Don Ramón Ruiz-Marín López, un señor de Jaén. Evocación

22 noviembre, 2018

Tío Ramón ya es ceniza desde hace muchos años pero su recuerdo perdura en mí.

Ramón Ruiz se sintió siempre del campo y para el campo. Las olivas, las fincas, los montes, eran su universo. Nació con el siglo XX en Segura de la Sierra, provincia de Jaén, en la vieja casona que era de la familia y que aun existe junto a la plaza, frente a la iglesia.

Ingeniero, conocía los árboles al tacto, palpaba la tierra y los barros, cuando veía un olivar lejano sabía, antes de pisarlo, si era bueno por el color de los árboles y la tierra. Así, hizo dinero comprando fincas, arreglándolas y vendiéndolas en plena producción.

Tío Ramón

A la sombra de su noguera, con su eterno puro

No creía en los ministerios ni en los funcionarios (“que no distinguían un chaparro de una oliva”), desconfiaba del Poder, denostaba el Plan Jaén porque “cuando Dios creó el mundo, dijo ‘Jaén, para olivas’”, no creía en Franco ni en las Hermandades de Labradores ni en los alcaldes. Creía en el trabajo.

Cuando la Reforma Agraria de la República le encargaron supervisar las fincas ocupadas por la zona de Marmolejo. Se encontró unas tierras abandonadas, ganado muerto o enfermo. “Así no defendéis la República”, les dijo a los ocupantes, que naturalmente hicieron caso omiso de sus advertencias.

El 18 de julio le pilló en el pueblo. Fue detenido por unos anarquistas que se lo llevaron en un automóvil confiscado, al juez, decían. Afortunadamente iba con ellos el comunista Ramón Peláez, con una escopeta. Cuando los anarquistas pretendieron parar en una curva para darle el paseo, Peláez empuñó la carabina y dijo “ésta no ha venido a esto”, y les conminó, amenazándoles, a seguir hasta el juzgado, salvándole así la vida. Al suegro de Ramón Ruiz, que era Presidente de la Audiencia, un aragonés recto y conservador, nadie lo salvó y lo asesinaron de mala manera junto a la verja del cementerio, a la que se había aferrado resistiéndose a ser arrastrado. En su casa de Jaén quedaron para siempre los impactos de balas en su despacho que dispararon los ‘incontrolados’ que se presentaron a tomarse la justicia por su mano y lo sacaron a la fuerza de su domicilio.

Pero Ramón Ruiz tuvo más suerte. Restablecido un cierto orden republicano, tras unas semanas detenido, fue puesto en libertad e incorporado como oficial al Ejército de la República, donde hizo toda la guerra. En el frente de Aragón recordaba cómo llegaban los Stukas de la Legión Cóndor, y el ruso con quien compartía el blocao, experto que los detectaba muy lejos, le avisaba, “cama-rrada, Stukas”, y le hacía cubrirse rápidamente. Ramón Ruiz nunca negó la intervención nazi en la guerra civil, la sufrió.

Al finalizar la guerra, su salvador Ramón Peláez fue llevado ante un Consejo de Guerra que pretendía condenarlo a muerte, pero él se presentó a testificar a su favor, ante el asombro de militares, fiscales y falangistas. Condenado a varios años, pudo ser puesto en libertad y Ramón Ruiz lo colocó en el Servicio Nacional del Trigo.

Pasaron los años, la postguerra, llegó la prosperidad de algunos, con sus Packard y sus Cadillac, pero él siguió siempre una vida austera, sin estridencias, en su gran casa de la calle Llana, en el viejo Jaén (que entonces era una ciudad bastante bonita), con su patio, su fuente y su gran palmera.

El verano, “sol y moscas”, lo pasaba en el Molino donde su árbol sagrado, el único ser vivo que le escuchaba –decía- era la noguera. Bajo ella, en su butaca de anea, leía el periódico, escuchaba las noticias en la radio de pilas (siempre se negó a instalar la luz eléctrica, impropia de cortijos) y fumaba sus puros que iban dejando pequeñas quemaduras en sus guayaberas. Leía el ABC y el diario Jaén, del Movimiento, al que llamaba despectivamente el “Trepabarcos” (el hunde barcos, como se dice ‘hundir’ en Jaén) porque durante la guerra mundial, con sus noticias de toneladas hundidas por la Kriegsmarine, había él sólo hundido varias veces a toda la escuadra inglesa.

Contra la electricidad, pero con la radio, la Radio Nacional de España le traía noticias hasta el fondo del valle, junto al río y el molino. Así podía clamar contra Churchill, el hombre más malo del mundo, o reclamar que los paracaidistas ingleses tomasen los pozos petrolíferos, o mandar el Saratoga -el epítome de la fuerza militar, para él- a controlar a los árabes, o menear la cabeza con desaprobación cuando hablaba aquel ministro jiennense de la sonrisa hipócrita, Solís Ruiz.

Acabando agosto estaba el ritual de la Feria de Linares, donde iba a los toros, invitaba a sus amigos, fumaba sus puros. Emprender el viaje a Linares desde el Molino constituía el fin del verano cortijero, que coincidía también con la festividad de San Ramón, el 31 de agosto.

Era un hombre serio, ni de chistes ni de chascarrillos, sino de frases en general ponderadas, a veces exageradas de ironía o incluso con sarcasmo (contra los nuevos ricos, los cursis y los repipis, principalmente). Su mirada, su mal humor o enfado, que acentuaba alzando las cejas y las orejas a la vez, dejaba despavoridos a los peones, aparceros y tratantes que pretendían engañarle.

Cambiaba los nombres –a mí me llamaba Jaimero y Nasser-, detestaba la cursilería y mantenía su distancia respecto del “mujerío” –su mujer, sus hijas, sus hermanas- a las que afeaba que le contasen a los confesores lo que no le contaban a sus maridos. Cuando una hija suya pretendió meterse a monja, amenazó seriamente con hacerse protestante. En las misas, cuando llevaba al “mujerío a misearse”, se quedaba esperándolas en la puerta, con los hombres, reteniéndome, “los hombres, aquí”, hablando del campo, de las cosechas y los capachos. A mi padre, su hermano pequeño, lo ayudó cuando volvimos de Bruselas y siempre lo respetó, aunque difirieran en ideas, opiniones y muchas cosas (“era el más inteligente de todos nosotros”, me dijo un día).

Aquel a quien consultaban terratenientes (él también lo era, pero no era un propietario absentista), gobernadores, alcaldes y en secreto algún ministro, al final tenía sus dos fieles y pacientes confidentes, Vicente Muñoz, más viejo, que ya había trabajado con su padre antes de la guerra, e Isidro, que casi no hablaba, sólo escuchaba. Isidro después de la guerra recogía hierba y algunas raíces para que su mujer preparase una sopa para los hijos, casi muertos de hambre. Hablaban de la sequía, que no era tan mala como la del “año del hambre” (1946), pero que dejaba las tierras asuradas, las olivas estériles y los pastos a ras del suelo en los Campos de Hernán Perea, por la Chaparra y Cueva Rincón, en las tierras altas de Santiago de la Espada.

Nunca ejerció de cacique. Sus opiniones las plasmaba en artículos sobre la agricultura, contra las pretensiones de los primeros tecnócratas sabelotodo de Madrid –ciudad que detestaba por lo descomunal y por lo que representaba de burocracia y poder lejano-.

Él, que había sido un buen jinete, que se iba a caballo desde La Puerta a Santiago de la Espada a ver los rebaños, ordenar las cortas y las plantaciones, tuvo que renunciar a montar tras el accidente con su Land Rover que le destrozó la rodilla. Ahora llevaba bastón, la garrota, y sólo usaba el auto, para sus recados y para bajar de vez en cuando al pueblo a las tertulias que ya iban languideciendo, como la de ‘La Peña’. El auto siempre debía estar recién lavado, tras sufrir las carreteras polvorientas de macadam de entonces, desde aquel ‘pato’, el Citroën 11 L, negro, que siempre echó de menos, hasta los grandes Seat.

Le recuerdo, al final de sus días, cuando le fallaba el habla y hacía un gesto de irritación y de contrariedad porque no le salían las palabras que él quería. Dejó este mundo en 1980. Alguien de mi familia dijo que lo malo del Jaén de entonces era que “había demasiados señoritos pero pocos señores”. Ramón Ruiz-Marín López fue uno de los señores.

 


Historia de un expolio antiguo en Pontones (Jaén)

20 julio, 2018

Hace unos días descubrí en el pequeño pueblo de Pontones (Sierra de Segura, Jaén), que está junto al Nacimiento del Río Segura, un libro que nos trae las memorias de esas sierras lejanas, pero tan cercanas en el corazón. Amigos desconocidos, de Ignacio Martínez.

Su autor, al que no conozco, ha escrito un centón en el que junta y cose historias locales de la guerra, las memorias personales, sus lecturas y las vicisitudes de esos montes de pinares ancestrales, de pastos y de aldeas perdidas. Añade documentos auténticos, cartas, expedientes forestales de expropiación y deslinde, y hasta sentencias judiciales. Hay también, fruto de su conocimiento del ruso, extractos del diario de Kolstov, agente soviético en la guerra de España.IMG_0923

Aunque existen algunos libros sobre la Sierra de Segura, casi todos se centran en su pasado histórico, en la Orden Militar de Santiago que la reconquistó, en la Provincia Marítima que la explotó. Sin embargo, éste incide más en la vida cotidiana, en los avatares y sufrimientos de una población que fue siendo expulsada, cuya única salida era la emigración –y sabemos que los emigrantes se llevan con ellos sus historias y sus recuerdos, sepultados en el olvido-.

Podrían distinguirse tres partes, aunque entrelazadas, el pasado de Pontones, con episodios de la guerra y la revancha posterior, el largo y casi eterno pleito de un descendiente por recuperar una finca expropiada por el Patrimonio, y los recuerdos de niñez en Las Acebeas. Contrasta el lenguaje de las gentes, sus cartas, sus vidas, con la retórica inmutable de la Administración a través de oficios, órdenes y sentencias.

El autor trata de vincular el desastre personal con el colectivo, la expoliación, la emigración ante la imposibilidad de vivir en la sierra, la indiferencia testaruda de la Administración. Ante ello, ante esa falta de perspectivas solo queda la salida, la huida y, como mucho, el empeño en un pleito sin final ni solución. El inacabable pleito por la finca expoliada es como la metáfora de la desgracia de estas tierras y estos montes.

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Pontones

Esta sierra padeció sucesivamente el omnímodo poder de la Orden de Santiago, luego el de las autoridades de Marina y, por fin, las dos Desamortizaciones del siglo XIX, que provocaron una mayor desertización. En efecto, la venta de bienes de mano muerta, de bienes de propios de los ayuntamientos, en vez de generar comercio e industria, lo que pretendían Mendizábal y Madoz desde su teórica visión de las cosas, atrajo especuladores que talaron montes sin replantarlos, que dejaron eriales para el pastoreo, pero que no invirtieron ni un duro en la regeneración de esos parajes.

El libro contribuye a colmar en parte esa laguna, esa total falta de información sobre la sierra que ha sufrido dos abandonos, el de sus antiguos pobladores y el de la historia. Hoy, el Parque Natural, y antes el Patrimonio Forestal del Estado e ICONA, poco han contribuido al desarrollo y, en ningún caso, han contado con la opinión, participación y compromiso de la población. Ha imperado siempre una especie de política regaliana, por no decir totalitaria. Una política que no se cohonesta con la democracia. No basta con votar, hay que participar.

La historia de la Sierra de Segura ha sido pues la de tres ex: expoliación, expulsión y explotación, todo a beneficio del Estado y perjuicio de los moradores, para los que sólo quedaron tres a: abandono, ausencia, amnesia.

Todos los que somos oriundos, o cuyos padres y abuelos remanecen –como se dice por aquí- de esas tierras, nos reconoceremos en este libro. Una obra que no se puede clasificar, que es un centón pues son pedazos tejidos en un propósito común (aunque los diarios de Kolstov no parecen guardar relación alguna). Es a la vez memorias, recuerdos, historia y hasta poesía (Ajmátova).

Podría decirse que son como las memorias del dolor, los sinsabores, pero también de la ternura, de esos recuerdos infantiles, inocentes, de los animales, las leyendas de los tesoros escondidos. Un libro necesario que contribuye a comprender la Sierra de Segura más allá del mero excursionismo o la comida de chuletillas de cordero.

Afortunadamente, la Sierra empieza a tener voz propia con libros como éste que van despacio, sin alharacas, levantando el velo sobre esa tierra que siempre, o casi siempre, permaneció silenciosa y resignada.


Los Campos de Hernán Perea (Jaén)

29 mayo, 2018

En el término municipal de Santiago de la Espada, en los confines de la Sierra de Segura, se encuentran los Campos de Hernán Perea.

Campos de Hernán Perea

Campos de Hernán Perea. Al fondo, el Calar de las Palomas  (acrílico sobre tela, 60 x 50).

Santiago de la Espada (provincia de Jaén, Andalucía, España) es un pueblo situado a 1.250 metros sobre el nivel del mar. Se llamó antiguamente El Hornillo y era una aldea de Segura de la Sierra. En 1691 fue elevada a la categoría de villa, segregándose de Segura. Tenía ayuntamiento, cárcel y pósito. La parroquia de Santiago dependía de las Ordenes Militares. Había además tres ermitas, consagradas a San Antonio de Padua, San Roque y a la Purísima Concepción.

Según Madoz, tenía en su término minas de hierro, cobre, plomo, piritas ferruginosas y muy buen lignito, pero sin explotar. Madoz es quien atribuye el origen de los pobladores a pastores trashumantes de la Serranía de Cuenca. De estas explotaciones mineras no queda rastro ni memoria, al parecer.

En Pinar Negro, cerca de los Campos, antiguamente se hacía alquitrán o pez en las ‘pegueras’, probablemente quemando madera y después destilando el carbón. Esta práctica seria, como es natural, desastrosa para los montes y para el entorno pues las retortas producirían también gas y amoníaco. Recuérdese que el Pinar Negro, cuyo nombre sugiere montes cerrados y espesos, no es apenas sino un recuerdo, casi una leyenda, debido a que, tras las dos Desamortizaciones, la de Mendizábal (1836) y la del propio Madoz (1855), los antiguos montes, que pertenecían a los bienes demaniales de Segura o a la Provincia Marítima de Segura, fueron talados por los  nuevos propietarios).

Hay un libro, ‘Los Hornilleros’, de Juan Luis González Ripoll que se refiere precisamente a las gentes de Santiago y del río Madera. Otros libros del mismo autor son ‘Paisaje sin Lobos’, y ‘Narraciones de Caza de la Sierra de Cazorla’, también sobre Santiago de la Espada.

(Texto del Almanaque Segureño).


Justo Peralta, de la provincia de Jaén, soldado en el Sáhara en 1958.

14 marzo, 2018

He conocido a Justo Peralta Navarro en Cortijos Nuevos, una pedanía de Segura de la Sierra, en la provincia de Jaén. Justo conserva los recuerdos de su servicio militar en el Sáhara Español, allá por 1958, cuando el ejército marroquí atacó posiciones y enclaves entonces españoles, como Cabo Juby y Sidi Ifni, pero también Villa Cisneros, la hoy Dakhla. Marruecos acababa de independizarse hacía apenas dos años.

Justo nació en Cortijos Nuevos el 18 de marzo de 1935, cuando allí vivían apenas cuarenta vecinos, si llegaba.image

Fue enviado al Sáhara desde Fuerteventura e integró durante dieciocho meses la Tercera Compañía de Canarias, en la Sección Automovilista. Los enviaron en barco hasta El Aaiún, con escala, sin bajar a tierra, en Sidi Ifni. En El Aaiún desembarcan por fin, con el agua hasta la cintura porque no había muelle de atraque. Juran bandera y de allí los transportan en automóviles, unos jeeps, dice él, hasta Cabo Juby, donde embarcan nuevamente hacia Villa Cisneros.

En esta guarnición estaba la Tercera Bandera de la Legión. Al mando de todos estaba un teniente legionario. Además, tropas de Regulares, “con el gorro colorado”, un Batallón de Infantería y algunos alféreces de complemento. Pero la Legión era la que realmente combatía, “los que salvaban la situación”, y lo hacía con energía, aunque reclamaban “carta blanca” a los mandos, que la denegaban.

A Justo lo nombraron asistente de un capitán, José María, encargándole de custodiar su casa donde se albergaba la mujer del capitán, Carmen, y a sus tres hijos, porque los moros, dice, se colaban en las casas para dar golpes de mano. Como uno particularmente cruento cuando los moros hicieron prisioneros a una familia de pescadores españoles, a los que ataron y les fueron torturando hasta que se desangraron. Otro día, en Nochebuena, unos moros, como él les llama, se hicieron pasar por guardia mora y mataron a tres centinelas en el campamento de El Algur (sic), a pocos kilómetros de Villa Cisneros.

Había combates duros y los españoles “cargaban los soldados muertos en camiones, aunque algunos se quedaron en el desierto”. Sólo el apoyo aéreo y de infantería francés desde Mauritania, les salvó de la hecatombe.

La vida cotidiana era dura, con dos litros de agua al día para beber y lavarse, “no pasé sed ni ná”. Lo peor eran las nieblas de arena, como él dice, tormentas del desierto, el chergui, seguramente, que cambiaban hasta las tiendas de sitio. Esos días ni podían salir del cuartel. La comida era buena, por el contrario, y a veces asaban gacelas que los legionarios iban a cazar en coches por el desierto, “por aquellos llanos”. También comieron avestruz. Recuerda muchas diferencias, por ejemplo, que los veteranos “ni fregaban ni ná”.

imageNo había mucha formación en el Ejército. Justo aprendió apenas las primeras letras en Cortijos Nuevos con un hombre llamado Sebastián, que “no era maestro pero sabía mucho”. Le tenían que pagar cuatro duros al mes pero lo hacían en especie, cavándole las olivas. “El saber escribir es lo más grande que tiene una persona, me dice en el bar Los Pinos, que sepa defenderse”.

Con los moros, como él les llama, tenían algunos contactos, “no se metían con nosotros”, pero no se podían fiar de ellos. Uno le invitó una vez a su kábila, sus tiendas, que estaba cerca. Pero iba con prevención, porque fue solo y ellos “no hacían más que asomarse” tras los montículos. “Vivían sin sillas, sólo alfombras y comían sentados en el suelo”. A las moras “ni acercarse”. Recuerda de uno que estuvo hablando con una, y a ella la echaron de su casa o tienda y la apedrearon hasta los chiquillos de diez años y al soldado le dieron una paliza que le costó quince días en el hospital y sólo porque lo rescataron a tiempo los de la Legión, “que si no…”.

De sus compañeros se acuerda de algunos, como de un legionario de Úbeda y de un soldado que era de Huelma, que se llamaba Pedro, al que le dieron un tiro en el brazo porque era conductor (y eran objetivo favorito de los marroquíes) y tuvo que ser repatriado.

Cobraban cinco pesetas por día (en España, una peseta), y podían reengancharse. Tras aquella guerra, “nos ofrecieron una paga, pero nada. Y luego les dieron Cabo Juby y Sidi Ifni, y después cuando fue el rey, todo el Sáhara”. Tanto dolor y penalidades para nada. Como tantas veces en las guerras, los soldados, ni agradecidos ni pagados.

De vuelta a España, a las olivas y a trabajar en la construcción, lo que le llevó a Barcelona y a Palma de Mallorca, “no lleva uno rulao ni ná”. Se casó con Justa y tuvieron cuatro hijos, dos de los cuales viven en Lloret de Mar y los otros dos en Cortijos Nuevos. Me dice que cuando les preguntaban por el nombre de sus padres, Justo y Justa, los maestros se creían que les estaban tomando el pelo. Justa murió hace trece años, el treinta y uno de mayo de 2013, me precisa, y a Justo se le humedecen los ojos. Hasta su perrillo, que le acompañaba hasta hace poco al bar Los Pinos, donde se toma su descafeinado, se le ha muerto.

Con Justo entablé conversación porque mi padre, de La Puerta de Segura, también se llamaba Justo. Y cada vez que voy a Cortijos Nuevos me lo encuentro como siempre, apacible, tomando el sol y saludando a los que pasan. Justo Peralta, como muchos otros ancianos anónimos, sencillos, hombres de España, lleva en su vida y en su memoria mucho que contar y que nosotros no escuchamos o hemos olvidado o querido olvidar. Son los que se han quedado del lado del silencio.


Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura y Las Graceas, por Antonio Damián Gallego

14 julio, 2017

Descubro tardíamente las fotografías que hizo Antonio Damián Gallego Gómez de la gente de La Puerta de Segura (Jaén) y de la aldea de Las Graceas, editadas hace quince años, en 2002.

Como él dice, son sus gentes, los niños, los abuelos, los que ya se fueron y los que vienen. Hay fotografías de la vieja aldea de Las Graceas, a dos pasos del pueblo, pero ya deshabitada, hay retratos que hablan. Que además son técnicamente perfectos. La pequeña,historiamde un pueblo español.

La calidad de las fotografías, en blanco y negro, no tiene nada que envidiar a las de todos esos fotógrafos norteamericanos que nos dejaron su testimonio y que son mundialmente reconocidos.

Con humildad, pero con gran sentimiento y orgullo sano de su tierra y de sus vecinos, Antonio Damián nos ha dejado un monumento al pueblo llano, a esas personas que forman el mundo pero que, como dice el poema de María del Pilar Martínez, son

gente buena de mi tierra,
rescatada del olvido
al que se hallan condenados
los humildes y los sencillos

Ver esos rostros, esos quehaceres antiguos, desde el labrador, el aceitunero hasta el hojalatero, el carpintero o el herrero, ver los gitanos del pueblo, tan señeros como él, producen emoción. ¿Qué más puede desear un fotógrafo que hacernos partícipes de su poesía gráfica?

Este libro, bellamente editado, debería ser mucho más conocido. Los retratados y el retratista lo merecen.

 


El paludismo en la comarca de Segura (Jaén) hace ochenta años

12 julio, 2017

Hace casi cien años había paludismo endémico en la parte oriental de la provincia de Jaén, sobre todo cerca del Guadalimar. Campo Redondo, que es una pedanía de Chiclana de Segura, fue uno de los lugares donde más se padeció, pero también Puente de Génave, La Puerta de Segura y Beas, eran azotados por esa enfermedad, que es conocida como malaria o tercianas.image

El 1° de julio de 1934 don Ramón Martínez Ruiz, médico local de La Puerta desde 1907, fue nombrado encargado del Dispensario Antipalúdico de dicha localidad. Después de la guerra aún había paludismo y le es renovado el título en 1943. Este médico era hermano del escritor Azorín.

Hoy, el antiguo dispensario de Campo Redondo es una ruina, desgraciadamente. Una anciana, que vivió en un cortijo de Puente Mocho (ruinas de un puente romano de traza quebrada que iba a dar a la Vía Augusta) con su hombre, como ella dice, y diez hijos, aun recuerda cuando iba al dispensario a que le diesen las pastillas y, de vez en cuando, a que le pusieran inyecciones. Al parecer este dispensario estuvo activo hasta los años setenta del pasado siglo.image

Mi padre, nacido en La Puerta en 1923, padeció el paludismo de niño. Entre los remedios que se le administraban estaba la leche de cabra a diario (lo que hizo que aborreciese para siempre la leche).

Imagen 1Más información:

El paludismo ha estado presente en España durante siglos. Para mayor información remito al excelente trabajo que se puede consultar en esta página:

http://congresoage.unizar.es/eBook/trabajos/008_Castejon%20Porcel.pdf

Para los que quieran escudriñar más datos sobre la zona, el blog loqueseocultabajoelsol.blogspot.com.es, reúne algunos trabajos sobre la zona, en particular dos sobre los antiguos puentes sobre el río Guadalimar:

https://plus.google.com/106410062523977779796/posts/


Endesa (antigua Sevillana de Electricidad) y sus postes

15 julio, 2016

Ya sabemos que existe la servidumbre eléctrica, una figura jurídica que supedita los derechos de los propietarios a las necesidades del servicio público de electricidad.

Gracias a esta institución legal, las compañías eléctricas tiene derecho a cortar árboles, ramas, podar, para asegurar que no haya riesgos de incendio.

Pero a menudo, esta servidumbre es utilizada pura y simplemente para ahorrarse cables, para trazar los tendidos de la forma que más barata le salga a la empresa concesionaria del servicio público. Así, cortan sin muchos miramientos y ponen postes donde más les conviene como empresa que debe obtener beneficios.

Endesa

Por eso no atienen a la belleza del paisaje ni a los derechos, que también existen, del arbolado y de la belleza. ¿Podría explicar ENDESA, por ejemplo, qué pintan esos dos postes juntos clavados en el llamado cerrillo de la Sepultura, junto a la cortijada de la Teinada Nueva, o Tinada Nueva?

Por cierto, el nombre de Tinada Nueva proviene de que allí había un “descansadero” de ganado, en los tiempos de la .Mesta (abolida felizmente por las Cortes de Cádiz en 1812).

Tinada Nueva, término municipal de Segura de la Sierra (provincia de Jaén).

Los lectores pueden aportar fotografías de otros postes “estratégicamente situados”, como uno en plena calle en la cercana aldea de Rihornos, amén de los numerosos por todos aquellos  cerros y valles.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

Objetos perdidos y hallados. Mensajes en una botella. Libros, historias y algún viaje.

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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