Jorge de Sena (1919-1978), poeta portugués

13 octubre, 2019

El desequilibrio de la Balanza comercial hispano portuguesa es revelador. Portugal compra a España el doble de lo que le vende[1].

Del mismo modo, en la misma o mayor proporción, hay un enorme déficit cultural así como un gran desequilibrio editorial. Los periódicos y los libros españoles están por doquier en librerías y quioscos en Lisboa y Oporto. Intenten encontrar un diario o un libro portugués en Madrid, ¡buena suerte! En materia de poesía es aún más evidente; e injustificado, pues el lector español atento podría leer el portugués sin casi precisar de traducción, porque se pueden apreciar perfectamente, el ritmo, el acento, la sonoridad de la poesía portuguesa.

Así sucede con el poeta, escritor y ensayista Jorge de Sena, una persona independiente, libre y, como tal, inconfortable, poco conocido en España.

¿Cómo apreciamos hoy a Jorge de Sena? De un lado, resaltemos una serie de paralelismos históricos con nuestro país. El fue un exiliado voluntario la dictadura salazarista. Tras el 25 de abril de 1974 ya no volvería, falleciendo en los Estados Unidos.

Hay dos Senas, el de consumo inmediato con sus poemas de intervención o imprecación, de proclamas, y el poema sereno, lento, más duradero.

Su poesía civil, escrita en un contexto político internacional de hace más de cuarenta años, podría ser considerada por algunos algo pasada, pero nos sirve para descubrir mejor su personalidad como alguien políticamente comprometido y siempre independiente de capillas y partidos.

Para tener una visión completa de Sena hay que leer su poesía completa, que es como leer su autobiografía. Incluso con ese tremendo, amargo, Epitafio, escrito –muy prematuramente- en 1953, que termina:

Por eso fui amado con lágrimas y llantos

del mucho amor que a la nada se dedica.

Nada fui, de mí no queda nada.

Y lo que no merezco es lo que me queda.

Si en mis lugares, no obstante, me buscáseis

la nada que encontraréis

soy yo y mi vida.

En España es sólo conocido, significativamente, por su novela Señales del fuego, un relato de su educación sentimental y política con el trasfondo de la guerra civil española, que tanto interés –algo morboso, me parece- sigue suscitando en Portugal. Personalmente, pienso que no es su mejor novela y prefiero sus ensayos y su poesía[2].

¿Cuál es el propósito de Sena? El mismo nos lo dijo en un prefacio de 1960: expresarnos responsablemente, prestar testimonio del mundo que nos rodea, “sacrifiqué alabanzas, posición y algo más (…) por la dignidad de nuestra época”.

Enlaza con Camões, de quien fue no sólo admirador, sino un gran experto, entre muchos en su poema sobre Mozambique, así como en sus sonetos (por ejemplo, en As evidências.

La dimensión musical y la temática musical son un pretexto para su poesía de comunicación, que es también a la vez, de conocimiento. El sostuvo más la poesía como medio de conocimiento que como medio de representación. Así, America, America, I love you, o Ray Charles. Sus poemas sobre música unen el sentido y el sonido, como el magnífico Water music de Händel, que hay que leer en voz alta para apreciarlo en toda su dimensión lírica. Hay también en su poesía un ancho espacio para el erotismo, el deseo, adolescencia (Sinais de Fogo), como en sus Sete sonetos da visão perpétua, o los Post Metamorfose, Variação I e II; o en Pan-Eros.

Sena, gran cosmopolita, como tantos compatriotas suyos, vivió en varios países, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Conocedor a fondo de la literatura anglo-sajona, también conocía muy bien Francia y la cultura francesa, como demuestra su admiración por Péguy y Paul Fort, por René Char, Valéry y muchos otros. Su familiaridad con la poesía francesa se evidencia en muchos poemas, por ejemplo en Chartres ou a pazes com a Europa. Pero también poseyó una gran cultura española –esa que tantos portugueses poseen frente a la poca cultura portuguesa de los españoles-, que se desvela en poemas sobre Goya o la Mezquita de Córdoba.

Gran versificador, maestro de la sonoridad y el ritmo incluso en sus versos libres, hay que leer y releer para mejor apreciar lo que está detrás de sus versos y estrofas. Pero sin anatomizar sus poemas ni diseccionarlos, que es algo parecido a una autopsia, esas “glosas escolásticas” que tapan más que iluminan.

Un cierto amargor se cuela a veces en sus poemas porque se sintió, con razón, algo relegado, como leemos en Exorcismos, 1972, Aviso de porta de livraria, o el tremendo O desejado túmulo, de 1971.

Es preciso que en España ahondemos en la literatura portuguesa más allá del tándem Pessoa-Saramago, esa hegemonía avasalladora que nubla a todos los demás poetas y escritores. Pessoa, incluso, para nuestra desgracia, se ha convertido en un reclamo turístico algo patético, con merchandising, objetos, camisetas e incluso una estatua en el Chiado de Lisboa que sirve para que se hagan fotos risueños turistas que no saben ni quién era. Algo parecido a esos ayuntamientos manchegos que se reclaman de Don Quijote, se inventan letreros y gastronomía, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han leído la novela.

No se trata de Jorge de Sena solamente, sino que hay muchos poetas portugueses prácticamente desconocidos en España, como Ruy Belo –que vivió en Madrid y escribió muchos poemas sobre esta ciudad-, e incluso Sophia de Mello Breyner, Ruy Cinatti, Herberto Hélder o Eugenio de Andrade, o el mismo Fernando Assis Pacheco, que conocía España su cultura, sus ciudades, sus vinos y comidas mejor que muchos de nosotros y no ha merecido apenas alguna reseña en nuestro país. Y también escritores, como Rodrigues Miguéis o Almeida Faria, el primero totalmente inédito y el segundo con muy pocas obras traducidas al español.

Queda en el tintero otro artículo sobre este desconocimiento primario de las literaturas de expresión portuguesa de que adolecemos en España, como sucede también con la brasileña, en parte porque fue excluída de nuestro “boom sudamericano” de hace medio siglo, que solamente se centró en los que escribían en español.


[1] Portugal vendió a España en 2017, por valor de 12.200 mil millones de euros y compró por valor de 24.200 mil millones de euros. Hay un déficit comercial muy elevado, y más si tenemos en cuenta que España es el primer proveedor (32% de la importaciones portuguesas vienen de España, frente al 14% de Alemania y 7,8% de Francia).

[2] La única Antología de poemas de Jorge de Sena publicada es de Martín López Vega, en Pre Textos, 180 páginas, 2013, y representa solamente el 10% de la obra poética del autor y, como todas las antologías, es necesariamente limitada y subjetiva.


La isla del último hombre, de Bruno de Cessole, un perturbador thriller sobre el terrorismo islámico

7 octubre, 2019


Reseñar un libro aún no publicado en España es posible en este blog particular, exento de todo compromiso editorial y sólo guiado por el gusto de la lectura.


El yihadismo de los musulmanes europeos es pasado a la lupa en esta novela sobre las investigaciones de un periodista francés experto en islamismo, y sus problemas subsiguientes con los servicios de seguridad francés y británico y con los terroristas.

Poner en evidencia la amenaza del islamismo radical parece que incomoda a muchos, como les incomoda que se denuncie el machismo, discriminación y desprecio de la mujer cuando los autores son musulmanes. Los mismos que denuncian con rapidez los crímenes machistas callan, disimulan o pasan un tupido velo (¡nunca mejor dicho!) cuando los autores son musulmanes. Y se obvia mucho la opresión legal, diaria, y mortal a veces, de la mujer en el mundo musulmán, resaltando sólo la que sufre en las sociedades occidentales, que no tiene comparación. Todos los días vemos también en los medios esa tendencia solapada a ocultar, escamotear o disimular la autoría de crímenes por motivos yihadistas. La última ha sido la del asesinato de cuatro policías franceses que los medios se apresuraron a calificaro de acto aislado de un “alucinado”. La investigación ha demostrado que era un acto de terrorismo islamista bien premeditado. O como se cubren los atentados en Alemania o Francia contra judíos, sinagogas y cementerios obra en su mayoría de radicales islamistas pero llamados con el genérico ‘acto antisemita’.


Pues bien, Bruno de Cessole (https://fr.wikipedia.org/wiki/Bruno_de_Cessole), periodista y escritor francés, pone en esta novela los datos reales en relieve. Como él nos dice, la trama y los personajes son ficción, pero los hechos, los datos sobre las barriadas donde prolifera el yihadismo, sus mensajes, son estrictamente reales, producto de una larga investigación.


El libro es muy perturbador y el lector se pregunta al final si este terrorismo tendrá fin algún día; entre otras razones por la inepcia y cobardía de los gobiernos europeos a enfrentarlo en todos sus campos: en el reclutamiento, en las mezquitas de los barrios, en las escuelas, en el rap, en el mundo de la inmigración musulmana donde el vacío de los valores republicanos y democráticos se hace sentir, como una isla enorme en medio de la democracia occidental.


El islamismo radical es un enemigo interno de la democracia y de la libertad por dos razones principales: primero, por lo que significa en sí mismo, su negación de los valores liberales, de separación entre política yreligión, de igualdad y tolerancia, segundo, por lo que provoca en la reacción xenófoba y populista europeas. Pero la lucha contra este cáncer en las sociedades occidentales debe ser protagonizada y dirigida por los demócratas, no por los populistas tipo Orban, Salvini o Vox.


El reclutamiento ideológico entre los inmigrantes de religión musulmana es particularmente grave pero los gobiernos miran para otro lado para no ser acusados de antiislamismo. Sería necesario que esta lucha fuera contemplada como un esfuerzo por consolidar la democracia y reprimir a cuantos la ponen en peligro, sean fascistas, sean islamistas. Pero los políticamente correctos sólo ponen el acento en la lucha contra los fascistas y dejan en sordina la amenaza islamista que se impone, por acción u omisión, a la mayoría de la inmigración musulmana en Europa.


Ésta es diseccionada en este libro: los llamados chibanis son aquellos primeros inmigrantes de los años 1945 al 1975, que se integraron bastante bien por el trabajo, hoy jubilados, pero muchos de cuyos nietos, nacidos en Francia, son los partidarios de la yihad. Los terroristas franceses de Trappes que van a partir a Siria lo dicen con mucha claridad:


“Hubieran querido integrarse, nuestros padres, hicieron todo lo posible, pero los franchutes sólo les han dado los trabajos peores, los que ellos no querían hacer. ¡Sólo buenos para la porquería y las basuras! ¡La libertad es para vosotros, no para nosotros, la igualdad, entre vosotros, los franchutes! Por eso nosotros pasamos de Francia, de la república y sus proclamaciones de mierda, somos nosotros los que no queremos nada de vosotros. ¡Tú no estás aquí en tu casa, estás en Argelia, en Marruecos, en Túnez, en Turquía, en Mauritania, en Libia, en Mali, en Burkina, pero no estás en tu Francia!”


En otro momento, estos yihadistas, crudamente le dicen al periodista:


“Te equivocas, chaval, dijo Sufian, con una siniestra sonrisa (…) todos los años yo degüello corderos para el Aid, tengo mano, degollar un infiel no es más difícil y no me plantea ningún problema, con la ayuda de Alá”.


El resumen y pronóstico del periodista Saint-Réal sobre el empuje salafista en Europa en el seno de la inmigración musulmana es muy pesimista:


“Sabía que las mayorías son pasivas y fácilmente manipulables. Y se daba cuenta de que los musulmanes más pasivos aceptarían, de mejor o peor gana, la ley del más fuerte si los salafistas alcanzaban su objetivo, si no en el conjunto del país, al menos en ciertos territorios. Entre su lealtad a las leyes de la República y la solidaridad islámica, no dudarían por mucho tiempo”.
Nada es casual ni fortuito en esta novela, ni siquiera el cinismo con que los servicios MI6 (seguridad exterior británica) ni la DGSI francesa tratan del asunto, no dudando en sacrificar o quemar agentes, expulsarlos o maltratarlos, como sucede con la agente británica Deborah McRuari, la otra protagonista de esta novela.


Las descripciones de las banlieues, de los personajes, de las ciudades como Aleppo –hace unos meses, en manos del ISIS- o Beirut son exactas y completamente actuales. El personaje del periodista Saint-Reál, stendhaliano (de temperamento conservador e ideas progresistas), algo ambiguo –simpatizante casi de la causa islámica- y al final demasiado ingenuo, responde a ese particular carácter que encontramos en la literatura francesa, culto, desencantado y cosmopolita. Las escenas de caza en la remota isla escocesa de Jura –donde se refugió George Orwell unos meses para escribir- son nítidas y bellas. No en vano, De Cessole ha sido también cazador y conoce bien de lo que escribe. El recurso a la remota Escocia ya ha sido explotado en la literatura negra, desde el mítico 39 escalones de John Buchan, y muchas otras novelas de espionaje inglesas.


No puede ser más oportuno este libro tan revelador cuando estamos viendo ahora en las pantallas una especie de compasión por los yihadistas del ISIS y sus familias que están prisioneros en campos de detención. Como si sus esposas fueran unas inocentes que “no sabían nada” de las actividades de sus “benditos” esposos. El sentimiento de culpa occidental y una cierta cobardía racional y de actos para enfrentarse con claridad al mensaje retrógrado de una parte del Islam, proliferan en nuestras acomplejadas sociedades.

Este libro entiendo que podrá molestar a los servicios oficiales, dejados al desnudo en su oportunismo y su rivalidad. Daría también para un guión cinematográfico.


Ha sido presentado en París hace unas semanas y esperemos que lo sea pronto en España y que sea traducido con prontitud, pues aún estamos bastante en la inopia, con un cierto buenismo y ese miedo cerval a ser considerados racistas o de Vox, en lo que se refiere a la comprensión del peligro del islamismo radical y el salafismo.


L’île du dernier homme, de Bruno de Cessole, 424 págs., Éditions Albin Michel, 2019. ISBN 978-2-22644196-6


Judas, por Amos Oz, para entender mejor Israel

30 septiembre, 2019

¿Qué es la traición? ¿Qué es un traidor? ¿Quién lo es?

Estas son las tres preguntas que sobrevuelan el libro del escritor israelí.

Oz desapareció hace un año y ya había abordado la ambigua situación del disidente considerado como traidor. Así empieza su novela, Una pantera en el sótano: “a menudo me han tildado de traidor, en mi vida”.

El tema no es en absoluto nuevo, lo que lo hace precisamente mucho más difícil de abordar, y más en el contexto de la vida de Israel y su reconocimiento como Estado.

En Judas se habla de la traición de Judas, de Shaltiel Abravanel, un disidente judío ante el establecimiento del Estado de Israel –que fue considerado traidor por muchos judíos-, y además hay otros relatos entrelazados. El más inmediato son los meses en la vida de un estudiante desencantado que va de Haifa a Jerusalén y cuida de un anciano, al tiempo que se enamora de la nuera de éste, viuda de un combatiente muerto ignominiosamente en la guerra de 1948. El lugar es Jerusalén en 1961, cuando solamente una cuarta parte de la ciudad era israelí. La vida cotidiana de Shmuel, sus sueños, su eterna inseguridad y timidez casi paralizantes, sus recuerdos de Haifa y la rara relación con sus padres y con su hermana,

El segundo relato o nivel trata del amor, de si existe, primero, y de si podemos distinguir el amor pasión del amor al prójimo. El amor de Judas por Jesús, la desesperación del abandono, del destierro, de las despedidas. Una versión de Judas Iscariote que ha chocado a judíos y cristianos que han leído el libro

El tercer nivel de comprensión es qué significa Israel como Estado, por qué debe existir –o no-, quiénes se sienten isaraelíes y quiénes solamente judíos, aunque tengan el pasaporte, o, incluso, simplemente hebreos.  Qué hay de victimismo, de error, de arrogancia, fuerza, dureza o crueldad al crearse un Estado, un poder real, civil y militar. Cómo se sienten las diferentes generaciones, sobre todo los que vinieron a Palestina con el sueño sionista, socialista, heredado en gran parte de los movimientos revolucionarios rusos, ucranianos, alemanes y polacos, de donde procedía la mayor parte de la primera inmigración, antes de 1936, sus actitudes diversas ante la población árabe.

El cuarto nivel es solamente una conjetura, un misterio. Cuál es el significado de Jesús, el judío, en el mundo judío de entonces y después, como personificación de otra religión, la cristiana.

Oz indaga sobre qué puede justificar las masacres históricas, la Inquisición, los pogroms, el holocausto y la expulsión violenta de gran parte de la población árabe del antiguo Mandato Británico en la guerra de 1948.

En todo el libro planea la duda, la incertidumbre, pues Amos Oz, judío laico, no creyente, es, sin embargo un muy buen conocedor de la tradición cultural y mística judías –léase Los judíos y los libros, escrito junto con su hija Fania Oz-Salzberger. La duda, el rechazo a una sola posible interpretación es precisamente el alma misma del Talmud que incluye todas las discusiones, apostillas, críticas, a cualquier interpretación dogmática de los textos religiosos. El Talmud es la negación del dogma como tal y es una crítica, por consiguiente, a los que se consideran poseedores de la verdad única, universal, total.

De los cuatro personajes de esta novela, uno ya está muerto, Shaltiel Abravanel. Pero, junto con los tres vivos, Shmuel Ash, Atalia Abravanel y Gershom Wald, cada uno mantiene una posición diferente, piensa de forma distinta. Wald y Shaltiel, anciano uno, difunto el segundo, encarnan esa sabiduría que el judaísmo reconoce a los ancianos, que según van alcanzando la edad patriarcal, más cerca -aunque aún lejos- están del conocimiento. Hay unas frases con las que Shmuel, el más joven, suele contestar, que son el paradigma de esta concepción de la verdad: “Sí. No. Tal vez”, “No. Sí. Puede que un poco”, “Sí. No. A veces”. Y de la escondida e inalcanzable verdad, como dice Gershom Wald en una ocasión: “Los ojos no se abrirán jamás. Casi todas las personas caminan por la vida, desde que nacen hasta que mueren, con los ojos cerrados”.

Amos Oz, un israelí que duda, probablemente se refleja y se reconoce en los dos personajes mayores: Gershom Wald y Shaltiel Abravanel (repárese que uno es askenazi y el otro sefardí), el realista y el soñador (que será considerado traidor, no sólo disidente, precisamente).

-…”estábamos entre la espada y la pared?

-No, vosotros no estabáis entre la espada y la pared. Vosotros érais la espada y la pared” -decía Shaltiel.

No en vano, Oz declaraba en 1967 que llegaba asentirse extranjero en su propio país. Los pone en juego precisamente para demostrar que es muy difícil, si no imposible, dar toda la razón a uno o a otro.

Hay además dos aspectos que hacen el libro más interesante que si fuera una mera discusión sobre el acto de la traición y la persona del traidor. A través de la descripción de la vida de Shmuel, se percibe esa Jerusalén algo sombría pero acogedora, esa vida cotidiana del Israel de 1961, pobre, llena de gentes algo desgalichadas venidas de los más diferentes países, con sus lenguas, atavíos, sus costumbres, su culinaria. También se trasluce la historia del pueblo judío. Y todo con un lenguaje bello, sin adjetivos innecesarios, sin florilegios, donde describe las callejuelas, los árboles (simbólicamente, la higuera y su sombra), la lluvia, los montes, la luna.

Para comprender y apreciar mejor el libro, en todas sus dimensiones, habría que saber más de la tradición judía pues contiene guiños misteriosos, como los ladridos de los perros en la noche, la frecuente aparición de gatos vagabundos, sin dueño, las aves nocturnas que pasan rozando la cabeza. Otros son más conocidos, como el de la parra y la higuera (mencionada), a cuya sombra se da el epítome de la paz del hombre según la Biblia. Pienso que hay mucho simbolismo encubierto y no hay palabras sin significado.

Los libros, tanto los citados como los aludidos, son los otros protagonistas de la novela de Oz (catalogar Judas de novela es algo reductor, limitado).

No falta, como es natural, el humor, centrado en ese personaje torpón de Shmuel –que se desprecia bastante así mismo, neurótico-, con sus movimientos y sus palabras, su manera de andar y mover los brazos, y sus palabras que Atalia corta siempre de manera fulminante, intemperada. Shmuel es inhibido, como heredero de todos eses rechazos y miedos de los judíos de la Diáspora, perdidos entre gentiles, con su miedo al ridículo y a molestar. Shmuel padece asma, no ha podido estar en el ejército y tiene siempre el miedo de que o consideren un desertor. Y que termina en Beer Sheva, en el Neguev, la antítesis de Jerusalén.

Y al final, Oz trae esa frase dura: “os dijo una vez que en esta ciudad cada uno es una especie de mesías, dispuesto a crucificar a sus adversarios por sus creencias, y a ser crucificado él por las suyas”.

Y es que en el libro, bajo todas esas conversaciones, historias y discusiones, hay algo más. Es un buen antídoto para todos esos que hacen la media de los israelíes (y también de otros pueblos y naciones), sin reparar en la enorme diversidad de opiniones y pensamientos, de experiencias pasadas y presentes. Israel, como lo demuestran los numerosos partidos políticos del país, sus miles de organizaciones y asociaciones, es uno de los países menos uniformes tanto en cuanto a orígenes, culturas, tradiciones y en cuanto a la idea que ellos tienen de sí mismos.

La elegancia y esa cierta sequedad de la escritura de Amos Oz (Klausner era su apellido original), que recuerda Chéjov, sirve al lector para descartar todos los estereotipos sobre Israel y los israelíes, toda certidumbre y todo dogma. Un libro ilustrador, polémico y bello.


El egregio murmullo de Almeida Faria

24 junio, 2019

Hace algún tiempo tuve la impertinencia de abordar a Almeida Faria, sin conocerle más que de lectura, en la feria de libros viejos de la rua Anchieta de Lisboa. Es un hombre afable, derecho como una tabla, de una austeridad elegante, que escribe en su portugués depurado, donde cada palabra encaja sin sinónimos posibles, sin metáforas muertas. Abordar su obra es complejo porque se resiste a encajar en categorías al uso.

Tras un relativo largo silencio, su último libro, O murmúrio do mundo, El murmullo del mundo, es el relato de su viaje a Bombay, Goa y Cochim en 2012, en contrapunto con las citas y diarios de otros escritores y viajeros de entonces y de ahora, desde el legendario Mendes Pinto hasta Borges o Conrad.

Goa fue el último enclave portugués en la India, arrebatado en una rápida operación militar de Nehru en 1961. Las huellas portuguesas han sido conservadas y protegidas y Goa sigue siendo una referencia cultural. Muchos goeses viven en Portugal, con nacionalidad portuguesa, venidos de Goa y de Mozambique, donde se establecieron sobre todo desde 1961 hasta 1976, cuando éste era todavía colonia. Era un trayecto común de la India al Africa austral, que también se produjo en las antiguas colonias inglesas.

En O murmúrio do mundo –que espero merezca la atención de un editor español-, se manifiesta, además de su estilo, el humor de Almeida Faria, su saludable distancia ante los mitos, rompiendo con el discurso nostalgioso habitual de quienes evocan del Imperio perdido (él llama al Portugal de entonces ‘provincia-imperio’). No quiere hacer mendespintismo, (del libro Peregrinação, 1554, donde este misterioso mercader de Indias, Fernão Mendes Pinto, de Montemor o Velho, -Almeida Faria es de Montemor o Novo, 1943- relató sus viajes, o incluso se los inventó), sino simplemente contar lo que ve, pues cada viajero ve lo que quiere ver.

Su primera novela, Rumor branco, revolucionó en 1962 la literatura portuguesa. Era otra escritura, no canónica, y era la historia de una desesperación, una auténtica metáfora de aquel Portugal salazarista. Se puede leer de nuevo porque no ha envejecido pues, aparte de la historia de fondo, la forma de expresar los sentimientos y describir el campo, las chabolas, la cárcel, los sentimientos íntimos, es singular. Algunos de los siete fragmentos en que se divide se pueden leer incluso como un largo poema, especialmente el séptimo.

Tetralogía Lusitana (Paixão, Cortes, Lusitânia y Cavaleiro Andante), publicada en 1983, es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Es un mosaico compuesto con las piezas, teselas, de unas vidas, con una imaginación rica, imprevisible, pero enraigada en lo real. Los personajes encarnan diferentes papeles y distintas visiones de lo que está sucediendo, como en un drama. Arminda es el sentimiento, Marta, lo onírico, André el caballero andante, Tiago, el niño testigo de la ocupación de tierras, etcétera. La obra, compuesta por diarios, sueños, monólogos interiores, cartas y observaciones del narrador puede leerse de adelante hacia atrás, por trozos, o de forma tradicional, del principio al fin. Me parece que expone bien esa tensión entre ciudad y campo tan presente en Portugal, dos mundos que se cruzaban pero no se mezclaban, así como el contraste entre el país de entonces, cerrado, y el extranjero, Italia sobre todo. Y todas las contradicciones de aquel proceso revolucionario que había comenzado, no con un movimiento del pueblo, sino como un golpe militar. La complejidad y riqueza de su escritura se prestaría a esos cuatro niveles de interpretación utilizados en la mística judía, aplicables al análisis de textos: la lectura simple o lineal, la que sigue los indicios dejados por el autor, más allá de lo inmediato, la que es indagatoria o comparativa (en las alegorías) y finalmente, la de descubrir el significado secreto o incluso místico, las claves de su mensaje. En la obra de Almeida Faria creo que se dan todos esos niveles de posible lectura.

Almeida Faria, incluyendo lo histórico con lo alegórico, con las metáforas, ha ido siempre a contrapelo, a contracorriente. No se ha sometido a ese cierto conformismo intelectual de sentido único que prevalecíó -y aún existe- tras el 25 de abril de 1974, cuando lo que era ‘subversivo’ era no justificar todas y cada una de las actuaciones, y errores crasos, que se llevaban a cabo en nombre de la revolución. Nos describe la atmósfera pesada, incluso de miedo, que empapaba el Alentejo y Lisboa en noviembre de 1975, y revela la auténtica desbandada que fue la descolonización, sobre lo que se guarda en Portugal un relativo y quizás culpable silencio.

Ilustración de Mário Botas

Pone boca abajo y patas arriba los mitos nacionales tanto antiguos como actuales, incluido el ‘sebastianismo’, pues observa su país sin anteojeras. Todo esto hace que una cierta crítica literaria “de sacristía” le haya pasado factura pues si fustigó el colonialismo y la dictadura, también ironizó sobre los lugares comunes de la izquierda. Su obra, aunque consciente social y políticamente, nada etérea o abstracta, es más lírica y psicológica, superando la obviedad y la inmediatez política. No acepta una catalogación fácil y resiste a tantos prejuicios que sólo encubren la debilidad teórica de muchos de esos críticos ‘administrativos’.

Innovador, Almeida Faria lee en seis idiomas, ha seguido las pistas abiertas por escritores europeos que rompieron muchos moldes. Además, como ha sido profesor de filosofía -“esa ilusión de poder conocer mejor el mundo”-, su obra tiene siempre, además del enfoque estrictamente literario, descriptivo, unas referencias y evocaciones culturales de fondo.

Esa mezcla de cosmopolitismo cultural y su origen alentejano, de una ciudad pequeña, Montemor-o-Novo, bella pero recatada, se manifiesta en su obra, que, sin perder las raíces, vuela con perspectivas universales, sin quedar encerrada en Portugal.

En la obra de Almeida Faria encontramos la indagación de los sentimientos sobre el telón de fondo de la realidad del momento, cruda, evidente (como las tierras ocupadas y la persecución de propietarios, no sólo de los terratenientes, en el Alentejo de 1975), la huida despavorida de los civiles de Luanda y el ejército portugués cruzado de brazos; en suma, la sociedad estremecida de aquellos años. En la Tetralogía, al final, parece planear ese sentimiento de salvarse del miedo, de una cierta resignación y el deseo de vivir, eso mismo que vemos en Chéjov, por ejemplo, “mis queridas hermanas, nuestra vida no se ha acabado todavía. ¡Viviremos! La música es tan agradable, tan alegre, que creeríamos estar a punto de saber por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Si lo pudiéramos  saber, si lo pudiéramos saber!” (Las tres hermanas).

Ha publicado también relatos. Vanitas, 51, avenue d’na, por ejemplo, es la mejor guía para visitar la Fundación Gulbenkian, una especie de ekphrasis de algunas de las obras más queridas de Caluste Gulbenkian, entre ellos los cuadros de Fantin-Latour. Los paseos de un soñador solitario es un relato de tipo borgiano, donde sale a relucir, con ironía, la persona de un hijo de Rousseau (quien estaba tan preocupado del bien común que abandonó varios en la Inclusa, por aquello Émile ou de l’éducation). Ambos han sido publicados en España por una pequeña editorial –parece que son siempre las pequeñas las que osan- pues sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, lo que además no tenía mucho sentido editorial por ser solamente el tercer volumen del cuarteto o tetralogía. El foso comercial entre creación y edición sigue siendo demasiado ancho y, salvo los dos escritores más conocidos, Pessoa o Saramago, siguen pesando bastante esas ‘costas voltadas’, ese dar la espalda, de España hacia Portugal.

Entre sus amigos se contó el novelista Vergílio Ferreira, y hoy el escritor brasileño Raduan Nassar (Brasil ocupa un lugar importante en el imaginario de Almeida Faria), así como los españoles César Antonio Molina y Adolfo García Ortega. También, Eduardo Lourenço, el pensador y analista literario más importante de Portugal, que ha escrito los prefacios de algunos de sus libros, entre ellos al Murmullo del mundo. Y entre sus influencias podemos rastrear a Faulkner, mas también a Shakespeare y Cervantes, además de ciertas preferencias por René Char o Saint-John Perse.

Almeida Faria nunca ha alzado la voz, es demasiado elegante para ello, ni impreca ni imparte sermones y consejos. Es un librepensador sin presunción alguna. A través de su obra, con una lírica que denota su gran acervo cultural, su profundidad y sensibilidad, de un murmullo constante, egregio, nos acerca a la historia de Portugal. ¿Es su obra ficción o documento? Los acontecimientos están siempre ahí, en la realidad más vivos que la propia ficción.

Para terminar, leamos un párrafo de su primer libro, Rumor branco, que expresa muy bien ese deseo irrefrenable, la necesidad, de escribir, que comparten tantos escritores:

escrever como derradeiro desafio. desejo de construir deitando tudo abaixo. escrevo como se fosse chorar ou dar um grito largo ou emudecer e isso se nota no que escrevo. esse fim de mim e começo de mim.

[escribir como el desafío final. deseo de construir echando todo abajo. escribo como si fuese a llorar o a dar un grito largo o a enmudecer y eso se nota en lo que escribo. ese fin de mi y ese comienzo de mi.]


Encuentro con Juan Vicente Piqueras, poeta

10 marzo, 2019

El pueblo de Requena fue siempre para mi un lugar escondido, una pequeña incógnita en mi niñez. Era el recuerdo de mi padre, que allí trabajó como Agente de Extensión Agraria por los años en que Juan Vicente Piqueras nació, no muy lejos, en Los Duques de Requena.

De Requena me traía mi padre -que vivió años en destinos laborales por los pueblos de España- el “vino de niños”, que debía ser un mosto dulce que alegraba los postres y me hacía sentirme mayor. Muchos años después he ido a Requena a ver cómo era ese pueblo, a buscar la casa donde habitara mi padre, que ya no existía. Por la carretera hacia el sur, hacia Casas Ibáñez y Albacete, camino de Jaén, pasaría por el lugar natal de Piqueras. Pinares oscuros y viñedos bermejos, era otoño.

Y hoy, tarde casi, descubro a este poeta que ha vivido por muchos lugares del Mediterráneo, que ama la lengua italiana y la francesa, que está empapado de la lírica antigua de las dos riberas de este mar histórico.

Descubrir un poeta es descubrirse un poco a sí mismo, enfrentarse a sentimientos y pensares que uno reconoce y en los que se reconoce. El poeta se expone y se muestra en todas sus debilidades y fragilidades, en todos sus sueños y anhelos. Es de agradecer que un poeta nos ayude a descubrirnos descubriéndose él mismo, con el pudor y la delicadeza de metáforas no evidentes, inteligentes, evocadoras y sugestivas, que nos abren otro horizonte. Es adentrarse en el universo del otro, salir de sí mismo y de un cierto confort de lector de los poemas ya conocidos para enfrentarse a otras preguntas, dudas y plegarias laicas, como nos dice Piqueras.

Si un libro no hace un poeta ni una golondrina hace primavera, Juan Vicente Piqueras, descubierto hace un instante, nos abre otro discurso poético, de sinceridad casi dolorosa, de una larga obra publicada desde que tenía treinta años.

En Adverbios de lugar (Visor, 2004), con sus tres partes, Ida, Sed y Vuelta, el poeta nos habla de lugares, de partidas, de “cruzar ese íntimo desierto … con un libro que haga las veces de Corán, de Biblia,/ de Torah y Tao y tenga / las páginas en blanco o esté escrito / en una lengua que nadie comprenda”. Es la poesía de la vida, áspera y suave, esa necesidad de ‘existir un poco’ que dijera un escritor olvidado.

El poemas Sauces es un homenaje a José Hierro, otros, como Altrove (del italiano, ‘en otro lugar’), se interrogan sobre el sentido y la validez de la poesía, “¿para hacer y nombrar siempre lo mismo?”, que Piqueras nos muestra como esa generosa apertura al mundo, a terceros desconocidos.

“Vuelo sin cielo: escribo. Sólo sé

que no sé adónde voy ni qué destino

aguarda a mis palabras migratorias.”

Y la eterna duda del poeta,

“Aquí en mi mecedora

hablando en soledad con el que fui

escribo lentamente cualquier cosa,

escucho cualquier disco

y mido mis zapatos

rotos de caminar hacia ninguna parte”.

El mar, el desierto, la vida nómada (como la que lleva él), surgen en cada poema así como las referencias de lugar, los adverbios de lugar, en una tradición que me hacen recordar a Kavafis, al Camus de Retour à Tipasa, a Jaime Gil de Biedma, y seguramente a poetas italianos, que tan bien conoce Piqueras (ha traducido a varios), o árabes, pero yo aun no conozco.

En esta colección orgánica de poemas –los que más me gustan son los de Sed–  surgen los eternos problemas del hombre, abordados sin conmiseración y con tremenda sinceridad, el amor (Amor sin mí, El ciprés y la palmera, y otros), el desamor, la soledad (La palabra lejos), la duda, el cansancio, la incertidumbre, la consoladora belleza, la inocencia del niño (Ailleurs), la pérdida de los amigos,

“Yo soy la puerta de tu habitación

Soy tu espejo y tu armario

y la duna de dudas de tu almohada.

Soy el incendio que llama cenizas

a su futuro, fe a lo que le falta,

el miedo a no saber amar, tu sed.”

La naturaleza está siempre presente en esos lugares por los que transita el poeta, como un destino al que nos acercamos irremisiblemente, irresponsablemente,

“La tierra se ha cansado

                                    de su propia paciencia

y ni frutos ni fuentes,

                                    humillada

comienza a darnos nuestro merecido”,

Como relata en el épico y desesperado poema Tormenta de arena.

Agua, sed y arena son recurrentes como metáforas de vida, afán y consuelo. Su vida en el sur del Mediterráneo le ha marcado.

Los árboles, el ciprés, el sauce, el cerezo, las palmeras (que cantan salomas), las higueras, los cedros, forman parte del universo natural del poeta, árboles a veces podados, talados, caídos, secos, como el símbolo de lo efímero pero que siempre renace, gracias a las semillas que los vientos esparcen.

“Todo es naturaleza y a ella vuelve.

Como el dolor al mar y yo a mi aldea”.

Es necesario hablar con el poeta no para que nos explique sus poemas –que tienen sentido en sí mismos-, sino para que nos ayude a descubrir esa cultura mediterránea que posee, para que nos guíe e ilustre, que muchas vivencias y lecturas se atisban en sus versos.

Releer, la poesía es para releerla, los  libros de poemas se guardan para consolarnos de vez en cuando, volviendo a abrirlos cuando necesitamos volver y queremos sentir lo que no entendemos. Son como devocionarios laicos. Al igual que un buen cuadro al que volvemos siempre porque nos evoca algo desconocido pero íntimo, misterioso, que no sabemos definir pero sí sentir, así este libro de poemas –que me llevará a leer más poemas de Juan Vicente Piqueras, que este libro lo he encontrado en la librería Antonio Machado, de Madrid, pero hay muchos más-, porque un buen poema es como un pequeño puerto de abrigo para detener un momento nuestro errar por este mundo y sosegarnos.


‘Periplo alfabético de un fumador de pipa’, por Ignacio Vázquez Moliní

5 febrero, 2019

No seré objetivo, lo aviso. El señor Moliní, con quien comparto impostura bajo el nombre del decadentísimo portugués Rui Vaz de Cunha, tiene la manía de escribir y no seré yo quien le desanime, al contrario. Este es más un libro de viajero que de viajes y, por tanto, no es lineal.

En efecto, la estructura del libro es alfabética en vez de itinerante, ya que relata sus estancias, algunas a tiro de piedra de su casa, como la L de Lapa, barrio lisboeta donde mora el escritor, según la inicial. Están representados los cuatro continentes con diecisiete europeas ciudades, cuatro asiáticas, cuatro americanas y tres africanas.

Vázquez Moliní, grand flâneur, es todo lo contrario de esos viajeros ingleses o franceses, a menudo condescendientes, que miran con superioridad al pueblo visitado. Moliní nos cuenta de personajes, de sus dudas y extravíos, sus sorpresas, todo acompañado de una pipa bien olorosa. Nunca juzga. Como mucho, deja caer un comentario irónico, como cuando en Arles le dejan comer a deshora sin que le suceda lo que a tantos viajeros que se topan con la eterna, marmórea, inamovible respuesta francesa: “désolé, la cuisine est fermée”. O cuando compara los procedimientos de los guardianes de la revolución iraní en la puerta de la Mezquita de Qum con el derecho administrativo español, complejo, contradictorio y muchas veces incumplido.

Su hilo conductor es una afición ya caduca, decadente y destinada a la prohibición total por los guardianes de la Sanidad orwelliana, como es fumar en pipa. Dije que no sería objetivo. La pipa es un residuo de civilización. Mi padre también fumaba en pipa y sus cachimbas las guardamos como pequeñas reliquias, así como algunas latas vacías de Amphora, Dunhill, Capstan’s o State Express que sirven para guardar tornillos, monedas viejas, gomas de borrar y sacapuntas.

Además de las equivocaciones, despistes y desorientaciones del viajero normal, Moliní añade tres problemas más al viaje: encontrar un lugar donde le dejen humear, conseguir un buen tabaco y escoger bien la pipa. Todo ello da en el humor, además de que escudriña los lugares más imprevistos para poder fumar en paz. No en vano, cita a Potocki (Manuscrito hallado en Zaragoza) y la teoría del laberinto para justificar su libro.

Además, el viajero encuentra personas, evoca amistades, como la del inefable Primitivo Martínez, en Beirut, al que yo tuve el gusto de conocer años después en Rabat, donde dirigía el instituto Cervantes (de antes de la institución). En La Habana, bajo la H, nos habla de don Ramón, en Kyoto les hace a sus anfitriones una sopa de ajo. Es un viajero con afectos, no un instagram con piernas.

Algunos de los lugares que describe son hoy casi leyenda, como Sidi Bu Said, Beirut o Marienbad. Otros se prestan al paseo como Rávena o Nicosia. Incluso alguno, como en el libro de Potocki, son inventados, tal Faronípolis, que es un homenaje a su admirado escritor Luis Landero. En Gijón, con la X regionalista, licencia poética para poner una ciudad o lugar que no sea Xanadú, donde no ha estado, resulta que hasta pierde la pipa.

Al final hay un pequeño glosario con las marcas de tabacos (algunas supongo que desterradas para siempre de la industria por mor del Estado salubre) y de las pipas, que hoy serán casi objeto de colección. Me quedan dos dudas: cómo olerá el tabaco Latakia, y cómo serán, y cuáles sus efectos de fumarlas, las pipas de Espuma de mar, Aphros en griego, de donde viene Afrodita. ¿Será que fumar en pipa es afrodisíaco y no quiere confesarlo?

En definitiva, el libro de Ignacio Vázquez Moliní es un canto a la libertad de movimientos, a la libertad individual y a la curiosidad viajera, con humildad, sin arrogancia y sin perjuicio de terceros para que no les moleste el humo.

Ha sido editado por Alud Editorial, pequeña empresa onubense que se atreve a publicar obras diferentes. Al final, podríamos decir, como el belga Magritte, Ceci n’est pas une pipe, ceci n’est pas un livre, sino un entretenimiento que nos deja con una sonrisa y con ganas de que su próximo alfabeto tenga entradas mayúsculas y minúsculas y así habrá 56 lugares.

[ Periplo alfabético de un fumador de pipa, por Ignacio V. Moliní, Alud Editorial, Fuenteheridos, Huelva, Octubre de 2018 ]


Nada que no sepas, novela de María Tena (anotación de lectura)

28 enero, 2019

No añadiré nada que no se sepa sobre el último libro de María Tena, Premio Tusquets 2018. Ha sido suficientemente reseñado por los mejores críticos, entre ellos por Masoliver Ródenas. Pero no he querido leer ninguna crítica para no condicionar mi lectura y mi percepción.

El tema del libro es tan antiguo como el género novelístico mismo, el contraste entre pasado y presente, la búsqueda de la madre desaparecida, del tiempo perdido. Pero con un giro especial: un pasado no tan lejano, el Uruguay de los años sesenta del pasado siglo, antes de los Tupamaros y de las dictaduras del Cono Sur, una sociedad con una cierta dosis de inocencia, inocencia que la narradora aún conserva cuando vuelve desde Madrid a los escenarios de su infancia en Montevideo, en la pesquisa de qué fue lo que provocó, o causó, la muerte repentina de su madre, la vuelta precipitada de la familia a España.

María Tena conoce muy bien el país, sus gentes, y recrea con soltura aquel ambiente de las clases pudientes, una sociedad que a mí me recuerda, con más glamour ésta que la hispana de la época, a la que Juan García Hortelano describiese en El gran momento de Mary Tribune, o a la que Luis Goytisolo expusiese en el cuarteto catalán,  Antagonía.

La protagonista de esta búsqueda del pasado, de esta dolorosa indagación, se mueve entre el sueño de aquella infancia y primera adolescencia y su némesis de vivir en Madrid, casada con un tal Alvaro, que se le ha derrumbado como modelo y como marido. La vida cotidiana, el marido infiel, la agencia, los hijos, la domesticidad, y aquel Montevideo, aquel Carrasco que recuerda como el paraíso hasta la súbita desaparición de Mamá, la madre (que los dos términos usa la escritora, el familiar y filial y el social). Le han quitado a Mamá. Y ella vuelve a ese país a ver por qué, qué pasó. Su amigo de la infancia, el maduro ex tupamaro, recluído y autoexcluído de una sociedad que ya no es la suya, es quien le desvelará la verdad.

La segunda parte, con la descripción de somera de la vida y carácter de Yuyo, el desentrañar aquel misterio, me ha parecido lo más sabroso del libro. Un libro triste, un libro de desencanto, donde el pecado conlleva la condena (tanto del padre como de la madre); en este sentido, un libro que transpira un cierto puritanismo residual.

Impecablemente escrito, de frase corta, lenguaje directo y actual, la autora tiende un puente hacia ese Uruguay que pocos conocemos, ese país discreto, estable en el que tantas cosas pasaron y cuya personalidad ha inspirado y marcado a escritores y músicos, tanto del país como extranjeros. Quiero evocar a Lautréamont, Supervielle, Galeano, Onetti, Drexler, entre muchos más, y hoy, María Tena.

Si hubiera que poner un subtítulo al libro, yo elegiría el verso de la cantante Barbara, “que tout  le temps perdu ne se rattrape plus…”.


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La pluma del cormorán

... n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ׁ

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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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