Fidel, un andaluz de Jaén. La Puerta de Segura.

25 febrero, 2020

Me acerco a la manifestación de agricultores. Estamos a finales de febrero, es un día muy luminoso. Por las noches hay algo de escarcha, pero luego el sol calienta bastante. Los montes están verdes, los pinares oscuros parecen relucir. Algún almendro ya en flor blanquea entre las olivas. Por la ribera del Guadalimar, chopos y fresnos aún desnudos, los troncos grises.

El pueblo de La Puerta de Segura, en la calle

Los olivares que trepan hacia las cumbres tienen ese gris azulado (¿verde?) oscuro que toman tras las lluvias, ya descargados de aceituna, sanos, trabajados por los que están atravesados en el puente. En las cooperativas se sigue moliendo aceituna, extrayendo aceite. Aceite cuidado, limpio, virgen, honesto. El aceite indispensable en nuestra alimentación.

Un aceite que les valdrá poco, que se tardará en vender y que muchos grupos de distribución saldarán en ofertas de supermercados. Los precios se han hundido. La demanda no aumenta y la oferta sí. Y los productos, la energía, los vehículos, tractores, remolques, cada vez son más caros. Y el gobierno –aunque dice ser de progreso-, con un gesto arrogante, no ha recibido aún a los agricultores. Pero el oportunismo electoral le hará sentarse al final y ofrecer dinero, que no será sino una mera cura de los síntomas, no del mal de fondo. En el gobierno no hay gente de pueblos, del campo, hay funcionarios y gente de ciudad. No hay entendimiento.

-Parece usted forastero – me dice un hombre que se me acerca amable.

Me lo dice quizás por la ropa, por la boina, por las gafas. No llevo mono azul ni zamarra como muchos de los agricultores y tractoristas que cortan el cruce sobre el puente, pacíficamente, humildemente. Alguien tendrá que escucharlos. Nunca se quejan.

-No –le desengaño- , mi padre era de aquí, nació en una casa que hay todavía junto a la iglesia, que llegaba cuesta abajo casi hasta el río, donde estaban los lavaderos. Hace mucho, casi un siglo. Luego ha habido allí una panadería, la casa la dividieron en tres.

– Ah, sí la panadería de Jacinto, me dice Fidel, congratulándose de que seamos paisanos.

– Yo no vivo aquí, pero vengo cuando puedo; paso al menos una semana.

Fidel ha trabajado dieciséis años en el Pas de Calais, no en el túnel del tren, pero muy cerca. Como miles de andaluces tuvo que emigrar. Pero volvió al pueblo, a La Puerta de Segura, en la provincia de Jaén, tras sufrir un derrame que le dejó casi un año totalmente inválido. Lo trajeron en avión a Granada. Me cuenta que su médico francés, que veraneaba en Marbella y hablaba español, le tuvo que presentar a su propia mujer y a su hijo, señalándoselos: “ésta es tu mujer, éste es tu hijo”. No los reconocía.

            – Fue de la tensión, me explica.

Poco a poco, Fidel se ha ido rehabilitando aunque su mano derecha la tiene inmóvil, en el bolsillo. Habla bien, pausado, muy correctamente, aunque el francés, que lo hablaba bien, se le ha borrado.

– Es como cuando uno le quita el disco duro al ordenador, todo se ha perdido.

Pero Fidel, que ha venido a unirse silenciosamente a la manifestación, vive bastante bien en su pueblo, tiene su casa y su salud es aceptable.

Bajo el puente que ocupan los manifestantes, los cisnes nadan en el Guadalimar, tranquilos, en este río que por el Arroyo del Ojanco también llaman el río Colorado, por el frecuente color de sus aguas (y que es exactamente la transcripción del árabe), hasta que en Mengíbar desagua en el Guadalquivir.

Me despido de Fidel, esperando volverlo a ver por las calles de La Puerta, a donde siempre retorno. Afable, me sonríe. Me muestra su mano que no me puede dar. Fidel es un hombre cabal y discreto.

El olivar en la Sierra de Segura. Pago de Pisa

El es uno de esos andaluces cuyas pocas olivas le producen menos de lo que le cuesta cultivarlas; entre otras razones, porque él ya no puede hacer las faenas del campo, como hacen muchos otros de su edad para ahorrarse jornales destallando, podando, curando y recogiendo. Para vivir.

En Jaén no se quejan nunca, ésta es casi la primera vez que recuerdo, aunque razones no les faltan. El campo suele estar callado, es parco de palabras, pero no es insensible al abandono ni al menosprecio. Ni tren, ni carreteras decentes -como muestra la pesadilla de la N 322, en obras desde hace más de veinte y cinco años. Este día en que he conocido a Fidel había en la provincia noventa y siete pueblos parados, con las tiendas y los bares cerrados. Si no cortan carreteras pareciera que no existieran. Los diputados que les debieran representar no comparecen. Para el gobierno no existen. Como si España terminase en la M 30.

Uno tiene la tentación de recordar los versos de Miguel Hernández, de otra época, pero aún vigentes, “Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”


Más velocidad, más vehículos: en la Sierra de Segura ( Jaén) vamos al revés del mundo

19 agosto, 2019

La reforma de diez kilómetros de la carretera A 317, de la Junta de Andalucía, nos va a salir muy cara, en dinero, en árboles y en paisaje.

El precio, según los carteles, es de más de dos millones doscientos ochenta mil euros, 2.280.458,89 €. (Lo de los 89 céntimos es muy importante, da como sensación de honestidad y rigor). Cada kilómetro de carretera nos va a salir a más de doscientos veinte mil euros, 228.000€.

Y encima parece que está cofinanciado por la Unión Europea.

Pero el coste ambiental, no medido, y menos aún declarado, es mucho más alto. Han perpetrado una innecesaria tala masiva de los chopos y demás árboles (espinos, fresnos) de la desaparecida curva del Batán, y han dejado un terraplén yermo, machacado, sin una sola planta.

El propósito de esta reforma era y es:

“Para lograr una mejora de las condiciones de capacidad y velocidad del recorrido se incluyen medidas como la construcción de un nuevo puente, mejoras de trazado, sección y firme”. Esto decía la Delegada Provincial de Medio Ambiente de Jaén, el 12 de mayo de 2008.

Respondía así a mi carta en la que le mostraba mi inquietud porque la carretera A 317 fuera a ser reformada, pedía que hubiera arcenes para andar o ir en bicicleta y me quejaba de la suciedad de las cunetas. Por fin, criticaba la falta total de control de velocidad en una zona protegida como es el Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y Las Villas.

Es decir, la Delegada contestaba todo lo contrario de lo que se pedía: se iba a aumentar la capacidad y la velocidad. El medio ambiente, la naturaleza, no importaba. Y en las cunetas “los residuos son muy escasos en sus márgenes”.

Así se ha hecho este año de 2019 y ya se puede ir mucho más deprisa (entre otras cosas porque no hay control alguno, es una carretera sin ley) y los automóviles y motos van a la velocidad que les da la gana. Algunos motoristas, los fines de semana, incluso echan carreras en las rectas, ahora con ese firme mucho mejor para superar los 120 kms por hora. Las profusas y ubicuas señales -otro negocio, éste de tanta señal- se las saltan impunemente todos los vehículos. Además de la contaminación de humos, ahora tenemos la sonora. Todo sea por el Parque Natural.

Nadie, evidentemente, ha echado las cuentas de cuánto CO2 se emite, ni del que se ha emitido con los masivos movimientos de tierras y maquinaria. Pero debe ser muy alto porque sabemos que sólo tender un metro cuadrado de hormigón emite 27 kgs de CO2 y que necesita para elaborarse 70 litros de agua. Pero como no lo medimos, nos quedamos tranquilos.

Las televisiones y la prensa nos hablan de la deforestación masiva de la Amazonia, de las 110.000 hectáreas de bosque muerto en Alemania en 2019, del incendio de Gran Canaria, por la sequía y las altas temperaturas. Pero no pasa nada, en esta tierra de Jaén, imperturbables, los alcaldes parecen encantados con la nueva carretera que permite “más capacidad y más velocidad”.

Vamos al revés de la historia. No sabemos si la lejana, inaccesible, invisible y pródiga Unión Europea, dirá algo por este atentado ecológico, despilfarro de energía y estupro del paisaje, aunque el escrito arriba citado, terminaba así:

“El hecho claro de la necesidad de mejora debe ir acompañado de toda clase de medidas que adecuen esta carretera al entorno protegido que atraviesa, y minimicen o corrijan los daños de su ejecución (integración paisajística, protección de los valores naturales y culturales, restauración de la cubierta vegetal y del antiguo trazado, etc).”

No entendemos muy bien a qué valores culturales se refiere, lo que sí parece es que hablar de cubierta vegetal significa que habría que volver a plantar los árboles arrasados, que podrían haber sido salvados porque no se entiende por qué ni para qué cortaron tantos. Así, los contratistas ganan dos veces, una, cortándolos, otra, replantándolos. Recordemos que la tala de árboles ha sido históricamente un arma de guerra para vencer, someter y sojuzgar pueblos y civilizaciones. Así nos sojuzga la ínclita Junta de Andalucía.

Antes era una tupida chopera

(P.S.- Se pregunta, en fin, quien esto escribe si las cervezas SKOL patrocinan la carretera, pues los operarios han dejado por doquier latas de SKOL tiradas en las cunetas. También parece como si SKOL financiase la recogida de la aceituna, a tenor de la cantidad de latas de esa cerveza que hay tiradas por todos los olivares).


Lamento por la destrucción de la curva del Batán (perpetrada por la Junta de Andalucía en la Sierra de Segura, en Jaén, carretera A-317)

4 agosto, 2019

Las máquinas dan poderío,

es sabido.

Palas excavadoras, destrozadoras,

hacen ruido.

Talar árboles da poderío,

es sabido.

Ni se quejan ni reclaman,

para solaz del turista veloz,

callan.

La tierra baldía es poderío,

es sabido.

Removida, destruída,

vieja curva umbría del Batán.

Ufanos descansan, con poderío,

sin pena ni asombro

ante tanto escombro,

ingenieros y prebostes satisfechos,

ahítos de poder sin desafío

tras meses ocultando su delito

de lesa naturaleza

y máquinas aviesas.

Que el progreso en tierra electoral

es lo verde hecho cunetas,

civantos, latas y despojos:

que no queden ni rastrojos.


Favelas en la Sierra de Segura

24 marzo, 2019

18 de marzo de 2019. Texto completo en http://www.lalineadelhorizonte.com/revista

El paisaje de la Sierra de Segura, en la parte oriental de la provincia de Jaén, es de una belleza singular, inusitada. Las tierras altas, pobladas de pinares en su mayor parte (sobre esto volveré), las bajas, con valles de antiguas huertas, choperas y las faldas de muchos montes por donde trepan olivares grises que contrastan con oscuros pinares. Y farallones y picachos de roca caliza como guardianes dorados, vigilantes, incólumes.

Segura de la Sierra, uno de los Pueblos Bonitos de España

[…]

Las dos desamortizaciones, la de Mendizábal y la de Madoz, fueron un desastre, pues entregaron los bienes eclesiásticos y los montes de propios a nuevos propietarios depredadores que talaron sin repoblar, que ocuparon la sierra (y las sierras) para convertir pinares en desiertos, como en los altos de Santiago de la Espada y Pontones, sobre todo, aun llamados, paradójica y tristemente, Pinar Negro.

[…]

La sierra, en los últimos años, y a pesar de la despoblación, ha mejorado en servicios públicos, en sanidad, las bibliotecas municipales organizan actividades teatrales y de lectura, y se celebra cada primavera un festival musical de importancia, Música en SeguraNo es extraño que hayan sido las mujeres las más dinámicas y más avanzadas para impulsar actividades culturales, para fomentar la creatividad.

[…]

También ha mejorado mucho la prevención de incendios –aunque no sabemos cuánto cuesta–, la Agencia Andaluza de Medio Ambiente protege más las encinas y la flora autóctona, habiendo descartado ya el todo pinar que heredamos del Patrimonio Forestal del Estado y del extinto ICONA, de funesto recuerdo.

[…]

Pero muchas de estas aldeas son restauradas sin orden ni concierto, proliferan las naves o cocheras construidas con bloques y techos de uralita, sin enlucir ni enjalbegar, se van añadiendo elementos y pisos a las viejas casas con ladrillos, de cualquier manera y con nulo gusto. Por los olivares abundan esas construcciones de desfortuna, con la uralita sujeta por piedras, con viejos muebles, aperos y herramientas tirados alrededor.

Los alcaldes no hacen nada por evitarlo ni obligan a enlucir las fachadas o blanquear. El resultado son cortijadas que más parecen favelas –esas poblaciones de chabolas en los morros de Río de Janeiro– que aldeas serranas y algunos pueblos donde todo la construcción moderna y reciente es irrecuperablemente fea.

La paradoja está en que esta comarca forma parte desde 1986 del Parque Natural de Segura, Cazorla y Las Villas. Si la declaración de espacio protegido nos ha librado de urbanizaciones, no ha impedido la favelización de las aldeas y cortijos. Mientras una administración tiquismiquis vigila por todas partes, hace sin embargo la vista gorda ante las construcciones clandestinas (pero bien visibles), que afean olivares y aldeas. Muchas cortijadas ya no son blancas sino color gris (de bloques y uralita) y rojizas, de ladrillos sin enlucir.

[…]

Y dirá el lector y el viajero que por allí se aventure: ¿quién es responsable? Los primeros, los propietarios que no son precisamente pobres pero escatiman y no acaban sus casas y almacenes; segundo, los ayuntamientos, atenazados por los intereses creados y pasivos ante el hecho consumado; tercero, el Patronato del Parque, que carece de herramientas jurídicas para hacer cumplir la ley e incluso para poder ejecutar las sentencias o resoluciones de demolición, cuando las ha habido. […]

Además, estamos limitados por la peor carretera de toda España, la N-322, que lleva más de veinte años en obras y es un auténtico cuello de botella. A la sierra solo se puede llegar en vehículo privado, pues el servicio de autobuses es lamentable, si se puede llamar servicio. Por ejemplo, los trescientos kilómetros que dista de Madrid, en autobús cuestan seis penosas horas, con parada y cambio de vehículo en la horrenda estación de Valdepeñas, indigna de un país europeo.

[…]


Don Ramón Ruiz-Marín López, un señor de Jaén. Evocación

22 noviembre, 2018

Tío Ramón ya es ceniza desde hace muchos años pero su recuerdo perdura en mí.

Ramón Ruiz se sintió siempre del campo y para el campo. Las olivas, las fincas, los montes, eran su universo. Nació con el siglo XX en Segura de la Sierra, provincia de Jaén, en la vieja casona que era de la familia y que aun existe junto a la plaza, frente a la iglesia.

Ingeniero, conocía los árboles al tacto, palpaba la tierra y los barros, cuando veía un olivar lejano sabía, antes de pisarlo, si era bueno por el color de los árboles y la tierra. Así, hizo dinero comprando fincas, arreglándolas y vendiéndolas en plena producción.

Tío Ramón

A la sombra de su noguera, con su eterno puro

No creía en los ministerios ni en los funcionarios (“que no distinguían un chaparro de una oliva”), desconfiaba del Poder, denostaba el Plan Jaén porque “cuando Dios creó el mundo, dijo ‘Jaén, para olivas’”, no creía en Franco ni en las Hermandades de Labradores ni en los alcaldes. Creía en el trabajo.

Cuando la Reforma Agraria de la República le encargaron supervisar las fincas ocupadas por la zona de Marmolejo. Se encontró unas tierras abandonadas, ganado muerto o enfermo. “Así no defendéis la República”, les dijo a los ocupantes, que naturalmente hicieron caso omiso de sus advertencias.

El 18 de julio le pilló en el pueblo. Fue detenido por unos anarquistas que se lo llevaron en un automóvil confiscado, al juez, decían. Afortunadamente iba con ellos el comunista Ramón Peláez, con una escopeta. Cuando los anarquistas pretendieron parar en una curva para darle el paseo, Peláez empuñó la carabina y dijo “ésta no ha venido a esto”, y les conminó, amenazándoles, a seguir hasta el juzgado, salvándole así la vida. Al suegro de Ramón Ruiz, que era Presidente de la Audiencia, un aragonés recto y conservador, nadie lo salvó y lo asesinaron de mala manera junto a la verja del cementerio, a la que se había aferrado resistiéndose a ser arrastrado. En su casa de Jaén quedaron para siempre los impactos de balas en su despacho que dispararon los ‘incontrolados’ que se presentaron a tomarse la justicia por su mano y lo sacaron a la fuerza de su domicilio.

Pero Ramón Ruiz tuvo más suerte. Restablecido un cierto orden republicano, tras unas semanas detenido, fue puesto en libertad e incorporado como oficial al Ejército de la República, donde hizo toda la guerra. En el frente de Aragón recordaba cómo llegaban los Stukas de la Legión Cóndor, y el ruso con quien compartía el blocao, experto que los detectaba muy lejos, le avisaba, “cama-rrada, Stukas”, y le hacía cubrirse rápidamente. Ramón Ruiz nunca negó la intervención nazi en la guerra civil, la sufrió.

Al finalizar la guerra, su salvador Ramón Peláez fue llevado ante un Consejo de Guerra que pretendía condenarlo a muerte, pero él se presentó a testificar a su favor, ante el asombro de militares, fiscales y falangistas. Condenado a varios años, pudo ser puesto en libertad y Ramón Ruiz lo colocó en el Servicio Nacional del Trigo.

Pasaron los años, la postguerra, llegó la prosperidad de algunos, con sus Packard y sus Cadillac, pero él siguió siempre una vida austera, sin estridencias, en su gran casa de la calle Llana, en el viejo Jaén (que entonces era una ciudad bastante bonita), con su patio, su fuente y su gran palmera.

El verano, “sol y moscas”, lo pasaba en el Molino donde su árbol sagrado, el único ser vivo que le escuchaba –decía- era la noguera. Bajo ella, en su butaca de anea, leía el periódico, escuchaba las noticias en la radio de pilas (siempre se negó a instalar la luz eléctrica, impropia de cortijos) y fumaba sus puros que iban dejando pequeñas quemaduras en sus guayaberas. Leía el ABC y el diario Jaén, del Movimiento, al que llamaba despectivamente el “Trepabarcos” (el hunde barcos, como se dice ‘hundir’ en Jaén) porque durante la guerra mundial, con sus noticias de toneladas hundidas por la Kriegsmarine, había él sólo hundido varias veces a toda la escuadra inglesa.

Contra la electricidad, pero con la radio, la Radio Nacional de España le traía noticias hasta el fondo del valle, junto al río y el molino. Así podía clamar contra Churchill, el hombre más malo del mundo, o reclamar que los paracaidistas ingleses tomasen los pozos petrolíferos, o mandar el Saratoga -el epítome de la fuerza militar, para él- a controlar a los árabes, o menear la cabeza con desaprobación cuando hablaba aquel ministro jiennense de la sonrisa hipócrita, Solís Ruiz.

Acabando agosto estaba el ritual de la Feria de Linares, donde iba a los toros, invitaba a sus amigos, fumaba sus puros. Emprender el viaje a Linares desde el Molino constituía el fin del verano cortijero, que coincidía también con la festividad de San Ramón, el 31 de agosto.

Era un hombre serio, ni de chistes ni de chascarrillos, sino de frases en general ponderadas, a veces exageradas de ironía o incluso con sarcasmo (contra los nuevos ricos, los cursis y los repipis, principalmente). Su mirada, su mal humor o enfado, que acentuaba alzando las cejas y las orejas a la vez, dejaba despavoridos a los peones, aparceros y tratantes que pretendían engañarle.

Cambiaba los nombres –a mí me llamaba Jaimero y Nasser-, detestaba la cursilería y mantenía su distancia respecto del “mujerío” –su mujer, sus hijas, sus hermanas- a las que afeaba que le contasen a los confesores lo que no le contaban a sus maridos. Cuando una hija suya pretendió meterse a monja, amenazó seriamente con hacerse protestante. En las misas, cuando llevaba al “mujerío a misearse”, se quedaba esperándolas en la puerta, con los hombres, reteniéndome, “los hombres, aquí”, hablando del campo, de las cosechas y los capachos. A mi padre, su hermano pequeño, lo ayudó cuando volvimos de Bruselas y siempre lo respetó, aunque difirieran en ideas, opiniones y muchas cosas (“era el más inteligente de todos nosotros”, me dijo un día).

Aquel a quien consultaban terratenientes (él también lo era, pero no era un propietario absentista), gobernadores, alcaldes y en secreto algún ministro, al final tenía sus dos fieles y pacientes confidentes, Vicente Muñoz, más viejo, que ya había trabajado con su padre antes de la guerra, e Isidro, que casi no hablaba, sólo escuchaba. Isidro después de la guerra recogía hierba y algunas raíces para que su mujer preparase una sopa para los hijos, casi muertos de hambre. Hablaban de la sequía, que no era tan mala como la del “año del hambre” (1946), pero que dejaba las tierras asuradas, las olivas estériles y los pastos a ras del suelo en los Campos de Hernán Perea, por la Chaparra y Cueva Rincón, en las tierras altas de Santiago de la Espada.

Nunca ejerció de cacique. Sus opiniones las plasmaba en artículos sobre la agricultura, contra las pretensiones de los primeros tecnócratas sabelotodo de Madrid –ciudad que detestaba por lo descomunal y por lo que representaba de burocracia y poder lejano-.

Él, que había sido un buen jinete, que se iba a caballo desde La Puerta a Santiago de la Espada a ver los rebaños, ordenar las cortas y las plantaciones, tuvo que renunciar a montar tras el accidente con su Land Rover que le destrozó la rodilla. Ahora llevaba bastón, la garrota, y sólo usaba el auto, para sus recados y para bajar de vez en cuando al pueblo a las tertulias que ya iban languideciendo, como la de ‘La Peña’. El auto siempre debía estar recién lavado, tras sufrir las carreteras polvorientas de macadam de entonces, desde aquel ‘pato’, el Citroën 11 L, negro, que siempre echó de menos, hasta los grandes Seat.

Le recuerdo, al final de sus días, cuando le fallaba el habla y hacía un gesto de irritación y de contrariedad porque no le salían las palabras que él quería. Dejó este mundo en 1980. Alguien de mi familia dijo que lo malo del Jaén de entonces era que “había demasiados señoritos pero pocos señores”. Ramón Ruiz-Marín López fue uno de los señores.

 


Historia de un expolio antiguo en Pontones (Jaén)

20 julio, 2018

Hace unos días descubrí en el pequeño pueblo de Pontones (Sierra de Segura, Jaén), que está junto al Nacimiento del Río Segura, un libro que nos trae las memorias de esas sierras lejanas, pero tan cercanas en el corazón. Amigos desconocidos, de Ignacio Martínez.

Su autor, al que no conozco, ha escrito un centón en el que junta y cose historias locales de la guerra, las memorias personales, sus lecturas y las vicisitudes de esos montes de pinares ancestrales, de pastos y de aldeas perdidas. Añade documentos auténticos, cartas, expedientes forestales de expropiación y deslinde, y hasta sentencias judiciales. Hay también, fruto de su conocimiento del ruso, extractos del diario de Kolstov, agente soviético en la guerra de España.IMG_0923

Aunque existen algunos libros sobre la Sierra de Segura, casi todos se centran en su pasado histórico, en la Orden Militar de Santiago que la reconquistó, en la Provincia Marítima que la explotó. Sin embargo, éste incide más en la vida cotidiana, en los avatares y sufrimientos de una población que fue siendo expulsada, cuya única salida era la emigración –y sabemos que los emigrantes se llevan con ellos sus historias y sus recuerdos, sepultados en el olvido-.

Podrían distinguirse tres partes, aunque entrelazadas, el pasado de Pontones, con episodios de la guerra y la revancha posterior, el largo y casi eterno pleito de un descendiente por recuperar una finca expropiada por el Patrimonio, y los recuerdos de niñez en Las Acebeas. Contrasta el lenguaje de las gentes, sus cartas, sus vidas, con la retórica inmutable de la Administración a través de oficios, órdenes y sentencias.

El autor trata de vincular el desastre personal con el colectivo, la expoliación, la emigración ante la imposibilidad de vivir en la sierra, la indiferencia testaruda de la Administración. Ante ello, ante esa falta de perspectivas solo queda la salida, la huida y, como mucho, el empeño en un pleito sin final ni solución. El inacabable pleito por la finca expoliada es como la metáfora de la desgracia de estas tierras y estos montes.

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Pontones

Esta sierra padeció sucesivamente el omnímodo poder de la Orden de Santiago, luego el de las autoridades de Marina y, por fin, las dos Desamortizaciones del siglo XIX, que provocaron una mayor desertización. En efecto, la venta de bienes de mano muerta, de bienes de propios de los ayuntamientos, en vez de generar comercio e industria, lo que pretendían Mendizábal y Madoz desde su teórica visión de las cosas, atrajo especuladores que talaron montes sin replantarlos, que dejaron eriales para el pastoreo, pero que no invirtieron ni un duro en la regeneración de esos parajes.

El libro contribuye a colmar en parte esa laguna, esa total falta de información sobre la sierra que ha sufrido dos abandonos, el de sus antiguos pobladores y el de la historia. Hoy, el Parque Natural, y antes el Patrimonio Forestal del Estado e ICONA, poco han contribuido al desarrollo y, en ningún caso, han contado con la opinión, participación y compromiso de la población. Ha imperado siempre una especie de política regaliana, por no decir totalitaria. Una política que no se cohonesta con la democracia. No basta con votar, hay que participar.

La historia de la Sierra de Segura ha sido pues la de tres ex: expoliación, expulsión y explotación, todo a beneficio del Estado y perjuicio de los moradores, para los que sólo quedaron tres a: abandono, ausencia, amnesia.

Todos los que somos oriundos, o cuyos padres y abuelos remanecen –como se dice por aquí- de esas tierras, nos reconoceremos en este libro. Una obra que no se puede clasificar, que es un centón pues son pedazos tejidos en un propósito común (aunque los diarios de Kolstov no parecen guardar relación alguna). Es a la vez memorias, recuerdos, historia y hasta poesía (Ajmátova).

Podría decirse que son como las memorias del dolor, los sinsabores, pero también de la ternura, de esos recuerdos infantiles, inocentes, de los animales, las leyendas de los tesoros escondidos. Un libro necesario que contribuye a comprender la Sierra de Segura más allá del mero excursionismo o la comida de chuletillas de cordero.

Afortunadamente, la Sierra empieza a tener voz propia con libros como éste que van despacio, sin alharacas, levantando el velo sobre esa tierra que siempre, o casi siempre, permaneció silenciosa y resignada.


Los Campos de Hernán Perea (Jaén)

29 mayo, 2018

En el término municipal de Santiago de la Espada, en los confines de la Sierra de Segura, se encuentran los Campos de Hernán Perea.

Campos de Hernán Perea

Campos de Hernán Perea. Al fondo, el Calar de las Palomas  (acrílico sobre tela, 60 x 50).

Santiago de la Espada (provincia de Jaén, Andalucía, España) es un pueblo situado a 1.250 metros sobre el nivel del mar. Se llamó antiguamente El Hornillo y era una aldea de Segura de la Sierra. En 1691 fue elevada a la categoría de villa, segregándose de Segura. Tenía ayuntamiento, cárcel y pósito. La parroquia de Santiago dependía de las Ordenes Militares. Había además tres ermitas, consagradas a San Antonio de Padua, San Roque y a la Purísima Concepción.

Según Madoz, tenía en su término minas de hierro, cobre, plomo, piritas ferruginosas y muy buen lignito, pero sin explotar. Madoz es quien atribuye el origen de los pobladores a pastores trashumantes de la Serranía de Cuenca. De estas explotaciones mineras no queda rastro ni memoria, al parecer.

En Pinar Negro, cerca de los Campos, antiguamente se hacía alquitrán o pez en las ‘pegueras’, probablemente quemando madera y después destilando el carbón. Esta práctica seria, como es natural, desastrosa para los montes y para el entorno pues las retortas producirían también gas y amoníaco. Recuérdese que el Pinar Negro, cuyo nombre sugiere montes cerrados y espesos, no es apenas sino un recuerdo, casi una leyenda, debido a que, tras las dos Desamortizaciones, la de Mendizábal (1836) y la del propio Madoz (1855), los antiguos montes, que pertenecían a los bienes demaniales de Segura o a la Provincia Marítima de Segura, fueron talados por los  nuevos propietarios).

Hay un libro, ‘Los Hornilleros’, de Juan Luis González Ripoll que se refiere precisamente a las gentes de Santiago y del río Madera. Otros libros del mismo autor son ‘Paisaje sin Lobos’, y ‘Narraciones de Caza de la Sierra de Cazorla’, también sobre Santiago de la Espada.

(Texto del Almanaque Segureño).


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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