Caracas hace más de veinte años y la visión de Arturo Uslar Pietri en 1936

18 febrero, 2019

Hace poco más de veinte años, cuando Chávez estaba a punto de ganar las elecciones, estuve en Caracas.

Aún se podía pasear por los parques, por el magnífico Jardín Botánico, en las cafeterías servían los mejores zumos de frutas que nunca probé, de frutas que llevan nombres exóticos, diferentes. Se escuchaba la magnífica música venezolana, cuyos CDs se podían comprar en las numerosas tiendas de Sabana Grande, había educación musical por doquier, en los colegios, en las escuelas (no es casualidad que allí surgiera un Dudamel). Las mujeres de Caracas, bellísimas, fuera la clase social a la que pertenecieran (y perdonen, pero es un dato objetivo). También había magníficas heladerías, pastelerías (las panaderías suelen ser allí de inmigrantes portugueses, madeirenses sobre todo)  y restaurantes, entre los que destacaban los italianos. Dos magníficas editoras, la Biblioteca Ayacucho y Monte Avila, suministraban libros de gran calidad. Los de Ayacucho son hoy coleccionables, dignos de ser conservados, con su exclente papel y calidad tipográfica, además de reunir en su catálogo lo mejor de la literatura e historia de la América hispana. El Museo de Arte Contemporáneo fundado por Sofía Imber estaba entonces en pleno funcionamiento (Chávez lo mandó a los infiernos imperialistas calificándolo –tan ilustrado él- como una intromisión cosmopolita –es decir, judía- en el espíritu venezolano y bolivariano).

Caracas no es una ciudad bonita, es como una sucesión de autopistas y pasos elevados en medio de un paisaje natural bello, con lo poco que resta de la época colonial y del siglo XIX totalmente oculto por bloques y edificios, muchos a medio terminar. A pesar de las enormes diferencias sociales, del desorden urbano y de bastante inseguridad, se notaba bastante alegría de vivir. A las siete de la tarde había que recogerse porque, decían los amigos caraqueños, la policía también se recogía.

También se notaba una enorme diferencia de clases, tan típica de todos los países de América Latina, los muy pobres y los inmensamente ricos. Estos, parecían haber fracasado en hacer de Venezuela un país próspero, más igualitario y menos corrupto. Recuerdo el horror al ver a dos hombres acuclillados comiendo basura de unos cubos que habían volcado a las puertas de un restaurante. En los morros había millares de chabolas –como las favelas de Rio- donde vivían los denostados colombianos, acusados de todos los males, de ser ladrones. Decían que había dos millones de colombianos, los inmigrantes mal vistos. Hoy me imagino que la percepción habrá cambiado, cuando Colombia ha abierto sus fronteras a los emigrantes venezolanos y el camino de la emigración se recorre en el otro sentido.

Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del planeta, con unas tierras fértiles aptas al ganado, con potencia hidráulica, con los minerales más variados (entre ellos la preciada bauxita), está hoy empobrecida hasta límites obscenos, insultantes, para un país que tiene de todo, que incluso ha tenido y tiene una élite profesional y cultural considerable.

Y todos buscan un culpable: el imperialismo americano, evidentemente, el comunismo larvado, también evidente, Cuba, Putin, Trump, España, la corrupción endémica y el despilfarro, también. Hay culpables para todos los gustos. A cada cual con su venda ideológica. Yo, decadente, sin ganas de buscar culpables y solamente de dejar constancia de lo que podría haber sido este país, me pongo a leer al muy reaccionario mas interesante Ramón de Basterra, el bilbaino que murió loco y escribió Los navíos de la Ilustración, además de una poesía vasca interesante y evocadora. En Los navíos de la Ilustración, Basterra nos contaba lo que había sido la Real Compañía Guipuzcoana de Navegación a Caracas, ligada a la “Real Sociedad de Amigos del País”, y la enorme  influencia que tuvieron los ilustrados españoles de Guipúzcoa en el movimiento independentista.

Y, en fin, un recuerdo también a aquella Venezuela que tras la guerra española acogió generosamente tantos exiliados, como el gran jurista Manuel García Pelayo o como el médico Josep Solanes, quien escribiera En tierra ajena. Exilio y literatura desde la Odisea hasta Molloy (Quaderns Crema, Acantilado, 2016). O que acogía a los canarios que huían del hambre y del franquismo en auténticas pateras.

Un país que fue mal administrado por sus dirigentes, que no resolvió los problemas sociales y que confió en la extracción, la economía extractiva, en vez de en la productiva. Quiero citar a Arturo Uslar Pietri (Caracas, 1906–2001), que escribió esto en 1936, pero que sigue siendo desgraciadamente actual, cuando el petróleo era considerado el maná :

Arturo Uslar Pietri

“Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. (…)

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece (…) Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal (…)

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. (…)

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo”. [Publicado el 14 de julio de 1936 en el diario caraqueño Ahora].


Jean-Claude Brisville y la excelencia de la lengua francesa

20 noviembre, 2018

Las obras del dramaturgo Jean-Claude Brisville (1922-2014) han sido representadas en España casi siempre gracias a Josep Maria Flotats, que fue su amigo. Así, tuvimos la suerte de ver Beaumarchais, el insolente hace diez años en el Español, en Madrid. Brisville y Flotats, dos personas de una gran cultura, que se han centrado en personajes históricos franceses.

Brisville fue secretario de Albert Camus, cuya muerte le siguió doliendo toda su vida. Admiraba a escritores menos conocidos, como a Dino Buzatti y Ernst Jünger, y entre los franceses a Julien Gracq, Vauvenargues, Sénancour (cuyo Obermann era uno de los libros preferidos de Unamuno), Roger Nimier, René Char, Jean Grenier y Michel Déon.

En mi opinión, ha reflejado perfectamente en su obra el sutil carácter francés, su tono natural, su forma, que se expresa sobre todo en el lenguaje.images

Nunca fue un hombre fácil pues era demasiado crítico, sobre todo con “la raza de los escritores con el dedo alzado, siempre dispuestos a dar lecciones”, como Philippe Sollers o Mauriac, de distintas generaciones. Era despiadado en sus recuerdos, por ejemplo cuando nos dice que André Breton, tras la muerte de Elsa, estaba sobre todo preocupado porque el Presidente de la República aun no le había llamado para darle el pésame.

Sobre su época, también era caústico e hizo suya la frase que oyó de una campesina “antes, la gente era ignorante; ahora, es idiota”. Osó además, en su libertad irreductible, criticar algunos símbolos como la torre Eiffel, el Sacre Coeur, la Tour Montparnasse, otros tantos “ultrajes a la belleza, e imbecilidades dominantes”. No era ni quería serlo, ni en lo social ni en lo cultural ni político, ‘políticamente correcto’.

Era, como el decía, “el hombre de su vida”, un solitario, refractario a la compañía. La prensa, aun reconociendo su valía, nunca le fue muy favorable. En sus libros De mémoire y Quartiers d’hiver nos da cumplida cuenta de sus pensamientos y recuerdos. Se puede decir que fue un escritor y dramaturgo estimado pero no amado por la crítica, como se resume en la acerva crítica que le hiciera Jerôme Garcin.

La dernière salveCentrándonos en su escritura, se servía y dominaba la lengua francesa como pocos. Es uno de los escritores que han contribuido a mantenerla en ese nivel de pureza, sobriedad, economía del discurso y belleza que siempre la ha caracterizado. Ha contribuido así, sin pertenecer a escuelas ni promociones oficiales, al esfuerzo de defensa en el que los intelectuales y escritores franceses llevan empeñados muchas décadas, sobre todo ante la amenaza del inglés de andar por casa que se ha enseñoreado de la comunicación mundial.

Sus obras abordan épocas de la historia de Francia (1750, L’antichambre), Napoleón en Santa Helena (La dernière salve, La última salva), la Restauración con esos dos chaqueteros históricos, Talleyrand y Fouché (Le souper, La cena, “le Vice appuyé sur le bras du Crime”, como dice Chateaubriand en Mémoires d’Outretombe), los debates filosóficos (Pascal y Descartes). Pero también se ha recreado en la época actual, con una sutil e inteligente venganza en Le fauteuil à bascule, contra su editor, cuando fue cesado como director de la colección Le livre de Poche (en España, Carlos Barral debería haber hecho algo parecido cuando fue expulsado de Seix Barral, o el editor y escritor Mario Muchnick al ser relegado sin preaviso ni contemplaciones por el grupo Anaya). También ha dejado obras, como Saint Just, una de sus primeras (1957), o Le bonheur à Romorantin, drama de costumbres.

Son obras de pocos personajes, de diálogos caústicos, donde cada palabra encaja en la idea. Fundamental es, pues un actor culto, de perfecta dicción, con maestría en la voz y el tono, en los matices de la conversación, los silencios, las respuestas fulgurantes. Quizás deban ser casi francófilos, o unos buenos afrancesados para representarlas mejor, y con personalidad, lo que Stanislavsky llamaba el actor con personalidad, con carácter. Son obras en las que cuenta principalmente el personaje, no el escenario. Recordemos, por ejemplo, el papel de Talleyrand que hizo Sacha Guitry para el cine.

En Francia su teatro ha sido publicado habitualmente por Actes Sud, esa gran y cuidadísima editorial de Arles fundada por el belga Hubert Nyssen que tantos escritores ha descubierto y puesto en la palestra.

 

 

 

 

 


Llerena, el sosiego

5 abril, 2018

Hay pueblos a los que solamente se puede llegar por carretera, sin ferrocarril ni autovía. Eso les ha podido hundir, o quizás, mejor, salvar. Así es Llerena, la antigua Allaria o Ellerina, al sur de la inmensa provincia de Badajoz. Calles blancas, prístinas, limpias. Las paredes refulgen en el sol de la tarde. Todas las puertas y ventanas están pintadas de marrón oscuro, no sé si por orden municipal o por el austero y sobrio buen gusto de los moradores. Rejas negras, rectas, sin florituras estériles, puertas bien pintadas, de marrón oscuro, algunas entreabiertas como es costumbre en el sur, invitando al paseante a entrar hasta la cancela, como indicando hospitalidad y que la casa está habitada.

image-e1522952358777.jpegLas calles de Llerena, al iniciarse la primavera, están muy tranquilas. Son calles solitarias, con algunos portales que declaran su pasado mudéjar, como las torres de sus iglesias y antiguos conventos, en especial la parroquial de Nuestra Señora de la Granada. Ha de tenerse en cuenta que en el siglo XVIII Llerena llegó a tener el diez por ciento de su población religiosa. Rodea el pueblo una extensa campiña, sembrada de cereales, tierras que ya fueron puestas en cultivo por los romanos.

Se venden muchas casas, los letreros cuelgan de los balcones. No sabe el viajero si Llerena es un pueblo con mucha actividad económica, si da de comer y trabajar a sus jóvenes. Pero es un pueblo bello, un pueblo que merece tener más actividad, que se organicen más reuniones, conciertos, que tenga más vida. Aquí vivió y trabajó algún tiempo Zurbarán, aquí nacieron el descubridor del Cañón del Colorado, la actriz Catalina Clara, entre muchas personas que dieron renombre al lugar y al país. El museo histórico, antiguo palacio episcopal, es nuevo, es digno de una visita sobre todo por la obra en sí.

Desayunamos en la plaza, en La Casineta, bar y café popular donde los llerenenses se encuentran y charlan. Atienden rápido y con simpatía, pan tostado con aceite y tomate o manteca colorá, suave o picante, ese desayuno ancestral andaluz. Es uno de los bares de los soportales de la plaza, plaza mudéjar y blanca, impoluta y civilizada. Un hombre se queja de que no ha podido plantar a tiempo las patatas porque ha llovido mucho, lo que nos recuerda que estamos en una comarca agrícola por excelencia, en la que todo gira en torno al campo, como desde la época romana, aunque tiene un pasado de fábricas textiles y minero.

imageLuego nos vamos a ocho kilómetros de allí, hacia el este, a Las Casas de la Reina, donde hay un teatro romano bien restaurado, con vista al norte sobre todo el horizonte de la campiñ. Era la ciudad de Regina, una población de paso y parada obligada entre Emérita Augusta y Córdoba, al pie de una alcazaba. Algo más lejos, están las milenarias minas de hierro de La Jayona, que cerraron en 1921.

Pero no encontramos libros sobre la rica historia de Llerena, historia de la Orden de Santiago, de la Inquisición, que allí tuvo sede durante tres siglos, ni de los alumbrados, esa secta pseudo mística que fue perseguida en los tiempos de Felipe II. Hay dos pequeñas papelerías donde venden prensa y pocos libros. El remedio, para el viajero con más tiempo, es acudir a la biblioteca municipal, bien surtida. Tampoco encontraremos muchos libros en la cercana Zafra que, esa sí, tiene unas cuantas librerías, como la simpática Atenea. Bastantes cosas de la guerra civil, pero nada del pasado romano, medieval o renacentista. También se pueden encontrar algunos estudios en la red, dispersos y de desigual calidad.

Para más información de visitas y alojamiento, consultar http://www.llerena.org, y, para los curiosos sobre Extremadura, se pueden buscar los libros de la Biblioteca Popular Extremeña, donde se cuenta mucho de esta región, desde los tiempos romanos hasta la guerra civil del siglo pasado.


The road

14 diciembre, 2017

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(acrílico sobre tabla entelada 40×30)


Qué hacer para ser publicado

31 julio, 2017

El blog de Guillermo Schavelzon

Un desafío para los escritores

La creciente dificultad para encontrar editorial, similar a lo difícil que resulta conseguir agencia literaria, es una de las mayores preocupaciones de los escritores que tienen una y a veces varias obras escritas, que quieren publicar.

En esta dificultad, encontraron su negocio las editoriales y plataformas digitales de autoedición, que no parecen ser una solución, sino solo un negocio muy lucrativo para la editorial. En Estados Unidos se llaman Vanity Publishers, empresas que lucran con la vanidad del escritor, como si no supieran que lo que ofrecen, nunca satisfará las expectativas que genera.

En el mundo de los escritores, sigue siendo el libro tradicional, impreso en papel, y puesto en librerías por un sello de prestigio, la principal forma de reafirmación, además de la mejor posibilidad de llegar a las librerías, a los medios y a los lectores.

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Iñárritu o la trivialización de Tarkovski

14 marzo, 2016

 La película El Renacido, The revenant, es una especie de pantomima de las grandes películas de Andrei Tarkovski. Hay escenas y temas que parecen –mal- imitados de La infancia de Iván (1962) o de Andrei Rublev (1967), como las aguas, los ríos, el fuego, dejar comida a una india superviviente, el camino por los bosques, el silencio, la lluvia y la nieve; hasta las tomas y puestas en escena parecen calcadas de estas dos películas.

Anatoli Solonitsin, un actor ruso favorito de Tarkovski

Anatoli Solonitsin, un actor ruso favorito de Tarkovski

 Decía el director ruso que él quería evitar sobre todo las películas como mero espectáculo, como entretenimiento, y la de Iñárritu tiene todos esos defectos del cine taquillero. Pretende ser algo profundo y al final es una película de aventuras, con todos los trucos para hacerla comercial y vendible (lo que es comprensible dada la enorme inversión financiera en el producto que debe ser rentable, ante todo).

Un crítico ruso dio el alerta sobre estas “curiosas” casualidades que casi bordean el plagio. Como decía un tweet, a Tarkovski no le hubiera gustado. Pero Iñárritu, se ha rendido al público, que al fin y al cabo es quien manda.

 El lado poético, la carga humana de las películas de Tarkovski en las que El Renacido se inspira, han sido sacrificadas a la escenografía, al efectismo. Iñárritu ha conseguido hacer un blockbuster rentable.

 

Lecturas sugeridas:

Vida y obra de Andrei Tarkovski, por Rafael Llano, nunca reeditada por la Generalitat Valenciana, desgraciadamente.

Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, Ediciones Rialp, 1991 (reeditado junio 2015)

Blog:@luisbond009


Las máquinas de escribir

30 diciembre, 2015

Las máquinas de escribir sacaron a las mujeres de sus hogares, las liberaron y les permitieron trabajar en las oficinas como mecanógrafas, sobre todo durante la Primera guerra mundial, cuando los hombres estaban en el frente. El hogar y los hijos ya no serían la única ocupación de las mujeres. Bien es cierto que una mecanógrafa cobraba la mitad que su homólogo masculino, pero algo era algo. La emancipación iba avanzando. Por esos tiempos, no es casual, surgieron las sufragistas y dejaron de ser siempre las sumisas.

Esos aparatos nos acompañaron hasta hace unos treinta años. Aprender a escribir a máquina era una necesidad, teclear con los diez dedos a ciegas, saber cambiar la cinta, meter el papel de calco, gestionar los espacios, eran menudencias que sazonaban el acto de escribir.

Los teclados, qwerty, azerty, hcesarop, hispano, anglo y portugués, respectivamente, distinguían las máquinas. Sus fábricas ilustres, Underwood, Hermes (y la bella Hermes baby), la alemana Torpedo, las Olivetti, las Nakajima, las Royal holandesas, las Remington.

Royal, teclado Azerty

Royal, teclado Azerty

Las fábricas de máquinas de escribir empleaban personal especializado, como las imprentas, requerían de ingenieros, de material de calidad para todas las piezas, desde las teclas hasta los tipos, e incluso para los estuches y cajas. Nada era improvisado. Eran instrumentos de precisión.

El papel no era un asunto baladí. El de marcas de agua era importante para muchas cartas de negocios y sobre todo las de abogados. El tamaño era a menudo la elegante holandesa, más corto que el A 4 hoy generalizado. Los folios venían en resmas, que inicialmente eran de 480 hojas, no de 500.

Eran pianos laicos con su especial ritmo comercial y eficiente. Se podía comprobar la habilidad del mecanógrafo por la velocidad, por el nostálgico tableteo. Teclas en todos los tonos de grises, pero a veces verdes o negras. Escribir a máquina era una pequeña ceremonia de iniciación. Pero sólo para la prosa, pues no se sabe de poetas que hayan usado medios mecánicos.

Las máquinas de escribir iniciaron su decadencia hacia 1970 y en 1990 estaban ya amortizadas. Ahora, tras descubrir la fragilidad de ciertas redes -que Snowden ha demostrado-, los rusos han vuelto, para sus servicios más secretos, a la vieja tradición de las máquinas de escribir. Pero, en general, son objetos de colección.

Escribir en un ordenador en vez de a mano o con máquina, es como podar con la motosierra. Se abusa del corte y se destrozan los árboles por la comodidad frente al esfuerzo que requiere el hacha o el hachulejo, y en la escritura también la sintaxis y la puntuación sufren en aras de la velocidad. Las comas se distribuyen a voleo, los espacios y los párrafos son sacrificados.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ָׁ שְּפ"-מז ֶר- רשְּ ַד-ודֹס"

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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