Eduardo Mallea, un escritor argentino que flota en el tiempo

5 abril, 2020

No sé cómo llegué a Eduardo Mallea, escritor argentino (Bahía Blanca, 1903-Buenos Aires, 1982). Fue hacia 1970 y lo iba leyendo en el autobús 26 que me llevaba por Conde de Peñalver (que los castizos llamamos todavía Torrijos) hacia Narváez y el Retiro, al final del cual, junto al Observatorio, se instaló provisionalmente la flamante Universidad Autónoma de Madrid. Allí me dedicaba a todo menos a estudiar, a conspirar contra la dictadura, a enamorar con mi novia judía de ojos azules, y a leer. Leí a Mallea antes que a Mújica Laínez, Sábato, Onetti o Cortázar. Pero fue él quien me introdujo poco a poco en la literatura argentina, y en la uruguaya.

El llamado boom latinoamericano -que en España no incluyó a los brasileños, otros suramericanos- no fue el árbol que oculta el bosque sino el bosque que oculta el árbol. Parecía, de repente, como si antes de esos magníficos escritores descubiertos y promocionados en los 70 no hubiera habido ninguno.

Yo creo que ya nadie lee a Mallea (salvo yo y algún despistado) y sin embargo sus obras, sus páginas, nos dejan como suspendidos en el tiempo, o fuera de él. Entramos en una atmósfera especial, de una pampa de haciendas, pueblos, villas, noches frías o balsámicas, en la que aún conviven los tílburys, los breques (breaks), americanas y sulkys con los Ford. O en ciudades con sus teatros, personas cultas y tristes, inmigrantes y mujeres siempre algo enigmáticas. El lector se siente cautivado por la historia, contada lentamente, con detalles de paisaje, clima, interiores, y con unos personajes siempre complicados, complejos.

De un castellano perfecto, con esa pizca de extraterritorialidad porteña entre inglesa e italiana, nos introduce en un país que para los españoles siempre ha sido un imán. Un país que casi redescubrimos literariamente y personalmente con tantos miles de exiliados argentinos en los tiempos siniestros de Videla, que recalaron en España hacia 1976. Ellos descubrieron que los gayegos no éramos tan brutos al fin y al cabo y nosotros nos quedamos prendados de su estilo, su saber, su forma de hablar.

Es un escritor austral en cuyas páginas la Pampa, Buenos Aires, los campos, están omnipresentes, pero muy vinculado a la cultura europea pues, como dice él -en Poderío de la novela– “no conocemos nuestro pueblo sino después de haber visto el otro pueblo”. Es muy interesante observar cómo, partiendo de una geografía física y cultural parecida, los escritores argentinos del siglo XX seguirán un camino muy diferente al de sus contemporáneos norteamericanos. Y serán mucho menos conocidos. Los americanos llevaban la intendencia detrás o delante, mientras los suramericanos tenían que luchar por un lugar bajo el sol. Con el agravante de que las editoras americanas e inglesas fueron siempre inmensamente poderosas en comparación con las hispanoamericanas. El mercado editorial de la primera mitad del siglo XX privilegió a unos y olvidó a otros. Menos mal que existió la colección Austral hispano-argentina y que existieron las magníficas Losada, Emecé, Editorial Sudamericana, Corregidor. De no haberlo, estos escritores no nos serían conocidos, a pesar de que muchos de ellos eran muy cosmopolitas y eran bien conocidos en los círculos literarios de Francia, Inglaterra, Italia y hasta de Estados Unidos.

Amigo de Borges y muy amigo de Victoria Ocampo, Mallea fue partidario de lo que él llamaba “narrar definiendo”. Su obra es casi de pensamiento, “pensando y relatando”, razón por la que quizás sea poco leído hoy dadas las clasificaciones estrechas existentes. ¿Novela, relato, ensayo novelado? El lector atento decidirá.

Todos los libros, nos dice, son “vulnerables, explotables, desvirtuables”, y de ellos nace siempre un malentendido. Al lector actual que quiera pasar páginas rápidamente no le gustará. Estamos acostumbrados cada vez más a las novelas, por así decirlo, cinematográficas.

Mallea puede ser discutido como un novelista con ideas o un ensayista con relatos. Luis Harss lo despacha brevemente como “escritor del viejo mundo”, de “obras pletóricas y laboriosas … que divagan por la hipérbole y el eufemismo”. Este juicio me parece injusto y precipitado, más porque no le gustan sus libros que por un análisis objetivo. Cortázar lo respetaba, aunque lo tacha de alambicado y se ve que no le gustaba demasiado.

Mi primera lectura de Mallea fue Sala de espera, siete introspecciones de siete personajes en una estación de la pampa. Historia de una pasión argentina, Cuentos para una inglesa desesperada le siguieron. Más tarde, en París, en la sabatina feria de libros viejos del Parc Brassens, en la Porte Brancion (XVème), ese mercado que todo amante de los libros no puede ignorar, me hice con dos volúmenes de sus obras completas (que no son completas), que vendía un amable bouquiniste argentino que tenía su puesto lleno de obras en español, de todos los países.

Sabemos que en los libros, además del contenido ameno e interesante también cuenta el diseño de sus portadas, pero además esa maestría rara de escoger títulos que nos evocan algo o nos hacen casi soñar antes de leerlos. Los títulos de Eduardo Mallea son magníficos, misteriosos como su contenido, por ejemplo, Rodeada está de sueño, La barca de hielo (novela que los que estén preocupados por el autismo deberían leer), En la creciente oscuridad, Todo verdor perecerá, La ciudad junto al río inmóvil (que es Buenos Aires), y así sucesivamente. Por sus páginas pasa la Argentina de entonces (sobre todo la de los años 30 y 40) y sus gentes, variadas, introspectivas, en general, tristes.

Sirva este par de páginas solamente para introducir o re-introducir a este singular escritor, que es perdurable, quedando para próximas entregas alguna reseña de su obra.


¿Podría publicar hoy Alexandre Dumas?

2 abril, 2020

Tengo mis dudas. Si la ortodoxia que enarbolan hoy los teólogos y sacristanes de la cultura hubiera prevalecido en el siglo XIX francés, Alexandre Dumas no hubiera sobrevivido. Hoy, muchos intelectuales lo menosprecian por considerarlo mera literatura de evasión, facilona. Hoy correría el riesgo de no ser publicado, y sería acusado de no ser políticamente correcto. Por ejemplo, el muy correcto Nineteenth Century French Novel, de Gershman y Wihtworth, ni siquiera menciona a Dumas, entre diecinueve escritores franceses. Charles Dantzig pasa de corrido por Dumas. Y así sucesivamente; muchos lo han considerado un mero escritor de folletines.

En estos días de encierro he ido leyendo a Dumas, Les trois mousquetaires, Vingt ans après y Le vicomte de Bragelonne. Los tres mosqueteros y D’Artagnan, a la luz del canon actual, pecan de todo:

  • Las mujeres, siempre bellas, o son malvadas (Milady) o débiles y objeto de deseo (como Constance Bonacieux o Ketty).
  • A los enemigos se les mata de un escopetazo o se les atraviesa de una estocada. Los mosqueteros tienen licencia para matar. Las armas abundan por doquier y son parte imprescindible del equipo de cada uno, con libertad de uso.
  • Los pobres y escuderos son meros siervos, prestos a cualquier acción, sometidos a la obediencia ciega.
  • Aunque hay objetos industriales, joyas, relojes, trajes, armas, los obreros no aparecen por ningún lado. No es una novela social.
  • Las comidas y bebidas son abundantes en carnes, salsas, vino y alcohol. Y se disfrutan. No existían el gluten, la lactosa ni la soja.
  • Los políticos son ambiciosos, corruptos, prevaricadores e intrigantes, sin excepción. Y no dudan en recurrir a la puñalada para alcanzar sus objetivos.

Nuestros mosqueteros disfrutan jovialmente de la vida, son amorales, libres y gozan. No hay filosofía ni empeño en lección moralizante. No se lamentan, hasta las heridas son motivo de honor. Quizás sea esta libertad de acción lo que más nos fascine de las aventuras de D’Artagnan, Porthos, Athos y Aramis. No hay valor superior al propio interés ni hay moraleja, cortapisas ni mandato (como lo hay en la obra más moralista de Víctor Hugo). Dumas es exuberante, desbordante y excesivo, algo tan contrario a esa introspección en que cayó la novela cien años después.

Además, estas novelas están bien escritas, en buen francés, sus escenarios son rigurosos, sus personajes, todos en relieve, la acción es constante las páginas vuelan en nuestros dedos, a pesar de que son centenares, en total, casi cinco mil.

Sólo Francia pudo producir un Dumas; España estaba encharcada en sus guerras religiosas y sus particularismos (carlismo, cantonalismo); Inglaterra en su industrialización y su puritanismo; Prusia, en su militarismo y su burocracia. Sólo, tal vez, los Estados Unidos, pudieron mostrar un canto a la liberta individual parecido, como expresó Walt Whitman.

Y no es casual que sea Francia precisamente, ese país de grandes dictadores, como Louis XIV, Robespierre, Napoleón y después, de personajes con enorme autoridad, como De Gaulle, un país donde el Estado ha sido siempre fuerte. En el país del cartesianismo, de la diosa Razón, es como una paradoja literaria. Pero precisamente por eso Dumas fue un éxito, representaba ese afán libertador frente a la lógica racionalista e industrial; y por eso pasó de ser meramente francés a ser leído en su siglo en todas las lenguas. Dumas se revuelve contra lo establecido, burocrático, censado, regulado por medio de la fantasía. El espíritu de aventura, la voluntad, triunfan sobre el racionalismo y sobre el victimismo y la lamentación románticas.

Pero también sólo podría aparecer en Francia, donde todos sabían leer y de ahí la popularidad del folletín (sobre todo, pero no sólo, de Eugène Sue, Dumas, Gautier) y donde al final existe esa solidaridad del “uno por todos y todos por uno”, la gloriosa divisa de los cuatro protagonistas, así como la voluntad, la decisión y el arrojo, esa unión casi inmediata entre pensamiento y acción que es su modo de actuar.

En fin, y si fuera literatura de evasión, de aventuras ¿qué? Nada mejor para estos tiempos bastante desesperados.


Una escritura tranquila

21 diciembre, 2019

Ignacio Vázquez Moliní decidió un día pasar a papel sus doscientas columnas publicadas en Estrella Digital; encontró un pulcro editor en Huelva y las ha lanzado al mundo hace unas semanas en Lisboa, donde reside. Ha tenido una buena idea pues los textos digitales se los lleva el viento, la nube, internet, la malla. Y los escritos de Ignacio Vázquez son bastante inmemoriales, casi como esas memorias de Azorín que tanto admira, y merecen la permanencia de la imprenta. Su prosa me hace evocar esas famosas y constantes querellas entre los antiguos y los modernos.


En efecto, Moliní es uno de los rarísimos lectores –no sólo españoles sino presumo que franceses y portugueses y del mundo entero- de Anatole France, por ejemplo, cuyas obras completas posee y en las que liba de vez en cuando, sorprendiendo a modernos. También lee a Maurice Maeterlinck, siendo probablemente su único lector en España, así como al surrealista también belga Marcel Mariën. Muchos los encuentra en las librerías de lance (los famosos alfarrabistas lisboetas), pues es un inveterado rebuscador de libros olvidados pero inolvidables.


Claro que también le gustan los autores más modernos, como Marguerite Duras, Italo Calvino (Moliní habla también italiano), o el cine de Pasolini. Y, por supuesto, su apreciado Luis Landero, de cuyo grupo Faroni fue uno de los fundadores. Es pues moderno también aunque defienda con tesón tantos antiguos que las editoriales han ido descartando. Es además uno de los pocos escritores españoles que se han adentrado en la literatura de Guinea Ecuatorial, como la poeta Raquel del Pozo Epita, o los novelistas María Nsué Angüe y Juan Balboa Boneke.


El título de su libro, La mirada tranquila, es casi un eco de su admirado Ortega y Gasset y refleja perfectamente la cualidad humana de su autor: objetivo, con sus ideas y compromisos éticos pero sin arrebatos ni denuestos. Ojalá fueran así muchos de los comentaristas y columnistas de la prensa española actual: con mirada tranquila.


Su estilo está bien temperado y se nota que ha asimilado casi todos los clásicos castellanos y muchos de los suramericanos. Moliní quien nos habla en sus columnas de Ciro Alegría, de Ciro Bayo, de Gaya Nuño, de Cunqueiro, de Miguel Espinosa, y de otros tantos escritores que para quienes no disfrutamos de las modas son siempre un puerto de retorno. La falta (¿) de tiempo, la pereza y esa lista de espera que todo lector tiene encima de su mesa de cosas por leer, a veces nos hace dejarlos de lado y Moliní nos los trae de nuevo.


También nos lleva Vázquez Moliní a sus lugares favoritos, aprovechando un libro o algún acontecimiento: Lisboa, Túnez, Bruselas, Beirut. Sobre su afición y cariño por la capital libanesa habría que decir que sólo conozco –de lectura- a alguien parecido, como es el gran veterano Tomás Alcoverro, corresponsal de ese diario ejemplar, imprescindible, que es La Vanguardia. Lean también, de Moliní, su Periplo alfabético de un fumador de pipa, pues ese es más geográfico que literario y el Líbano tan sufrido y tan bello, aquel país legendario de La Châtelaine du Liban (Pierre Benoit), reaparece constantemente.

Ignacio Vázquez Moliní


Ignacio Vázquez Moliní, que ya ha escrito y publicado varios libros, incluso de poesía, se guía por el principio del placer de la escritura y de compartir sus pensamientos; como dijo Somerset Maugham, esa es la recompensa principal que todo escritor debe buscar, antes que la censura o la lisonja, el éxito o el fracaso, es decir, la fama (aprovecho para sostener que Ignacio Vázquez, que parece tan serio, es sobre todo un cronopio, muy lejos de los famas).


Este libro se puede leer a trozos, entero, a saltos, volver a él por cualquier artículo (todos tienen una extensión en torno a las cuatrocientas palabras). No los ha fechado y acierta al hacerlo así, precisamente porque si a veces aluden a hechos o acontecimientos concretos (‘El terror en Niza’, el atentado de Las Ramblas, comentarios sobre el Brexit, etcétera), se elevan siempre por encima de lo contingente y adquieren el valor de meditación, de sosegada y atinada mirada. Nos amplían el horizonte, nos sirven de solaz y de reflexión y nos recreamos en su impecable lengua castellana.


[La mirada tranquila, por Ignacio Vázquez Moliní, Editorial Niebla, Huelva, 2019, 415 páginas.]


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

9 noviembre, 2019

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]


Jorge de Sena (1919-1978), poeta portugués

13 octubre, 2019

El desequilibrio de la Balanza comercial hispano portuguesa es revelador. Portugal compra a España el doble de lo que le vende[1].

Del mismo modo, en la misma o mayor proporción, hay un enorme déficit cultural así como un gran desequilibrio editorial. Los periódicos y los libros españoles están por doquier en librerías y quioscos en Lisboa y Oporto. Intenten encontrar un diario o un libro portugués en Madrid, ¡buena suerte! En materia de poesía es aún más evidente; e injustificado, pues el lector español atento podría leer el portugués sin casi precisar de traducción, porque se pueden apreciar perfectamente, el ritmo, el acento, la sonoridad de la poesía portuguesa.

Así sucede con el poeta, escritor y ensayista Jorge de Sena, una persona independiente, libre y, como tal, inconfortable, poco conocido en España.

¿Cómo apreciamos hoy a Jorge de Sena? De un lado, resaltemos una serie de paralelismos históricos con nuestro país. El fue un exiliado voluntario la dictadura salazarista. Tras el 25 de abril de 1974 ya no volvería, falleciendo en los Estados Unidos.

Hay dos Senas, el de consumo inmediato con sus poemas de intervención o imprecación, de proclamas, y el poema sereno, lento, más duradero.

Su poesía civil, escrita en un contexto político internacional de hace más de cuarenta años, podría ser considerada por algunos algo pasada, pero nos sirve para descubrir mejor su personalidad como alguien políticamente comprometido y siempre independiente de capillas y partidos.

Para tener una visión completa de Sena hay que leer su poesía completa, que es como leer su autobiografía. Incluso con ese tremendo, amargo, Epitafio, escrito –muy prematuramente- en 1953, que termina:

Por eso fui amado con lágrimas y llantos

del mucho amor que a la nada se dedica.

Nada fui, de mí no queda nada.

Y lo que no merezco es lo que me queda.

Si en mis lugares, no obstante, me buscáseis

la nada que encontraréis

soy yo y mi vida.

En España es sólo conocido, significativamente, por su novela Señales del fuego, un relato de su educación sentimental y política con el trasfondo de la guerra civil española, que tanto interés –algo morboso, me parece- sigue suscitando en Portugal. Personalmente, pienso que no es su mejor novela y prefiero sus ensayos y su poesía[2].

¿Cuál es el propósito de Sena? El mismo nos lo dijo en un prefacio de 1960: expresarnos responsablemente, prestar testimonio del mundo que nos rodea, “sacrifiqué alabanzas, posición y algo más (…) por la dignidad de nuestra época”.

Enlaza con Camões, de quien fue no sólo admirador, sino un gran experto, entre muchos en su poema sobre Mozambique, así como en sus sonetos (por ejemplo, en As evidências.

La dimensión musical y la temática musical son un pretexto para su poesía de comunicación, que es también a la vez, de conocimiento. El sostuvo más la poesía como medio de conocimiento que como medio de representación. Así, America, America, I love you, o Ray Charles. Sus poemas sobre música unen el sentido y el sonido, como el magnífico Water music de Händel, que hay que leer en voz alta para apreciarlo en toda su dimensión lírica. Hay también en su poesía un ancho espacio para el erotismo, el deseo, adolescencia (Sinais de Fogo), como en sus Sete sonetos da visão perpétua, o los Post Metamorfose, Variação I e II; o en Pan-Eros.

Sena, gran cosmopolita, como tantos compatriotas suyos, vivió en varios países, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Conocedor a fondo de la literatura anglo-sajona, también conocía muy bien Francia y la cultura francesa, como demuestra su admiración por Péguy y Paul Fort, por René Char, Valéry y muchos otros. Su familiaridad con la poesía francesa se evidencia en muchos poemas, por ejemplo en Chartres ou a pazes com a Europa. Pero también poseyó una gran cultura española –esa que tantos portugueses poseen frente a la poca cultura portuguesa de los españoles-, que se desvela en poemas sobre Goya o la Mezquita de Córdoba.

Gran versificador, maestro de la sonoridad y el ritmo incluso en sus versos libres, hay que leer y releer para mejor apreciar lo que está detrás de sus versos y estrofas. Pero sin anatomizar sus poemas ni diseccionarlos, que es algo parecido a una autopsia, esas “glosas escolásticas” que tapan más que iluminan.

Un cierto amargor se cuela a veces en sus poemas porque se sintió, con razón, algo relegado, como leemos en Exorcismos, 1972, Aviso de porta de livraria, o el tremendo O desejado túmulo, de 1971.

Es preciso que en España ahondemos en la literatura portuguesa más allá del tándem Pessoa-Saramago, esa hegemonía avasalladora que nubla a todos los demás poetas y escritores. Pessoa, incluso, para nuestra desgracia, se ha convertido en un reclamo turístico algo patético, con merchandising, objetos, camisetas e incluso una estatua en el Chiado de Lisboa que sirve para que se hagan fotos risueños turistas que no saben ni quién era. Algo parecido a esos ayuntamientos manchegos que se reclaman de Don Quijote, se inventan letreros y gastronomía, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han leído la novela.

No se trata de Jorge de Sena solamente, sino que hay muchos poetas portugueses prácticamente desconocidos en España, como Ruy Belo –que vivió en Madrid y escribió muchos poemas sobre esta ciudad-, e incluso Sophia de Mello Breyner, Ruy Cinatti, Herberto Hélder o Eugenio de Andrade, o el mismo Fernando Assis Pacheco, que conocía España su cultura, sus ciudades, sus vinos y comidas mejor que muchos de nosotros y no ha merecido apenas alguna reseña en nuestro país. Y también escritores, como Rodrigues Miguéis o Almeida Faria, el primero totalmente inédito y el segundo con muy pocas obras traducidas al español.

Queda en el tintero otro artículo sobre este desconocimiento primario de las literaturas de expresión portuguesa de que adolecemos en España, como sucede también con la brasileña, en parte porque fue excluída de nuestro “boom sudamericano” de hace medio siglo, que solamente se centró en los que escribían en español.


[1] Portugal vendió a España en 2017, por valor de 12.200 mil millones de euros y compró por valor de 24.200 mil millones de euros. Hay un déficit comercial muy elevado, y más si tenemos en cuenta que España es el primer proveedor (32% de la importaciones portuguesas vienen de España, frente al 14% de Alemania y 7,8% de Francia).

[2] La única Antología de poemas de Jorge de Sena publicada es de Martín López Vega, en Pre Textos, 180 páginas, 2013, y representa solamente el 10% de la obra poética del autor y, como todas las antologías, es necesariamente limitada y subjetiva.


La isla del último hombre, de Bruno de Cessole, un perturbador thriller sobre el terrorismo islámico

7 octubre, 2019


Reseñar un libro aún no publicado en España es posible en este blog particular, exento de todo compromiso editorial y sólo guiado por el gusto de la lectura.


El yihadismo de los musulmanes europeos es pasado a la lupa en esta novela sobre las investigaciones de un periodista francés experto en islamismo, y sus problemas subsiguientes con los servicios de seguridad francés y británico y con los terroristas.

Poner en evidencia la amenaza del islamismo radical parece que incomoda a muchos, como les incomoda que se denuncie el machismo, discriminación y desprecio de la mujer cuando los autores son musulmanes. Los mismos que denuncian con rapidez los crímenes machistas callan, disimulan o pasan un tupido velo (¡nunca mejor dicho!) cuando los autores son musulmanes. Y se obvia mucho la opresión legal, diaria, y mortal a veces, de la mujer en el mundo musulmán, resaltando sólo la que sufre en las sociedades occidentales, que no tiene comparación. Todos los días vemos también en los medios esa tendencia solapada a ocultar, escamotear o disimular la autoría de crímenes por motivos yihadistas. La última ha sido la del asesinato de cuatro policías franceses que los medios se apresuraron a calificaro de acto aislado de un “alucinado”. La investigación ha demostrado que era un acto de terrorismo islamista bien premeditado. O como se cubren los atentados en Alemania o Francia contra judíos, sinagogas y cementerios obra en su mayoría de radicales islamistas pero llamados con el genérico ‘acto antisemita’.


Pues bien, Bruno de Cessole (https://fr.wikipedia.org/wiki/Bruno_de_Cessole), periodista y escritor francés, pone en esta novela los datos reales en relieve. Como él nos dice, la trama y los personajes son ficción, pero los hechos, los datos sobre las barriadas donde prolifera el yihadismo, sus mensajes, son estrictamente reales, producto de una larga investigación.


El libro es muy perturbador y el lector se pregunta al final si este terrorismo tendrá fin algún día; entre otras razones por la inepcia y cobardía de los gobiernos europeos a enfrentarlo en todos sus campos: en el reclutamiento, en las mezquitas de los barrios, en las escuelas, en el rap, en el mundo de la inmigración musulmana donde el vacío de los valores republicanos y democráticos se hace sentir, como una isla enorme en medio de la democracia occidental.


El islamismo radical es un enemigo interno de la democracia y de la libertad por dos razones principales: primero, por lo que significa en sí mismo, su negación de los valores liberales, de separación entre política yreligión, de igualdad y tolerancia, segundo, por lo que provoca en la reacción xenófoba y populista europeas. Pero la lucha contra este cáncer en las sociedades occidentales debe ser protagonizada y dirigida por los demócratas, no por los populistas tipo Orban, Salvini o Vox.


El reclutamiento ideológico entre los inmigrantes de religión musulmana es particularmente grave pero los gobiernos miran para otro lado para no ser acusados de antiislamismo. Sería necesario que esta lucha fuera contemplada como un esfuerzo por consolidar la democracia y reprimir a cuantos la ponen en peligro, sean fascistas, sean islamistas. Pero los políticamente correctos sólo ponen el acento en la lucha contra los fascistas y dejan en sordina la amenaza islamista que se impone, por acción u omisión, a la mayoría de la inmigración musulmana en Europa.


Ésta es diseccionada en este libro: los llamados chibanis son aquellos primeros inmigrantes de los años 1945 al 1975, que se integraron bastante bien por el trabajo, hoy jubilados, pero muchos de cuyos nietos, nacidos en Francia, son los partidarios de la yihad. Los terroristas franceses de Trappes que van a partir a Siria lo dicen con mucha claridad:


“Hubieran querido integrarse, nuestros padres, hicieron todo lo posible, pero los franchutes sólo les han dado los trabajos peores, los que ellos no querían hacer. ¡Sólo buenos para la porquería y las basuras! ¡La libertad es para vosotros, no para nosotros, la igualdad, entre vosotros, los franchutes! Por eso nosotros pasamos de Francia, de la república y sus proclamaciones de mierda, somos nosotros los que no queremos nada de vosotros. ¡Tú no estás aquí en tu casa, estás en Argelia, en Marruecos, en Túnez, en Turquía, en Mauritania, en Libia, en Mali, en Burkina, pero no estás en tu Francia!”


En otro momento, estos yihadistas, crudamente le dicen al periodista:


“Te equivocas, chaval, dijo Sufian, con una siniestra sonrisa (…) todos los años yo degüello corderos para el Aid, tengo mano, degollar un infiel no es más difícil y no me plantea ningún problema, con la ayuda de Alá”.


El resumen y pronóstico del periodista Saint-Réal sobre el empuje salafista en Europa en el seno de la inmigración musulmana es muy pesimista:


“Sabía que las mayorías son pasivas y fácilmente manipulables. Y se daba cuenta de que los musulmanes más pasivos aceptarían, de mejor o peor gana, la ley del más fuerte si los salafistas alcanzaban su objetivo, si no en el conjunto del país, al menos en ciertos territorios. Entre su lealtad a las leyes de la República y la solidaridad islámica, no dudarían por mucho tiempo”.
Nada es casual ni fortuito en esta novela, ni siquiera el cinismo con que los servicios MI6 (seguridad exterior británica) ni la DGSI francesa tratan del asunto, no dudando en sacrificar o quemar agentes, expulsarlos o maltratarlos, como sucede con la agente británica Deborah McRuari, la otra protagonista de esta novela.


Las descripciones de las banlieues, de los personajes, de las ciudades como Aleppo –hace unos meses, en manos del ISIS- o Beirut son exactas y completamente actuales. El personaje del periodista Saint-Reál, stendhaliano (de temperamento conservador e ideas progresistas), algo ambiguo –simpatizante casi de la causa islámica- y al final demasiado ingenuo, responde a ese particular carácter que encontramos en la literatura francesa, culto, desencantado y cosmopolita. Las escenas de caza en la remota isla escocesa de Jura –donde se refugió George Orwell unos meses para escribir- son nítidas y bellas. No en vano, De Cessole ha sido también cazador y conoce bien de lo que escribe. El recurso a la remota Escocia ya ha sido explotado en la literatura negra, desde el mítico 39 escalones de John Buchan, y muchas otras novelas de espionaje inglesas.


No puede ser más oportuno este libro tan revelador cuando estamos viendo ahora en las pantallas una especie de compasión por los yihadistas del ISIS y sus familias que están prisioneros en campos de detención. Como si sus esposas fueran unas inocentes que “no sabían nada” de las actividades de sus “benditos” esposos. El sentimiento de culpa occidental y una cierta cobardía racional y de actos para enfrentarse con claridad al mensaje retrógrado de una parte del Islam, proliferan en nuestras acomplejadas sociedades.

Este libro entiendo que podrá molestar a los servicios oficiales, dejados al desnudo en su oportunismo y su rivalidad. Daría también para un guión cinematográfico.


Ha sido presentado en París hace unas semanas y esperemos que lo sea pronto en España y que sea traducido con prontitud, pues aún estamos bastante en la inopia, con un cierto buenismo y ese miedo cerval a ser considerados racistas o de Vox, en lo que se refiere a la comprensión del peligro del islamismo radical y el salafismo.


L’île du dernier homme, de Bruno de Cessole, 424 págs., Éditions Albin Michel, 2019. ISBN 978-2-22644196-6


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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