Salir del tumulto consumista

24 marzo, 2020

La crisis inesperada, pero no menos previsible, como nos debían haber demostrado pasadas pandemias (y algunas aún vigentes, como el ébola), pone en entredicho el modelo de economía de España, con el consumo y el turismo como los principales motores y palancas de la economía. Ortega y Gasset (En torno a Galileo), ya habló de esos fenómenos naturales que alterarían nuestra confianza en la ciencia, “esa fe en la que vive el hombre actual”,

“se nos habría caído la casa en que estábamos instalados, no sabríamos, en todo lo material, a qué atenernos, volvería a azotar a la humanidad la plaga terrible que durante milenios la ha sobrecogido y mantenido prisionera: el pavor cósmico, el miedo de Pan, el terror pánico. Pues bien, la cosa no es tan absolutamente remota de la realidad como puede suponerse”.

Sociedad alegre y confiada, espectáculo de sí misma, eternamente bulliciosa y divertida. Estábamos en un crescendo paroxista, el mismo que ha convertido nuestras costas en muros de hormigón, nuestras calles en terrazas para beber y dar ruidosas carcajadas, mientras hemos despreciado los laboratorios, las bibliotecas y las aulas de música. Nos creíamos dioses, invencibles, superiores.

Ahora descubrimos (como quien descubre el Mediterráneo) que nos faltan servicios esenciales, que nuestra investigación ha sido postergada, que hemos invertido mucho más en hoteles, restaurantes y bares que en hospitales, personal sanitario y protección civil.

Hemos fomentado una forma de vida gregaria y tumultuaria: grandes almacenes, extensas superficies comerciales, outlets, autopistas, aeropuertos, descomunales, monstruosos navíos de cruceros que contaminan más que una ciudad. No hay más que ver nuestras calles, una sucesión de tiendas de ropa, cosméticos, bares y restaurantes.

En muchos países se descubren ahora las consecuencias de las políticas ultraliberales, tipo thatcheriano, de privatizar servicios sanitarios y de reducir el papel del Estado.

Pero poníamos el maquillaje y adorno de las bicicletas municipales para los barrios acomodados (¿cuántos obreros y empleadas del servicio doméstico usan la bicicleta para ir a trabajar?), que no son municipales sino de poderosas empresas contratistas perfectamente vinculadas, amigas, de los ayuntamientos. Son las mismas que instalan por doquier anuncios innecesarios, paneles que estorban el paisaje urbano, etc). Ponían los alcaldes estos adornos para “hacer como si”, para disimular el derroche de energía, de gasolina, para disimular el fomento del automóvil que llevan a cabo esas mismas empresas de bicicletas (como Vinci o Decaux -que se puede leer cadeaux, regalos-) haciendo estacionamientos subterráneos, privatizando aeropuertos, mercantilizando estaciones ferroviarias.

Todo esto debe ser abolido pues ha demostrado que es incapaz de enfrentar los grandes retos que de vez en cuando llegan. ¿A qué llamábamos Estado Social de Bienestar? ¿A un Estado que financiaba principalmente el consumo desaforado, el tumulto general y que ahora se demuestra que le estalla por las costuras? ¿A un Estado que debe recurrir al ejército a falta de una sanidad pública bien financiada y dotada? Muchos ayuntamientos han sido máquinas para enriquecer a especuladores inmobiliarios.

A lo mejor debemos cambiar el modelo y pensar más en Investigación, Sanidad, Seguridad y protección civil, en sanear de pólipos y trombos de una circulación financiera que esté más orientada a toda la población y no sólo a los grandes consorcios bancarios y empresariales.

En España, siempre ha habido muchas voces que han reclamado el sentido común y el buen sentido, desde Miguel de Unamuno a María Zambrano, pasando por Antonio Machado y Ortega. Pero las teorías aburren y sólo convencen a unos pocos mientras aburren a la mayoría. Así que no les hicimos caso, eran mera referencia estética de unos cuantos. Para muchos eran unos tristes, unos cenizos, unos aguafiestas.

Pero no se alarmen, no es comunismo lo que se predica. Sólo una cierta dieta de adelgazamiento, de salud, de buen sentido. Reducir, si no abolir, el jolgorio como forma de vida, el hedonismo como meta social, el tumulto como forma de viajar. Quizás hay que revisar qué estábamos haciendo porque nos hemos topado con lo que no queríamos ver pero era previsible que sucediese, como Bill Gates ya había advertido hace poco.

Recuperar la ética del trabajo bien hecho, esa que están demostrando los sanitarios, los servidores de las Fuerzas de Seguridad del Estado, bomberos, protección civil y tantas personas que están ayudando, que no tiene el lucro como único objetivo. Recuperar un sentido de la sobriedad y de la austeridad (aunque esa palabra haya sido utilizada para oprimir a los más desfavorecidos en la crisis de 2008).

La socialdemocracia y el mero liberalismo económico no están a la altura de los desafíos; en el fondo quieren lo mismo, el individualismo, el consumismo y el lucro como únicos ejes del desarrollo.

Es esta una lección –las lecciones se dictan pero no necesariamente se aprenden, como sabemos- que podría servirnos también para encarar ese cambio climático ante el que arrastran los pies los gobiernos, todas esas crisis que sospechamos pero que tardamos en enfrentar, de tener en cuenta como acontecimientos que pueden suceder, que no son entelequias de cuatro chalados ecologistas.

Salir de nuestro solipsismo, del egoísmo como modelo de vida y de economía. La libertad y la democracia, en su sentido primordial, deben ser más respetadas; los políticos profesionales deben pensar más en los que representan y no en sus jugarretas y regateos mediáticos; y el Estado debe garantizar la salud de toda la población, las vidas humanas, la solidaridad e igualdad, lo que no se hace privatizando la sanidad.

En fin, vayan estas reflexiones desde el confinamiento y la meditación. Podemos cambiar un poco de forma de pensar y de vivir. Aunque presumo que no lo haremos pasados estos meses.


Un recuerdo en el día de la poesía

22 marzo, 2020

(Para Angel e Irene, por la memoria conservada)

Hace cien años

La casa matriarcal, el gran cortijo centenario,

cuartos frescos, blanqueados,

limpios suelos de baldosas dibujadas,

jofainas, lebrillos, espejos,

camas de blancas sábanas y colchas pulcras,

techos altos y ventanas veladas por postigos verdes, entreabiertos.

Afuera, el jardín y el casinillo

donde el escritor callado llevaba el libro, su bastón y su sombrero,

a la sombra de los pinos y cipreses.

Abajo, más allá de la acequia, tras el júpiter,

cantan las mozas en el fresco lavadero.


La 'grande bouffe' o el inspirador del turismo gastronómico

20 marzo, 2020

Hace unos años, antes del covid, había un gran experto en turismo, cargo oficial y jerarca máximo, para el que el turismo de comer y beber era el único rentable. Era este sujeto un gran provinciano que no hablaba ninguna lengua conocida pero conocía todos los restaurantes con estrellas michelin de España y parte del extranjero. Evidentemente, nunca pagaba de su bolsillo sino que era invitado gracias a sus zalemas y sus discursos atinados, con su apariencia de sabio económico, algo calvo y preclaro, pues era gran hablador.

Trasponía sin cesar con sus dos móviles en ristre, en aviones, a observar y degustar, siempre business class y limousines con chófer; gran sabio, sacaba conclusiones importantísimas para el futuro de la Organización Mundial del Turismo, de los cruceros y de las ciudades inmarcesibles, llenas de restaurantes, gastrobares y gastroenteritis. Un lacayo de su pueblo isleño le llevaba la cartera y chóferes obsequiosos le abrían las puertas de Mercedes ostentosos.

“El futuro es la comida, la bebida y el jolgorio nocturno, así tienen que ser las ciudades turísticas, es decir, todas”, afirmaba nuestro héroe, seguro, imponente e intolerante a la mínima discordia, “las demás, desaparecerán”, sentenciaba, inapelable. Tenía frases imponentes con las que todos se regocijaban, como “sacar a colofón” o su afán por las sinergías, así, con acento en la i, que había oído en un coloquio sobre aviación y turismo.

Todas sus lecturas eran los menús y las etiquetas de los vinos. Y con eso le sobraba para ir por el mundo.

Tanto hablaba de las cosas gástricas que finalmente, cuando por fin le cesaron, la FAO le contrató para que mejorase la dieta de africanos y demás desahuciados del planeta. Dicen que pasaba sus días en un despacho en Roma, en el EUR, comiendo tristemente del tupper y atracándose de pizzas por las noches. Por lo visto, no le invitaban ya a los restaurantes de postín.

Pero tenemos noticias de última hora y es que, repatriado, ha sido confinado en su pueblo, y encarga la comida en Uber eats para no tocar ni ser tocado.


A casa

17 marzo, 2020

Como un largo, interminable domingo por la tarde
se ciernen la tristeza y la congoja por las plazas desiertas,
los parques abandonados a las flores y los pájaros,
libres de invasores ruidosos, jugadores.

Silencio en los campos, distancia en los hombres,
refugiados en pálidas pantallas de luz fría;
esas que nos traían la virtual realidad
hoy nos dan la única.

Las casas que desertábamos al amanecer,
son hoy albergues obligados del reencuentro con lo extraño,
que lo ajeno y carcelario parecía ser la casa
y la calle la libertad y lo ordinario.


Díptico

14 marzo, 2020
Izda. 60 x 38 cms / dcha: 60 x 73 cms

Acrílico sobre tela. Sin título.


Fidel, un andaluz de Jaén. La Puerta de Segura.

25 febrero, 2020

Me acerco a la manifestación de agricultores. Estamos a finales de febrero, es un día muy luminoso. Por las noches hay algo de escarcha, pero luego el sol calienta bastante. Los montes están verdes, los pinares oscuros parecen relucir. Algún almendro ya en flor blanquea entre las olivas. Por la ribera del Guadalimar, chopos y fresnos aún desnudos, los troncos grises.

El pueblo de La Puerta de Segura, en la calle

Los olivares que trepan hacia las cumbres tienen ese gris azulado (¿verde?) oscuro que toman tras las lluvias, ya descargados de aceituna, sanos, trabajados por los que están atravesados en el puente. En las cooperativas se sigue moliendo aceituna, extrayendo aceite. Aceite cuidado, limpio, virgen, honesto. El aceite indispensable en nuestra alimentación.

Un aceite que les valdrá poco, que se tardará en vender y que muchos grupos de distribución saldarán en ofertas de supermercados. Los precios se han hundido. La demanda no aumenta y la oferta sí. Y los productos, la energía, los vehículos, tractores, remolques, cada vez son más caros. Y el gobierno –aunque dice ser de progreso-, con un gesto arrogante, no ha recibido aún a los agricultores. Pero el oportunismo electoral le hará sentarse al final y ofrecer dinero, que no será sino una mera cura de los síntomas, no del mal de fondo. En el gobierno no hay gente de pueblos, del campo, hay funcionarios y gente de ciudad. No hay entendimiento.

-Parece usted forastero – me dice un hombre que se me acerca amable.

Me lo dice quizás por la ropa, por la boina, por las gafas. No llevo mono azul ni zamarra como muchos de los agricultores y tractoristas que cortan el cruce sobre el puente, pacíficamente, humildemente. Alguien tendrá que escucharlos. Nunca se quejan.

-No –le desengaño- , mi padre era de aquí, nació en una casa que hay todavía junto a la iglesia, que llegaba cuesta abajo casi hasta el río, donde estaban los lavaderos. Hace mucho, casi un siglo. Luego ha habido allí una panadería, la casa la dividieron en tres.

– Ah, sí la panadería de Jacinto, me dice Fidel, congratulándose de que seamos paisanos.

– Yo no vivo aquí, pero vengo cuando puedo; paso al menos una semana.

Fidel ha trabajado dieciséis años en el Pas de Calais, no en el túnel del tren, pero muy cerca. Como miles de andaluces tuvo que emigrar. Pero volvió al pueblo, a La Puerta de Segura, en la provincia de Jaén, tras sufrir un derrame que le dejó casi un año totalmente inválido. Lo trajeron en avión a Granada. Me cuenta que su médico francés, que veraneaba en Marbella y hablaba español, le tuvo que presentar a su propia mujer y a su hijo, señalándoselos: “ésta es tu mujer, éste es tu hijo”. No los reconocía.

            – Fue de la tensión, me explica.

Poco a poco, Fidel se ha ido rehabilitando aunque su mano derecha la tiene inmóvil, en el bolsillo. Habla bien, pausado, muy correctamente, aunque el francés, que lo hablaba bien, se le ha borrado.

– Es como cuando uno le quita el disco duro al ordenador, todo se ha perdido.

Pero Fidel, que ha venido a unirse silenciosamente a la manifestación, vive bastante bien en su pueblo, tiene su casa y su salud es aceptable.

Bajo el puente que ocupan los manifestantes, los cisnes nadan en el Guadalimar, tranquilos, en este río que por el Arroyo del Ojanco también llaman el río Colorado, por el frecuente color de sus aguas (y que es exactamente la transcripción del árabe), hasta que en Mengíbar desagua en el Guadalquivir.

Me despido de Fidel, esperando volverlo a ver por las calles de La Puerta, a donde siempre retorno. Afable, me sonríe. Me muestra su mano que no me puede dar. Fidel es un hombre cabal y discreto.

El olivar en la Sierra de Segura. Pago de Pisa

El es uno de esos andaluces cuyas pocas olivas le producen menos de lo que le cuesta cultivarlas; entre otras razones, porque él ya no puede hacer las faenas del campo, como hacen muchos otros de su edad para ahorrarse jornales destallando, podando, curando y recogiendo. Para vivir.

En Jaén no se quejan nunca, ésta es casi la primera vez que recuerdo, aunque razones no les faltan. El campo suele estar callado, es parco de palabras, pero no es insensible al abandono ni al menosprecio. Ni tren, ni carreteras decentes -como muestra la pesadilla de la N 322, en obras desde hace más de veinte y cinco años. Este día en que he conocido a Fidel había en la provincia noventa y siete pueblos parados, con las tiendas y los bares cerrados. Si no cortan carreteras pareciera que no existieran. Los diputados que les debieran representar no comparecen. Para el gobierno no existen. Como si España terminase en la M 30.

Uno tiene la tentación de recordar los versos de Miguel Hernández, de otra época, pero aún vigentes, “Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”


Paisaje minero andaluz

4 febrero, 2020

Otro pequeño homenaje a Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba)

Acrílico sobre tela, 60 x 73 cms, obra de Jaime-Axel Ruiz


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

En variando voy viviendo

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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