La estéril búsqueda de la baronía de Baudrehage

10 febrero, 2020

Cuando llegó a aquel verde valle por Soumagne, no muy lejos de Herstal (donde se dice que nació Carlomagno), buscando el lugar de Baudrehage, una anciana que estaba sentada en el umbral de su puerta, en su wallon casi incomprensible le desengañó al decirle que ya no existía ni torre, ni castillo, ni casa solariega alguna.

– Baudrehage – le dijo, aspirando la hache- n’est qu’un lieu dit.

Es decir, no era sino un lugar, un topónimo perdido entre aquellos prados y bosques de las Ardenas. La zona había sido arrasada por mil guerras, la última cuando la ofensiva de Von Rundstedt en la Navidad de 1944. Intentaron los alemanes recuperar el puerto de Amberes y desencadenar un segundo Dunkerque, y estuvieron a punto de conseguirlo. De haber parado el avance norteamericano, la guerra en el frente oeste hubiera cambiado de vencedor. Aunque nadie sabía por dónde venían avanzando los soviéticos, que forzaron a retirar un Ejército blindado SS y dieciséis divisiones de la Wehrmacht para llevarlos hacia el Este, lo que dio un respiro a los norteamericanos.

Quizás lo supiera el capitán Baudrihaye, que estaba encerrado en el offlag de Prenzlau, en Brandenburgo; allí, en aquellos viejos cuarteles prusianos convertidos en prisión de oficiales belgas y franceses, los rumores del avance ruso por Polonia eran cada vez más insistentes; se notaba en la cara y actitud de los hoscos y nerviosos guardianes. Los paseos diarios – simplemente dar vueltas al ancho cuadrilátero de hormigón entre los cuatro cuarteles- habían sido suprimidos y los paquetes de las familias y de la Cruz Roja ya llegaban muy de tarde en tarde. Había tenido un cautiverio relativamente tranquilo; uno de los jefes alemanes del campo, un militar de cierta edad destinado ‘en guarnición’, es decir, no combatiente, se decía que escribía versos a escondidas de sus subordinados. Les dejaba representar obras de teatro, normalmente de Molière, en las que el capitán no actuaba sino que era solamente tramoyista. Algún oficial incluso podía tocar un acordeón cuando eran autorizados en fechas especiales.

El pabellón de los mandos alemanes del antiguo offlag de Prenzlau

Cuando fue a Prenzlau, que está a hora y media hacia el noreste de Berlín, nadie le supo dar razón de qué era aquel offlag abandonado. No sabían, no contestaban. Y además, por toda lengua extranjera, hablaban ruso. Sólo una joven, en la entrada de la imponente catedral del característico gótico de ladrillo rojo, el backsteingotik, en vías de reconstrucción (durante todo el régimen de la RDA no reconstruyeron, naturalmente, ni una sola iglesia), sonreía tímidamente y hablaba las suficientes palabras de inglés para cobrar las entradas.

Pero volviendo al valle de Soumagne, le llevaba allí solamente una curiosidad heráldica, como esas amazonas heráldicas con las que sueñan los pequeño burgueses tratando de imaginarse unos antepasados ilustres y singulares. La familia, además de tener como todas ciertos delirios de grandeza, estaba precisada de recibir alguna buena noticia tras haber sido su militar pasado a la reserva por oscuras razones de rencillas en cautiverio, envidias y resentimientos (eso que tanto contribuyó a la famosa Depuración en Bélgica y en Francia). Además habían perdido la riqueza de sus antiguos negocios de antes de la guerra. En todo caso serían títulos algo artificiales pues es sabido que el rey Léopold I, antes de morir en 1865 había otorgado baronías a diestro y siniestro (o más bien arriba y abajo, pues había que repartirlas equitativamente entre flamencos y wallones). Su sucesor, Léopold II, colonialista y urbanista (lean El fantasma del Rey Leopoldo, de Adam Hochschild, El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa), también inventó muchos títulos, todos igual de “antiguos”. Los títulos genuinos de la época de las Cruzadas, los únicos de origen medieval, eran franceses. En Flandes, en cambio, sí había títulos antiguos, entre otras cosas gracias a los doscientos años de ocupación española.

A unos treinta kilómetros de Aquisgrán y otros tantos de Maastricht (la Trajectum Mosam), zonas romanas, este territorio había perdido, entre las guerras, la minería y las autopistas toda su personalidad y las casas eran bastante vulgares, los pueblos sólo tenían una tienda o un pequeño súper, el inevitable kebab donde no servían ni siquiera la insulsa Stella Artois; las mantequerías y lecherías habían desaparecido y el pan había que ir a comprarlo a kilómetros. Eso sí, todos tenían su monumento a los muertos de las dos guerras y en algunos una bandera americana recordaba que la mayoría de los caídos eran más de Iowa y Nebraska que de las Ardenas.

El territorio ha sido desde remotas épocas carolingias, un país sin pueblo sino con pueblos, sometido a dinastías precarias y durante siglos, dependiendo del Arzobispado de Lieja, es decir, de algo sin personalidad. Tierra de compromiso, no patria, a merced de los Orange o de los alemanes, luego de Napoleón y, por fin, en 1830 formando parte del nuevo país inventado, tapón entre Prusia y Francia, Bélgica, con un Flandes que sólo se diferenciaba de Holanda porque era católico y una Wallonia que parecía un Departamento francés. Sorprende que este triángulo carolingio fuera sólo un nudo de autopistas a tres países, como si el exceso de sedimento histórico le hubiera arrebatado y apagado el alma. De ahí esa especie de falta de personalidad, que quizás sea su propia personalidad.

Siempre que volvía a Lieja, ciudad algo fantasmal a partir de las seis de la tarde, intentaba descubrir algo del pasado pero sus calles anodinas de color hollín eran una sucesión de tiendas de marcas banales y kebabs y gente con el rostro cerrado. Sólo una vez compró algo, por pasar el rato, Servitude et grandeur militaires de Alfred de Vigny, con el que pretendía ahondar y escudriñar en la mentalidad del capitán.

El área de paseo del offlag

En la zona carbonífera de Lieja, así como en la de Charleroi, había cada vez más socialistas y pocas familias monárquicas. Una de ellas era la dinastía militar de los Baudrihaye, que ya existía desde la fundación del Estado, en 1830, y que perduraría incluso durante las dos guerras mundiales. Las inquietudes creadas por las marchas de mineros tras la bandera roja harían del futuro capitán un anticomunista testarudo. Ironía de la historia, sería el Ejército Rojo, concretamente, el 70º ejército soviético y el 3º ejército blindado del Grupo de Ejércitos del Vístula, quienes le liberasen a finales de abril de 1945. Tardó cinco meses en poder llegar a Bruselas a través de ciudades alemanas que mostraban sus muñones chamuscados y estaciones desarticuladas en uno de los convoyes organizados para repatriar militares, prisioneros y sobrevivientes de los campos. Pero en aquellos trenes nunca volverían las dos amiguitas de sus hijas, Irène y Sylvie Grumberg, esas que venían a merendar y jugar los domingos por la tarde a la gran casa con jardín en Woluwe-St. Lambert.

Edificio del offlag

El capitán había rechazado siempre evadirse (lo que sus camaradas le reprochaban) pero se había también negado a ser intercambiado por prisioneros alemanes, algo que muchos oficiales flamencos aceptaron de inmediato. Esa disciplina (docilidad, le reprochaban sus camaradas) frente a sus guardianes y sus simpatías derechistas le jugarían una mala pasada cuando la Liberación, que para él supuso Depuración. De todas maneras era para preguntarse qué podía haber sentido –servitude et honneur militaires-, un soldado de profesión que nunca ha invadido país alguno y la única vez que ha hollado suelo enemigo ha sido como prisionero. La campaña de Bélgica en 1940, recuérdese, duró quince días. La debâcle.

El pabellón 2

Tras buscar arduamente las huellas de alguna casa solariega, algún torreón, aunque fuese una granja que justificase esa baronía inventada o soñada, lo único que descubrió fue que un tal Lambert Baudrihaye había firmado una acta del nuevo gouvernement belge, en 1834, que trataba de algo tan trascendente como la navegación de gabarras por el canal de Maastricht. Ni siquiera pudo verificar si era verdad, como decía su amigo Joan Mundet, bibliófilo tenaz, que había visto una lista de la Guardia Valona de Carlos III en la que figuraba un tal Badraye, que algún antepasado hubiera servido en España.

Quizá todo provenga de la confusión lingüística, tan propia de esas tierras entre holandeses, alemanes, flamencos, wallones y franceses. Baud significaría en viejo alemán fuerza, la terminación haye, es un seto, pero también una barrera. Obsérvese Den Haag, La Haya, en francés La Haye. ¿Pero hage? Qué es real, qué significa un apellido? Al cambiar el nombre, cambian el concepto, el lugar y el origen y todo desaparece.

Salvo que encuentren algún documento, el sueño de la supuesta baronía, esa especie de obsesión decimonónica por los árboles genealógicos, se ha esfumado. Mejor será, porque la nobleza y la firmeza de espíritu, como la del capitán a lo largo de su vida, es mucho más valiosa y superior a un título entregado por un rey.


Mi semana en Bakú y el origen de las plantas cultivadas

20 enero, 2020

Cuando fui a Bakú tenía 19 años. Era en 1970 y el Partido me consiguió un pasaporte ‘blanco’, que luego quedaba en su poder mientras yo volvía a España tranquilamente con mi pasaporte español válido “excepto para Rusia y los países satélites” impoluto, con sólo el sello de la aduana de Irún. El viaje era en el tren Puerta del Sol, que tenía que cambiar de ejes, por la diferencia de anchura de vías, en Hendaya. Iba atestado de trabajadores portugueses, con opíparas cenas de pescados y demás en papel de estraza, y de marroquíes dormidos bajo mantas. En Austerlitz nos recibió un adusto camarada, bien repeinado, con la manía de repetir ‘o sea’ a cada frase.

Bakú es la capital del Azerbaiyán, una de las quince repúblicas soviéticas de entonces, donde había una curiosa mezcla de nacionalidades (de las setenta que componían oficialmente la URSS) y de lenguas. Desde los tiempos de Catalina la Grande, a finales del siglo XVIII, había formado parte del imperio ruso, conquistada definitivamente en 1822 por el legendario general Yermolov y sus cosacos. Sobre el caos oriental imperaba la razón occidental.

Jiamil Janiarov, En los campos del Azerbaiyán

Apresuradamente, desde que supe que había sido invitado a Bakú, me enfrasqué en un manual de Assimil que había pertenecido a mi padre, Le russe sans peine, pero más adelante explico cómo no me sirvió absolutamente de nada, entre otras cosas porque teníamos una guía de Alemania del Este, del Intourist, que hablaba perfectamente un español con un delicioso acento cubano. Se llamaba Lilo, tenía el pelo muy negro y los ojos como de cobalto.

A la delegación de jóvenes comunistas de Europa occidental empezaron por recibirnos y agasajarnos en el Palacio de los Pioneros. De España sólo veníamos cuatro, Elies, un catalán cuyo padre había sido pintor, una chica mallorquina parecida a María del Mar Bonet, pero algo sosa, y un donostiarra, Alfredo, grandón, que no parecía comunista y se pasó la semana sospechosamente hablando de Gabilondo, una fábrica de pistolas que decía estaba cerca de su tierra (pero estaba en Vitoria).

 Pasé solamente una semana, aunque me hubiera quedado todo el verano. Hacía mucho calor, bochorno, era agosto. Bakú, de anchas avenidas, edificios bastante suntuosos, salvo la vieja medina que conserva su laberinto típicamente árabe, está en la península de Apsheron, sobre la costa oeste del mar Caspio. Se tenía una extraña sensación de estar en Asia pero con calles y edificios muy europeos. En ninguno de los edificios donde estuvimos había la menor instalación de aire acondicionado, sólo a veces unos enormes ventiladores en el techo que giraban muy despacio. Pero las noches fueron magníficas, perfumadas por los jardines en flor y las arboledas de cipreses y frutales. Nos instalaron en en una especie de ciudad sindical que llamaban Campo Internacional Gyanlick, que acababan de terminar en medio del campo, rodeado de granjas o koljoses y de sembrados. Un poco en medio de ninguna parte.

El campo internacional Gyanlick

La ciudad, con las calles y parque limpios y cuidados, aparecía sin embargo sumida en una especie de polvareda amarillenta y el viento, que no paraba, no quitaba ese bochorno. Había, dentro del ajetreo industrial de la ciudad, como una especie de confort y confianza, una nonchalance en las gentes que, tras el trabajo, paseaban en mangas de camisa, las mujeres con sus graciosos vestidos claros y estampados, por las aceras arboladas, entraban en las heladerías y en las librerías, leían el Pravda –del día anterior, me dijeron- sentados en los bancos; muchos jugaban interminables y silenciosas partidas de ajedrez en una mesas dispuestas al efecto en las sombras, con el tablero dibujado en la chapa. También vi mucha gente en las colas de los numerosos cines. Los rusos eran casi todos rubios, claros, mientras la inmensa mayoría de la población era oscura y los azerbaiyanos parecían persas, pero sin barba. A veces, cerca de la parte vieja, se veían tipos con atavío musulmán.

La guía alemana Lilo fue compartiendo confidencias conmigo. Resultaba que su padre había combatido con la Wehrmacht en Rusia. Cuando volvió a Berlín se hizo del Partido y logró así limpiar su turbio pasado. Sus tres hijos estudiaron becados por el gobierno alemán y Lilo se enamoró de un soldado soviético, de ahí que hubiera terminado en el Intourist y en las orillas del Mar Caspio, un mar gris, como grasiento. Trabajar para la Unión Soviética era para ella una especie de catarsis. Nunca le había preguntado a su padre qué hizo ni dónde estuvo. Su novio la había dejado y estaba en guarnición en algún lugar de Asia. Todo eso me lo contó mientras, terminadas las visitas instructivas, podíamos robar algún tiempo para pasear por el bulevar sobre la costa, por la avenida umbrosa, la Alameda del Honor, parándonos a tomar algún delicioso helado en los aguaduchos que había por todas partes. Allí probé por primera vez un helado verde, que era de pistacho. Los árboles, los macizos de arbustos, estaban recubiertos de ese mismo polvillo amarillento muy fino. Pero el suelo estaba húmedo del riego casi permanente que recibían todos aquellos jardines. De vez en cuando venían unas tufaradas como de olor a alquitrán. De los pozos en el Caspio, nos decían.

Los tres principales asuntos que amenizaron nuestra visita eran la alfabetización y la cultura, las industrias no petrolíferas y la agricultura y los ensayos botánicos.

En el Instituto Pedagógico nos explicaron todo el proceso de alfabetización emprendido en 1920, cuando sólo el 3% de la población sabía escribir. Conservaron la lengua azerí y enseñaron, implantaron, la rusa, pero tenían a gala presentarnos a escritores que escribían, como decíamos entonces en España, en la lengua vernácula, aunque la mayoría escribía en ruso. A los españoles, Lilo nos presentó a Mirzá Ibraguimov, una celebridad que había escrito una obra de teatro sobre la defensa de Madrid en la guerra civil. Hablar de la Gran Guerra Patria, la Segunda guerra mundial, iba parejo con alusiones a la guerra de España, como dos hitos de la lucha contra el fascismo. De hecho, algunos de los escritores, los más viejos, llevaban condecoraciones. Muchos parecían más funcionarios que escritores. También pudimos conocer a un compositor que había hecho la banda sonora de la película Don Quijote, un tal Kará Karaev. De todos estos nombres me acuerdo por que los apunté en un minúsculo cuadernillo que logré traer de vuelta a Madrid aquel verano.

Nos dieron una conferencia sobre literatura, subrayando lo que llamaban “contemporaneidad” y contar la “realidad de la vida socialista”. Pero resulta que estaban más interesados en Cervantes, Lope de Vega y hasta en Caballero Bonald, que en nuestra literatura realista del momento. Con las innumerables botellas de vino y los cigarrillos que fumaban a todo momento, las lenguas se iban soltando; el grupo hispanófono e italiano era evidentemente el más locuaz.

En las artes se limitaron a enseñarnos las ancestrales del país, azulejos y tapices, lo que nos aburrió bastante a pesar del candor y entusiasmo que ponía la guía azerbaiyana.

La industria petroquímica era su gran orgullo, con el famoso petróleo blanco, de extraordinaria calidad, que extraían del Caspio. Varios ingenieros nos explicaron todas sus investigaciones, nos pusieron una película sobre los derricks y estacadas del mar Caspio, pero siempre hablándonos de cómo procuraban conservar la naturaleza y evitar la contaminación de las aguas, de sospechosos color oscuro.

Luego, dedicamos un par de jornadas al Jardín Botánico y a la agricultura, el otro tema estrella de nuestra visita. Allí nos hablaron de las clases de trigo que habían conseguido, del algodón y, por supuesto, de la vid que, como todos (debíamos) saber, es originaria de Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán), que se dice es la tierra de Noé. Al terminar cada conferencia, con su traducción correspondiente, nos ofrecían el excelente vino de la República y unos dulces orientales.

Como los cuatro españoles éramos de Derecho no entendimos mucha cosa de la visita al Botánico y una conferencia sobre el origen de las plantas cultivadas, con citas al sabio Nicolai Vavilov (que, nos susurró Lilo, murió en la cárcel a donde lo había enviado Stalin que también purgó a los biólogos), pero sí pudimos apreciar la inmensa cantidad de fruta de todos los colores y tamaños de uno de los mercados. Incluso el presumido Elies tuvo que reconocer que era mejor y había mucha más variedad que en la Boquería. Yo intenté memorizar algunas de las enjundiosas explicaciones sobre injertos, cebadas y trigos duros y blandos para podérselo contar a la vuelta a mi tío Ramón, gran agricultor propietario andaluz.

Lo que más me  impresionó de todas aquellas abstrusas explicaciones sobre semillas, injertos y demás arcanos botánicos, fue lo del regadío. Y, sobre todo, cómo habían investigado la relación entre los periodos secos y los lluviosos con la mayor o menor actividad solar y cómo el Volga podía menguar y el nivel de las aguas del mar Caspio subir o bajar hasta ocho metros en varios siglos. Esto lo habían comprobado los soviéticos con estudios arqueológicos -nos amplió y explicó la amable Lilo tras las conferencias.

Los españoles hicimos pandilla con los dos portugueses y con los diez italianos enviados por el PCI, que estaban mucho más interesados en su rubia guía y en otras cuantas rusas que en los discursos y repetidas anécdotas sobre un guerrillero azerbaiyano que había luchado con la Resistencia italiana en el Adriático. Los alemanes del Este y unos cuantos franceses no cruzaron palabra con nosotros, a pesar de que yo les hablé a éstos en su lengua.

Una noche, la última, Lilo –Liselotte-, me invitó a cenar a mí solo. Tenía que ir por mi cuenta hasta su apartamento, situado en un barrio un poco extremo, de bloques obreros rodeados de jardines, menos bien cuidados que los del centro, pero anchos y abiertos, con cipreses también polvorientos y oscuros. Fui en un taxi Volga  que cogí en la plaza de la estación ferroviaria, prácticamente el único sitio donde se podía encontrar un taxi. El taxista era una especie de árabe, me parecía a mí, por el color y el atuendo. No pronunció una sola palabra en toda la carrera y se limitó a leer la dirección que ella me había escrito en una hoja del cuaderno que llevaba a todas horas, donde anotaba todo en alemán.

El apartamento constaba de una sola habitación que hacía de cocina, sala y dormitorio. Un canapé con cajones, una mesa con un flexo, un mapa del Azerbaiyán, un cartel cubano de la Zafra de los Diez Millones y una estantería donde había unas decenas de libros y un tocadiscos. Me puso a Serrat, un disco que había comprado en Cuba. Lilo me iba hablando de la cultura rusa, de la que yo sólo sabía de un libro de Dostoievski y de libros de Lenin que debíamos leer para esas reuniones de célula que se alargaban sábados enteros entre fumadores y bocadillos. Luego empezó a hablarme de España, a hacerme preguntas, digamos a sonsacarme sobre el Partido, que les había molestado que hubiera condenado la invasión de Checoslovaquia. Cuba y su zafra de los diez millones, ya no le interesaban gran cosa. Y yo quería otra.

Mañana empieza la cosecha, por Viktor Krílov

Cuando salí estaba amaneciendo. Ella me había pedido un taxi, otro inevitable Volga de gasoil, que me conducía, como irresoluto por la larga avenida Lenin, cruzándonos ya con los primeros autobuses atestados y humeantes que se dirigían a las fábricas de las afueras. Los faroles aún no se habían apagado y el cielo era de color natillas. Hacia el centro empezaban a circular los trolebuses. Yo me salté el centro o residencia sindical y me presenté directamente, sin dormir, en el ZVM, una especie de centro comercial estatal, supermarkt le llamaban, donde podíamos comprar los últimos recuerdos. Los españoles no compramos nada porque no hubiéramos podido pasar la aduana con recuerdos soviéticos, ni siquiera aquellos frascos de frutas y nueces en almíbar que eran deliciosas y que nos ofrecían por doquier. Eso sí, o no, no probamos el legendario caviar en toda la semana porque no debíamos tener la suficiente jerarquía para tal manjar.

Antes de irme aquella tarde, le dí a una mujer que limpiaba los pasillos con su pañuelo en la cabeza, el libro de poemas del ubicuo Nisamí en español, traducido por el conocido Farjad Aliev, un tipo muy simpático que nos había acompañado en la visita al Instituto Pedagógico y que era el traductor oficial del español al azerí y a la inversa, la estatuilla en una especie de granito que simbolizaba la creación de la república soviética el 28 de abril de 1920, y la cajita plateada forrada de terciopelo rojo con una medalla en bronce del Cincuenta aniversario de la revolución. Me miró alzando las cejas y no dijo nada, ni sonrió, guardando todo en una bolsa donde llevaba los trapos.

En la sala del aeropuerto no ví aquellos ojos de cobalto. Por la ventanilla del Iliushin que nos llevaba a Moscú, contemplé en silencio los extensos campos de algodón. Luego caí en un sueño profundo y no desperté hasta aterrizar en Moscú. Nunca ví las cumbres del Cáucaso. Por medio del club García Lorca de Bruselas le envié unas cuantas cartas a Bakú, a la avenida Narimov, pero nunca me contestó.

Este sería, por el azar de la policía española y la no renovación de mi pasaporte, el último viaje que hice al extranjero hasta 1976.


El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

14 enero, 2020

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.

P.S.- Tras redactar este artículo me he enterado que el padre de Stalin era zapatero.


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

25 noviembre, 2019

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do


As montras em execução, los escaparates de alfarrabistas lisboetas.

5 noviembre, 2019

Montra em execução y volto jà, son los dos letreros más famosos de los escaparates portugueses, hacen nuestra delicia, excitan nuestra curiosidad e incitan a ese deporte urbano que es pasear mirando escaparates, eso que los americanos llaman window shopping. En las librerías de lance los escaparates son importantes, aunque no imprescindibles.

Libros viejos, óleo del autor.

Los alfarrabistas, como son llamados los libreros de viejo o de lance en Portugal, siempre tienen los escaparates en ejecución, es decir, as montras em execução. Y tienen razón pues, por definición, el escaparate de una librería debe estar en constante cambio, nunca terminado, nunca inmóvil.

Esta curiosa palabra viene de alfarrábio, libro viejo o cartapacio. Lo que quizás llamaríamos nosotros mamotreto (livro de apontamentos, según el Diccionario Español-Portugués de Manuel do Canto e Castro Mascarenhas Valdez, Lisboa, 1866; el primer diccionario bilingüe publicado tras la restauración de la independencia nacional en 1640, tras más de dos siglos ignorándose).

Las montras o escaparates deben cambiar a menudo porque los libros cambian cada semana, cada día, a tenor de los caprichos de los buscadores empedernidos. En Madrid, donde residía, hay librerías históricas como Marcial Pons, en la plaza del Conde del Valle de Suchil, cuya disposición escaparatista no ha cambiado desde hace medio siglo, con una clara separación entre los libros de historia de España, la de otros países y, junto a la entrada, a la izquierda, unas cuantas novedades en idiomas extranjeros. Pero los títulos y volúmenes son cambiados al menos una vez por semana, manteniendo la novedad, incitando a la compra, a ese vice impuni, la lecture (no es casual que Valéry Larbaud fuera un amante de Portugal. Seguro que fatigó las librerías lisboetas). En Lisboa, donde todavía resisten bastantes libreros de viejo, sus escaparates son siempre atractivos, incitantes.

Así, la librería de Bernardo Trindade en la rua do Alecrim (la calle del romero), esa que baja en cuesta pronunciada desde la plaza de Camões hacia el Cais do Sodré, hacia el Tajo. El escaparate, pequeño, cambia según las nuevas adquisiciones y con una lógica por temas: cine, automóviles, Angola, cocina y culinaria (me niego a decir ‘gastronomía’, palabreja que me recuerda la gastroenteritis).

Quince metros más abajo está la librería de António Trindade, librero y anticuario de una vieja familia de Alcobaça. Su escaparate, su montra, es siempre suntuosa, con libros impresionantes y alguna obra de arte. Cambia el escaparate, pero no se puede decir que sea una montra em execução.

Recuerde el viandante que más abajo estaba el Hotel Bragança, desaparecido como tantos lugares de Lisboa sacrificados al turismo de masas y cruceros para convertirlos en hostels o boutique-hotel (cursilería muy extendida). En el hotel Bragança se desarrollaba gran parte de una de las mejores novelas de José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, evocadora de ese heterónimo de Fernando Pessoa.

En el Campo de Ourique, en el 145 de la Rua Saraiva de Carvalho (Jurisconsulto 1839-1882), la librera Dona Crisálida Filipe también tiene su montra en permanente cambio, aunque ella favorece los temas coloniales, angoleños, y las estampas antiguas. Mi amigo Iñaki, luso portugués (luso español, quería decir), le ayuda de vez en cuando a organizar los libros, tarea imposible en ese magnífico desorden propicio al hallazgo sorprendente.

El escaparate de dona Crisálida, en la Livraria Moderna.

Otra montra em execução  permanente es la pequeña librería y bric-à-brac, de  Claudio, junto al Jardim da Parada en el barrio del Campo de Ourique. Claudio se ha instalado en lo que fue una tienda de fotografía, es amante del cine y muy a menudo vemos en su escaparate libros sobre el séptimo arte. Pero también una biografía de algún rey inglés, o un libro del oscuro escritor Rui Vaz de Cunha. Este escritor escribió varios libros ya olvidados. Uno, creo recordar que el dedicado al pintor Daniel Vázquez Díaz –del que se vendieron dos ejemplares de los 500 que mandó imprimir en Jabugo, Huelva –, estaba lugar de honor en esa permanente montra em execução. El tal Rui –converso y judaizante, sospecho- mandó imprimir ese libro en la jamonera villa, a su coste, pues ninguna editorial lo aceptó. Probablemente pensó que el último lugar donde la policía religiosa lo iba a buscar era un pueblo donde se producían cosas del cerdo, alimento prohibido a judíos.

Libros en Galileu, cortesía de Caroline Tyssen

Pero dejemos esta digresión y lléguese el amante de los libros a Cascais, a la Livraria Galileu, uno de los últimos puertos de abrigo en esta villa que sucumbe hoy en medio del tráfago mundano y las tiendas de chucherías turísticas que se han cargado la otrora amable calle principal. Caroline Tyssen va cambiando el escaparate, de dos hojas, muy grande, y lo convierte en una obra de arte que incita al bibliófilo a entrar inmediatamente. A veces es la pintora Paula Rêgo, a veces Tintin y Hergé, otras, libros ingleses, de historia, literatura, siempre interesante. Nuno Oliveira y Caroline Tyssen fundaron esta librería en 1972, que se convirtió desde entonces en un icono cultural de esta ciudad costera y también en un espacio de libertad y debate.

Pero también hay librerías sin escaparate, como la Bizantina, en la rua da Misericordia, cerca ya de São Roque, donde hay que entrar para ver el mostrador, la mesa, donde el señor Bobone, otro librero veterano, va cambiando los libros a diario: banca em execução permanente.

Dicho esto, los libros más interesantes que he encontrado lo han sido dentro de las librerías, rebuscando, husmeando en los estantes, revolviendo en las pilas polvorientas. Las librerías son la gracia de las ciudades, sus islas del tesoro, el pretexto del paseo.


Cumbres borrascosas: una Jefa de Recursos Humanos

16 octubre, 2019

Abanicándose sin pausa ni compasión, acalorada con su probable, bastante visible menopausia, se dirigía a su enmoquetado despacho de jerarca todopoderosa dando órdenes a gritos según avanzaba por el pasillo ante las atemorizadas secretarias de los servicios.


No podía refrescarse abriendo las ventanas, inmensas, enmarcadas de aluminio y con una vista horrorosa a un patio de hormigón gris, porque se trataba de un inmueble apabullante,una especie de búnker, de un edificio inteligente, probablemente igual de inteligente que los arquitectos que lo perpetraron tras demoler un antiguo convento de monjas con sus viejos jardines que había hecho –decían- de hospital durante la guerra (tras el previo y necesario asesinato de las religiosas, “que algo habrían hecho”). El inmenso ecomonstruo, mastodonte de acero y cemento, era uno más en ese Madrid decapitado y torturado que padeció la rapacidad especuladora. Ella hacía juego con el edificio.


El denuesto, los gestos de desprecio, como descartando papeles y personas, eran la parte más visible de su personalidad. Inteligente y culta, dentro de la media de altos funcionarios, se podía hablar con ella cuando las aguas estaban calmas, a veces, sólo a veces. Pero era un castigo viviente, una tortura móvil de subordinados, ganapanes y pedigüeños. En unos caso hacía justicia, en otros cometía tropelías con su precipitación y sus manías.


Su juventud, años de pandillas universitarias y de mucha sierra de Madrid, había sido bastante vociferante y caótica, pero no vulgar. Conocía a media ciudad, por lo menos de esa media ciudad que cuenta y que probablemente no es ni el 1% de la población total, pero un nutrido carnet d’adresses en Madrid es fundamental.


Como esos profesores de Instituto y maestros que tienen sus enchufados y sus pacientes e indefensos esclavos, así ella. Tenía bastante buen ojo para seleccionar el personal, siempre que hicieran luego lo que ella quisiera, sin rechistar. Pero sus enchufados no le llegaban a la altura, de puro rastreros. En el fondo, creo que hasta los despreciaba.


En su despacho siempre había una enorme y fresca botella de agua mineral para aliviar sus calenturas. Pero también se supo después que escondía algún alcohol para de vez en cuando, en el tedio de las tardes de la empresa, cuando no pasaba nada y sólo había que cumplir el horario, darle un tiento.


Con mis escasos conocimientos de psicología, creo poder afirmar sin embargo que debía acarrear algún complejo desde niña que la hacía casi varonil, rotunda y visceral, cuando no iracunda. Temerosa de sus superiores, descargaba su impotencia, no sin cierto empuje torero –y hasta cierto estilo, aunque fuera lamentable-, sobre los subordinados. Pero como era de filias y fobias, de repente cambiaba el rumbo de su admiración o su desprecio y el despreciado era encumbrado y el alabado caía en las tinieblas exteriores. El que caía, era para siempre. Sus odios personales eran inconmensurables, perdurables, eternos y rabiosos. Recuerdo el vilipendio y la persecución a que sometió a una empleada que tuvo la desgracia de hablar el inglés mejor que ella (quien no lo hablaba nada mal, dicho sea en honor a la verdad, pero su subordinada lo hablaba mejor, qué se le va a hacer). Hasta que no la dejó muerta o moribunda en la cuneta no paró. Años después, seguía insultándola y despreciándola, aunque como empleada ya estaba muerta (sin enterrar).

Conocía la empresa de abajo arriba, lo que la hubiera convertido en una excelente directora de recursos humanos, RRHH, como se dice ahora. Pero como era atrabiliaria, despilfarraba sus iras y no conseguía unión, tan sólo temor y adulación creó. A este respecto, he de decir que todos, desde los sindicalistas más duros hasta los cuadros medios, se postraban ante ella y doblaban el espinazo cuando pasaba como un vendaval (acompañada del vendaval de su abanico). Luego, a la hora del café la maldecían, cotilleaban, en fin, lo habitual también.


Me parece que es un tipo que prevalece en las empresas. Polaca o española, qué más da; tiranuelas de verbena de carnaval, carnaval que ya ha pasado para ellas, afortunadamente jubiladas, retiradas. No en vano, más de la mitad de las consultas a psicólogos en España resultan de problemas de acoso laboral, autoritarismo, satrapía de los jefes, etcétera. Eso, sí, los “máster” de dirección de empresas son muy rentables (no sé si entre las herramientas les dan a los graduados o masterizados un látigo, además de los manuales de Human Resources, esos tostones que dan tanto prestigio). Me pregunto, tras años de trabajo en empresas públicas y privadas, es decir, inútiles e útiles, por qué no simplifican de una vez estos falsos “másters” de Recursos Humanos, que no son más que el eufemismo para designar el poder puro y simple de una persona sobre todos sus subordinados, incluído el capricho, la tortura psicológica, la abocación a la depresión y al suicidio (algunas empresas francesas son excelentes en este sistema de eliminar empleados, como fue Orange –ex France Telecom- bajo la férula de Didier Lombard hace diez años: 19 suicidios y 12 tentativas).


Ser jefe de personal o de RRHH no es más que el ejercicio del poder puro, desnudo, enmascarado, eso sí, bajo reglas, protocolos y documentos internos impublicados y normalmente impublicables. Que incluyen el moral harassment o acoso laboral como principal herramienta o potro de tortura para empleados díscolos o que tengan la insolencia de tener sus propias ideas.


La llamada ‘jefa del abanico’ fue, para concluir, una perfecta jefa de personal, en su ejercicio más absoluto del poder. Desgraciadamente, el Estado español –de tan grande hemorragia legislativa- aun no ha creado la Medalla al Acoso Laboral, pero pronto lo hará. Centenares de jefes aspiran a ser condecorados y son acreedores de tan alta distinción. Espero que se la concedan a título póstumo.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

"Dejarlo dicho y nada más"

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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