Misión en Angola. Episodio 27. Los sospechosos -para la PIDE- conocimientos del barón Von Stapel.

23 marzo, 2016

El barón sabía muchos de los dialectos indígenas, lo que a finales de los sesenta había parecido a la PIDE una señal inequívoca de sus contactos con la guerrilla.

El gabinete de curiosidades de Von Stapel hacía las delicias de los celosos e ineptos pides -a la par que iletrados- que habían leído precipitadamente, para superar las oposiciones de ascenso, los viejos manuales de espionaje. El barón era un coleccionista empedernido; iba clasificando hojas de plantas imposibles que, debidamente prensadas durante semanas, engrosaban sus cuidados cuadernos. Las nervaduras, las manchas de las hojas, eran a los ojos de los probos funcionarios de la policía, otros tantos planos de los campamentos del ejército portugués en el sur con sus casamatas, blocaos, arsenales, caminos y, para colmo, cuando el tenaz barón había guardado varias hojas de un mismo árbol, eran las formas de defensa, las estrategias de ataque, los puntos vulnerables lo que los calenturientos pides creían leer en las inocentes hojas, a veces de una inmensidad casi cartográfica, que el barón guardaba entre cartones, con breves anotaciones en alemán. Además, Von Stapel, ameno científico, apuntaba la fecha y el lugar donde había recogido la muestra, lo que permitía a la policía seguir un itinerario paralelo al de alguna reciente y no comprobada incursión de bandoleros. Avidos de éxitos que vender a los exigentes jefes, inventaban cualquier superchería para cubrirse sus holgazanas espaldas, aunque para ello tuvieran que ensuciar la reputación de un sabio honesto .

Para terminar de colmar de satisfacción al inefable inspector Rosa, allá en la lejana Luanda, ansioso de por una vez aportar alguna luz intelectual a las pesquisas normalmente brutales y basadas en confidentes zafios, borrachos o tahúres, también encontraron en el revoltijo general de su casa perdida en las inmediaciones de la hacienda del conde multitud de objetos altamente sospechosos como piedras pintadas, maderas talladas y, misterio profundo, ciertas clases de mariposas cuyas extrañas alas a veces parecían coincidir en las turbias mentes pidescas, tras muchas copas de ginginhas y cachazas, en noches de calor e insomnio, con los presuntos planos de la disposición defensiva de los comandos. La PIDE logró interceptar envíos de lepidópteros, cartones con hojarasca varia y demás pruebas de la taimada y artera tarea científica del inocente y despistado barón. Se contaba después del 25 de abril, con cierta rechifla, que uno de los militares que tomaron la sede de la PIDE, despchó con unos cuantos manotazos todas aquellas pruebas acumuladas que dormían en combados y sucios estantes esperando el descifrador que nunca llegó. Por la Feria de Ladra, el Rastro de Lisboa, por detrás de São Vicente de Fora, terminarían vendiéndose meses después las cajas de mariposas, minerales y los libros de botánica que cuidadosamente había ido ordenando mi estimado barón.

Cuando por fin fue asignado a residencia en la polvorienta y desolada Moçamedes, ciudad de arena y salmuera, los pides le intervinieron además todos sus trabajos sobre la lengua bosquimana, que ya se sabe se expresa con chasquidos y que Von Stapel no había encontrado otro modo de codificarla más que a base de números y letras peligrosamente parecidos a los códigos navales y militares. El barón tenía además un profundo respeto por la población de aquellas zonas del sur, pues pertenecían a la etnia de los hereros, de cuya práctica extinción en el Sudoeste africano se sentía solidariamente culpable como alemán. Para los pides, los negros eran simplemente salvajes, caníbales, y no les entraba en sus acorchadas cabezas que un científico alemán pudiera interesarse por su forma de hablar. “Son macacos, no interesa. Eso es otra cosa”, y se llevaron fichas y cuadernos, dibujos y viejos mapas, todo lo cual desaparecería en alguno de sus edificios.

En 1970 abandonaría Moçamedes por el vecino Porto Alexandre, la vieja ciudad de salazones y ballenas -a Von Stapel le gustaba decir que salió de lo que consideraba su patria, Angola, que era una ballena varada, desorientada en una playa desolada del Atlántico- donde se había retirado después de que el FNLA le quemase su modesta hacienda. Allí, en la antigua ciudad sobre el desierto, moriría su mujer. Solo, pobre, sin más bagajes que sus libros, partiría hacia el Brasil para retornar en 1978 a Lisboa donde nunca se le hizo justicia, quizás por ser un testigo molesto para viejos y nuevos dirigentes.

El fue, junto con Von Bodenberg, quien se movilizaría cerca de los oficiales menos conservadores para sacarme de las garras de la policía política con el tesón y valentía que sólo dos activos resistentes al nazismo como ellos eran capaces de mostrar sin temor a los peligros ni arredrarse a las amenazas de la energuménica PIDE.

Según tengo entendido, todos aquellos libros y carpetas duermen bajo el polvo en la Sociedade de Geographia de Portas de Santo Antão, esperando que se levante ese embargo bienpensante que ha caído sobre nuestra presencia en Angola. El barón, limitado por el uso del portugués, una lengua que no era la suya, y sin encontrar jamás un editor alemán que se interesase en sus trabajos, había publicado apenas dos pequeñas separatas, que una amable estudiante suya había puesto en portugués correcto. Hoy, esos estudios singulares sobre dos casos de tribus o sub tribus ya extinguidas, son inencontrables. El resto de sus papeles, por un azar de la historia, han terminado, algo más de un siglo después que se fundasen tan polvorientos archivos, en la que fuera institución pionera en el fomento de nuestra colonia, bajo el visionario mandato del maestro Luciano Cordeiro y del egregio marqués Sá da Bandeira, cuyo llevaba el nombre la otrora bella, hoy revolucionaria -y destruida- ciudad de Lubango, sita en una alta montaña.

Despacio, subí la calle vacía de Domingos Sequeira, pasé por el cinema París y me instalé en A Tentadora, en la esquina de Saraiva de Carvalho; donde, al sonido familiar y triste de la campanilla de algún tranvía reluciente bajo el agua que caía como lágrimas, de camino al cementerio de los Prazeres (nombre que viene de placeres acuíferos, no de placeres sensibles, lo que explico para mis lectores), tomaría un último café en honor de mi dilecto barón. Mi último testigo de la Operación Feijoada se había despedido.

Pero yo tenía aún una especial tarea para cerrar aquella operación. Aunque hubieran pasado más de treinta y cinco años y aunque en su día no hubiera evitado ni la PIDE, ni la CIA, ni los intelectuales herbáceos de Luanda, ni el servicio de información militar y, mucho menos la seducción -de la femme fatale Lilo- que me desvió de mi objetivo y me echó de bruces en manos de los pides;  siempre he sostenido y defendido que logré mantenerme frío y distante de las seductoras bailarinas andaluzas y brasileñas de las boîtes de Luanda.


Misión en Angola. Episodio 25. El doble juego de Couto

15 febrero, 2016

Couto, naturalmente, estaba en otra batalla, apoyando a los elementos más radicales del ejército portugués para echar a Salazar, proclamar la independencia total de Angola y quedarse de plutócrata en la confusión que sucedería al éxodo. Parte del plan, la independencia, el éxodo, la confusión, terminarían cumpliéndose, con el millón de retornados que nadie quería ni ver ni oir en Lisboa, pero los tipos demasiado astutos como Couto no pudieron sobrenadar en las aguas turbias. Los del MPLA, UNITA y FNLA no querían nuevos mentores. Le dieron parte de lo suyo, mal ganado, y le invitaron a hacer mutis lo más rápido posible.

Mucho tiempo después supe de la idea genial que yo atribuía al señor Doutor, y que no era sino un pastiche de todas aquellas ideas de Claridade y del idealista brasileño Gilberto Freire preconizando el mestizaje y sobre las que oí varios comentarios sarcásticos y crueles en las haciendas alemanas. En 1964, aquella idea ya había perdido todo el fuelle y lo que yo tomé por confidencias novedosísimas no eran sino papeles mojados y sonsonetes de viejo chocho.

Los directores de la PIDE y otras personas que leían demasiada historia, como el profesor Marcello Caetano, estaban en contra de aquel recurso a los alemanes. Aún recordaban, como si los hubieran vivido, los sucesos de 1891, con el intento de apropiarse de Cuanhama, y los penosos episodios –por la impotencia del ejército luso- de las incursiones alemanas desde el Sudoeste alemán en 1915, los landins, tropas indígenas, que fueron sistemáticamente ahorcados por los soldados alemanes –como en el fuerte de Naulila- para disuadir a los negros de vestir el uniforme portugués, las armas que entregaban a las tribus irredentas para que atacaran a los portugueses, sembrando el caos en la ribera sur del Cunene. Demasiados agravios para que ahora fueran a confiar en la mano alemana, aunque fuese traida por el señor Doutor (Oliveira Salazar, para los lectores olvidadizos). Era considerado todo aquello una demencia senil. Marcello confiaba más en las tropas que en utópicos brasiles.

Los pides, mucho menos sofisticados, también odiaban en el fondo a los alemanes, como a los boers, porque los hacían sentirse inferiores y eran excluidos de sus farms y de sus fiestas en las que se decía, sin fundamento alguno, que las rubias Fräulein eran bastante fáciles tras haber corrido la cerveza. Pero el hambre sexual de los pides era sólo equiparable a la de los estudiantes. Yo era por tanto un peligroso subversivo vendido al marco alemán y al florín holandés, probablemente hasta un peligroso demócrata.


Misión en Angola, episodio 24. Herrinkx el bueno.

3 febrero, 2016

El belga trajo otras historias, otros modos. Además de los litros de cerveza que ingería y evacuaba (en ruidosas y frecuentes visitas a los excusados), introdujo, junto con Haraldsson, un sistema de hacer trampas casi imposible de detectar. El conde abandonaba entonces prudentemente la partida y se retiraba a sus aposentos, siguiendo a su baronesa que hacía mucho había hecho lo mismo, con ese mohín altanero que se le quedaba fijo en cuanto el porcentaje de plantadores sobrepasaba el de viejos junkers. Lo intrigante era cómo le toleraban a Haraldsson sus groserías de biergarten y al belga intruso sus malas artes y sus marrullerías. Después, pasada no más de una hora, el asistente del conde hacía levantar discretamente el campo y los plantadores, pertrechados de armas se dirigían a sus potentes vehículos estacionados bajo los imbondeiros (como llaman en Angola a los baobabs). Afortunadamente las pistas eran lisas y lo más que les podía pasar era salirse de la picada pero en general, resistían extraordinariamente bien el alcohol debido a su densidad corpórea.

Herrinkx era jovial, le solía dar llorona pero cuando estaba sobrio, parecía sólido como una roca y se erguía muy digno, discutiendo en alemán con los plantadores. No se parecía en nada a otros belgas que habían escapado del Congo y de Katanga con las orejas gachas y que ni mencionar el nombre de la colonia osaban sin o simplemente “allí hacíamos esto, o lo otro, o los indígenas de allí,…”. Los alemanes le trataban, extrañamente, con deferencia, menos Lilo, que ni le miraba.

Herrinkx había alcanzado ya a esa categoría tan frecuente en las colonias: la del desesperado. Era capaz de atravesar Angola de parte a parte sin temor a las pistas enfangadas, de día o de noche, solo, sin importarle los primeros guerrilleros y los bandidos que pululaban por el monte fuera de control de los portugueses. Era el hombre sin miedo, el voluntario para las tareas más peligrosas. Se decía que conducía sistemáticamente borracho, cocido por el sol en una especie de catalepsia conductora. Había estrellado un par de camiones, saliendo milagrosamente indemne pero, además, sabía arreglar los desperfectos y enderezar chapas sólo con sus manos como tenazas o reparar la dirección torcida de un camión a base de martillazos y canibalizando piezas viejas. Por eso su contrato se mantenía. No había otro igual.

Cuando le daba por llorar en plena borrachera llamaba Katia a todas las mujeres, incluidas las criadas negras, hablaba francés mezclado con ruso y quizás flamenco, era la rechifla general y terminaba dormido tirado en alguna hamaca a la intemperie, sin ser siquiera atacado por las alimañas. Su indiferencia total al sufrimiento físico quizás hasta repelía los peores enemigos.

Taciturno salvo cuando bebía, era sin embargo un hombre de fiar, no era malo ni capaz de engañar a nadie, entre otras cosas porque su limitada inteligencia le impedía ensartar una mentira con esperanzas de ser creida. Era el perfecto correo, recadero de los alemanes, con sus ojos obstinados tras el volante como si su única misión en la vida fuera llevar un cargamento de negros para las minas, para bajar al John.

Su muerte fue considerada, además de una estupidez, una ignominia. Ni el negro más irredento había sido jamás maltratado por Herrinkx. Bastaba con su presencia para imponerse, sin castigo físico, sin amenazas. Los negros le respetaban y no le odiaban. Los alemanes más perspicaces vieron inmediatamente en su muerte la mano de la PIDE. Yo le recuerdo en alguna de aquellas desparramadas pítimas, contándome por centésima vez su historia de Katia, la niña perdida y, con los ojos dilatados y lacrimosos, decirme, “je vous aime bien, vous savez, monsieur Cugna, je vous aime bien”. Me desasía del grandullón que se ponía encimón y más pesado a medida que ingería sin distinción cervezas, schnaps, bol y demas mejunjes.

-Desconfíe de esa mujer, y señalaba con el mentón a Lilo, que se paseaba entre los grupos de alemanes por los porches- todas las mujeres son unas traidoras. Se aprovechará de usted, monsieur.

-Señor Herrinkx, ¿cómo se permite…?

-Esa señora no me gusta nada, créame, he conocido a muchas alemanas, esa no es trigo limpio, insistía, tambaleándose y alejándose agarrado al pasamanos.

No le escuchaba porque su aliento me echaba para atrás y le desautorizaba a mis leguleyos oídos. Muchas veces, en los meses siguientes y por mucho tiempo después, recordé aquellas palabras premonitorias. In vino veritas.


Misión en Angola. Episodio 23. El turbio pasado del belga Herrinkx

22 enero, 2016

 

La vida de Herrinkx no había sido fácil. Con veinte años fue alistado, no se sabe muy bien si a la fuerza o lo hizo voluntariamente, que sobre esto todo el mundo ha mentido mucho, en la División Wallonie, reclutada por Léon Degrelle y marchó a luchar a la estepa rusa. La aventura acabó pronto y en 1944 estaba de vuelta en Bruselas, con una pequeña condecoración y la extraña sensación de que había cometido un error irreparable, la gran equivocación de su vida. Sus amigos del colegio y de los boys scouts habían tomado el camino inverso y estaban  en Londres, con la resistencia. 1945 se anunciaba muy difícil. Afortunadamente para él, se necesitaban manos en el Congo y ninguna autoridad reparó demasiado en aquel recluta perdido que, astuto, había sabido borrar o enturbiar las pistas.

En Léopoldville se ilustró como un excelente conductor (camiones, pesos pesados, jeeps, lo que le pusieran que tuviera ruedas) y sus servicios fueron recompensados debidamente con un contrato sólido con la empresa …, encargada de las minas del Alto Katanga. Herrinkx no había echado en saco roto la disciplina de aquellos cuerpos valones en Rusia y destacó inmediatamente como un capataz severo, fiable, inflexible con los negros y, sin embargo, sin el espíritu corto y miope de un vulgar negrero. Su único problema fue el calor, indirectamente, porque el calor llevaba a la cerveza y ésta al abuso, de tal manera que Herrinkx, siempre solitario, como un huérfano, pasaba lo más claro de su tiempo libre entregado a la bebida. Esta le daba llorona y afectiva, y terminó haciendo indebidas confidencias a envidiosos capataces, sin mejor ni más limpio pasado que él mismo, que aquello era una especie de legión extranjera poblada de indeseables, huidos de la justicia y desertores de varios ejércitos en la debacle de los años cuarenta. En Bélgica andaban ajustando cuentas con oficiales, funcionarios y soldados e incluso con el rey, acusado de connivencia con el enemigo. Había sonado la hora de partir.

Herrinkx partió para el sur, llegando a Luanda sin más que unos francos en el bolsillo pero curtido en las selváticas tareas de manejar negros y trabajadores de las minas. Su destino natural era la Diamang, Diamantes de Angola, que necesitaba organización y manos fuertes, y duras. En Luanda, en 1950, la vida le volvió a sonreir, aunque no fue sino un ojo de sol en la tormenta. Encontró una bella rusa, Katia, con la que pronto congenió y a la que sedujo –quizás el único hombre que le había lanzado piropos en su lengua desde su temprana juventud-. Katia le hizo dejar la bebida por unos meses, le dio una hija, Catherine o Catarina o Ekaterina, que sobre estos detalles siempre hubo dudas. Herrinkx engordó y se puso aún más colorado, con una especie de grasa feliz y opulenta que aumentaba la robusta rubicundez, aderezada con alcohol, que le caracterizaba.

Pero Katia desapareció un mal día en brazos de un furtivo cazador de mujeres en el trópico, un oficial de un barco de paso. La niña también desapareció, aunque no en el barco, sino entregada deprisa y corriendo a la clínica rusa de Luanda (pero esto nunca lo llegó a saber el padre en vida) y Herrinkx se hundió en la bebida por un par de años hasta que dio con el viejo …., al que sus hazañas rusas le habían convencido de que era una buena captura. Desde entonces trabajó para los alemanes y, a través de éstos, para WNLA.

 

 


La catástrofe, de Eça de Queiroz, 1881. Traducción e introducción de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

13 enero, 2016

Introducción

https://issuu.com/jaimeaxelruiz/docs/la_cat__strofe_e_introducci__n.docx/1?e=0

A catástrofe, que Eça de Queiroz titulase antes, en un olvidado proyecto de novela, A Batalha de Caia (precisamente la frontera de Badajoz), describe una invasión en 1881 de las tropas de Alfonso XII. Con la ironía que le caracteriza, Eça de Queiroz imaginó lo que podría sacar a su país de la decadencia y de la indolencia: una invasión española que les despertase.

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

Todo, hasta la imagen del centinela portugués, cansado y aburrido, es una metáfora de Portugal, que él consideraba postrado, sin energía, inane, y que recuerda a ese verso de Luis de Camões en Os Lusíadas, de la “apagada y vil tristeza”.

Sin la crueldad y la hiel de Fialho d’Almeida, su rival, caústico pero sin acritud, Eça insistiría en muchas de sus obras, sobre todo en Os Maias y en O primo Basilio (el retrato de esa burguesinha da Baixa), en la quiebra moral, intelectual y física de una generación portuguesa, la que corresponde al último tercio del siglo XIX. Una época que, sin embargo, tuvo una densidad literaria e intelectual muy importante, casi sin par en Portugal. En ellos se desplegó, como nunca, espíritu, fantasía, improvisación, creatividad, incluso humor (Eça de Queiroz fue considerado por muchos de sus contemporáneos más un humorista que otra cosa, lo que era injusto e  incompleto).

Eça de Queiroz había pertenecido en Lisboa al grupo de O Cenáculo, más centro de discusiones y debate que mera tertulia, críticos con la situación del país, y después al grupo de Os vencidos da vida, de nombre tan expresivo, escritores  y pensadores desesperados con la inercia e inacción general de los políticos y del gobierno. Ambos estaban compuestos por los típicos académicos revolucionarios (utópicos), con personalidades como el poeta y pensador Antero de Quental, o el historiador Oliveira Martins.

Portugal tendría, en su paralelismo con la historia española, su 98 en 1889 cuando el Ultimátum Inglés, que les obligó a evacuar y renunciar a los territorios de Xire y Maxona, con los que habían soñado un mapa color de rosa que uniese Angola con Mozambique.

Muchas veces, Eça ha sido considerado muy de actualidad, en sus críticas a la clase dirigente, a los ministros, a los financieros, a las clases acomodadas y holgazanas. Aunque amaba su país y añoraba Lisboa desde sus puestos de cónsul en La Habana, Bristol, Newcastle o París, llegó a decir que “el horror de Portugal era Lisboa”, refiriéndose a las clases rentistas y a esa “apatía china de los  lisboetas”.

En este relato, que sería encontrado por su hijo en un cajón, escrito a lápiz, fue publicado un cuarto de siglo tras la muerte de Eça, en 1900, en París, hay escenas que evocan sucesos muy posteriores, como el pánico de los parisinos cuando se acercaban los alemanes en 1940, con aquella gran desbandada en desorden y pavor. Eça diría después, a su colega y amigo Ramalho Ortigão, que concibió ese cuento o nouvelle, como un sueño, una visión.

La conclusión, además de reprochar al pueblo su derrotismo y que todo lo espere del Estado, del gobierno, -un poco como hoy día-  es una cierta esperanza en las generaciones venideras, pero tiene algo de irónica, de cerrada, cuando se celebra y conmemora la Patria, con mayúscula, en el interior de las casas, con cuidado, en voz queda.queiroz

La catástrofe

Relato de José María Eça de Queiroz

(Traducido, por diversión personal, por Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye)

Yo vivo en la esquina del Largo do Pelourinho[1], justo enfrente del Arsenal. Ya vivía allí antes de la guerra y de nuestros desastres, en el segundo piso, derecha. Nunca me gustó este sitio: sin ser un bucólico, fue siempre mi ambición vivir lejos de esas tristes manzanas de la Baixa, en un barrio con más aire y horizonte, con una huerta, el frescor del follaje y algunos metros de terreno donde, en el rumor de los árboles, pudiera tener unos rosales y que los pájaros me animasen en las tardes de verano.

Pero cuando heredé de mi tía Petronila, compré esta casa frente al Arsenal[2]. Estos edificios son, a causa de las tiendas y de los almacenes, casas más rentables que las de otros barrios y, como inversión, un edificio en la Baixa es mejor que el de una bonita casa en Buenos Aires[3] o por el Barrio de las Janelas Verdes. Eso fue por lo menos lo que me dijeron los propietarios con más experiencia.

Por lo demás, yo intentaba alquilar el edificio entero y vivir con los míos en una casita pequeña, alegre y fresca, que me hubiera apetecido por la zona del Vale de Pereiro. Pero cuando ocurrieron nuestras desgracias y el ejército enemigo ocupó Lisboa, la necesidad de hacer economías, los tiempos tan difíciles, me obligaron a descartar aquel plan de vivir en el campo, y aun estoy aquí, en este triste segundo piso del Largo do Pelourinho, frente al Arsenal.

En mala hora se me ocurrió venir aquí. Porque creo que esta vecindad con el Arsenal me ha hecho sentir mucho más las amarguras de la invasión. Quienes viven por Buenos Aires, o por las Janelas Verdes, o por el Vale do Pereiro, sufren también, claro, y dolorosamente, la presencia de un ejército extranjero en Lisboa. Aunque el primer terror pasó y la ciudad ha ido recuperando poco a poco su fisonomía habitual, y circulan las calesas y los tramways, todavía pesa algo doloroso sobre la ciudad: el aire está como cargado de una cosa sutil y opresiva, hay una atmósfera intolerable que planea sobre las plazas, penetra por las casas, cambia el sabor del agua, hace parecer la luz del gas menos clara, y va depositando en el alma una tristeza permanente, obsesiva.

A veces, cuando alguien sale, y está ocupado con algún negocio, distraido, se olvida del gran desastre que nos envuelve, pero basta con que se tope en una esquina con un uniforme enemigo para que caiga sobre su ánimo, como con el peso de todo un pinar, la idea de la derrota y del fin de la Patria. No se lo que es, pero, por ejemplo, desde que en lo alto de un edificio ondea la bandera extranjera, parace que este azul ya no es nuestro cielo y que tiene algo de bruma luctuosa.

A pesar de todo, en otros edificios, en otros barrios basta con recogerse en casa para sustraerse a esta desolación.

Ya que no hay Patria, hay Familia: se cierran las puertas, se reunen todos en el salón, alrededor de la lámpara; se habla. El recuerdo de las desgracias alivia … y la perspectiva de una cierta esperanza ilusiona como una pasajera felicidad; se recuerdan los amigos, los conocidos que murieron con bravura en la batalla; después, alrededor de la lámpara, en voz queda, en un pálpito, hay una pequeña conspiración en familia.

Y el sueño de la revancha hace soportar la realidad de la catástrofe…

Pero yo ni siquiera me puedo permitir ese aislamiento porque salvo que cierre las ventanas, que me entierre en una tiniebla permanente, que viva a la luz del gas cuando afuera brilla el sol de julio, no puedo dejar de ver, en la puerta del Arsenal, como un odioso recordatorio, el centinela extranjero hollando el suelo patrio…

Y es precisamente ese centinela lo que me indigna: por supuesto que otros uniformes extranjeros, todos esos oficiales de acorazados fondeados en el puerto, pasan continuamente, con la brillante insolencia de sus espectaculares uniformes … Pues bien, esos no me irritan… En ese vaivén de oficiales hay algo de apresurado, de inquieto, que dan una idea de una ocupación transitoria, de escuadras que van a levantar ancla, de humillaciones que van a partir para siempre.

Pero ese centinela, eterno, que me parece siempre el mismo, tiene un aire de estabilidad, de perpetuidad que me hace la sangre negra. Cada taconazo que da, con la dura suela, me retumba como un eco lúgubre en el alma, y en sus monótonos pasos, de garita a garita, me da la sensación de que nunca dejará de haber, sobre la tierra portuguesa, un centinela extranjero.

Y no puedo apartar la vista de ese espectáculo. Por la mañana, mientras me afeito, me quedo con la navaja en el aire, la cara cubierta de espuma, asombrado ante ese pequeño soldado que parece embutido en su capote azul, con una gorra acharolada y con el arma al hombro…, una de esas armas con más del doble de alcance que las nuestras, que nos segaban de golpe, a lo lejos, en nuestras líneas defensivas, regimientos enteros.

Así que ya conozco casi todos los centinelas del Arsenal. Durante algún tiempo, fueron soldados de la Marina; ahora suelen ser del 15 de Línea. Pero hay sobre todo un tipo de soldado que me indigna: es un tipo robusto, sólido, bien plantado y firme sobre sus piernas, con cara decidida y ojos relucientes; siempre pienso: ese fue el que nos venció. No se porqué, acordándome de nuestro propio soldado, bisoño, sucio, encogido, macilento del aire viciado de nuestros cuarteles y de los ranchos  insalubres, -veo en esa superioridad de tipo y de raza que explica la catástrofe.

Antiguamente, antes de la invasión, rara vez presté atención al centinela del Arsenal: me acordaba, sin embargo, de haberlo visto desde la ventana: si llovía, lo percibía encogido en la garita, mirando tristemente la lluvia; si el día era calmo, era sus andares, sus hombros derrengados lo que me  impresionaban… la blandura y lentitud del paso, su constante expresión de tedio y de cansancio; y, después, tras dos horas de servicio, era un desmadejamiento aun mayor, un embrutecimiento, una manera idiota de mirar, todo –los mensajeros, los americanos[4], las pescaderas pregonando su mercancía, los vendedores ambulantes, la tienda de enfrente- hacían más evidente la falta de nervio, de vigor, de rigidez disciplinada, de firmeza, de tenacidad. Y esta visión de nuestro soldado me parece ahora que abarca toda la ciudad, todo el país. Fue esa somnolencia lúgubre, ese tedio, esa falta de decisión, de energía, esa indiferencia cínica, ese relajamiento de la voluntad, creo, lo que nos perdió…

Aun hoy me resuenan las acusaciones tan repetidas en tiempos de lucha: que no teníamos ejército, ni escuadra, ni artillería, ni defensas, ni armas…¡Qué! Lo que no teníamos eran almas… Era eso lo que estaba muerto, apagado, adormecido, desnacionalizado, inerte… Y cuando en un Estado las almas están envilecidas y gastadas – lo que queda poco vale …

Nunca me olvidaré de la impresión que me dió el día que supe que nos habían declarado la guerra y que ya estaban de antemano preparadas las tropas para la invasión, por el sur y por el norte.

Era el cumpleaños de mi pobre amigo Nunes, que vivía entonces en el Rossio. Desde por la tarde un pánico atenazaba la ciudad, porque la verdad es que, incluso si estallase en Europa la guerra, tan violentamente provocada por Alemania, invadiendo Holanda, nunca en Lisboa, por lo menos la mayoría del público, sospechó que una cosa así pudiera suceder ‘en nuestro rinconcito’, como se decía entonces.

Incluso cuando el viejo Salisbury, ya casi en su lecho de muerte, lanzó su gran manifiesto y declaró la guerra a Alemania, y vimos a nuestra protectora ocupada en la lucha en el norte, no tuvimos conciencia del peligro. Y sin embargo, parecía llegado el día terrible en que las pequeñas nacionalidades desapareciesen en Europa… Por eso, cuando en esa tarde fatídica fue anunciada oficialmente la entrada del ejército enemigo por la frontera, toda la ciudad se quedó como petrificada, en un terror enloquecido.

El primer movimiento de la población fue correr a las iglesias. Se imaginaba ya los regimientos enemigos desplegándose por las calles… No creo siquiera que hubiera ningún intento de resistencia. Se dijo, es verdad, que se intentaría dar una batalla junto a Caminha, o en Tancos, solo para demostrar a Europa que todavía nos quedaba alguna vitalidad: pero era una simple finta…. Porque la idea era retirarnos para las Líneas de Torres Vedras y defender Lisboa. Yo, de todas formas, no conocía los secretos del Estado Mayor y solo sé lo que decían la gentes en las calles, amedrentadas, en voz baja.

Aquella noche fui al Rossio. Nunes daba una soirée… En el salón pesaba la misma tristeza siniestra que en la calle. Había en los rostros, en las voces, una expresión desencajada de espanto y de terror: una especial forma de preguntar “¿y ahora?”, con los ojos desorbitados y las caras blancas…

A pesar de haber dos salones, el de visitas y otro para el juego, estaban todos apiñados en torno al sofá, como un rebaño que siente el lobo… La señora de la casa, que tenía un hijo militar en Tancos, a pesar de su vestido azul descotado, tenía una cara de pasmo y los ojos rojos e hinchados… Se pasaba el día llorando. Y en las mujeres y en los hombres había como un abatimiento invencible, en la resignación ante la derrota, con esa pasividad inerte de las almas frágiles… Como no se tenían noticias, los rumores eran absurdos; se hacían silencios lúgubres que daban la sensación de recogimiento ceremonioso de los días de entierro. Nunes, el pobre, muy pálido, daba vueltas por el salón, con los faldones de la casaca al aire, frotándose nerviosamente las manos, intentando distraernos de esas preocupaciones dolorosas, proponiendo que se hiciese algo. Hubo una petición de un cuarteto… Una señora se sentó al piano, pero los primeros compases de los lanceros sonaron, y se perdieron en el susurro general de las conversaciones atemorizadas: nadie siguió, no se bailó… Alguien propuso un juego de prendas, una comedieta figurada: las caras asombradas sonreían, murmuraban con esfuerzo:

– Vamos, vamos, no estaría eso mal …

Pero todos seguían sentados, con las manos caídas, con los  pies  paralizados.

Fui a la sala de juego para hablar con algunos individuos. Había periodistas, magistrados, políticos, y a través de las frases, se notaba el abatimiento de las almas. Nadie creía posible la resistencia y, ante el peligro, el egoísmo campaba, feroz y brutal. El odio al enemigo era violento –menos por la pérdida de la Patria libre que por los desastres privados que traería la derrota: uno temía por su puesto, otro por los intereses de sus inversiones. Hasta entonces el Estado era quien daba el pan al país, y con la pérdida del Estado se acababa el pan de cada día. Pero esta indignación en frases hechas agotaba todo el patriotismo de que aquellas almas eran capaces: porque en cada propuesta se sugería lo peor –ceder las colonias a cambio de una alianza inglesa inmediata, o ceder dos provincias – había, en el fondo, la idea inmutable de una capitulación, el horror a la lucha, la ansiedad por no perder el empleo, el terror de perder los depósitos. Y, por lo demás, cada cual, sintiendo la debilidad egoísta de su alma, pensaba que todo el país estaba inmerso en el mismo abatimiento. La idea de un levantamiento en masa, de crear una guardia móvil, unas milicias, era recibida con un encogimiento de hombros: ¿para qué? No se puede hacer nada. Estamos aplastados.

Mientras hablaban así, junto a la mesa de juego donde reposaban, olvidadas, las cartas de la última partida, me acerqué a la ventana: el cielo estaba ensombrecido por una neblina blancuzca; pero bajo el Arco da Bandeira se ensanchaba un gran espacio azul, como un pórtico y en el centro brillaba una gran Luna triste, muda, lívida. La colina, al lado, con su castillo, se recortaba en la oscuridad con su línea suave sobre la palidez azul del fondo. Una inmensa tristeza parecía descender de ese decorado. Me invadió una vaga piedad por las desgracias patrias y, sin saber porqué, me sentí con una saudade angustiada, la nostalgia de algo que había desaparecido, que había acabado para siempre y que no sabía muy bien lo que era… Abajo, el Rossio brillaba en sordina entre los escaparates de las tiendas: la plaza, en torno a la columna, que la luna dibujaba con trazo pálido, hormigueaba de gente: ni un grito, ni una voz… era una masa oscura que parecía amodorrada, arrebatada por ese terror instintivo que hace juntarse a los animales, esperando resignadamente la tormenta, y de las casas blancas, altas, desoladas, descendía la misma sensación de abstención aterrorizada y de concentración egoísta de un oscuro miedo.

De pronto, por el lado de la calle do Carmo, vino un rumor: era una especie de melopea rítmica, que se sentía, que venía por al aire, aproximándose: las luces de antorchas se destacaban sobre las casas blanqueadas, y apareció por la esquina del Rossio un grupo marchando enérgicamente, al compás de un himno patriótico cuyo ritmo imponía un paso largo:

Guerra, guerra, la guerra es santa,

Por la santa independencia…

Eran unos veinte y parecían ser alumnos, por sus altos sombreros, de alguna escuela o de alguna de las asociaciones que por entonces abundaban en la ciudad. Siguieron a lo largo del Rossio, agitando los brazos, alzando las voces, en un llamamiento a la oscura multitud. Pero nadie respondió; toda la masa se apiñaba para ver pasar aquellos entusiasmos solitarios; las tiendas apagaban sus luces, se cerraban por si había una revuelta; y en aquel silencio frío de la indiferencia de la gente y de las fachadas mudas, parecía como si el cántico se extinguiese por sí solo, que el entusiasmo decaía, como una bandera que por falta de brisa, pende inerte del mástil. Cuando llegaron cerca del teatro Dona María el himno casi cesó, las antorchas se apagaron… Todo aquello se hundió en esa masa oscura, como un efímero esfuerzo de heroismo en medio de una vasta indiferencia.

Me retiré de la ventana con un nudo en la garganta, pensando que estábamos definitivamente perdidos.

En fin, como la noche avanzaba, fue necesario hacer algo para disipar aquel pavor. Yo, Nunes Correia, nos instalamos para una partida. En el salón también se sintió la necesidad de sacudirse aquel estado de calamidad de las asustadas señoras: hubo alguna escala de piano, acordes apagados, y al poco rato, una voz que yo conocía de un oficial de Caballería, amigo de la casa, se alzó, floja y afligida, recitando La Judía[5]:

Duerme que yo te velo, seductora imagen…

Entonces aquella melodía, aquella voz suave y nostálgica me parecieron muy raras en esos momentos. Era como un sonido antiguo, obsoleto, de un mundo extinguido, que pasaba como un sueño. Alrededor de la mesa, las  voces monótonas continuaban: paso, pido, … Del Rossio, subía también el mismo rumor sordo de la multitud que llenaba la plaza, y en la sala, con la languuidez amorosa del acompañamiento, elgante, suspiraba la voz del alférez:

                        Duerme que yo te velo, seductora imagen…

¡Y a esas horas el ejército enemigo ya pisaba el suelo de la Patria!¡ Pobre alférez!

 

Nos encontramos días más tarde… yo iba con mis compañeros de la milicia nacional. ¡Y qué milicia! Todo lo que teníamos de uniforme era un capote deshilachado. ¡Y qué armas! Armas de caza. Pero, en fin, allá íbamos, en aquella fría mañana de abril, bajo una lluvia torrencial.

Parece que había una gran batalla, pero no sabíamos nada. Nos hallábamos a media pendiente de una colina que nos ocultaba la línea del frente, junto a un caserón abandonado. Allí estábamos desde hacía dos horas, con el barro por las rodillas, empapados, después de haber andado toda la noche, atontados de cansancio, hambrientos, apoyándonos los unos a los otros para no dormirnos. A nuestro alrededor, de un cielo bajo y lúgubre, caía un diluvio; y el caserón parecía, entre sus cuatro árboles, entre la lluvia, tan encogido y soñoliento como nosotros. En la distancia, la artillería atronaba; otras veces, eran descargas secas, que parecían como si se rasgase una gran pieza de seda; pero ni veíamos el humo, en aquella niebla de aire y lluvia. No sé ni dónde estábamos, ni lo que defendíamos.

Quien mandaba la compañía era el alférez –el mismo que recitaba La Judía. Amarillo, empapado, encogido en su capote, iba y venía delante de nosotros. Ay, ya no se parecía al alférez que se retorcía el bigote junto al piano, girando los ojos tiernos en los pasajes más emotivos.

De pronto, en la tierra mojada, un galope sordo: un oficial, con el uniforme desabrochado, empuñando la espada, la cara encolerizada por la batalla; bello joven, con un hilo de sangre que le caía por la oreja. Detuvo el caballo y gritó furioso:

-¿quién manda este destacamento?

-Yo, mi capitán –respondió el alférez, firme.

– Un millón de diablos, ve por la izquierda, por detrás de la casa, para tomar posiciones en la carretera, al pie del vallejo.

Y partió al galope. Y allí seguimos, en marcha, en el barro en que se nos hundían los pies, con un esfuerzo brutal para saltar por aquel terreno de resitencia blanda, jadeando, bajo la tormenta de lluvia y el estruendo de la artillería que parecía acercarse.

Pasamos frente al caserón: en la puerta, carros de ambulancia y dentro, los gritos de los heridos. Era la primera vez que  oíamos aquellos berridos de dolor abandonado y hubo en el destacamento como un movimiento de duda: era nuestra carne de campesinos, de burgueses, que rehusaba aquella evidencia del dolor y de la muerte.

-¡Marchen! –gritó el alférez.

Llegamos a la carretera pero no veíamos nada. Enfrente, una línea pálida de chopos; detrás, otros árboles, una ermita en lo alto, y por el valle abajo sólo la bruma áspera de la incesante lluvia. Nos detuvimos: en la distancia se distinguía la masa oscura de otro destacamento. Y allí nos quedamos, inmóviles, bajo el agua, tiritando, con una mortal fatiga. Ni un trago de aguardiente… Los pies hinchados en las botas mojadas me torturaban. Y pensando en los días de paz, cuando veía caer la lluvia desde el sillón de mi despacho, me asaltaba una cólera furiosa contra el extranjero, el furor de avanzar, un deseo brutal de carnicería… Y desesperado por aquella inmovilidad, acusaba, en la alucinación de mi cólera, a los generales, al gobierno, a todos los de arriba que no me  hacían marchar. Aquella inacción era odiosa. La ropa se nos pegaba al cuerpo y sentíamos cómo el agua nos escurría piernas abajo; las manos se nos helaban en los cañones de las escopetas, el viento afilado y agreste soplaba valle arriba.

De pronto, un ruido sordo: era una batería de artillería que marchaba a tomar posición: pasó como un torbellino, entre gritos, en la niebla, la lluvia y el barro hasta en las corcovas de los caballos, en los zarandeos de las carretas, con el estallido furioso de los látigos, y pasó, perdiéndose en la bruma con un rumor sordo y blando sobre la tierra mojada.

Súbitamente, a nuestra derecha, una descarga de fusilería; ahora sentimos silbar las balas. Instintivamente nos agachamos, reculando cobardemente como una bisoña milicia…

-¡Firmes! – gritaba el alférez.

Ante mí, un soldado se derrumba como un fardo sobre el barro…y se queda inmóvil, muerto…. Ahora vemos las nubecillas de humo pardo que la lluvia limpia y el viento sacude…. El alférez, de repente, se tambalea, cae de rodillas: está herido en el brazo… pero se levanta como un muelle, agita la espada, como un loco, gritando:

– ¡Fuego, fuego!

Después, ya no recuerdo. El tremendo ruido de la artillería nos alucina. Es como un sueño, como un sonámbulo hago fuego al azar, contra la niebla que envuelve todo delante de mí.

Junto a mí, el alférez cayó de nuevo: se retorcía en el suelo, a gritos, en un dolor de agonía:

– ¿Acábenme, muchachos, acábenme, muchachos!

Fue entonces cuando nos vimos rodeados por una masa negra que bajaba en tromba. Corrimos, tirando las armas, en medio de un griterío ensordecedor…. Sentía que aquella enorme masa de gente se partía, se dividía en grupos, dispersos; unos cien, en el medio, corren, cayéndose, levantándose, rodando por el barro, humillados… Tengo una vaga conciencia de que esto significa la derrota, lasdesbandada, el pánico de las milicias…. y huyo, huyo con una amargura desesperante, gritando sin saber porqué, con el ansia abyecta de encontrar un hueco, una casa, un agujero…

Recuerdo haber visto, en aquella carrera, delante de mí, un oficial sin gorra, – una figura delgada y furiosa – gritando con la boca abierta, agitando la espada, intentando de verdad detener la desbandada… Pero la marea de gente lo sepulta, lo aplasta – y siento, vagamente, mi bota esurrirse sobre su cuerpo inerte y machacado…

Oh, ¡maldita guerra!

Cómo entré en Lisboa y me encontré en mi casa, no lo sé. Recuerdo, sí, pasar por el Rossio y verlo lleno de una multitud horrible – toda la población de los alrededores, refugiándose, en una fuga despavorida frente al enemigo. Era un caos de carros, de ganado, de muebles, de mujeres gritando; una masa bruta y acobardada, remolineando, pidiendo pan, bajo la implacable lluvia. Fue en Lisboa donde me enteré, de forma fragmentaria, de todos los detalles de la catástrofe: las escuadras enemigas en el Tajo, la ciudad sin agua porque el acueducto de Alviela había sido cortado, la insurrección en las calles, y la plebe alucinada, pasando del abatimiento al furor, o atacando las iglesias o pidiendo armas, uniendo a la confusión de la derrota los horrores de la demagogia.

¡Días amargos! Mis cabellos se volvieron blancos.

¡Y pensar que durante años nos podríamos haber preparado!. ¡Y pensar que, como Inglaterra, podríamos haber creado cuerpos de voluntarios, haciendo de cada ciudadano un soldado, y preparando de antemano, así, un ejército nacional de defensa, armado, equipado, enérgico y que hubiera recibido, con el hábito de la disciplina, el orgullo del uniforme!…

Pero ¿de qué sirve ahora pensar en lo que se  podría haber hecho?…Nuestro peor mal fue el abatimiento, la inercia en que habíamos caído. Hubo una época en que se atribuyeron todos los males al gobierno. Acusación grotesca que hoy nadie se atrevería a repetir.

¡Los gobiernos! Podrían haber creado, ciertamente, más artillería, más ambulancias; pero lo que no podían crear era un alma enérgica en el país. Habíamos caido en una indiferencia, en un escepticismo imbécil, en un desdén por cualquier idea, en una repugnancia a todo esfuerzo, en una anulación de toda voluntad… ¡Estábamos caquécticos! El gobierno, la Constitución, la propia Carta tan escarnecida, nos dieron todo lo que nos podían dar: una amplia libertad. Fue al abrigo de esa libertad que la patria, la masa de los portugueses debería haber convertido el país en algo próspero, vivo, fuerte, digno de la independencia. ¡El gobierno! El país esperaba de él lo que debía conseguir por sí mismo, pidiendo al gobierno que hiciera lo que a éste le correspondía hacer… Quería que el gobierno le labrase las tierras, que el gobierno crease industria, que el gobierno escribiese sus libros, que alimentase a sus hijos, que le construyera edificios, que el gobierno le diera un Dios.

¡Siempre el gobierno! ¡El gobierno debía ser el agricultor, el industrial, el comerciante, el filósofo, el sacerdote, el pintor, el arquitecto – todo! Cuando un país abdica en manos de un gobierno toda su iniciativa, se cruza de brazos esperando que la civilización le venga dada desde los ministerios, como la luz viene del sol, ese país está mal: las almas perdieron el vigor, los brazos  perdieron el hábito del trabajo, la conciencia pierde el norte, el cerebro pierde acción. Y como el gobierno está para hacer todo – el país se echa al sol y se acomoda para dormir. Pero cuando despierta – y cómo nos despertamos – es con un centinela extranjero a la puerta del Arsenal.

¡Si hubiéramos sabido!

Pero ahora ya lo sabemos. Esta ciudad, hoy, parece otra. Ya no hay esa multitud abatida y fúnebre, apiñada en el Rossio en vísperas de la catástrofe. Hoy se ve  en la actitud, en las maneras, una decisión. Las miradas tienen un fuego contenido pero valiente; los pechos se hinchan como si de verdad contuvieran un corazón. Ya no se ve por la ciudad ningún vagabundeo: cada uno está ocupado con un deber que cumplir. Las mujeres parecen tener sentido de su responsabilidad, y son madres porque tienen el deber de preparar ciudadanos. Ahora trabajamos. Ahora leemos nuestra historia, incluso las fachadas ya no tienen ese aspecto de rostros estúpidos, sin ideas, porque ahora tras cada ventana, hay una familia unida, organizándose fuertemente.

Por lo que a mí respecta, llevo todos los días mis hijos a la ventana, los pongo sobre mis rodillas y les muestro el CENTINELA. Se lo muestro, paseando despacio, de garita en garita, a la sombra que da el edificio al cálido sol de julio y los empapo del horror, del odio hacia aquel soldado extranjero…

Les cuento entonces los detalles de la invasión, las desgracias, los temibles episodios, los capítulos sangrientos de la siniestra historia… Después, les  señalo el futuro – y les hago desear ardientemente el día en que, desde esta ventana, vean, sobre la tierra de Portugal, pasear otra vez un centinela portugués. Y para ello les muestro el camino seguro –ese que deberíamos haber seguido: trabajar, creer y, aunque seamos pequeños en territorio, seamos grandes por la actividad, por la libertad, por la ciencia, por el coraje, por la fuerza del alma… Y los enseño a amar la Patria, en vez de despreciarla, como hicimos antes.

¡Cómo me acuerdo! Ibamos a los cafés, al Gremio[6], a cruzarnos de piernas y decir, entre el humo de los cigarros,  indolentemente:

-¡Esto es una chusma, ésto está perdido, ésto está en manos de otros…!

Y en lugar de habernos esforzado en salvar ‘ésto’ – pedíamos más coñac y nos íbamos al burdel.

¡Ah! ¡Generación cobarde, tuviste un buen castigo!…

Pero ahora, esta nueva generación es de otra clase. Ya no dice ‘esto’ está perdido: calla y espera; si no animada, está al menos concentrada…

Y, al fin y al cabo, no todo son tristezas: también tenemos nuestras fiestas. Y como fiesta, todo nos sirve: el 1º de diciembre[7], el Otorgamiento de la Carta, el 24 de julio, cualquier cosa, con tal de que celebre una efeméride nacional. No en público –todavía no podemos- pero cada uno en su casa, en su mesa. En esos días se ponen más flores en los jarrones, se decora la lámpara con ramas verdes, se pone la vieja bandera, los escudos[8] que nos hacían sonreir hoy nos enternecen – y después, todos en familia cantamos en sordina, para no llamar la atención de los espías, el viejo himno, el Himno de la Carta… ¡Y se alza la copa por un futuro mejor!

Y hay un consuelo, una alegría íntima en pensar que a esa misma hora, en casi todas las casas de la ciudad, la generación que se prepara está celebrando, en el misterio de sus salones, de una manera casi religiosa, ¡las antiguas fiestas de la Patria!

Notas.-

[1] El Largo do Pelourinho, o plazuela de la Picota, es la que está frente al Ayuntamiento de Lisboa, o Cámara Municipal.
[2] El Arsenal está junto a la Praça do Comercio.
[3] Calle del barrio de Lapa.
[4] Los ómnibus de tracción animal.
[5] Opera de Halévy, estrenada en 1835.
[6] El Gremio Literario, club literario y político que aun existe en la rua Ivens de Lisboa.
[7] El 1º de diciembre de 1640 Portugal se liberó del yugo castellano y recuperó su independencia.
[8] Las quinas son los siete escudos pequeños que hay en el blasón de Portugal, que representan las siete ciudades principales.


Misión en Angola. Episodio 22. El fin de la heroica misión y vuelta a mi Lisboa.

9 enero, 2016

Volví en un transporte militar, un decrépito paquebote comprado de quinta mano a los ingleses, que seguramente habría transportado a los Royal Fusiliers en la guerra de los boers y que estaba más preparado para el servicio en las Islas Hébridas que para los trópicos. Pero, comparado con los calabozos de la PIDE, era un crucero con aire acondicionado.

Del último mes sólo recuerdo el agrio olor a pies del cuartel de la PIDE y el hedor a vómitos de los camarotes donde nos hacinábamos soldados y otros pobres que retornaban a Portugal. Cuando desembarqué en Lisboa no me esperaba nadie. Isabel se había hartado naturalmente de mi silencio y, como pronto descubrí, su tío Francisco le había instruido sobre mi infidelidad con la demoníaca y esplendorosa alemana.

Una vez restablecido mi equilibrio para no andar como mareado, lo que suele acontecer tras largas travesías, y debidamente bañado y con ropa limpia, como almidonada, seca y rígida en comparación de lo que había llevado en Luanda y en el Planalto, me fui a despachar un bacalao à lagareiro como Dios manda, es decir, con su aceite en abundancia y sus patatas asadas un poco aplastadas, acompañado con una botella entera de Dão. Después, enfrenté la tarde lisboeta, su luz suave y su aire fino, con un demorado paseo por el Chiado y el Rossío donde, afortunadamente, no me topé con nadie conocido.

El lugar de la emboscada a Herrinkx

El lugar de la emboscada a Herrinkx

Al partir de Luanda, había hecho balance. Tres éxitos y tres fracasos. Las últimas, no haber aprendido a jugar al bridge, no echarme en los  tiernos y sensuales brazos de alguna de aquellas negras esplendorosas y no haberle devuelto al dueño del hotel, colaborador de la PIDE, los infectos cafés que todas las mañanas me sirvió un remedo de desayuno. Los éxitos eran involuntarios: no haber caído enfermo en aquellos casi cinco meses, aprender a conservar mariposas y no haber perdido mi empleo de pasante en el bufete del doctor Q, que me esperaba en Lisboa.

Con aquellos magros resultados me di por contento y me sumergí en la amable y dulce pasmaceira lisboeta, de la que sólo me sacarían los tumultos del 25 de abril de 1974. Pero eso será objeto de otra pormenorizada historia en una próxima entrega de las historias de mis vidas.

Pero visto desde la distancia de los años, si no hubiera estado inmerso en los placeres de la carne a que nos llevaba el hambre sexual padecida bajo la dictadura (en realidad, tengo que reconocer que esa fue la única cortapisa a mi veleidosos deseos que experimenté bajo la tutela del señor Doutor ; aunque quizás con Marcello Caetano todo fue más administrativo, menos aldeano y cada vez más pesado), un retazo de conversación cogida al azar de mi aproximativo alemán en una de las veladas musicales de la granja de Von Coerper debería haberme puesto sobre aviso y alertado sobre la verdadera conspiración que se tramaba entre Luanda, el Planalto, la rua Antonio Maria Cardoso, la sede de la PIDE. Pero en aquellos meses todavía era un inocente cruzado del señor Doutor, ávido de su reconocimiento paternal. Couto me parecía más una molestia que una verdadera amenaza. Y Lilo, una medida higiénica.

Sólo mucho más tarde supe que Couto era un agente doble que no había dudado en vender al emprendedor Herrinkx.

El MPLA salvaría los bienes de Couto y le retribuiría debidamente en la lejana villa brasileña de Itaquí, fronteriza con Uruguay, donde el viejo pasó sus últimos años. Eso y sus servicios a la PIDE, igualmente discretos, le habían permitido sortear los avatares de 1975, aquella descolonización que fue una oscura desbandada.

La clave estaba en aquella carta que me había entregado para Isabel y sobre la que yo, con hidalguía, no había osado ni siquiera echar un vistazo. La uní a mi trivial carta semanal y nunca pensé que antes de que la portera se la diera a Isabel, alguien había sustraído cuidadosamente las dos hojas de cuartillas de Couto.

Los alemanes estaban aquella noche algo alterados pero entonces no capté la importancia del suceso: sus planes se venían abajo pues el belga era su casi único contacto con las autoridades de Windhoek, en la Namibia colonizada por los sudafricanos y Herrinkx era el único que podía encontrar los apoyos necesarios en la Unión Sudafricana para el proyecto de una especie de nuevo Brasil multiétnico en plena Africa.


Un portugués en La Montaña mágica

2 diciembre, 2015

La Biblioteca Nacional de Lisboa, en el Campo Grande, es de construcción racionalista, con techos de madera y corcho que amortiguan el escaso ruido (los portugueses son silenciosos) y unos tapices y unos frescos sobre los descubridores dignos de admiración. Suele presentar pequeñas pero interesantes exposiciones de literatos, historiadores y personalidades que nos hablan de ese Portugal tan desconocido en España. Y en sus vitrinas suelen encontrarse joyas bibliográficas, cartas, documentos que completan la biografía del personaje elegido.

Hace un par de meses visité la exposición sobre Los dos últimos publicistas, Sampaio Bruno y França Borges, lo que  despertó mi curiosidad por estos republicanos lusitanos de finales del XIX.

 imgresBuscando en la biblioteca, donde se puede adquirir la carta de lector semanal, mensual o anual inmediatamente, he caido en una gran confusión, pues resulta que otro França Borges, éste militar, es el que está debidamente catalogado, con trabajos sobre infantería, sobre la región de Torres Vedras y sobre vinicultura.

 He tenido que explorar en la hemeroteca para encontrar al França Borges que buscaba. Difícil, pues sus artículos están dispersos en periódicos olvidados, finiseculares, de esos que duraban unos meses o como mucho un par de años. La siguiente expedición deberá ser a la Hemeroteca.

 Pero tras sucesivos descubrimientos, he podido saber que Hans Catorp y Joachim Ziemssen conocieron a França Borges en Davos, donde fallecería el portugués en 1915. Joachim y su primo ya habían fallecido, el primero de tisis, el segundo en combate a principios de la Gran Guerra, como cuenta Thomas Mann en La montaña mágica.

 António França Borges nació en 1871 en Sobral de Monte Agraço, a unos cuarenta kilómetros al norte de Lisboa, en la región llamada Estremadura.

 -Yo no soy un hombre de letras, sólo un hombre de propaganda, les comentó a Joachim y Hans cuando el ubicuo y sabihondo italiano, Settembrini, le abordó en una terraza donde Borges reposaba rodeado de libracos.

 Con ello, quiso librarse de ser sometido a un interrogatorio intelectual, en francés, además, pero lo único que consiguió fue la inmediata simpatía de Hans ante su modestia.

França Borges sostenía ubi libertas, ibi patria, por lo que Suiza, aun en la alta montaña, constituyó un descanso a su azarosa vida y a su exilio. Allí, en sus dos últimos años de vida, encontraría la paz de espíritu suficiente para leer todo aquello que no tuvo tiempo y aun para empezar un diario, sepultado en cualquiera sabe qué archivo portugués. Mann pudo saber de él cuando visitó Davos con su esposa en 1912, para inspirar su novela.

 Los disidentes o Generación Nueva, como les llamó Teófilo Braga fueron los pensadores más heterodoxos –pero malos políticos, un poco como los ateneistas españoles, como Manuel Azaña- que Portugal dio en su conjunto y que allanaron el camino para la República, que tan mal terminaría por sus propias limitaciones (con el Estado Novo de Salazar).

 

 


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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