Más velocidad, más vehículos: en la Sierra de Segura ( Jaén) vamos al revés del mundo

19 agosto, 2019

La reforma de diez kilómetros de la carretera A 317, de la Junta de Andalucía, nos va a salir muy cara, en dinero, en árboles y en paisaje.

El precio, según los carteles, es de más de dos millones doscientos ochenta mil euros, 2.280.458,89 €. (Lo de los 89 céntimos es muy importante, da como sensación de honestidad y rigor). Cada kilómetro de carretera nos va a salir a más de doscientos veinte mil euros, 228.000€.

Y encima parece que está cofinanciado por la Unión Europea.

Pero el coste ambiental, no medido, y menos aún declarado, es mucho más alto. Han perpetrado una innecesaria tala masiva de los chopos y demás árboles (espinos, fresnos) de la desaparecida curva del Batán, y han dejado un terraplén yermo, machacado, sin una sola planta.

El propósito de esta reforma era y es:

“Para lograr una mejora de las condiciones de capacidad y velocidad del recorrido se incluyen medidas como la construcción de un nuevo puente, mejoras de trazado, sección y firme”. Esto decía la Delegada Provincial de Medio Ambiente de Jaén, el 12 de mayo de 2008.

Respondía así a mi carta en la que le mostraba mi inquietud porque la carretera A 317 fuera a ser reformada, pedía que hubiera arcenes para andar o ir en bicicleta y me quejaba de la suciedad de las cunetas. Por fin, criticaba la falta total de control de velocidad en una zona protegida como es el Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y Las Villas.

Es decir, la Delegada contestaba todo lo contrario de lo que se pedía: se iba a aumentar la capacidad y la velocidad. El medio ambiente, la naturaleza, no importaba. Y en las cunetas “los residuos son muy escasos en sus márgenes”.

Así se ha hecho este año de 2019 y ya se puede ir mucho más deprisa (entre otras cosas porque no hay control alguno, es una carretera sin ley) y los automóviles y motos van a la velocidad que les da la gana. Algunos motoristas, los fines de semana, incluso echan carreras en las rectas, ahora con ese firme mucho mejor para superar los 120 kms por hora. Las profusas y ubicuas señales -otro negocio, éste de tanta señal- se las saltan impunemente todos los vehículos. Además de la contaminación de humos, ahora tenemos la sonora. Todo sea por el Parque Natural.

Nadie, evidentemente, ha echado las cuentas de cuánto CO2 se emite, ni del que se ha emitido con los masivos movimientos de tierras y maquinaria. Pero debe ser muy alto porque sabemos que sólo tender un metro cuadrado de hormigón emite 27 kgs de CO2 y que necesita para elaborarse 70 litros de agua. Pero como no lo medimos, nos quedamos tranquilos.

Las televisiones y la prensa nos hablan de la deforestación masiva de la Amazonia, de las 110.000 hectáreas de bosque muerto en Alemania en 2019, del incendio de Gran Canaria, por la sequía y las altas temperaturas. Pero no pasa nada, en esta tierra de Jaén, imperturbables, los alcaldes parecen encantados con la nueva carretera que permite “más capacidad y más velocidad”.

Vamos al revés de la historia. No sabemos si la lejana, inaccesible, invisible y pródiga Unión Europea, dirá algo por este atentado ecológico, despilfarro de energía y estupro del paisaje, aunque el escrito arriba citado, terminaba así:

“El hecho claro de la necesidad de mejora debe ir acompañado de toda clase de medidas que adecuen esta carretera al entorno protegido que atraviesa, y minimicen o corrijan los daños de su ejecución (integración paisajística, protección de los valores naturales y culturales, restauración de la cubierta vegetal y del antiguo trazado, etc).”

No entendemos muy bien a qué valores culturales se refiere, lo que sí parece es que hablar de cubierta vegetal significa que habría que volver a plantar los árboles arrasados, que podrían haber sido salvados porque no se entiende por qué ni para qué cortaron tantos. Así, los contratistas ganan dos veces, una, cortándolos, otra, replantándolos. Recordemos que la tala de árboles ha sido históricamente un arma de guerra para vencer, someter y sojuzgar pueblos y civilizaciones. Así nos sojuzga la ínclita Junta de Andalucía.

Antes era una tupida chopera

(P.S.- Se pregunta, en fin, quien esto escribe si las cervezas SKOL patrocinan la carretera, pues los operarios han dejado por doquier latas de SKOL tiradas en las cunetas. También parece como si SKOL financiase la recogida de la aceituna, a tenor de la cantidad de latas de esa cerveza que hay tiradas por todos los olivares).


Ílhavo y Aveiro, esa luz atlántica

9 junio, 2019

(Fue publicada otra versión en El Laberinto español, suplemento de http://www.cronicapopular.es)

Portugal es un país de luz, pero algunos lugares parece que han sido hechos de y por la luz, como la ría de Aveiro e Ílhavo. La luz cambia con las nubes, el curso del sol, las tempestades. Cada día es diferente, como es cada estación del año. Al despedirse el sol, nos deja la inmensa noche atlántica sobre el mar oscuro. A lo lejos, la ráfaga del faro más alto del país. En los días de niebla parece querernos recordar las playas belgas de Knocke le Zoute, tras las dunas y con el océano gris. No es casual que toda la poesía portuguesa haya cantado el mar, desde Camões hasta Ruy Belo o Sophia de Melo Breyner, pasando por Álvaro de Campos (Pessoa) y Nuno Júdice. La “mar océana” ha sido la gran protagonista de la historia del país, y en Aveiro e Ílhavo el viajero sensible lo siente.

A unos cincuenta kilómetros al sur de Oporto, en una costa cuya luz que Raul Brandão llamaba “dorada y viva, hecha de agua azul y traspasada de sol”, se encuentra la ciudad de Aveiro y su Ría de características muy especiales en cuanto a la geología, el mar y el clima. El paisaje es singular, con una barra de arena que corre paralela a la costa, llamada Costa Nova.

Aveiro

En la Barra o Costa Nova, las casas pintadas con bandas verticales de color, los palheiros, se fueron construyendo a partir de 1808, cuando los más importantes pescadores allí se trasladaron desde Aveiro. Hacia 1822 empieza el uso balneario, compatible entonces con las faenas pesqueras. Los palheiros son modestos edificios de dos plantas que antes fueron casetas de pescadores en las que guardaban el pescado para secar y salar. Tienen dos pisos como máximo, una balaustrada, un porche y unas mansardas (en Portugal llamadas con el sugestivo nombre de aguas furtadas). Son de tablas de madera, de bandas pintadas de blanco y rojo, o blanco y azul, aunque las antiguas eran de un solo color. Hace muchos años, la arquitectura y el gusto eran peculiares, las casas se construían a gusto del dueño, no del arquitecto y éste, profesional raro, más escaso que hoy, era ilustrado, veía revistas extranjeras, viajaba. Entonces, los arquitectos constituían una cierta élite. Las buenas influencias estéticas llegaban hasta el extremo occidental de Europa.

Aveiro y su vecina Ílhavo son los dos centros ancestrales de la pesca del bacalao por los mares de Groenlandia y Terra Nova. Era la llamada ‘faena mayor’. Junto a ella, la pesca de altura más cercana, y la de bajura, con las famosas xávegas, nombre de los barcos y de esas redes de arrastre que se lanzan al mar y se recogen gracias a las yuntas de bueyes que tiran del copo en la playa, escena tantas veces reproducida en las guías turísticas. En Ílhavo, además de apreciar sus casas modernistas, una visita a su Museu Marítimo será la parada necesaria para entender mejor la industria e historia de la zona, la historia de Portugal.

Palheiros, Costa Nova, Ílhavo

La Gafanha de Nazaré está formada por aldeas de pescadores en torno a la Ría en lo que fueran zonas pantanosas y arenosas, hoy plantadas de inmensos pinares, pero donde también proliferan acacias y cambrones. El observador de aves saldrá también satisfecho.

La segunda industria floreciente fueron las salinas, de las cuales hay ya registro en el siglo X, aunque hoy quedan muy pocas, habiendo sido muchas de sus balsas convertidas en piscifactorías. La sal, monopolio real, fue un producto estratégico sobre todo para un imperio marítimo como el portugués.

Una tercera industria es la cerámica fina. La fábrica de cerámica de Vista Alegre, fundada en 1824, continúa activa y con buena salud aunque la propiedad haya cambiado. Las primeras instalaciones respondían a ese capitalismo algo filantrópico que era capaz de hacer compatible el trabajo infantil -véanse las fotografía de la exposición permanente- con la protección social, con la construcción de viviendas para los obreros en una especie de ciudad-jardín idealizada, con su iglesia y sus escuelas. Hoy también hay un bello hotel, el Montebelo, anexo a la fábrica, moderno, sin impacto paisajístico y muy bien acondicionado.

Aquí la industria prosperó gracias a las inversiones del Estado, a los pinares que suministraban combustible para la cerámica y el cristal. Es una manifestación práctica de lo que Mariana Mazzucato ha señalado en El Estado emprendedor de que es gracias al Estado, a las inversiones estatales, como las empresas privadas han podido prosperar. Así, las infraestructuras, la protección del paisaje y las plantaciones los extensos pinares-, los espigones para impedir que desaparezcan las playas, amenazadas por la construcción de edificios y bloques. Esto ha sucedido en las Landas francesas y también en toda esta costa portuguesa.

Tras la Primera Guerra Mundial, Portugal se enriqueció, Inglaterra era su mejor aliado y sus colonias eran rentables. Flotaba un cierto optimismo que la nueva República (fundada en 1910), bastante inestable, no llegó a desmoronar. De ahí tanta construcción modernista y luego Déco. De hecho, el llamado Estado Novo, la dictadura de Salazar, siguió impulsando una cierta modernidad –a veces teñida de imperialismo y nostalgia- y no travó ni el Art Nouveau ni el Art Déco.

De estos dos movimientos quedan muchas trazas en Aveiro y en la cercana Ílhavo. Todo es de una volumetría sensata, con equilibrio, sin destrozos demasiado visibles pues los portugueses han tenido el gusto de conservar el decoro.

No muy lejos está la Pousada –Parador- que data de 1960 y es un edificio moderno pero de buen gusto, leve, bien construido, junto a la Reserva Natural das Dunas de São Jacinto. En el lado sur de la bocana, el Farol da Barra, el faro más alto de Portugal, que se puede ver desde muy lejos.

Todas estas tierras son de una belleza sin pretensiones, callada, recogida, con la luz del océano como gran protectora. El escritor Eça de Queiroz, que había nacido no muy lejos de allí, en Póvoa de Varzim, consideraba que la “Costa Nova era uno de los lugares más deliciosos del planeta”. Sin embargo, su amigo y compañero de pluma, Ramalho Ortigão, no habla de ella en su libro-guía Las playas de Portugal. Todavía no tenía la consideración de zona balnearia.

En Aveiro, veremos los moliceiros, especie de grandes góndolas decoradas y pintadas con ingenio y gracia que recorren el canal y la ría. Se llaman así porque antiguamente transportaban el moliço, una mezcla de limo, algas y sargazos que se utilizaba como abono. Hoy son una atracción turística. Aquí hay que probar los dulces a base de yema de huevo (entre ellos esa rosca imponente, la lampreia de ovos), el barquillo –llamado bolacha americana-, y experimentar los restaurantes (yo me quedo con el más auténtico, lleno de portugueses que vienen en familia, O Mercantel, en un primer piso de una sosegada calle, la rua António Lé). Habrá que probar el bacalao, pero sin olvidar el rodaballo o los mariscos. Y quien guste, las anguilas.

Los moliceiros

Al ayuntamiento de Aveiro se le antojó hace unos pocos años autorizar el mamotreto del Fórum, un centro comercial con aparcamiento subterráneo. Ocurrencias que tienen los alcaldes en busca de inmortalidad. Pero pasemos por alto ese exabrupto arquitectónico y fijémonos en todo lo que hay de bello y apacible, que representa mucho mejor la esencia del alma portuguesa.
Para los aficionados a los automóviles antiguos, hay que recordar que en Aveiro se celebra cada primavera la feria más importante de toda la península ibérica, la Feira de Autos Clássicos.

Sobre los riesgos de saturación, hace quince años la experta medioambiental portuguesa Luisa Schmidt ya alertó y prestó su pluma para alertar de los riesgos de sobreedificación en la Barra de la Ría de Aveiro que, como toda esa zona, corre el riesgo de una grave erosión costera. El Ayuntamiento de Aveiro, en un afán de modernidad mal entendida, decidió autorizar la ocupación inmobiliaria de la Costa Nova y de muchos espacios junto a la Ría que beneficiaban solamente a las empresas constructoras y no añadían nada, sino que restan, al paisaje.

El viajero desearía que se estén quietos y paren con los afanes de atraer más turismo de masas, que puede acabar con el encanto sosegado de esas playas, gafanhas y barras. El viajero busca sosiego, serenidad, que para movimiento ya tiene las mareas, los vientos, la luz siempre cambiante, del alba al crepúsculo .


El pintoresquismo, enfermedad senil de la arquitectura

1 mayo, 2019

Cuando recorremos algunos pueblos y campos españoles, nos llama la atención lo poco agraciadas que son las construcciones, la arquitectura al uso. En definitiva, lo fea y poco adaptada al campo y al paisaje.

Hay varias posibles causas de este envilecimiento estético (frase que utilizaba Julio Caro Baroja):

  1. Una, es que las construcciones en el campo ya no responden a su finalidad primigenia, es decir, el apoyo al cultivo. El cultivo de la tierra, al industrializarse y convertirse en agrobusiness, no precisa de casas, quinterías, cortijos, patios, cuadras, establos, aljibes. Se alzan naves lo más baratas posibles para guardar la maquinaria y se construyen establos inmensos o gallineros tipo campo de concentración. La belleza de lo pequeño, de lo accesible, es innecesaria, irrelevante, fútil. Y no han dado con el diseño estético de lo grande. Al campo se va en un todo-terreno, ya no se anda (vean el porcentaje de obesos entre la gente del campo). El agricultor ya no cultiva sus tierras, las explota. Ya pocos plantan su huerto en una ladera, como quería Fray Luis de León. Y recordemos que cultura y cultivo tienen la misma raíz latina. Solamente el antiguo huertano, el viejo que tiene su hortal, puede tener aún necesidad de una pequeña casa, del pozo, de un tejadillo donde guardar el carro y la leña. Por eso las casas de antes, en su humildad sin pretensiones, son más bellas.
  2. Segundo, que al desaparecer la vivienda del hortelano, del agricultor que allí vivía todo el año, las viviendas en el campo se han convertido en segundas residencias. Tienen la misma función que la de un ‘chalet’ de una urbanización. Construidas “haciendo típico”, están llenas de adornos que quieren imitar las antiguas funciones de los cortijos, quinterías, alquerías y heredades. Todo parece pues, falso, decorado. E inevitablemente surge el folklorismo, el pintoresquismo para “hacer campestre”.
  3. Tercero, los arquitectos suelen irse a las grandes ciudades, donde hay más posibilidad de prosperar, y en los pueblos las obras quedan en manos de constructores y de propietarios que quieren aprovechar al máximo sus metros cuadrados. Los arquitectos han sido relegados a la mera función de asegurar una cierta garantía en la edificación, a los materiales, y conseguir así la licencia de construcción municipal. El arquitecto ha de ser un firmante obediente y cuanta menos imaginación, mejor, parecen pregonar los alcaldes.
Los cortijos tradicionales quedan abandonados

Pero no debería ser así. Es sabido que la arquitectura debe adaptarse al paisaje, encajar, armonizar, pero eso no significa que todas las casas andaluzas tengan que tener arcos y columnas, ladrillos y macetas, estilo marbellí o pseudo-mudéjar.

Este fenómeno asuela todo el territorio nacional y llama más la atención porque el paisaje español suele ser bello, agreste, desde lo árido y pardo a lo montañoso y verde, desde los páramos a las dehesas. El contraste entre la belleza del paisaje y la fealdad de miles de pueblos, aldeas y construcciones en el campo es entristecedor.

Esto es particularmente visible en uno de los parajes más bellos del país, el Parque Natural de las sierras de Segura, Cazorla y Las Villas. En él está literalmente prohibida la arquitectura moderna. Digamos que si pudieran hubieran prohibido la Bauhaus en los años veinte del pasado siglo. Hoy prohíben, no dan licencia ni visto bueno cuando algún atrevido propietario tiene la intención de romper los esquemas falsamente andalusíes, aunque su proyecto encaje mejor en el paisaje que lo que se suele construir. Se fomenta el pintoresquismo de arcos y ladrillos y el resultado es una fealdad que se enseñorea de muchos de sus pueblos.

Muchos ayuntamientos practican el libertinaje constructor, importándoles solamente que se paguen las correspondientes licencias de obras. A menudo son de un mal gusto notorio, insolente, como sucede en muchos pueblos (donde además pareciera que la mitad de las casas están a medio hacer o a medio derrumbarse, con ladrillo visto, bloques, uralitas y demás chapuzas).

Afortunadamente, en otros lugares no es así y hay ejemplos de cómo hacer compatible modernidad y buen gusto con el paisaje. Éstos se dan sobre todo en Cataluña y Baleares, donde las líneas limpias, claras, no hieren, al revés, con los pinares, encinares, alcornocales, y con las vistas al mar.

En ruinas…
Los antiguos cortijos de piedra esperando el fin…

El pintoresquismo, en definitiva, es un fenómeno senil, es el fin de la creatividad, es la senectud, no la antigüedad. Es la decadencia del gusto, el recurso a lo ya trillado so pretexto de mantener el espíritu regional sin mantenerlo, pues es una falsedad. El “espíritu regional”, si es que existe, se mantiene conservando no solamente los monumentos sino todas esas alquerías, quinterías y cortijos que yacen en ruinas por culpa de herencias reñidas, registros de la propiedad demasiado burocráticos y tractos de dominio perdidos, con lo cual no son de nadie.


Green Book, la película de don Quijote y Sancho

6 febrero, 2019

Viggo Mortensen es Sancho Panza y Mahersala Ali Don Quijote. La película de Peter Farrely no ha tenido unas luminosas críticas entre los expertos cinéfilos portugueses, pues, como en el suplemento cultural del diario Público, Ipsilon, se han centrado en lo más obvio, en lo inmediato, el tema ya tan trillado de la discriminación racial en los Estados Unidos en los años sesenta. El árbol no les ha dejado ver el bosque, mucho más profundo y complejo, donde lo político es un pretexto para contarnos la historia de una amistad, de una cierta simbiosis, de la pérdida de la inocencia y una educación social y sentimental.

Ya hemos visto muchas películas y leído muchas historias sobre el racismo en los Estados del sur (ahora me viene a la memoria, por ejemplo, ‘Driving Miss Daisy’). Pero estos críticos, que no habrán leído la novela de Cervantes, quizás no se han dado cuenta de que la película nos atrae más porque escenifica une de los arquetipos más famosos, el idealismo de don Quijote y el realismo, el pragmatismo, de Sancho.

El gran músico negro Doc Don Shirley, que se quería presentar como un príncipe africano, con trono, vestimenta y adornos, inicia una gira musical por el Sur -como si quisiese vencer el racismo a base de conciertos de piano- para la que contrata un chófer escudero, el inefable Frank Tony Lip , que tiene los pies sobre la tierra, que al principio no le comprende pero que le defiende y le va mostrando la cruda realidad. Le hace partícipe de la música del pueblo, le enseña a comer los Kentucky Fried Chicken, que el ‘príncipe’ al principio desprecia y luego aprecia, Frank se para, con el inmenso Cadillac, en los lugares más impensables, más cutres, donde se deleita con la buena comida, mientras el gran músico permanece altivo, distante, demasiado fino para degustar esos ‘vulgares’ placeres.

Frank/Sancho coge a hurtadillas una piedra que le va a traer suerte, no tiene el pudor de don Quijote/Shirley, pero va admirando cada vez más a su patrón, lo respeta y al final, él, un blue collar racista, pide a sus familiares que lo respeten, que no le llamen ‘nombres’. Como Sancho Panza, cambia los nombres, en su incultura, como Joe Pin, Chopin. Los golpes de Lip nos hacen sonreír, como en don Quijote, y su cambio personal a lo largo de ese road movie que es un trasunto del periplo del Caballero de la Triste Figura, no emocionan.

Sancho se va quijotizando, al igual que don Quijote se va sanchificando, al como sucede en la obra de Cervantes, cuando al final es Sancho quien anima a don Quijote, evocando la posibilidad de volver a ir por esos andurriales como Caballero Andante. Shirley, al final, viene a compartir la Navidad con la familia de italoamericanos, obreros, se ha creado una amistad.

Shirley, en su idealismo, lucha a su manera contra la discriminación racial, pero la realidad es más dura de lo que se imagina, y Sancho/Lip es quien le saca de apuros, le protege y al final, comparte sus ideales. La película nos apela porque, en el fondo, se sirve de esos dos objetivos de la vida: la fama, los ideales frente a la realidad, lo cotidiano, encarnados por el Músico cultísimo, distinguido y caballero, y el humilde chófer escudero.


‘Periplo alfabético de un fumador de pipa’, por Ignacio Vázquez Moliní

5 febrero, 2019

No seré objetivo, lo aviso. El señor Moliní, con quien comparto impostura bajo el nombre del decadentísimo portugués Rui Vaz de Cunha, tiene la manía de escribir y no seré yo quien le desanime, al contrario. Este es más un libro de viajero que de viajes y, por tanto, no es lineal.

En efecto, la estructura del libro es alfabética en vez de itinerante, ya que relata sus estancias, algunas a tiro de piedra de su casa, como la L de Lapa, barrio lisboeta donde mora el escritor, según la inicial. Están representados los cuatro continentes con diecisiete europeas ciudades, cuatro asiáticas, cuatro americanas y tres africanas.

Vázquez Moliní, grand flâneur, es todo lo contrario de esos viajeros ingleses o franceses, a menudo condescendientes, que miran con superioridad al pueblo visitado. Moliní nos cuenta de personajes, de sus dudas y extravíos, sus sorpresas, todo acompañado de una pipa bien olorosa. Nunca juzga. Como mucho, deja caer un comentario irónico, como cuando en Arles le dejan comer a deshora sin que le suceda lo que a tantos viajeros que se topan con la eterna, marmórea, inamovible respuesta francesa: “désolé, la cuisine est fermée”. O cuando compara los procedimientos de los guardianes de la revolución iraní en la puerta de la Mezquita de Qum con el derecho administrativo español, complejo, contradictorio y muchas veces incumplido.

Su hilo conductor es una afición ya caduca, decadente y destinada a la prohibición total por los guardianes de la Sanidad orwelliana, como es fumar en pipa. Dije que no sería objetivo. La pipa es un residuo de civilización. Mi padre también fumaba en pipa y sus cachimbas las guardamos como pequeñas reliquias, así como algunas latas vacías de Amphora, Dunhill, Capstan’s o State Express que sirven para guardar tornillos, monedas viejas, gomas de borrar y sacapuntas.

Además de las equivocaciones, despistes y desorientaciones del viajero normal, Moliní añade tres problemas más al viaje: encontrar un lugar donde le dejen humear, conseguir un buen tabaco y escoger bien la pipa. Todo ello da en el humor, además de que escudriña los lugares más imprevistos para poder fumar en paz. No en vano, cita a Potocki (Manuscrito hallado en Zaragoza) y la teoría del laberinto para justificar su libro.

Además, el viajero encuentra personas, evoca amistades, como la del inefable Primitivo Martínez, en Beirut, al que yo tuve el gusto de conocer años después en Rabat, donde dirigía el instituto Cervantes (de antes de la institución). En La Habana, bajo la H, nos habla de don Ramón, en Kyoto les hace a sus anfitriones una sopa de ajo. Es un viajero con afectos, no un instagram con piernas.

Algunos de los lugares que describe son hoy casi leyenda, como Sidi Bu Said, Beirut o Marienbad. Otros se prestan al paseo como Rávena o Nicosia. Incluso alguno, como en el libro de Potocki, son inventados, tal Faronípolis, que es un homenaje a su admirado escritor Luis Landero. En Gijón, con la X regionalista, licencia poética para poner una ciudad o lugar que no sea Xanadú, donde no ha estado, resulta que hasta pierde la pipa.

Al final hay un pequeño glosario con las marcas de tabacos (algunas supongo que desterradas para siempre de la industria por mor del Estado salubre) y de las pipas, que hoy serán casi objeto de colección. Me quedan dos dudas: cómo olerá el tabaco Latakia, y cómo serán, y cuáles sus efectos de fumarlas, las pipas de Espuma de mar, Aphros en griego, de donde viene Afrodita. ¿Será que fumar en pipa es afrodisíaco y no quiere confesarlo?

En definitiva, el libro de Ignacio Vázquez Moliní es un canto a la libertad de movimientos, a la libertad individual y a la curiosidad viajera, con humildad, sin arrogancia y sin perjuicio de terceros para que no les moleste el humo.

Ha sido editado por Alud Editorial, pequeña empresa onubense que se atreve a publicar obras diferentes. Al final, podríamos decir, como el belga Magritte, Ceci n’est pas une pipe, ceci n’est pas un livre, sino un entretenimiento que nos deja con una sonrisa y con ganas de que su próximo alfabeto tenga entradas mayúsculas y minúsculas y así habrá 56 lugares.

[ Periplo alfabético de un fumador de pipa, por Ignacio V. Moliní, Alud Editorial, Fuenteheridos, Huelva, Octubre de 2018 ]


Vender las ciudades al turismo

3 junio, 2018

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye ||

Las ciudades europeas de más solera se están convirtiendo en parques temáticos. O ya lo son. Los ciudadanos despiertan y empiezan a clamar contra el turismo de masas. Sucede en Venecia, Barcelona y, ahora, en Lisboa. El poder de constructores, hoteleros y hosteleros, ayudados por ayuntamientos sin más idea que el lucro, han hecho que el balance de coste beneficio del turismo empiece a ser negativo.

Las empresas inmobiliarias y las turísticas se han apropiado de las ciudades como meros objetos de consumo, mercancías de las que se desharán cuando dejen de serles rentables. Usufructúan y destruyen su valor, como han destruido las costas españolas para sus negocios y luego se han ido a destruir las marroquíes, las tailandesas o las caribeñas. Los negocios benefician sólo a unos cuantos, mientras matan el alma de las ciudades, su carácter, su personalidad, su original y genuino atractivo. Además, causan un perjuicio a los residentes en su vida cotidiana y en los precios de las viviendas que se disparan por la especulación inmobiliaria y los alquileres turísticos, a menudo en economía sumergida.

Éramos unos ilusos. ¿Pensábamos, que en un régimen capitalista y ultraliberal quedaba algo que no fuera convertible en mercancía? Las ciudades se venden, son una mercancía más, un producto (“productos turísticos”, como se llama a los destinos turísticos en la jerga del marketing de los turoperadores). Y también éramos ilusos pensando que unos ayuntamientos de izquierda frenarían la especulación. Barcelona, Madrid, Lisboa, París, tienen ayuntamientos de izquierda y no lo han hecho.

Hay una gran falta de imaginación y los ayuntamientos recurren a una especie de economía extractiva, sometidos y sumisos a los intereses del capitalismo más depredador. Y se da la paradoja de que se utiliza el monumento, la piedra, lo antiguo, lo permanente, para fomentar lo efímero, el viaje fugaz, inmediato, casi virtual, a base de selfies e instagram. Un simulacro de descubrimiento, apresurado por la urgencia de la escapada de fin de semana, para ver Florencia en cuatro horas, o Lisboa en cinco, el tiempo de escala del inmenso crucero fondeado durante el día en el puerto, que atraca a las diez de la mañana y suelta amarras a las siete de la tarde.

En la Gran Absurdidad o en la Sociedad Absurda, como la llama el pensador portugués António Vieira, “lo Incaracterístico” –en español sería un neologismo, pero muy expresivo- se adueña de todo, (Ensayo sobre el fin de la historia, Trescientos sesenta y cinco aforismos contra Lo Incaracterístico, ediciones Fim de Século, Lisboa, 2009) no queda ningún espacio, territorio, que escape a la uniformización mercantil.

So pretexto de lo pintoresco, todo se trivializa, todo se hace idéntico. La cultura o el turismo llamado cultural se convierten en un simulacro donde da igual ver la obra original que una copia. El viaje se hace virtual y se ven obras de arte “porque hay que verlas”, porque están incluidas en el paquete turístico. Pero a la mayoría les daría igual ver las copias, nadie se daría cuenta. Como en ese pequeño museo de Elne, en el sureste de Francia, donde han descubierto que más de la mitad de las obras son falsas.

El turismo incaracterístico dicta sus tiempos para rentabilizar la mercancía, cuanto más rápidamente visitada, más rentable para el siguiente turno, para la siguiente tanda. Es como la graciosa canción de Brel sobre el burdel militar, Au suivant. El turista es ya un mero número, es una tarjeta de embarque, un código. Es un medio para vender la mercancía. O también es mercancía.

¿Pero dinamiza de verdad la ciudad? Se restauran edificios, es cierto, pero en sus bajos se abren más bares, más restaurantes, más tiendas de las cadenas internacionales. No se construyen viviendas para los necesitados ni se abren más hospitales. Son las migajas de las mesas de los turoperadores, como esas grandes superficies comerciales que se instalan por doquier a cambio de unos pequeños campos deportivos o un parquecillo para justificar la apropiación de suelo municipal.

La ciudad es rentable para unos cuantos, especuladores inmobiliarios, turoperadores, hosteleros y hoteleros. La alianza del turismo con los especuladores inmobiliarias es perfecta, es una nueva ley de bronce del turismo de masas. Además, estos sectores suelen contratar una mano de obra barata, indefensa, además de inmigrante y sumisa.

Se llama globalización, pero es descaracterización. Los turistas acuden porque los precios son más bajos, el alcohol más barato, los horarios de discotecas sin control; en definitiva, los destinos turísticos son cada vez más una commodity intercambiable por la siguiente en salir al mercado, aún más barata, aunque siempre con una pincelada pintoresca para embalar mejor el producto.

El valor del turismo

Martin Wolf, del Financial Times, ha vuelto a poner sobre la mesa la gran pregunta de los economistas clásicos: ¿Quién crea valor? ¿Quién lo extrae? ¿Quién destruye valor? O, ¿quién es mero parasitario del valor existente, creado por otros? Estas  preguntas hay que hacérselas para el turismo. No estaría de más repasar lo que escribieran Marx y Ricardo sobre el valor,

Pero el análisis económico del turismo es muy superficial y se basa, sobre todo, en cifras y estadísticas, muchas de ellas de dudosa fiabilidad pues se hacen por sondeos subcontratados con empresas, no con datos reales (los hoteles suelen ocultar sus cifras reales de ocupación y en la hostelería, la facturación en negro es moneda corriente). Hasta Tamames lo consideró como algo meramente coyuntural cuando es estructural. La creación de valor es más que discutible pues normalmente se degradan los atractivos, y hasta el carácter de los moradores.

Mariana Mazzucato, la economista italo norteamericana, (El Estado emprendedor, 2014) ha demostrado que sólo gracias al Estado se puede conseguir que la economía sea creativa, innovadora. Ir por delante en la innovación, no someterse al mejor postor. Los ayuntamientos deberían hacer lo mismo, no arrodillarse ante los turoperadores, compañías aéreas, inmobiliarias, sino imponer sus condiciones para preservar los valores intangibles de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Claro que, como decía hace poco una periodista portuguesa, los turistas no votan y los residentes, sí. Y muchos alcaldes prefieren los turistas –clientes-, a los residentes –ciudadanos-.

La llamada transversalidad del turismo no ha hecho, sin embargo, profundizar los análisis económicos fuera del mundo universitario (pienso en Salvador Antón Clavé, Francesc González Carreras o la mexicana Maribel Osorio García, entre otros). Una actividad económica que afecta a los servicios, a los transportes, a las infraestructuras, al medio ambiente, a las relaciones laborales y a la propia fisonomía de las ciudades y otros destinos turísticos, debería ser enfocada de manera pluridisciplinar. Sin embargo, las administraciones turísticas prefieren fijarse solamente en las  cifras de turistas, nacionales o extranjeros, y en el dinero gastado. La OCDE ha establecido varias metodologías e indicadores más adecuados para medir el impacto, positivo o negativo, del turismo, pero España y los países receptivos –los que reciben turistas masivamente- no los siguen. No les interesa saber la verdad.

Las cuentas sobre el gasto por turista están falseadas desde el momento en que la compra se hace en diferentes países de origen. Un viajero que llega en Easy Jet o Air France, paga el billete en origen, el alojamiento a una empresa a menudo extranjera y, a la postre, el dinero que deja es marginal.

No es nostalgia del viaje elitista del pasado, sino devolver la razón de ser, la esencia, al acto de viajar. Muchos cruceros masivos, muchos  turoperadores lo que venden es  el antiviaje. George Santayana –al que algunos llaman el Unamuno norteamericano- ya advirtió sobre la trivilaidad del viaje, como se refleja en un artículo publicado por la Revista de Occidente:https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/20

Y Gregorio Marañón también insistiría en la diferencia entre viajero y turista: https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/668

Finalmente, hay una pregunta que hice hace mucho tiempo y que deberían hacerse los ministros, consejeros y concejales de turismo ya que, al fin y al cabo, parece que están para defender los intereses de todos y no sólo de las empresas: ¿Cuántos turistas queremos?: http://estadisticas.tourspain.es/img-iet/Revistas/RET-143-2000-pag111-120-84424.pdf

La alternativa

El enfrentamiento no es entre sí al turismo o no al turismo. Hay más matices. No se trata de expulsar a los turistas sino de no dar facilidades a los que hacen de las ciudades mercancías de saldo, a los que no entienden el principio, claro y evidente en la economía, de saturación del mercado o, dicho en términos turísticos, de sobrepasar la capacidad de carga. Se trata de evitar la explotación descarada y desaprensiva de las ciudades.

Al igual que los museos responsables limitan el aforo, así como un camión no puede llevar más carga que la permitida por su mecánica y por la seguridad, las ciudades no pueden rebajarse ni someterse al mejor postor y ser aplastadas por el turismo masivo. Los ayuntamientos deben huir de la ignorancia y de la extravagancia.

Hay otras alternativas, como mejorar los transportes públicos, cuidar de sus jardines y calles, de sus cloacas, proteger los comercios y oficios que constituyen la personalidad de una ciudad. Se puede favorecer el turismo delicado, el no depredador, las empresas hoteleras y hosteleras de calidad, no de cantidad, se pueden escalonar las tasas turísticas según el impacto ambiental (para el CO 2 y para los residentes), se pueden limitar los gigantescos autobuses turísticos (y en Lisboa, los peligrosos y ubicuos tuk tuks).

Es preciso recordar que el sector turístico es y ha sido siempre –por lo menos en España- uno de los más reaccionarios y reacios a las leyes. Ya tuvo con Fraga su bautismo, liberándolo de muchas trabas urbanísticas y de impuestos. Este sector se ha opuesto, sucesivamente, al pago de los derechos de autor por la música y los vídeos difundidos en los hoteles y restaurantes, a la ley anti tabaco, ha arrastrado los pies –nunca mejor dicho- ante las normas de accesibilidad para minusválidos, ha hecho la guerra al más mínimo atisbo de imponer una tasa turística (algo que existe desde hace decenios en la país más capitalista del mundo, Estados Unidos). En fin, ha sido el sector mimado de la dictadura franquista y todavía quiere seguir disfrutando de sus franquicias laborales, ambientales y fiscales y de su manoseado cebo de que crea empleo (precario).

Las administraciones, que representan el bien común (aunque Nietzsche decía que este término era una contradictio in terminis), son las que deben poner coto y límites a la depredación, a la especulación inmobiliaria y comercial, al agobio del turismo. Por el bien de los residentes y por el bien de un turismo que sea sostenible económicamente y no de usar y tirar cuando haya sido destruido el atractivo originario.


Los dos últimos cuadros

7 mayo, 2018

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Viejo casino de Setúbal


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... n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ׁ

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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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