El egregio murmullo de Almeida Faria

24 junio, 2019

Hace algún tiempo tuve la impertinencia de abordar a Almeida Faria, sin conocerle más que de lectura, en la feria de libros viejos de la rua Anchieta de Lisboa. Es un hombre afable, derecho como una tabla, de una austeridad elegante, que escribe en su portugués depurado, donde cada palabra encaja sin sinónimos posibles, sin metáforas muertas. Abordar su obra es complejo porque se resiste a encajar en categorías al uso.

Tras un relativo largo silencio, su último libro, O murmúrio do mundo, El murmullo del mundo, es el relato de su viaje a Bombay, Goa y Cochim en 2012, en contrapunto con las citas y diarios de otros escritores y viajeros de entonces y de ahora, desde el legendario Mendes Pinto hasta Borges o Conrad.

Goa fue el último enclave portugués en la India, arrebatado en una rápida operación militar de Nehru en 1961. Las huellas portuguesas han sido conservadas y protegidas y Goa sigue siendo una referencia cultural. Muchos goeses viven en Portugal, con nacionalidad portuguesa, venidos de Goa y de Mozambique, donde se establecieron sobre todo desde 1961 hasta 1976, cuando éste era todavía colonia. Era un trayecto común de la India al Africa austral, que también se produjo en las antiguas colonias inglesas.

En O murmúrio do mundo –que espero merezca la atención de un editor español-, se manifiesta, además de su estilo, el humor de Almeida Faria, su saludable distancia ante los mitos, rompiendo con el discurso nostalgioso habitual de quienes evocan del Imperio perdido (él llama al Portugal de entonces ‘provincia-imperio’). No quiere hacer mendespintismo, (del libro Peregrinação, 1554, donde este misterioso mercader de Indias, Fernão Mendes Pinto, de Montemor o Velho, -Almeida Faria es de Montemor o Novo, 1943- relató sus viajes, o incluso se los inventó), sino simplemente contar lo que ve, pues cada viajero ve lo que quiere ver.

Su primera novela, Rumor branco, revolucionó en 1962 la literatura portuguesa. Era otra escritura, no canónica, y era la historia de una desesperación, una auténtica metáfora de aquel Portugal salazarista. Se puede leer de nuevo porque no ha envejecido pues, aparte de la historia de fondo, la forma de expresar los sentimientos y describir el campo, las chabolas, la cárcel, los sentimientos íntimos, es singular. Algunos de los siete fragmentos en que se divide se pueden leer incluso como un largo poema, especialmente el séptimo.

Tetralogía Lusitana (Paixão, Cortes, Lusitânia y Cavaleiro Andante), publicada en 1983, es un cuadro perfecto de la sociedad portuguesa de los sesenta y en torno al 25 de abril de 1974, con el trasfondo de la guerra colonial. Es un mosaico compuesto con las piezas, teselas, de unas vidas, con una imaginación rica, imprevisible, pero enraigada en lo real. Los personajes encarnan diferentes papeles y distintas visiones de lo que está sucediendo, como en un drama. Arminda es el sentimiento, Marta, lo onírico, André el caballero andante, Tiago, el niño testigo de la ocupación de tierras, etcétera. La obra, compuesta por diarios, sueños, monólogos interiores, cartas y observaciones del narrador puede leerse de adelante hacia atrás, por trozos, o de forma tradicional, del principio al fin. Me parece que expone bien esa tensión entre ciudad y campo tan presente en Portugal, dos mundos que se cruzaban pero no se mezclaban, así como el contraste entre el país de entonces, cerrado, y el extranjero, Italia sobre todo. Y todas las contradicciones de aquel proceso revolucionario que había comenzado, no con un movimiento del pueblo, sino como un golpe militar. La complejidad y riqueza de su escritura se prestaría a esos cuatro niveles de interpretación utilizados en la mística judía, aplicables al análisis de textos: la lectura simple o lineal, la que sigue los indicios dejados por el autor, más allá de lo inmediato, la que es indagatoria o comparativa (en las alegorías) y finalmente, la de descubrir el significado secreto o incluso místico, las claves de su mensaje. En la obra de Almeida Faria creo que se dan todos esos niveles de posible lectura.

Almeida Faria, incluyendo lo histórico con lo alegórico, con las metáforas, ha ido siempre a contrapelo, a contracorriente. No se ha sometido a ese cierto conformismo intelectual de sentido único que prevalecíó -y aún existe- tras el 25 de abril de 1974, cuando lo que era ‘subversivo’ era no justificar todas y cada una de las actuaciones, y errores crasos, que se llevaban a cabo en nombre de la revolución. Nos describe la atmósfera pesada, incluso de miedo, que empapaba el Alentejo y Lisboa en noviembre de 1975, y revela la auténtica desbandada que fue la descolonización, sobre lo que se guarda en Portugal un relativo y quizás culpable silencio.

Ilustración de Mário Botas

Pone boca abajo y patas arriba los mitos nacionales tanto antiguos como actuales, incluido el ‘sebastianismo’, pues observa su país sin anteojeras. Todo esto hace que una cierta crítica literaria “de sacristía” le haya pasado factura pues si fustigó el colonialismo y la dictadura, también ironizó sobre los lugares comunes de la izquierda. Su obra, aunque consciente social y políticamente, nada etérea o abstracta, es más lírica y psicológica, superando la obviedad y la inmediatez política. No acepta una catalogación fácil y resiste a tantos prejuicios que sólo encubren la debilidad teórica de muchos de esos críticos ‘administrativos’.

Innovador, Almeida Faria lee en seis idiomas, ha seguido las pistas abiertas por escritores europeos que rompieron muchos moldes. Además, como ha sido profesor de filosofía -“esa ilusión de poder conocer mejor el mundo”-, su obra tiene siempre, además del enfoque estrictamente literario, descriptivo, unas referencias y evocaciones culturales de fondo.

Esa mezcla de cosmopolitismo cultural y su origen alentejano, de una ciudad pequeña, Montemor-o-Novo, bella pero recatada, se manifiesta en su obra, que, sin perder las raíces, vuela con perspectivas universales, sin quedar encerrada en Portugal.

En la obra de Almeida Faria encontramos la indagación de los sentimientos sobre el telón de fondo de la realidad del momento, cruda, evidente (como las tierras ocupadas y la persecución de propietarios, no sólo de los terratenientes, en el Alentejo de 1975), la huida despavorida de los civiles de Luanda y el ejército portugués cruzado de brazos; en suma, la sociedad estremecida de aquellos años. En la Tetralogía, al final, parece planear ese sentimiento de salvarse del miedo, de una cierta resignación y el deseo de vivir, eso mismo que vemos en Chéjov, por ejemplo, “mis queridas hermanas, nuestra vida no se ha acabado todavía. ¡Viviremos! La música es tan agradable, tan alegre, que creeríamos estar a punto de saber por qué vivimos, por qué sufrimos… ¡Si lo pudiéramos  saber, si lo pudiéramos saber!” (Las tres hermanas).

Ha publicado también relatos. Vanitas, 51, avenue d’na, por ejemplo, es la mejor guía para visitar la Fundación Gulbenkian, una especie de ekphrasis de algunas de las obras más queridas de Caluste Gulbenkian, entre ellos los cuadros de Fantin-Latour. Los paseos de un soñador solitario es un relato de tipo borgiano, donde sale a relucir, con ironía, la persona de un hijo de Rousseau (quien estaba tan preocupado del bien común que abandonó varios en la Inclusa, por aquello Émile ou de l’éducation). Ambos han sido publicados en España por una pequeña editorial –parece que son siempre las pequeñas las que osan- pues sólo Alfaguara se atrevió en 1985 a publicar Lusitania, lo que además no tenía mucho sentido editorial por ser solamente el tercer volumen del cuarteto o tetralogía. El foso comercial entre creación y edición sigue siendo demasiado ancho y, salvo los dos escritores más conocidos, Pessoa o Saramago, siguen pesando bastante esas ‘costas voltadas’, ese dar la espalda, de España hacia Portugal.

Entre sus amigos se contó el novelista Vergílio Ferreira, y hoy el escritor brasileño Raduan Nassar (Brasil ocupa un lugar importante en el imaginario de Almeida Faria), así como los españoles César Antonio Molina y Adolfo García Ortega. También, Eduardo Lourenço, el pensador y analista literario más importante de Portugal, que ha escrito los prefacios de algunos de sus libros, entre ellos al Murmullo del mundo. Y entre sus influencias podemos rastrear a Faulkner, mas también a Shakespeare y Cervantes, además de ciertas preferencias por René Char o Saint-John Perse.

Almeida Faria nunca ha alzado la voz, es demasiado elegante para ello, ni impreca ni imparte sermones y consejos. Es un librepensador sin presunción alguna. A través de su obra, con una lírica que denota su gran acervo cultural, su profundidad y sensibilidad, de un murmullo constante, egregio, nos acerca a la historia de Portugal. ¿Es su obra ficción o documento? Los acontecimientos están siempre ahí, en la realidad más vivos que la propia ficción.

Para terminar, leamos un párrafo de su primer libro, Rumor branco, que expresa muy bien ese deseo irrefrenable, la necesidad, de escribir, que comparten tantos escritores:

escrever como derradeiro desafio. desejo de construir deitando tudo abaixo. escrevo como se fosse chorar ou dar um grito largo ou emudecer e isso se nota no que escrevo. esse fim de mim e começo de mim.

[escribir como el desafío final. deseo de construir echando todo abajo. escribo como si fuese a llorar o a dar un grito largo o a enmudecer y eso se nota en lo que escribo. ese fin de mi y ese comienzo de mi.]


Encuentro con Juan Vicente Piqueras, poeta

10 marzo, 2019

El pueblo de Requena fue siempre para mi un lugar escondido, una pequeña incógnita en mi niñez. Era el recuerdo de mi padre, que allí trabajó como Agente de Extensión Agraria por los años en que Juan Vicente Piqueras nació, no muy lejos, en Los Duques de Requena.

De Requena me traía mi padre -que vivió años en destinos laborales por los pueblos de España- el “vino de niños”, que debía ser un mosto dulce que alegraba los postres y me hacía sentirme mayor. Muchos años después he ido a Requena a ver cómo era ese pueblo, a buscar la casa donde habitara mi padre, que ya no existía. Por la carretera hacia el sur, hacia Casas Ibáñez y Albacete, camino de Jaén, pasaría por el lugar natal de Piqueras. Pinares oscuros y viñedos bermejos, era otoño.

Y hoy, tarde casi, descubro a este poeta que ha vivido por muchos lugares del Mediterráneo, que ama la lengua italiana y la francesa, que está empapado de la lírica antigua de las dos riberas de este mar histórico.

Descubrir un poeta es descubrirse un poco a sí mismo, enfrentarse a sentimientos y pensares que uno reconoce y en los que se reconoce. El poeta se expone y se muestra en todas sus debilidades y fragilidades, en todos sus sueños y anhelos. Es de agradecer que un poeta nos ayude a descubrirnos descubriéndose él mismo, con el pudor y la delicadeza de metáforas no evidentes, inteligentes, evocadoras y sugestivas, que nos abren otro horizonte. Es adentrarse en el universo del otro, salir de sí mismo y de un cierto confort de lector de los poemas ya conocidos para enfrentarse a otras preguntas, dudas y plegarias laicas, como nos dice Piqueras.

Si un libro no hace un poeta ni una golondrina hace primavera, Juan Vicente Piqueras, descubierto hace un instante, nos abre otro discurso poético, de sinceridad casi dolorosa, de una larga obra publicada desde que tenía treinta años.

En Adverbios de lugar (Visor, 2004), con sus tres partes, Ida, Sed y Vuelta, el poeta nos habla de lugares, de partidas, de “cruzar ese íntimo desierto … con un libro que haga las veces de Corán, de Biblia,/ de Torah y Tao y tenga / las páginas en blanco o esté escrito / en una lengua que nadie comprenda”. Es la poesía de la vida, áspera y suave, esa necesidad de ‘existir un poco’ que dijera un escritor olvidado.

El poemas Sauces es un homenaje a José Hierro, otros, como Altrove (del italiano, ‘en otro lugar’), se interrogan sobre el sentido y la validez de la poesía, “¿para hacer y nombrar siempre lo mismo?”, que Piqueras nos muestra como esa generosa apertura al mundo, a terceros desconocidos.

“Vuelo sin cielo: escribo. Sólo sé

que no sé adónde voy ni qué destino

aguarda a mis palabras migratorias.”

Y la eterna duda del poeta,

“Aquí en mi mecedora

hablando en soledad con el que fui

escribo lentamente cualquier cosa,

escucho cualquier disco

y mido mis zapatos

rotos de caminar hacia ninguna parte”.

El mar, el desierto, la vida nómada (como la que lleva él), surgen en cada poema así como las referencias de lugar, los adverbios de lugar, en una tradición que me hacen recordar a Kavafis, al Camus de Retour à Tipasa, a Jaime Gil de Biedma, y seguramente a poetas italianos, que tan bien conoce Piqueras (ha traducido a varios), o árabes, pero yo aun no conozco.

En esta colección orgánica de poemas –los que más me gustan son los de Sed–  surgen los eternos problemas del hombre, abordados sin conmiseración y con tremenda sinceridad, el amor (Amor sin mí, El ciprés y la palmera, y otros), el desamor, la soledad (La palabra lejos), la duda, el cansancio, la incertidumbre, la consoladora belleza, la inocencia del niño (Ailleurs), la pérdida de los amigos,

“Yo soy la puerta de tu habitación

Soy tu espejo y tu armario

y la duna de dudas de tu almohada.

Soy el incendio que llama cenizas

a su futuro, fe a lo que le falta,

el miedo a no saber amar, tu sed.”

La naturaleza está siempre presente en esos lugares por los que transita el poeta, como un destino al que nos acercamos irremisiblemente, irresponsablemente,

“La tierra se ha cansado

                                    de su propia paciencia

y ni frutos ni fuentes,

                                    humillada

comienza a darnos nuestro merecido”,

Como relata en el épico y desesperado poema Tormenta de arena.

Agua, sed y arena son recurrentes como metáforas de vida, afán y consuelo. Su vida en el sur del Mediterráneo le ha marcado.

Los árboles, el ciprés, el sauce, el cerezo, las palmeras (que cantan salomas), las higueras, los cedros, forman parte del universo natural del poeta, árboles a veces podados, talados, caídos, secos, como el símbolo de lo efímero pero que siempre renace, gracias a las semillas que los vientos esparcen.

“Todo es naturaleza y a ella vuelve.

Como el dolor al mar y yo a mi aldea”.

Es necesario hablar con el poeta no para que nos explique sus poemas –que tienen sentido en sí mismos-, sino para que nos ayude a descubrir esa cultura mediterránea que posee, para que nos guíe e ilustre, que muchas vivencias y lecturas se atisban en sus versos.

Releer, la poesía es para releerla, los  libros de poemas se guardan para consolarnos de vez en cuando, volviendo a abrirlos cuando necesitamos volver y queremos sentir lo que no entendemos. Son como devocionarios laicos. Al igual que un buen cuadro al que volvemos siempre porque nos evoca algo desconocido pero íntimo, misterioso, que no sabemos definir pero sí sentir, así este libro de poemas –que me llevará a leer más poemas de Juan Vicente Piqueras, que este libro lo he encontrado en la librería Antonio Machado, de Madrid, pero hay muchos más-, porque un buen poema es como un pequeño puerto de abrigo para detener un momento nuestro errar por este mundo y sosegarnos.


‘Periplo alfabético de un fumador de pipa’, por Ignacio Vázquez Moliní

5 febrero, 2019

No seré objetivo, lo aviso. El señor Moliní, con quien comparto impostura bajo el nombre del decadentísimo portugués Rui Vaz de Cunha, tiene la manía de escribir y no seré yo quien le desanime, al contrario. Este es más un libro de viajero que de viajes y, por tanto, no es lineal.

En efecto, la estructura del libro es alfabética en vez de itinerante, ya que relata sus estancias, algunas a tiro de piedra de su casa, como la L de Lapa, barrio lisboeta donde mora el escritor, según la inicial. Están representados los cuatro continentes con diecisiete europeas ciudades, cuatro asiáticas, cuatro americanas y tres africanas.

Vázquez Moliní, grand flâneur, es todo lo contrario de esos viajeros ingleses o franceses, a menudo condescendientes, que miran con superioridad al pueblo visitado. Moliní nos cuenta de personajes, de sus dudas y extravíos, sus sorpresas, todo acompañado de una pipa bien olorosa. Nunca juzga. Como mucho, deja caer un comentario irónico, como cuando en Arles le dejan comer a deshora sin que le suceda lo que a tantos viajeros que se topan con la eterna, marmórea, inamovible respuesta francesa: “désolé, la cuisine est fermée”. O cuando compara los procedimientos de los guardianes de la revolución iraní en la puerta de la Mezquita de Qum con el derecho administrativo español, complejo, contradictorio y muchas veces incumplido.

Su hilo conductor es una afición ya caduca, decadente y destinada a la prohibición total por los guardianes de la Sanidad orwelliana, como es fumar en pipa. Dije que no sería objetivo. La pipa es un residuo de civilización. Mi padre también fumaba en pipa y sus cachimbas las guardamos como pequeñas reliquias, así como algunas latas vacías de Amphora, Dunhill, Capstan’s o State Express que sirven para guardar tornillos, monedas viejas, gomas de borrar y sacapuntas.

Además de las equivocaciones, despistes y desorientaciones del viajero normal, Moliní añade tres problemas más al viaje: encontrar un lugar donde le dejen humear, conseguir un buen tabaco y escoger bien la pipa. Todo ello da en el humor, además de que escudriña los lugares más imprevistos para poder fumar en paz. No en vano, cita a Potocki (Manuscrito hallado en Zaragoza) y la teoría del laberinto para justificar su libro.

Además, el viajero encuentra personas, evoca amistades, como la del inefable Primitivo Martínez, en Beirut, al que yo tuve el gusto de conocer años después en Rabat, donde dirigía el instituto Cervantes (de antes de la institución). En La Habana, bajo la H, nos habla de don Ramón, en Kyoto les hace a sus anfitriones una sopa de ajo. Es un viajero con afectos, no un instagram con piernas.

Algunos de los lugares que describe son hoy casi leyenda, como Sidi Bu Said, Beirut o Marienbad. Otros se prestan al paseo como Rávena o Nicosia. Incluso alguno, como en el libro de Potocki, son inventados, tal Faronípolis, que es un homenaje a su admirado escritor Luis Landero. En Gijón, con la X regionalista, licencia poética para poner una ciudad o lugar que no sea Xanadú, donde no ha estado, resulta que hasta pierde la pipa.

Al final hay un pequeño glosario con las marcas de tabacos (algunas supongo que desterradas para siempre de la industria por mor del Estado salubre) y de las pipas, que hoy serán casi objeto de colección. Me quedan dos dudas: cómo olerá el tabaco Latakia, y cómo serán, y cuáles sus efectos de fumarlas, las pipas de Espuma de mar, Aphros en griego, de donde viene Afrodita. ¿Será que fumar en pipa es afrodisíaco y no quiere confesarlo?

En definitiva, el libro de Ignacio Vázquez Moliní es un canto a la libertad de movimientos, a la libertad individual y a la curiosidad viajera, con humildad, sin arrogancia y sin perjuicio de terceros para que no les moleste el humo.

Ha sido editado por Alud Editorial, pequeña empresa onubense que se atreve a publicar obras diferentes. Al final, podríamos decir, como el belga Magritte, Ceci n’est pas une pipe, ceci n’est pas un livre, sino un entretenimiento que nos deja con una sonrisa y con ganas de que su próximo alfabeto tenga entradas mayúsculas y minúsculas y así habrá 56 lugares.

[ Periplo alfabético de un fumador de pipa, por Ignacio V. Moliní, Alud Editorial, Fuenteheridos, Huelva, Octubre de 2018 ]


Nada que no sepas, novela de María Tena (anotación de lectura)

28 enero, 2019

No añadiré nada que no se sepa sobre el último libro de María Tena, Premio Tusquets 2018. Ha sido suficientemente reseñado por los mejores críticos, entre ellos por Masoliver Ródenas. Pero no he querido leer ninguna crítica para no condicionar mi lectura y mi percepción.

El tema del libro es tan antiguo como el género novelístico mismo, el contraste entre pasado y presente, la búsqueda de la madre desaparecida, del tiempo perdido. Pero con un giro especial: un pasado no tan lejano, el Uruguay de los años sesenta del pasado siglo, antes de los Tupamaros y de las dictaduras del Cono Sur, una sociedad con una cierta dosis de inocencia, inocencia que la narradora aún conserva cuando vuelve desde Madrid a los escenarios de su infancia en Montevideo, en la pesquisa de qué fue lo que provocó, o causó, la muerte repentina de su madre, la vuelta precipitada de la familia a España.

María Tena conoce muy bien el país, sus gentes, y recrea con soltura aquel ambiente de las clases pudientes, una sociedad que a mí me recuerda, con más glamour ésta que la hispana de la época, a la que Juan García Hortelano describiese en El gran momento de Mary Tribune, o a la que Luis Goytisolo expusiese en el cuarteto catalán,  Antagonía.

La protagonista de esta búsqueda del pasado, de esta dolorosa indagación, se mueve entre el sueño de aquella infancia y primera adolescencia y su némesis de vivir en Madrid, casada con un tal Alvaro, que se le ha derrumbado como modelo y como marido. La vida cotidiana, el marido infiel, la agencia, los hijos, la domesticidad, y aquel Montevideo, aquel Carrasco que recuerda como el paraíso hasta la súbita desaparición de Mamá, la madre (que los dos términos usa la escritora, el familiar y filial y el social). Le han quitado a Mamá. Y ella vuelve a ese país a ver por qué, qué pasó. Su amigo de la infancia, el maduro ex tupamaro, recluído y autoexcluído de una sociedad que ya no es la suya, es quien le desvelará la verdad.

La segunda parte, con la descripción de somera de la vida y carácter de Yuyo, el desentrañar aquel misterio, me ha parecido lo más sabroso del libro. Un libro triste, un libro de desencanto, donde el pecado conlleva la condena (tanto del padre como de la madre); en este sentido, un libro que transpira un cierto puritanismo residual.

Impecablemente escrito, de frase corta, lenguaje directo y actual, la autora tiende un puente hacia ese Uruguay que pocos conocemos, ese país discreto, estable en el que tantas cosas pasaron y cuya personalidad ha inspirado y marcado a escritores y músicos, tanto del país como extranjeros. Quiero evocar a Lautréamont, Supervielle, Galeano, Onetti, Drexler, entre muchos más, y hoy, María Tena.

Si hubiera que poner un subtítulo al libro, yo elegiría el verso de la cantante Barbara, “que tout  le temps perdu ne se rattrape plus…”.


La revolución de 1918 en Munich

16 enero, 2019

Hace un siglo todo cambió. El viejo orden acababa. La Conferencia de Versalles iba a cerrar en mayo de 1919, con revanchismo y de manera ignominiosa para Alemania, la Europa del Tratado de Viena de 1815. Se desarbolaban y desmembraban con saña y codicia los dos grandes imperios, el Otomano –que se repartían Inglaterra y Francia- y el Austro Húngaro (además del ruso, que estuvo a punto de disgregarse con la guerra civil apoyada por las potencias occidentales). Estos imperios mal que bien, habían asegurado un cierto orden internacional. Ahora, Rusia estaba en plena revolución y Alemania, al borde del colapso.

Los campos de Flandes, In Flanders Fields, 1918

En el arte, Kandinsky ya había  escrito en 1912, De lo espiritual en el arte. La Bauhaus estaba a punto de iniciar el cambio total en la arquitectura y el diseño, uniendo arte y técnica. La pintura, la literatura, la música eran también revolucionarias. El rumano Tristan Tzara (Sami Rosentock), había lanzado su manifiesto Dada –de sí, sí, en eslavo, sí a la libertad creativa, sí a la vida- en abril de 1918. El psicoanálisis que había comenzado hacía diez años empezaba a difundirse como terapia. Oswald Spengler había publicado ya el primer volumen de su Decadencia de Occidente que todos leían con fervor, como Mann y Rilke.

Alemania en 1918

Cuando aun no se había firmado el armisticio (el 11 de noviembre), la revolución estallaba en Alemania, de norte a sur. Empezaron los marinos en Bremen y Hamburgo, el Kaiser Wilhem II huía a Holanda. El 8 de noviembre, en Munich, donde vivían Thomas Mann, Rilke y tantos literatos, se expulsaba pacíficamente al rey y se instauraba la república bávara. Daba comienzo la revolución maximalista capitaneada por el periodista y poeta Kurt Eisner y secundada por muchos intelectuales, entre ellos Ernst Toller, Gustav Regler y Oskar Maria Graf, hoy prácticamente olvidados. Les seguían soldados desmovilizados, obreros, estudiantes. Mientras, la burguesía se encerraba en sus casas, acobardada, a la espera.

Kurt Eisner, un socialdemócrata, no era ningún ignorante. Estaba formado como neo kantiano y había publicado un libro, Nietzsche, el apóstol del futuro. Había trabajado en el prestigioso ‘Frankfurter Zeitung’. Un año después de su asesinato eran publicadas sus obras completas.

Un joven reportero que luego se hizo famoso, Viktor Klemperer, da cuenta de lo que sucede. Entre los rebeldes o revolucionarios que desfilan por las avenidas muniquesas figura un cabo desmovilizado que acaba de salir de un hospital militar en Pomerania, un tal Adolf Hitler, que incluso participará en el funeral de Eisner en febrero. El director de orquesta Bruno Walter, amigo de Mann, practicaba su música. En el funeral de Eisner, ‘el Judío’, como le acusaban muchos, asesinado por un noble ultraderechista, Heinrich Mann pronuncia unas palabras, así como el espartakista Max Levien, aunque había sido su oponente.

Klaus Mann eligiría después a Eisner como el héroe de una de sus piezas de teatro. Su hermano Thomas estaba escribiendo La Montaña mágica, trabajo que interrumpió mientras duraba esa revolución. Su protagonista, Hans Castorp es en realidad un producto de esa revolución, de la contradicción entre el progreso democrático y el comunismo de vieja escuela, entre Settembrini y Naphta.

Pero había que acabar con el desorden. Los socialdemócratas alemanes, dirigidos por Friedrich Ebert, pactan con Hindenburg para derrotar a los revolucionarios en toda Alemania. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg son asesinados en enero de 1919, como lo será días más tarde Kurt Eisner, el 21 de febrero.

A finales de abril de 1919, las tropas, la policía y los freikorps ahogan en sangre, a base de ametralladoras, el sueño imposible de aquellos poetas. El pequeño ejército rojo bávaro, de 15.000 soldados fue aniquilado y dispersado rápidamente. La Asociación Thule, fundadora del Deutsche Arbeiter Partei, que luego se convertiría en el NSDAP, estaba ya muy activa y clamaba por la pureza de la raza alemana, por una dictadura y por la expulsión de todos los judíos, a los que acusaba de ser los promotores de la revolución muniquesa.  El 1º de mayo desfilan por las avenidas de la ciudad los húsares prusianos y los freikorps, convenientemente uniformados. El experimento de los ‘soñadores’ ha terminado.

En España solamente Pío Baroja, en Las veleidades de la fortuna, se hace eco de esta revolución,

Stolz les habló de la revolución comunista y les señaló los puntos donde el estudiante Noske dio la batalla a los maximalistas  bávaros. Stolz era reaccionario y antisemita. Todos aquellos judíos mesiánicos, como Trotsky, Bela Kun y Zinoviev, le parecían repugnantes. Kurt Eisner, el socialista asesinado en Munich era, según él, uno de los hombres más pedantes y autoritarios.

(…)

-¿Y era curioso el aspecto de Munich durante la revolución?- preguntó Pepita.

-Nada. Todo iba tomando un aire horrible. Era como el cieno que va apareciendo cuando se revuelve un estanque.

(…)

– El alemán no puede vivir más que con disciplina estrecha. El maximalismo aquí, como todo lo popular en Alemania, tomó aire de fiesta gimnástica. Grupos marchando al paso y cantando la Internacional o la Marsellesa, músicas, tambores, tuvimos todo este estrépito hasta que empezó la canción de las ametralladoras (…)

La revolución de Munich, en la que participan espartakistas (mandados detener temporalmente por Eisner, como Max Levien, fundador del Partido Comunista Alemán), tolstoianos, utopistas, se plasma sobre todo en el papel: la prensa es nacionalizada, o más bien, socializada, se implanta la jornada de ocho horas (aunque la mayoría de las fábricas están paradas y hay miles de parados), se nacionaliza la industria minera. Las finanzas se guían por las teorías iluminadas de Silvio Gesell, Delegado del Pueblo, que considera la moneda como un residuo del pasado y propone que el dinero sea sujeto a una tasa semanal y sólo aceptado cuando los billetes lleven el sello de haber sido pagada; sostiene que el interés hace esclavos a los hombres, que la tierra y sus tesoros, su riqueza, pertenecen a todos, “no hay carbón inglés ni petróleo rumano, todo pertenece a la humanidad”. Pero sus teorías no eran tan disparatadas y serán estudiadas después, entre otros, por Keynes. Pretenden ingenuamente una paz separada de Baviera con la Entente (cuando Wilson, Clemenceau y Lloyd George lo que quieren es quitar a Alemania de en medio, quitarle sus colonias y someterla para siempre).

En conclusión, todo parece apuntar a que Eisner era un iluso, no sabía lo que quería, era pacífico, dudaba, y fue abandonado. Hará bueno ese aforismo alemán de que “quien sabe escribir un poema es un inútil en política”. Lenin, prudente y calculador, no había avalado el movimiento. La Tercera Internacional aun no se había constituido y la consigna era salvar la revolución en Rusia, no iniciar otras, de dudoso éxito. El camino hacia la constitución de Weimar quedaba despejado.

Esto y mucho más nos lo cuenta el libro de Volker Weidermann sobre aquellos sucesos: Dreamers, when the writers took power (Pushkin Press, 2018), Soñadores, cuando los escritores tomaron el poder, Alemania 1918.

No basta con ser culto, creativo y tener buena fe para dirigir la política y menos una revolución.

Leyendo esta triste historia del llamado soviet  de Baviera, no puedo por menos que ver un cierto paralelismo con otros sucesos históricos, esta vez españoles, que podría llevar el título titularse Cuando los ateneístas tomaron el poder. En efecto, don Manuel Azaña y tantos otros se encontraron con el poder en las manos en 1931, y sobre todo a partir de febrero de 1936, pero no supieron conservarlo ejerciendo la autoridad legítima de que disponían. El orden público se les fue a los republicanos de las manos, y el lumpenproletariado hizo de las suyas con las brigadas del amanecer, asaltos a cárceles y asesinatos sin cuento. Esta pérdida, esta carencia de poder cívico, netamente republicano, les fue enajenando voluntades tanto en España como en el extranjero y contribuiría en gran medida a su derrota.


Música, poder y miedo: una visión de Shostakovich

6 enero, 2019

La música en Rusia siempre ha pertenecido a su alma profunda. Rusia y la música son inseparables. Por eso, tras la revolución de Octubre de 1917, el nuevo Estado se esforzó en crear una música ‘soviética’, de la nueva Rusia, al igual que haría con el teatro. Pero escoger un músico ‘soviético’ era más sutil y difícil. Tres serían los principales seleccionados, Stravinsky –pero se fue del país inmediatamente-, Prokofiev, que también pasó largo tiempo fuera, aunque volvería en 1933, y Dimitri Shostakovich, que siempre permaneció en el país.images-2

La música siempre ha sido esencial en la cultura rusa, en la educación y en los espectáculos. Sovietizar implicaba, en cierto modo, atenuar, si no apagar, la corriente petersburguesa de la música (y de la literatura y las artes en general), considerada demasiado occidental. San Petersburgo fue siempre el escenario y palco de los grandes músicos europeos y rusos. Era una escala obligada.

Esta tendencia a imprimir un profundo carácter ruso no era nueva. Los músicos del siglo XIX ya se habían esforzado en imprimir un carácter esencialmente ruso a sus composiciones para distanciarse de la inmensa influencia alemana, sobre todo de Bach. Rimsky Korsakov, Borodin, Mussorgky y Tchaikovsky –menos, pues más influenciado por la cultura francesa- se inspiraron en los viejos cantos bizantinos y en las canciones populares de los campesinos.

Ahora había que modificar ese pasado demasiado burgués y occidental. No en vano, la capital pasa de Petrogrado a Moscú. Era eslavizar. El control de los grandes teatros –que servían muchos de ellos para el ballet, la ópera y los conciertos, como el Bolshoi o el Mariinsky, fueron, desde octubre de 1917, objeto de polémica y debate entre los distintos grupos revolucionarios.

Julian Barnes ha escrito hace un par de años ‘El ruido del tiempo’, un corto libro, como casi todos los suyos, en el que nos resume la trayectoria y trabajo del compositor ruso Shostakovich.

El libro se divide en tres partes: El aterrizaje, En el avión, En el coche. El primero trata del aterrizaje de Dimitri en este mundo, sus padres, la protección del Mariscal Tukhachevsky, el primer matrimonio, su caída –relativa- en desgracia tras la ópera Lady Macbeth de Mtsenk, que fue tachada de individualista, pesimista, formalista y decadente por el Pravda (es decir, por Stalin) en 1936. Además “amenazaba con pervertir a los espíritus más nuevos”, como decía el musicólogo oficialista soviético Martynov en 1942. Cuando se estrena esta ópera los procesos de Moscú ya habían comenzado a cercenar a los héroes de la Revolución de Octubre, entre ellos a los mejores militares, como Tukhachevsky, Antonov Ossenko (mandado volver desde Albacete a Moscú en plena guerra civil española), a los que seguirían los compañeros de Lenin como Zinoviev y Bujarin, sin contar todos los trotskystas, …

La segunda parte narra su acomodo forzoso al Poder, a Stalin, hasta en los años de la postguerra. La tercera, la sumisión a la burocracia tras el fin del “Gran Timonel” en 1953 hasta su muerte en 1975.

Tres temas planean sobre la vida del compositor: su miedo o cobardía, la persecución y coerción, y su impulso creador, que se sobrepone a los dos condicionantes anteriores. El miedo, la amenaza, el pesimismo, la miseria moral y la auto denigración marcan, según Barnes, la personalidad del músico.

El entorno pasa, del terror ordinario entre 1936 y la muerte de Stalin en 1953, a la subyugación mansa al Poder, algo menos temerosa, pero subyugación, desde la época de Khrushev hasta su muerte. Este gobernante, bastante burdo e inculto, despreciaba la música clásica y en particular la suya, que le parecía jazz, y por tanto despreciable, así como denigraba el arte abstracto.

Sólo la época de la guerra parece haber salvado la dignidad de Shostakovich para Barnes. Las purgas estalinistas ceden algo frente al enemigo exterior. Es cuando compone en unas semanas de septiembre de 1941 la Séptima Sinfonía, la del cerco de Leningrado, de la hecatombe, que se estrena en la ciudad asediada bajo el ruido de las alarmas aéreas y las bombas incendiarias, y finalmente cuando plasma en su Octava Sinfonía la victoria de la llamada Gran guerra Patriótica.images-1

Pero afortunadamente Barnes deja entrever –aunque no lo destaca- también una honestidad, una dignidad en nuestro compositor: su desprecio hacia personajes como Sartre o Picasso, encaramados en su torre, haciéndose los revolucionarios desde su comodidad burguesa, y la lealtad a su país y a su pueblo. El propio músico no se amaba mucho, no se gustaba y quizás se avergonzaba de su silencio, como le sucedió a tantos artistas, por ejemplo Sibelius o a Gogol, que se menospreciaban a sí mismos por otras razones. Pero no se suicidó, aunque en el entierro de su amigo el músico Solomon Mikhoels asesinado por orden de Stalin, confesó “lo envidio”. Porque para él la muerte hubiera sido preferible al terror inacabable que siempre padeció. De hecho, “le gustaba pensar que no tenía miedo a la muerte, sino a la vida”, interpreta Barnes.

Como toda obra en la que su autor tome partido, hay una cierta injusticia, un obviar algunos hechos relevantes que desmentirían el duro juicio que hace Barnes del biografiado como un cobarde y amedrentado. Así, habría que recordar que Shostakovich permaneció en el Leningrado asediado compartiendo la vida del pueblo, y cómo fue que, a pesar de todo, pudo seguir trabajando, pudo crear, componer, trabajar. El precio que hubo de pagar al Poder fue denigrar en público a Stravinsky, al que admiraba (en su viaje a Nueva York), o a Soljhenitsin, al que leía ávidamente en secreto, o a Sakharov, fue el callar ante el gulag, callar ante las desapariciones y las expulsiones de sus colegas y amigos. Pero hay que señalar también que el gran ególatra que fue Igor Stravinsky nunca firmó nada para denunciar la persecución de músicos, artistas y poetas en la Unión Soviética, y eso que no arriesgaba nada. Prokofiev, por su parte, siempre calló, incluso cuando su esposa española fue mandada al gulag.

En definitiva, el libro de Julian Barnes, magistralmente escrito, en frases y párrafos contundentes, expresivos, casi al ritmo de una obra de Shostakovich (como la primera parte, llena de números y cifras que recuerdan ese enlace entre la música y las matemáticas, dos lenguajes universales), es un alegato contra el estalinismo, pero también contra el marxismo. Las tres partes del libro comienzan con un contrapunto al inicio del libro de Dickens, Historia de dos ciudades: “Lo que sabía era que que este era el peor de los tiempos”.

Hay tres libros complementarios a éste cuales son Vida y destino, Todo fluye y Por una causa justa, de Vasili Grossman, para entender lo que fue el estalinismo y lo que es la indestructible alma rusa, ese patriotismo que resiste a la opresión y que siempre renace y que permitió la derrota del nazismo. Creo, es mi personal opinión, que Julian Barnes ha obviado esta condición del alma rusa y, en el fondo, no ha entendido a Shostakovich.

El título del libro, El ruido del tiempo, está tomado del libro autobiográfico del poeta ruso Ossip Mandelstam, publicado en Rusia en 1925. Es un libro que muestra la desesperación. Mandelstam moriría en 1938 en un campo de concentración en la zona de Vladivostok,aunque se desconocen las circunstancias de su muerte, como la de Isaak Babel y tantos otros caídos en desgracia. Julian Barnes, con este título que ha copiado, quiere aludir a las perturbaciones políticas que marcaron la vida de Shostakovich: “¿Qué podía oponer frente al ruido del tiempo? Únicamente que la música está dentro de nosotros –la música de nuestro ser- que algunos logran transformar en música real”.

La vida de Dimitri Shostakovich (1906-1975) también podría ceñirse a una frase: el triunfo de la libertad de creación, aunque él la resumiría en 1961 como “torturado por una servidumbre cruel”, en mención a su relato del 8º Cuarteto para cuerda, opus 110. Es el binomio Poder y Creación, es decir, libertad frente a la opresión. Es un libro triste en el que los protagonistas son siempre la ansiedad y el miedo y en el que el compositor es mostrado sólo como un sobreviviente.

El ruido del tiempo, por Julian Barnes, editorial Anagrama, 2016, 206 págs.


‘O vento assobiando nas gruas’, el viento silbando entre las grúas, novela de Lídia Jorge

17 octubre, 2018

Una anciana se escapa de un asilo y aparece muerta frente al edificio abandonado de la fábrica de conservas de la aún es propietaria. Su nieta, Milene, es encontrada vagando, medio perdida, buscando a su abuela por las inmediaciones y es recogida por la familia que ocupa ahora los bajos de la fábrica, a modo de vivienda de fortuna. Estamos en el Algarve, Portugal, hacia finales de los años ochenta del pasado siglo XX.

download-1Los hijos de la anciana dona Regina están más preocupados que afligidos. Por el qué dirán y por cómo repartirse su pingüe herencia. Algo avergonzados de que se sepa que no estaban presentes cuando ocurrió el óbito. Tuvo que ser la GNR (equivalente a la Guardia Civil) quien se encargase de todo. Estaban de vacaciones en el extranjero.

Tras el entierro y muchas incidencias familiares, resulta que la nieta, medio perdida y con algo de parvulez, se enamora de uno de los ocupantes de la fábrica, que encima es negro, caboverdiano, lo que es ultrajante para tan notable familia. Un tío es el alcalde, otro un empresario que ha hecho su fortuna en Angola y Suráfrica. Toda la novela gira en torno a esas dos familias, los caboverdianos pobres, desordenados, que viven un poco tribalmente, y los burgueses de pretendida alcurnia, cuyo único afán es hacer dinero con la especulación inmobiliaria.

Por todos lados, en medio de tierras abandonadas, de rastrojos, se alzan urbanizaciones, hoteles. Aparecen unos inversores holandeses asociados a la familia que sobrevuelan en helicóptero, como rapaces, la vieja fábrica y todas las tierras que quieren comprar para edificar. La familia venderá y la plusvalía irá a manos extranjeras, como siempre.

Al morir dona Regina se han derrumbado los restos de un mundo. Los sucesores son meramente parásitos que quieren vivir alimentándose de lo que hicieron sus antepasados. Es lo que está pasando en muchos países, y en Portugal, que asume su modernidad un poco exageradamente, con el turismo y el inmobiliario como principal motor, a pesar del paisaje, de las costas (como en Comporta, cuya zona protegida va a ser privatizada para riquísimos), a pesar de las ciudades que tenían alma, aunque fuera algo melancólica y hubiera edificios medio en ruinas.

Pero antes habrá que resolver, a toda costa, el para ellos absurdo enamoramiento con un africano de la nieta de doña Regina, huérfana y algo inocente.

Al final, como nos advierte nuestra amiga Francisca, lectora sagaz que ha participado de la lectura y de esta conversación literaria, todo resolverá mediante la fórmula tan portuguesa del “entendimento”, de conciliar lo inconciliable.

Lidia Jorge, de Boliqueime, Algarve (1946), nos ha relatado esa historia familiar, que es un trasunto de la historia de Portugal, de la decadencia de las viejas familias, esas tres oleadas (revolución industrial tardía, ocupación en la revolución de los claveles y abandono, y ocupación por inmigrantes pobres gracias a un sentido de la justicia de la anciana desaparecida, que los protege).download

O vento assobiando nas gruas, El viento silbando entre las grúas (470 páginas) es una crónica de ese Algarve sometido a la codicia y la especulación. Las grúas son las de las construcciones. La escritora se refiere constantemente a la polvareda, las chabolas, la basura, las carreteras desfondadas, el pasto quemado, las cunetas sucias, las dunas, los hierbajos, las obras, las grúas y los bulldozers. El libro me hace evocar otro, El astillero, de Onetti, donde también los antiguos empleados venden al peso la maquinaria como chatarra.

No es la de Lidia Jorge una escritura diáfana, pero sí eficaz para introducir al lector en ese ambiente cargado, como de aire viciado, que ensombrece toda la novela. A veces intenta enviar el haz de luz sobre demasiadas cosas, demasiados personajes, de los que sólo sobresalen unos pocos, la abuela caboverdiana Ana Mata, don Silvestre, principalmente, el resto es comparsa, pero pueden llegar a confundir al lector. De hecho, es en el llamado post scriptum donde se desvelan muchas de las claves del libro.

Su obra literaria es perfectamente contemporánea, desde su primera novela, 1980, O dia dos prodígios, pasando por A costa dos murmúrios, hasta hoy. Como dicen algunos críticos, es una verdadera cronista del Portugal de hoy. En Os memoráveis habló de todos esos tiempos heroicos de abril (25 de abril de 1974) y en lo que han acabado. En su última novela, Estuário (2018), el mar, la costa, también están presentes. De hecho, ella dice haberse inspirado en la Ode Marítima, de Alvaro de Campos (un heterónimo de Pessoa). En fin, en sus páginas, como en muchos escritores portugueses, siempre afloran el mar y Africa.

 


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