lake & Palmer, de los bakuninistas y de los colgados, entre toda esa turbamulta que frecuenta bares como el Hades.

La segunda parte de la vida de Antonio Jesús Escribano Rangel se desarrolla en Cádiz en un ambiente entre estudiantil y de los bajos fondos de chamarileros y tratantes de antigüedades y otras cosas. Sin olvidar la sardónica mirada hacia algunos poetastros.

La tercera es Sevilla, donde el protagonista trabajará para El Tunecino, comerciante de trastos viejos, rico y humano. Una Sevilla cervantina aún, de Rinconete y Cortadillo, Mercedes Benz negro y un diputado autonómico, una prefiguración o premonición de lo que luego hemos visto que ha transitado por la política andaluza.

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La librería de lance, óleo sobre tela, 40×30

Hay humanidad y cierto afecto en las descripciones hasta de los más negativos personajes, por ejemplo, Cupido, salvo en la de Fantomas, el padrastro, y el estúpido y aprovechado diputado autonómico. Pero también hay momentos de gravedad, pues Antonio, el protagonista, cuyo nombre aparece sólo una vez, el pelirrojo, oculta bajo su humor despegado bastante dolor. A lo largo de su historia van apareciendo todas las emociones del personaje, desde el cinismo y la desvergüenza más simpática, hasta el amor, el dolor, la amistad, la perplejidad, la inocencia, hasta hacérnoslo tan real como descubrimos al final. Si de los cuatro humores debiera escoger, pienso que el personaje es entre flemático y melancólico.

Azar

La misteriosa portada del libro

Sin elogiarlo a expensas de otros coetáneos que también escriben en buen español, encuentro en FPB descripciones sin palabras superfluas, sin asomo de retórica, con personajes inefables –que darían para varias novelas por sí solos-, el ritmo de la vida del pícaro que disfraza su dolor del huérfano, de la madre maltratada por el padrastro, bajo un distante y cariñoso humor, con esas frases finales, cortas, sin moralizar, desdramatizando, que sintetizan y rematan decenas de líneas. Sólo podría decir, para que esta reseña voluntaria, no encargada, sea sincera, que a veces hay como un exceso de celo en la redacción que alarga ciertas descripciones, ciertos personajes. Pero, en todo caso, como decía Navarrete de Cervantes, está “escrita con lozanía, ligereza y las gracias y sales cómicas”, que precisa toda obra de pícaros, sin que sea ésta una obra jocosa.

Pues apresurado es calificarla de picaresca. Termino su lectura con un nudo en la garganta. El libro es una épica, la historia de una vida en medio de los altibajos de aquella España donde la lucha de clases parecía haber sido sustituida por un sálvese quien pueda, a través de bares, alcohol, trapicheo y choriceo. Las múltiples voces de la novela son una novedad en el panorama de los argumentos al uso en la mayoría de las novelas españolas actuales, poblados de intelectuales, burgueses afligidos, clases altas desorientadas. Aquí son los borrachines, los laissés pour compte, los desharrapados, peristas, chamarileros, gitanos, guiris, aprovechados, escritores sin lectores, toda esa gente que no suele ser protagonista de nada, salvo de las páginas de sucesos.

El libro, desde lo particular, con los detalles tan bien contados de esas vidas medio rotas, de fracasados, vividores y supervivientes, llega a lo universal. La incertidumbre, el hombre frente a su destino, el amor y la muerte, es decir, el argumento de todas las vidas. Es un libro para guardar, releer, volver a reir o disfrutar con algunas de las peripecias del protagonista. Un libro que no acepta ser resumido, que hay que descubrir.

Llegar tarde, pero aún a tiempo, a un poeta, a un escritor, encierra dos sentimientos, uno de regret, de no haberlo disfrutado antes, otro, más positivo, del placer de descubrir algo que nos conmueva.

He conocido a Felipe Benítez Reyes por casualidad y buena suerte hace un par de meses. En Lisboa compartimos almuerzo en el sosegado Círculo Eça de Queiroz circuloecadequeiroz.com junto con su mujer, Silvia. Me sonaba su nombre de frecuentar librerías, pero le confesé que no había leído nada suyo. Hizo un pequeño gesto amable de no darle importancia (recuerdo una vez, contrariamente, que un escritor francés al que le habían concedido el Premio Cervantes, casi me recriminó, ofendido, porque yo no estaba al corriente de tamaño honor).

Mi ignorancia la he solucionado tras pasar por la librería Visor, en el barrio de Argüelles de Madrid, esa librería en la que desde hace cincuenta años se encuentra todo lo interesante, donde te buscan todo, entienden de libros y donde se puede uno estar horas, demorarse en hojear volúmenes, en descubrir ediciones desconocidas. Las mesas ofrecen las novedades inteligentes, no las del mero mercado, no lo banal y consabido. Los anaqueles siempre tienen sorpresas. Y la colección Visor de poesía –la decana- siempre nos sorprende y se adelanta a nuestros gustos y búsquedas, como si los intuyera. Que Visor esté casi siempre vacía en un barrio universitario, lleno de bares, dice poco bien del espíritu universitario actual.

Felipe Benítez Reyes ha tenido el buen sentido de permanecer en Rota, su lugar de nacimiento, desmintiendo con su extensa y muy contemporánea –y cultivada, sin atisbo de pedantería- obra el mito de la centralidad, de los salones literarios del cotilleo y las familias intelectuales. Y Rota y Cádiz forman parte de su universo literario sin caer en los costumbrismos. Una tierra que evocan siempre sus relatos. Tierra que me es remotamente familiar pues pasé tres veranos de mi infancia no muy lejos, en aquella Chipiona de villas, casas con jardines de buganvillas y camaleones, aun no masacrada y achabacanada por el hormigón, en el pequeño Hotel Sur de Paco Cotro, frente a la capilla de Regla, o en Villa Mercedes. Chipiona era entonces una reserva de vida, peces extraños, rayas, restos de barcos semihundidos, todo estaba todavía virgen. El viaje desde la estación de Jerez lo hacíamos en un imponente Mercedes 190, ‘colas’, atravesando viñedos y pequeñas aldeas con molinos de agua cuyas paletas giraban lentamente en el cielo cremoso de la calima.

La ventaja de leer poesía y novelas sin pasar por el filtro previo, por el pre-juicio, de los críticos, es la que experimento con Felipe Benítez Reyes, la sorpresa ante lo desconocido. Así que seguimos:

imagesLos doce relatos de un almanaque en Cada cual y lo extraño contienen las mejores descripciones de los turistas, de los viajeros perdidos en terminales inhóspitas de aeropuertos (¿las hay que no lo sean?), los adolescentes, los dramas de parejas, el pequeñoburgués, los viejos (“Mi padre prosiguió, en fin, con su rutina de limbo, estando sin estar, dentro de sí para no estar dentro de nada”). A pesar de los dramas reales que cuenta, su escritura viene teñida siempre con ese humor, esa distancia que siempre ha sido natural en la mejor literatura hispana. Sobre ese escenario moderno, de la ‘vida notarial’, como él dice, van apareciendo los personajes humanos, contradictorios y, al fin, sensibles, tratados con afecto.

En su poesía, Felipe Benítez Reyes, con la misma personalidad, querencias y preocupaciones que afloran en su prosa, se mantiene más escueto, con la economía de la palabra. Nada interfiere en la claridad, no hay retórica ni palabras rebuscadas. No hay conmiseración, lamento ni esa especie de sentimentalismo, jeremiada o de sentirse sorry for himself que aflora desgraciadamente en tantos poetas. Sólo lucidez y sensibilidad, con la palabra exacta.

En la colección publicada bajo el título Libros de poemas (Visor, Madrid, 2009) el protagonista es el tiempo, con minúscula y con mayúscula, esa indagación que es de todos nosotros, aunque a veces pretendamos esquinarla, mirar para otro lado.. En La misma luna es el tema central -pero quizá lo sea en todos sus poemas-, que enlaza con los materiales más frecuentes, pero siempre nuevos, contados de otra manera, de Benítez Reyes. En estos poemas, si tuviéramos que escoger cuatro palabras que siempre retornan, serían: tiempo, niebla, memoria y espejismo. El tiempo incesante, fugaz, vacío, el Tiempo que Benítez Reyes disecciona y cataloga en todas sus formas, como en

            el presente, ese urgente espejismo que aún no es tiempo,

o “la corrupción del tiempo”, “el tiempo que llama a la puerta”, “el tiempo circular”. Todo va unido, entrelazado, en una especie de búsqueda de qué es el tiempo, es decir, qué es la vida.

                                    Tiempo que destruiste

                                   las cosas más pequeñas

                                    con el mismo rencor

                                    que a los imperios

Los enlaces o engarces entre los temas, entre las estrofas, esa línea que nos lleva hasta el final, sea culminación o desolación, en cada uno de sus poemas, es lo que hace singular su poesía, poesía que, como todo canto, debe ser leída en voz alta con su ritmo de versos libres de ataduras formales.

De los 276 poemas se puede elegir cualquiera, todo es subjetivo. Para resumir el arduo trabajo de todo poeta con las palabras, yo escojo En torno a las palabras,

                        Estamos condenados a ese pacto:

                        Expresar cada cosa

                        Para que cada cosa exista en este caos

                        Como una sombra armónica

                        …

Para resumir, no resisto citar unos versos de Antonio Machado que resumen lo que se puede decir de la poesía de Felipe Benítez Reyes,

En su claro verso se canta y medita sin grito ni ceño

Para terminar, según me informa mi amigo Ángel Vivas, crítico literario, Benítez Reyes también toca muy bien la guitarra, ah, y el curioso también descubre, subrepticiamente, que el collage que ilustra la cubierta de este poemario es de un tal FBR (pintar quizá sea su pequeño violín de Ingres).

 

 

 


El blog de Agustín Galán

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n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ָׁ שְּפ"-מז ֶר- רשְּ ַד-ודֹס"

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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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