El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

14 enero, 2020

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.

P.S.- Tras redactar este artículo me he enterado que el padre de Stalin era zapatero.


La revista Literatura Soviética

8 enero, 2020

La relación de la cultura rusa con la europea occidental nunca ha sido fácil. Y la soviética, es decir, la que incluye a las antiguas repúblicas, hoy casi todas independientes, aún menos.

Es cierto que en la Unión Soviética se favoreció el realismo en la época estalinista por dos razones: el realismo no cultiva tanto la imaginación que se considera peligrosa; la segunda, ligada a la primera, es que se desdeña el encumbramiento elitista de los intelectuales: hay que escribir para que lo entienda el pueblo. No olvidemos que las letras y la alfabetización fueron uno de los pilares de la revolución de 1917 y basta con recordar a Lunatcharski para comprobarlo. La alfabetización llegó a todas las repúblicas soviéticas, a las asiáticas, a las musulmanas, así como la igualdad entre hombre y mujer y la liberación de ésta. Hoy, dudo que hayan avanzado muchos esas repúblicas, sumidas en el oscurantismo, el nacionalismo, la corrupción y la dictadura.

Boris Talberg, Las fuerzas de la paz

La guerra fría y la Perestroika hicieron que en occidente tirásemos a la basura toda la literatura y las artes de la época soviética. También la historia literaria la escriben los vencedores. De la URSS parece como si no hubiera quedado culturalmente sino tierra quemada. Y no es así. Se ha desdeñado en bloque a muchos grandes artistas, escritores y poetas, injustamente censurados al ser tachados de comunistas, estalinistas, funcionarios o cualquier otro epíteto que los ha desvalorizado de entrada. También esa izquierda de salón bastante snob ha despreciado siempre el realismo. Y la derecha sólo ha encumbrado a los rusos que fueran disidentes, olvidando a todos los demás.

Número dedicado a Tolstoi

La Unión de Escritores Soviéticos fue fundada en 1932, tras la abolición de la Asociación Rusa de Escritores Proletarios. Gorki fue su primer presidente y  mantuvo la edición de la legendaria Literatúrnaya Gazeta, que había sido fundada en 1831 en tiempos de Pushkin.

Como una herencia algo remota de aquella revista, Literatura Soviética, es fundada en 1946 por la Unión de Escritores Soviéticos llegando a publicarse en diez lenguas. El adjetivo ‘soviética’ aludía a que no era solamente literatura rusa, pues en sus páginas escribían muchos autores del Uzbequistán (Jamid Guliam y otros, que tradujeron al uzbeko Dante, Longfellow, escritores turcos y persas, y un largo etcétera), el Daguestán (Rasul Gamzátov), Georgia (Griboyedov), Azerbaidján (con un número especial dedicado a su literatura, en 1978), Tajiristán, Siberia (en 1932 apareció el primer libro en lengua mansí), Kirzguistán (Vera Tkachenko), zíngaros en su propia lengua (Alexandr Guermano, Ivan Romeko, Nikolai Sadkevich), Turkmenia (Artiómov), todas las quince repúblicas. La lengua tatar, yakut, mansí, nijv (Sajalín), y mucísimas más fueron fomentadas y en ellas se publicarían muchos libros, incluidos clásicos rusos y europeos.

Su finalidad fue la divulgación en el extranjero de las literaturas de las quince repúblicas que formaban la URSS así como de sus culturas. La edición en español tenía un contenido específico sobre la cultura a la que se dirigía (por ejemplo en español aparecían entrevistas con Dolores Medio, Mario Benedetti, Neruda, el obituario de Blas de Otero, etcétera). Claro que muchos la consideraron como una herramienta de penetración soviética en Occidente, lo que les llevó a despreciar e ignorar todo su contenido. La revista en lengua castellana estableció unas relaciones muy estrechas con poetas y escritores españoles, residentes tanto en España como en el exilio, así como latinoamericanos. Difundió la revista intercambiándola con las principales revistas de España de la época como Insula, Triunfo, Papeles de Son Armadans, Cuadernos para el Diálogo, y con varias revistas latinoamericanas. También llegó a la Biblioteca Nacional.

Kuzma Petrov Vodkin, Anna Ajmátova

César Arconada, que fue su director, falleció en 1964 y le sucedería José Santacreu Mansanet hasta 1970. Colaboradores y traductores al español fueron entre otros Julio Travieso, José Vento, Clara Rosen, Carlos Sherman (de poesía), Juan Julio, Venancio Uribes, Angel Pozo Sandoval, José María Alvarez Posada, Victoriano Imbert (Premio Gorki de 1976, hijo de exilado a la URSS en 1939, vuelto a España, empleado en Aguilar y fallecido en Madrid en 1982), Ana Varela, Isabel Vicente, Samuel Feijóo.

Los viejos números de la revista Literatura Soviética son muy útiles, además de interesantes, para conocer escritores que han pasado desapercibidos en Occidente, y otros que han sido borrados literalmente del acervo de la antiguas repúblicas soviéticas. Ilustrados con obras de pintores y dibujantes, nos permiten conocer ese mundo ya olvidado y tan denostado por superficiales ideólogos.

Es cierto que en sus páginas hay muchos escritores y poetas –he encontrado hasta un relato de Breznev, Tierras vírgenes-, elegíacos, épicos, acríticos en general con la situación interna de la Unión Soviética, cómplices, les llamarán algunos. Pero hay muchos textos que son de una calidad considerable. Recuerde, si no, el lector Por quién doblan las campanas y tantas novelas norteamericanas y británicas que son también épicas. Ser épicos no es un baldón. Encontramos además escritoras como Marietta Chaguinian, con su relato Moscú la pequeña, en donde evoca su pasado burgués, recuerda a Marina Tsevataieva con quien compartió trabajos de traducción, nos habla del concepto de trabajo y de música y su gran amigo Serguei Rachmaninov.  O Aleksandr Tvardovski, Daniíl Granin y Valentin Rasputin.

Entre los escritores, además de los más oficiales, como Konstantin Simonov, escribían a menudo en sus páginas Boris Polevoi (Un hombre de verdad) y Nikolai Ovstrovski (Así se templó el acero), y muchos otros, como Ivan Stadniuk, autor de La guerra, Yuri Bondarev, Mujtar Auezov, Felix Kuznestov, Anatoli Kim o Mikhail Morozov, dramaturgo, experto en Shakespeare. O Jakob Jelemski, A dos pasos de Granada, o Mikhail Svetlov, otro amante de España.

Muchos sociólogos e historiadores de literatura escribieron en Literatura Soviética, como Albert Beliaev, con su notoria Lucha ideológica y literatura: la sovietología en los Estados Unidos. Quitando la ganga y quedándonos con el mineral, es muy interesante descubrir tantos libros que han quedado, por razones políticas e ideológicas, fuera de nuestro alcance y conocimiento.

Vladimir Tcherchebakov, Linda mañana.

Evidentemente, hay sonadas ausencias. Los disidentes solían ser reducidos al ostracismo (una sola edición de sus libros, sin reimpresiones) o expulsados como Zozshenko, escritor humorista comparado a Gogol, que fue expulsado de la Unión de Escritores, como lo sería Solzhenitsin en 1974, a pesar de la defensa de Tvardovski. Vasili Grossman, claro, no figuró en su páginas. Pero esta exclusión, por razones a veces parecidas, también se ha manifestado y aún se manifiesta en el mundo editorial español con escritores que “no encajan“ en la línea editorial o cuya crítica les fue adversa o fueron ignorados, lo mismo que no reimprimen y excluyen del catálogo determinados libros. Las editoriales a menudo han eludido a determinados autores, guiándose por el gusto personal, la amistad o la simple lógica comercial.

La poesía siempre ha tenido un lugar preferente en las letras rusas. Así, además de la obligada mención a los tres poetas que fundaron la poesía, por así decirlo, soviética: Maiakovski, Essenin y Blok, o un poeta como Ehrenburg, hay muchos más, quizá menores por menos divulgados, pero dignos de respeto, como Egor Isaev y Vladimir Lougovskoi, Maxim Tank. Sin olvidar al historiador y crítico de poesía rusa, Vladímir Orlov.

La literatura soviética, con su realismo o, como ellos la llamaron, literatura objetiva, nos ofrece un interesante documento de cómo era la vida en la Unión Soviética, más allá de heroismos o mitos. Es natural que las élites intelectuales la desprecien pues muchos son autores proletarios, es literatura proletaria, con simplificaciones muy a ras del suelo a veces. Pero los tipos individuales, tomados del natural, y los tipos colectivos, como personajes comunes y frecuentes suelen darnos una imagen vívida de la Unión Soviética. También podemos adentrarnos en la vida cotidiana de las antiguas repúblicas y comprender mejor el país, pues muchos de los escritores están en la tradición y el sendero trazado por Turgueniev, Chéjov o Dostoievski, por citar solamente tres grandes autores rusos.

Konstantin Yuon, Moscú industrial, 1949

La revista se mueve en ese ámbito trazado por aquella pregunta de Máximo Gorki “¿Con quién estáis vosotros, los maestros de la cultura?”. Del mismo modo que Ignacio Aldecoa, Carmen Laforet, López Salinas, Narcís Oller o Josep Pla retratan la sociedad de sus tiempos, como nos la dieron Baroja, Galdós o Pardo Bazán. O como Vasco Pratolini o Cesare Pavese, Steinbeck, Erskine Caldwell, Dreiser, etc. Escritores que han sido además los mejores cronistas de su tiempo, como muchos de los que aparecen en las páginas de Literatura Soviética.

Todas los números de la revista incluyen ilustraciones de pintores, entre los cuales Oleg Vukolov, Alexandr Deineka, del que hubo una magnífica exposición en la Fundación Juan March hace unos tres o cuatro años, Semion Kaplan, Oleg Loshakov, con sus fascinantes pinturas de la Kuriles, Yuri Raksha, Oleg Filatchev, Piotr Ossovski, Vladimir Volkov, Dianna Toutoudjian, Vladimir Lineu, Viktor Ni, Viktor Krilov, o Boris Talberg con su mural Las fuerzas de la paz. Muchos los  puede encontrar el curioso en la página  https://soviet-art.ru/ . La revista también dedicó mucha atención a los clásicos, a la gran tradición humanística y cultural rusa.

No se trata de nostalgia sino de tratar de conocer mejor la literatura rusa y de otros países de su esfera y de hacer justicia a poetas y novelistas desconocidos en nuestro país y en general en Europa occidental. En fin, se trataría de redescubrir, recuperar y volver a publicar algunos autores que nos darían una visión singular de la Rusia del siglo XX y de muchos de los territorios que cubría la Unión Soviética.

Ello contribuiría a conocer y comprender mejor esa Rusia eterna, que ha sido y es pieza esencial de Europa y a la que seguimos teniendo dificultad de conocer. Debemos leer sus libros, incluso los de la época estalinista, lo que nos ayudará a superar esa guerra fría mental y militar que aún perdura. La Unión Europea no será nunca una fuerza, una estructura sólida, si no incluye a Rusia.


Táctica de vencidos

23 diciembre, 2019


Tal como quien devalúa su propia moneda antes de ir a comprar la mercancía, así el PSOE ante los secesionistas catalanes para lograr la investidura. Ese resto descolorido de la antigua izquierda española se rebaja a pactar pírricamente con virulentos nacionalistas que van a aprovechar la ocasión para implantarse mejor y aumentar su capital político.


No nos engañemos, que ni el revolucionarismo pequeño burgués de Unidas Podemos ni el de ERC van a trabajar por el ‘progreso’, sino por disolver el país y convertirlo en una especie de rompecabezas en el que faltarán muchas piezas.


Al fin y al cabo, no es de extrañar, ha desaparecido el proletariado internacionalista en la actual sociedad europea, ahíta de bienes de consumo y con un gran tedio que suple con el espectáculo como forma de vida, social y política. Una sociedad que se ha convertido en un narcisismo de masas.

Esta táctica de vencidos me recuerda los manejos de Daladier y Chamberlain en Munich en septiembre de 1938 para evitar la guerra, cediendo a Hitler los Sudetes y dejando definitivamente abandonada a su suerte a la República española. Ya antes habían mirado para otro lado con la guerra imperialista de Abisinia, con la No intervención en España. Pronto caería Austria. Daba igual. Hasta que la Wehrmacht desfiló por los Campos Elíseos y cayeron en la cuenta. Trop tard.


La táctica del PSOE hoy es una táctica de vencidos, no es dar un paso atrás para dar dos pasos adelante: es dar tres pasos atrás. Es constituirse en rehén de los secesionistas catalanes. Es también una contradictio in terminis pues se pretende ‘gobernar’ España precisamente apoyándose en los que detestan España y desean su desintegración. Ya lo experimentó Negrín cuando hacia el final de la guerra civil la Generalitat y los nacionalistas vascos dejaban en la estacada a la República española (lean la biografía de Negrín de Enrique Moradiellos).


También el PSC ha extraviado la brújula y se ha pasado con armas y bagajes al nacionalismo pequeño burgués aceptando ese engendro de “plurinacionalidad” o de “nación de naciones”.

Además de robarle el alma al país, de desencarnarlo, los objetivos que hubieran podido ser los siguientes, tal como la izquierda sostenía, no se alcanzarán:

1. No harán avanzar una educación pública igual para todos los ciudadanos de España. Entre otras cosas, porque los nacionalistas catalanes están muy vinculados a la Iglesia, como los nacionalistas vascos.

2. No conseguirán una igualdad de trato y calidad de la sanidad pública. Esta ya es desigual, pero va a serlo aún más, más privatizada y más subcontratada.

3. No conseguirán el equilibrio social, económico y territorial del país, pues los nacionalistas de Cataluña, una de las regiones más ricas del mundo, lo que no quieren es compartir.

4. La volatilidad política hará que el préstamo de dinero a España resulte más caro y la economía pueda entrar, si no en recesión, en estancamiento.

5. A falta de cohesión territorial, tampoco podrán trazar una política ambiental, ni del agua –ese bien cada vez más escaso-, ni de los ríos y cuencas hidráulicas, ni una protección integral de la naturaleza ni políticas de transición energética.

6. Y no tendrán un Estado español fuerte, con autoridad y legitimidad en la Unión Europea ni ante el mundo porque a los nacionalistas catalanes y vascos precisamente les interesa un Estado débil y tener sus embajaditas de turismo y propaganda.


En vez de inventarse un país (pues ya no será España, será otra cosa), “plurinacional”, o una “nación de naciones”, yo les pediría a estos señores y señoras del PSOE que tengan más lucidez, más inteligencia y más sentido del Estado. Porque al final, los españoles, no perdonarán esa capitulación nacional y el PSOE irá camino de su desaparición, como los socialistas franceses o italianos y casi los laboristas. Ya estamos fatigados, cansados y abandonamos. Lo que va a conseguir el PSOE al seguir esta táctica de vencidos es que se va a extender el derrotismo .


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

25 noviembre, 2019

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do


El poeta José Bento (1932-2019)

14 noviembre, 2019

José Bento, quizás el hispanista más relevante de Portugal, ha muerto hace unas semanas, el 26 de octubre. Poeta, recibió muchos premios en ambos países. Pero ahora parece como si nadie le recordase en España, como si los premios bastasen y ya no hubiera que recordarlo más. Lo que además de ingrato es injusto, pues Bento ha dado a conocer nuestra poesía del Siglo de Oro, a Lorca, a Eloy Sánchez Rosillo, a Octavio Paz, y hasta a Ortega y Gasset y María Zambrano. Es difícil encontrar un poeta y escritor portugués que conociese mejor nuestras letras. Ha sido el perfecto embajador de nuestra poesía en el mundo lusófono.

Su trabajo inmenso de traductor ha impregnado también su propia obra, como a veces suele acontecer. ¿No decía Javier Marías hace poco en una entrevista a un medio portugués que trabajar en la traducción literaria es la mejor escuela de escritura? En muchos poemas se trasluce un clasicismo que evoca la poesía española y a  portuguesa de siglos pasados, sin caer en la nostalgia ni el pastiche.

Recuerdo en 2000, cuando hicimos un viaje cervantino con otros escritores y poetas portugueses como Hélia Correia, Maria Fernanda de Abreu, Francisco Belard y Casimiro de Brito, bajo un cielo invernal siempre azul, los kilómetros por las rectas carreteras de La Mancha se nos hicieron muy agradables hablando de Cervantes, de literatura y de poesía tanto españolas como portuguesas.

Cuando llegamos a El  Toboso, en que José Bento empezó a leernos, “estaba el pueblo en un sosegado silencio…”. Así titularía después una colección de poemas de asunto cervantino. Estuvimos en Infantes, Argamasilla de Alba, San Carlos del Valle, en La Torre de Juan Abad y, claro, en El Toboso. El día anterior, en una librería de Toledo, si no encontramos los papeles de Cide Hamete Benengeli sí hicieron un acopio de libros de literatura española, que los portugueses estiman y conocen muy bien.

José Bento, con Francisco Belard, año 2000

José Bento, hombre amable, discreto, y trabajador esforzado, tradujo también el Quijote en 2004, obra que hizo decir al escritor portugués Almeida Faria que “es una traducción bella, excelente y fiel”.

En lo que ahora es una ciudad dormitorio, Mem Martins, entre Lisboa y Sintra, alejado del mundanal ruido, seguía escribiendo, leyendo, siempre alerta, con una delicadeza especial que su amable mirada azul. Era el perfecto compañero de viaje, en el sentido más noble de la palabra, para recorrer España y Portugal, sus pueblos y sus letras. Su rigor lingüístico, su buen gusto literario, eran de una especial, considerable importancia, que se plasmaron en sus traducciones.

Su poesía es difícil, a veces fría, a menudo enigmática, tan enigmática como es la vida, lo que infunde en el lector atento una sensación más alta, más espiritual, como un deseo de meditación. En sus poemas resaltan también las sombras, esas sombras que añaden resalte a los objetos e ideas; palabras que tiene varios significados, con sus claros y sus sombras, como la propia vida. Así como la luz del alba y la del crepúsculo destacan los volúmenes, los perfiles. Pero, efectivamente, son más difíciles de delimitar pues derivan de la luz. Pero también sus poemas son como cristales de aumento sobre sensaciones que si no desaparecerían de nuestra vista.

No son poemas para leer una vez (como nunca lo es un buen poema, al que siempre hay que volver porque depende hasta del estado de ánimo del lector para adentrarse más o menos en él). Es también difícil porque no es narrativa y es más de sentimiento y pensamiento que de comunicación. Bento recupera, rescata palabras portuguesas casi olvidadas en el lenguaje corriente. En su poesía hay mucho de ensueño e introspección, además de evocaciones del pasado cultural, de la Biblia y de la música.

Su colección O enterro do Senhor de Orgaz es la mejor reflexión lírica sobre esta pintura. Es una auténtica ekphrasis en verso (que es la descripción de una obra de arte como ejercicio retórico, la descripción verbal de una pintura a menudo hecha por medio de un poema). Se trata de una serie de diez largos poemas en verso libre, donde no solamente se describe la pintura sino que se deja hablar al Greco. Con esos versos, el libro de Gregorio Marañón (El Greco y Toledo), y el de Manuel B. Cossío, ya nos podemos adentrar en el mundo del pintor.

En otro libro, Sítios, nos ofrece el poeta sus versos más abiertos, hablando de lugares, aldeas y rincones. Difícil de encontrar, pues las tiradas son escasas y los libreros escogen lo más vendible.

Una curiosidad sobre José Bento me la contó él mismo. Hace muchos años escribió un libro o manual de contabilidad, muchas veces reimpreso, cuyos derechos de autor le han permitido tener unos ingresos complementarios para su vida cotidiana, que de poeta no se gana  mucho. Una profesión tan prosaica –contabilidad- que contrasta con la creatividad de un poeta o escritor la encontramos en numerosos casos, como T.S. Eliot, trabajando de bancario, Faulkner en una oficina de correos, Kafka en los seguros o García Hortelano como funcionario del Estado, entre centenares de ejemplos.

También ha dedicado poemas a Bilbao, Secuencia de Bilbao, donde hay muchas alusiones a su admirado Miguel de Unamuno. Pero también Andalucía (Arcos de la Frontera) y muchos pueblos de Ciudad Real.

La ciudad, como tal, le provoca versos y poemas, que recorren todas sus colecciones. Así, no resisto transcribir parte de un poema que debería ser leído por alcaldes y constructores: el poema a la destrucción de barrios y casas inmemoriales, algo que está sucediendo en todas las ciudades de España y Portugal, dejadas a la codicia y al mal gusto de los especuladores inmobiliarios (en Silabário):

Donde la ciudad a borbotones pierde su nombre

y el crepúsculo recupera la amplitud de sus pulsaciones

-entre tímidos arbustos, montones de chatarra,

patios donde los niños montan alegres campos de batalla-

fue derribada una casa:

                                    se abrió una herida

que nadie sabe cuánto le va a doler

al avaro coleccionista de imágenes recordadas

que con penosas búsquedas defiende su frágil patrimonio.

Ahí se borrarán las callejuelas para infligir avenidas,

paredes usurpadas hasta los cimientos

por la avidez de los edificios formulados por la regla del interés,

piedras queridas por manos y por miradas

yacen y callan sus inscripciones

de adolescencias y abandonos, de desvaríos y agonías.

(…)

O éste, que reivindica el universo, si no virgiliano, al menos acogedor, de los paisajes prístinos que van desapareciendo:

La ciudad es negra y crece hacia adentro

con calles cada vez menos de cada hombre,

donde nunca amanece y siempre está anocheciendo

-un atardecer tardío por la sangre que escurre de los anuncios luminosos.

Las casas que se elevan sofocan avenidas,

quiebran los vientos, apagan el sol entre sus brazos,

no multiplican las estrellas en sus techos de cemento,

oscurecen arboledas, y aliñan sólo frutos amargos de carbón.

El horizonte está más cerca por el humo envenenado

que abate las aves que intentan huir (…)

José Bento, de un iberismo no ideológico ni trasnochado, fue amigo de muchos poetas españoles, en especial de Eloy Sánchez Rosillo, su “excelente amigo”, del que tradujo Las cosas como fueron (magníficamente editado en bilingüe por Assirio & Alvim); si no supiéramos que Rosillo es español, no notaríamos que la versión de Bento es una traducción. Es, en mi opinión, una traducción de poesía –ese trabajo casi imposible- perfecta, invisible. Como dicen only poet can translate poet.

También era amigo de Carlos Bousoño, de Angel Crespo (nuestro gran especialista en las letras portuguesas), de su mujer, la también poeta y traductora, Pilar Gómez Bedate, y de Francisco Brines, entre otros muchos.

A pesar de su hispanismo, hay muy poca obra suya publicada en España. El Entierro fue publicada en El Ferrol en 1986, pero poco más. Tampoco tenemos constancia de que los medios españoles se hayan hecho eco de su desaparición; pero aun hay tiempo, paciencia, alguien lo recordará.

Pero ni en Portugal, salvo el diario Público, le han dedicado mucho espacio –por ahora-. Así, Expresso se ha contentado con una breve nota de obituario, lo que aquí llaman un rodapié, y Jornal de Letras con un tercio de página (que contrasta con la atención que prestan a otros escritores y poetas de menos envergadura). Esperemos que en las próximas semanas alguien se acerque a su obra.


Contra las elecciones, la propuesta de Van Reybrouck.

9 noviembre, 2019

El experimento de la ciudad belga de Eupen ha  puesto en práctica las ideas de David Van Reybrouck (Brujas, 1971). Van Reybrouck, especialista en historia cultural, en su obra Contra las elecciones analiza los defectos palmarios de nuestros sistemas representativos, basados en la elección y por qué están suscitando un rechazo de gran parte de la población. La crítica cada vez más virulenta de los Parlamentos, de los diputados, de los partidos tradicionales, la vemos en muchos países y no sólo en España. Aquí, la propagación como mancha de aceite de la corrupción, que se ha dado sobre todo en las Comunidades Autónomas y en los ayuntamientos, ha apartado aún más a los ciudadanos de quienes deberían representarles y defenderles.

Se denigra indiscriminadamente a los políticos por los populistas y los antidemócratas. Así, en Cataluña donde violar la Constitución española, atacar los Tribunales, las leyes, es el discurso habitual de la Generalitat. Igual que los fenómenos de Orban y Salvini. Los escoceses son diferentes –no han cruzado esa línea roja- y en su continencia se nota su tradición filosófica y política que viene desde su eximia Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII.

Las redes sociales, propensas al insulto y la descalificación, no son menos inanes y los chistes, críticas infundadas y falsedades sobre los políticos son muletillas habituales de los ‘graciosos’ oficiales, ya aburridas por reiterativas. Como dice Van Reybrouck, “se ha instaurado una atmósfera de denigración permanente” de los Parlamentos y casi del propio sistema democrático.

¿Qué está fallando?.-

El sistema político democrático actual, es insuficiente e imperfecto, centrado en los partidos y basado en las elecciones, como lo demuestran los acontecimientos que sacuden todas las democracias occidentales, las que disponen de una Constitución y de un Parlamento. La crisis económica y financiera ha exacerbado esa alienación de la sociedad respecto a sus representantes parlamentarios. Las medidas tecnocráticas de las instituciones supranacionales, entre ellas de la Comisión Europea, no hicieron sino agravar esa distancia y crear más resentimiento.

Van Reybrouck apunta tres tipos de diagnósticos, con sus respectivas propuestas, sobre esta crisis del sistema representativo: el populista, el técnico o tecnócrata y el activista demócrata. El populista considera que la culpa es de los políticos profesionales. Los partidarios de la tecnocracia proponen sustituir los políticos por técnicos, prefiriendo la eficacia a la representatividad; de hecho, ya hay muchas decisiones soberanas que dependen más de los técnicos que de los parlamentos, como se ve con las entidades supranacionales como el FMI o el Banco Central  Europeo. Los partidarios de la democracia directa achacan todo al parlamentarismo, como hicieron los del 15-M o los de Occupy Wall Street, con su “no nos representan”, pero no han pasado de la manifestación en sí.

El diagnóstico de nuestro autor es que es un problema del sistema electoral, de ese “fundamentalismo electoral”, un artículo de fe que nadie quiere revisar y que está produciendo una “fatiga democrática” que se extiende por todas las sociedades, con tasas de abstención altas y desinterés creciente. Esta especie de fundamentalismo, dice, ha llevado a querer implantar en muchos países de Africa y de Asia este sistema electoral, “una especie de kit Ikea de la democracia”, mientras se relegan formas y estructuras de decisión y mediación ancestrales que eran bastante útiles y eficaces y tenían la legitimidad de las poblaciones.

La eterna cantinela sobre la falta de líderes (¿por qué no usar el tan castellano adalid?) es una falsa ruta, un debate errado. No necesitamos carisma, sino identificarnos con políticas y no con “programas envasados” con fecha de caducidad incluso, según las modas (ahora todos tienen que incluir el ingrediente ambiental, por ejemplo, de manera meramente retórica). Necesitamos empatía, conocerlos directamente, poder hablar con los diputados, concejales y alcaldes, hoy por hoy alejados del mundanal ruido, altivos, distantes, inabordables. No deja de ser curioso que los movimientos sociales recientes sea en Hong Kong, Chile, Barcelona, o en París (gilets jaunes), no tengan adalides conocidos, visibles –el famoso ‘interlocutor válido’- sino que se sirvan sobre todo de aplicaciones de internet.

El fenómeno es general y se habla de una sociedad post-democrática (Van Reybrouck cita a Colin Crouch), en la que la brecha, la separación entre Estado e individuo se ha hecho mucho más ancha. Ello es debido a la creciente debilidad e incluso a la extinción de la sociedad civil como protagonista cotidiana de la vida social, ciudadana, agraria que, según nuestro autor, está produciendo una deriva oligárquica de los grandes partidos por haber consagrado el voto como única y exclusiva herramienta de la democracia, un “Santo Grial de la Democracia”.

Para él, las elecciones por sí solas, como sistema de representación son una herramienta superada, como el globo montgolfier o la diligencia, son necesarias, pero no suficientes, “son el combustible fósil de la política: antes, estimulaban la democracia, pero hoy engendran problemas gigantescos y nuevos (…) hay que desengancharse de las elecciones como único sistema de preservar y consolidar la democracia”.

Posibles soluciones.-

Van Reybrouck propone otra cosa. Resumiendo la historia antigua y medieval, recuerda que ha habido otros sistemas de representación no electorales: los puestos representativos eran sorteados en la Atenas de Pericles con el Consejo de los Quinientos, como después en algunas ciudades-Estado italianas e incluso en el antiguo reino de Aragón, con la insaculación. Cita a Tocqueville, quien se quejaba de que el sistema francés “democrático” no garantizase una real participación del pueblo, a pesar de poner el acento en la soberanía popular, e hizo “una de las primeras críticas fundadas a la democracia representativa”.

Recuerda que el sistema electoral “no fue concebido inicialmente como un instrumento democrático, sino como un procedimiento que permitía llevar al poder a una nueva aristocracia no hereditaria” (porque se combinaba con el sistema censitario; por ejemplo, en Francia sólo uno de cada 160 ciudadanos tenía derecho al voto). Todos estos sistemas electorales eran para el pueblo, pero no del pueblo.

Van Reybrouk analiza las modernas soluciones participativas que se inspiran en las tesis de John Rawls y Jürgen Habermas sobre la necesidad de mayor participación ciudadana a fin de legitimar mejor la democracia. Se trata de la “democracia deliberante”, como son las experiencias en algunos Estados norteamericanos gracias al impulso de James Fishkin en 1996. Ciudadanos escogidos al azar debatieron los principales asuntos en pequeños grupos y en medianas y grandes asambleas. Estos nuevos sistemas de participación se han instituido en Alemania, con las ‘células de planificación’, en Dinamarca, con los ‘consejos tecnológicos’ o en Francia con el Conseil National de Débat Public, por ejemplo, aunque hay muchos modelos por el mundo, incluso en China. Normalmente, estos consejos tratan de asuntos ambientales y de infraestructuras. En estos modelos, se tiene cuidado en elegir al azar las personas, teniendo en cuanta su origen social, geográfico, el sexo y la edad, entre otros factores.

El autor examina los diversos modelos de consulta, aunque critica el uso del referéndum que, dice, no tiene nada que ver con la democracia deliberante, pues aunque están cercanos, en el referendum se pide a los ciudadanos que voten sobre un tema sobre el que no están perfectamente informados. Así, menciona los referéndums sobre la Constitución europea en Holanda y Francia, o los de Escocia y Cataluña. En el referéndum se vota sobre todo con la emoción, de manera sobre todo reactiva, no bien deliberada. Suelen ser divisivos y no es casual que Franco lo haya utilizado reiteradamente.

Se necesita una profunda reforma electoral y, por tanto, constitucional, pero los partidos se aferran a los viejos sistemas. Tanto en España como en Portugal, por ejemplo, han fracasado todos los intentos de reforma. Los partidos siguen prefiriendo nutrir sus listas electorales acudiendo a su vivero interno (exactamente: un invernadero, aislado de la atmósfera, del campo abierto), en el seno de sus militantes (palabra que habría que desterrar del lenguaje político), sin dar cabida a nadie de fuera del aparato.

Las listas bloqueadas agravan el problema, debiendo el elector por votar por el ‘paquete’, un auténtico forfait como en esos viajes turísticos ‘todo incluído’. Es todo lo contrario de esa democracia participativa que preconizan Van Reybrouck y muchos otros pensadores  y politólogos.

Propuesta.-

La democracia deliberante no sustituye sino que complementa a la representativa, habiendo incluso propuestas de mezclar la composición de los Senados (senadores elegidos y otros escogidos por sorteo) o de crear una tercera cámara. El problema es aunar la legitimidad con la eficacia en la toma de decisiones pero en todo caso el sistema de incluir ciudadanos al azar (parecido a los jurados) sería una excelente escuela de democracia y responsabilidad cívica. Sirve desde para preparar y aprobar una determinada ley hasta para mejorar y profundizar las deliberaciones en decisiones importantes, como el aborto, el medio ambiente, Unión Europea, autonomías, etc. Naturalmente, los ciudadanos elegidos al azar disponen de apoyo técnico para tomar sus decisiones, como los diputados.

En conclusión, Van Reybrock propugna un sistema bi-representativo, sopesa los argumentos en contra –muchos de los cuales son muy parecidos a los que en el siglo XIX servían para defender el voto censitario-. La crisis en muchas democracias europeas se debe precisamente a ese sentimiento de exclusión y alienación que tienen los ciudadanos frente a los políticos profesionales, a los partidos convertidos en meras máquinas electorales y de marketing.

A modo de reflexión crítica.

La propuesta de Van  Reybrouck tiene, a mi modo de ver, algunos puntos débiles:

  • No desmonta ni merma el poder de las instituciones tecnocráticas, supranacionales (FMI, Banco Mundial, BCE, etc), que siguen sin tener un contrapeso parlamentario o representativo efectivo.
  • Los comités o consejos de consulta son creados, evidentemente, por el propio Estado, es decir dependenden de su buena voluntad y de que acepte sus propuestas.
  • La sociedad civil no revive por el sistema de sorteo, aunque pueda influir algo. Así, ni asociaciones de vecinos, ni sindicatos cobran más relevancia en las decisiones.
  • La propuesta de sorteo es como una especie de “cuidado paliativo” de la democracia periclitante y, en cierto modo, una especie de refuerzo de su legitimidad sin poner en duda la alienación de los partidos respecto a la sociedad y los ciudadanos, manteniendo una cierta ilusión de que la democracia pequeño burguesa puede seguir existiendo tal como es, con cambios cosméticos.
  • Fragmentación y localización de las decisiones en función de territorios, grupos de poder e influencia.
  • Digamos que sería una reforma necesaria, pero no suficiente. También me temo que ni alcaldes ni diputados, y menos los Consejeros de Comunidades Autónomas tendrán simpatía alguna por una herramienta que les restará protagonismo, es decir, que les quitará el monopolio.
  • Falta quizá poner el acento en la necesidad de transparencia en las administraciones, a través, por ejemplo, de Auditorías sociales (Marta Harnecker), para impedir la corrupción. Para estas auditorías el sorteo podría ser una buena solución.

En cualquier caso, deben ser los demócratas quienes tomen la iniciativa del cambio, no los populistas ni los nacionalistas que lo que quieren es destruir todas las herramientas de la democracia, “tirando el agua sucia con el niño dentro” y menospreciando completamente el sistema bajo el pretexto de defender al ‘pueblo’ (nótese que cuanto más se habla de pueblo, más se le suele despreciar).

Con un excelente estilo, muy bien escrito, este libro es una reflexión necesaria que desearíamos que los políticos leyesen, si tuvieran tiempo en su afanosa vida, y sus campañas a base de slogans les dejasen tiempo.

Contre les élections, Ed. Actes Sud, 2014. Traducción española: Contra las elecciones, Taurus, 2017.

[Van Reybrouck ha escrito numerosos libros y artículos, particularmente un extraordinario libro sobre el Congo y otro sobre el científico surafricano Eugène Marais, a quien se sospecha plagió profusamente el escritor belga Maurice Maeterlinck, De plaag, Le fléau, La plaga.]


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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