Díptico

14 marzo, 2020
Izda. 60 x 38 cms / dcha: 60 x 73 cms

Acrílico sobre tela. Sin título.


Wuhan en la poesía de Nuno Júdice

3 marzo, 2020

Siempre se ha dicho que el poeta es casi más que un filósofo y que la poesía va más allá del tiempo. Su intemporalidad se puede comprobar, por un hallazgo casual, en un poema que Nuno Júdice escribió hace un año.


Este poema se convierte hoy en un homenaje a una ciudad que -me dice- es bella y de gentes simpáticas, que evoca y recuerda el poeta. Las ciudades, los lugares, ocupan en la poesía de Júdice un lugar por derecho propio, sus plazas, sus calles, siempre son algo más que un lugar. Y esta ciudad china, de la que rara vez habíamos oído hablar hasta que se desencadenó esta misteriosa enfermedad, emerge, como por encanto en la poesía, con sus mujeres, su luz, sus lagos y sus avenidas, con la memoria que deja.

El poeta me ha autorizado personalmente a incluirlo en esta página y traducirlo. El poema en portugués, seguido de su versión en castellano.


O nome de wuhan


no centro de wuhan no centro
da minha cabeça no próprio centro
da memória no centro mais concreto
do poema no centro das palavras


agarro as mãos das luzes de wuhan
as mãos de todas as janelas iluminadas
de wuhan as mãos das sombras
que passeiam nos corredores de wuhan
as mãos dos poetas que recitam
com todas as vozes de wuhan


encontro nos rostos das mulheres
de wuhan a beleza de todos os rostos
das mulheres de rostos iluminados pelos
projectores da imaginação a beleza
de todos os rostos de todas as estátuas
de mulheres que povoam as cidades
sem fim da poesia do mundo


as mãos tranquilas as mãos suadas
as mãos indecisas quando a luz
as coloca no centro do mundo à luz
única da madrugada de wuhan quando
o sol começa a cair sobre os lagos de wuhan
os lagos de luz de wuhan os longos
lagos da memória que se leva de wuhan


com o rosto da manhã com as mãos
da tarde com o cair da noite iluminada
nas longas avenidas da memória
de wuhan.

***

el nombre de wuhan


en el centro de wuhan en el centro
de mi cabeza en el mismo centro
de la memoria en el centro más concreto
del poema en el centro de las palabras


agarro las manos de las luces de wuhan
las manos de todas las ventanas iluminadas
de wuhan las manos de las sombras
que pasean por los pasillos de wuhan
las manos de los poetas que recitan
con todas las voces de wuhan


encuentro en los rostros de las mujeres
de wuhan la belleza de todos los rostros
de las mujeres de rostros iluminados por los
proyectores de la imaginación la belleza
de todos los rostros de todas las estatuas
de mujeres que pueblan las ciudades
sin fin con la poesía del mundo

las manos tranquilas las manos sudadas
las manos indecisas cuando la luz
las pone en el centro del mundo a la luz
única de la madrugada de wuhan cuando
el sol empieza a caer sobre los lagos de wuhan
los lagos de luz de wuhan los largos
lagos de la memoria que se lleva de wuhan


con el rostro de la mañana con las manos
de la tarde con la caída de la noche iluminada
en las largas avenidas de la memoria
de wuhan


Nuno Júdice
O Coro da Desordem
2019


Tintín y Milú

1 marzo, 2020

Este artículo ha sido también publicado en Crónica Popular el sábado 29 de febrero.

A favor de Tintín, contra lo inquisitorialmente correcto.

La semana pasada leía en Crónica Popular, http://www.cronicapopular.es, este mismo medio una crítica furibunda contra Tintín, el personaje de tebeo, que era calificado de nazi. Hay una gran diferencia entre la crítica y la libertad de expresión y el insulto. Era ese artículo a propósito de una exposición en la Fundación Carlos de Amberes, en la calle Claudio Coello, a la que descalifica rudamente, y que es una institución que nos ofrece magníficas y singulares exposiciones sobre artistas, escritores y músicos menos conocidos. Recuerdo por ejemplo una memorable sobre el dramaturgo Maurice Maeterlinck. El autor dice que irán a verla los extremistas de derecha, descalificando de entrada a todos los que les interese. Lo siento, yo iré a verla, rompiendo así esa estadística del prejuicio. El artículo es, como hubiera dicho Pío Baroja, de los de “pedrada en el ojo”. Ahora se distribuye el adjetivo de nazi o fascista a diestro y siniestro. Pero para insultar hay que ser muy preciso, pues si no se cae con facilidad en la difamación, la calumnia o la injuria.

El artículo estaba bastante, pero insuficiente y parcialmente, documentado. Aparte de denunciar el anticomunismo evidente en Tintin chez les Soviets, no aporta un solo dato por el cual hubiera podido ser Tintín acusado de nazi. Sólo desde el prejuicio ideológico se puede escribir así de este personaje de ficción y de tebeo que ha sido y es solaz para tantos jóvenes y no tan jóvenes. Tintín, el repórter belga recorre el mundo con sus aventuras, algunas ya pasadas de moda y con tintes, efectivamente, muy conservadores, como Tintín en el Congo (en donde la caricatura de los africanos roza el racismo primario, donde la superioridad del hombre blanco y la condescendencia con los indígenas es hoy totalmente incorrecta), o Tintín en el país de los Soviets, una imagen de la Rusia bolchevique muy ingenua y naïf. Eran los tiempos del colonialismo paternalista y del miedo cerval al comunismo.

Pero ahí no acaban todas sus aventuras. Tenemos El Loto Azul, La Oreja Rota, Tintín en el país del Oro Negro, Stock de Coque o Tintín en el Tíbet, por ejemplo, donde el belga se manifiesta contra la invasión japonesa de Manchuria, contra los expoliadores blancos de los tesoros de América del Sur, las dictaduras de los  países árabes apoyadas por los consorcios petrolíferos occidentales, contra el tráfico de esclavos, o evoca la amistad con el joven Tchang (que fue un personaje real en la vida de Hergé), y un largo etcétera. Las referencias históricas, idiomáticas, los escenarios, paisajes, automóviles, barcos y aviones son de una exactitud raramente igualadas en el mundo de los tebeos. También abordan temas de nuestra época como los inventos o la conquista del espacio con el inefable Tornasol. Los dibujos son magníficos y han hecho escuela, siendo una referencia para toda la industria editorial de la bande dessinée, que es fundamentalmente belga.

Basta con leer algunos de los numerosos libros sobre Hergé, como la biografía de Pierre Assouline, para desbancar completamente el estereotipo que se ha creado en torno a Tintín como personaje reaccionario, asexuado, incluso estúpido con el que muchos ideólogos de alguna izquierda han interpretado a Tintín. En España ha habido entre cierta izquierda, que sólo lee ideológicamente, una fobia hacia Tintín.

Georges Remi, Hergé, fue efectivamente detenido cuatro veces por miembros de la Resistencia. No fue condenado pero sería excluido por haber colaborado con el periódico Le Soir durante la Ocupación y se le prohibió ejercer su profesión. Un diario de la Resistencia publica incluso una imitación insultante: Les aventures de Tintin au pays des nazis. La Depuración constituirá, como en  Francia, una especie de ficción de la justicia pues hay que salvar la cara. Bélgica es calificada como la “pequeña tierra del heroísmo”. La presunción de culpa prevalece y hay que demostrar que se ha sido ‘cívico’. Esto dará lugar a abusos incontables. Sólo el coraje, ética y sinceridad de dos resistentes, Raymond Leblanc y Sinave, salvarán a Remi de esa especie de muerte civil pudiendo volver a dibujar, publicar y ganarse la vida. El no ser resistente activo (como el 90% de los franceses o belgas), empezaba a dejar de significar que se fuera nazi. No fue la reacción católica quien le restituyó su profesión, como dice el autor del artículo citado.

Hergé

Remi fue “rexisant”, no rexista, manteniéndose en un equilibrio difícil entre su conservadurismo y el fascismo de Léon Degrelle, del que procuró mantenerse a distancia. De hecho, opta por salirse por la tangente y cuando más le piden su colaboración, dibuja y escribe La oreja rota, yéndose a Suramérica con los arumbayas.

Los albumes de Tintín, además de entretenidos y divertidos, aportan muchas novedades en la banda diseñada o tebeos (que se empeñan en llamar comics), la línea clara (¡que también algunos han considerado reaccionaria!), en la lingüística, como han expuesto muy bien Jan Baetens (Hergé écrivain) o Benoît Peeters (Hergé, fils de Tintin), que no son precisamente de la “derechona”.

No dejemos de observar cómo el perro Milú, así como el capitán Haddock, son una especie de sancho panzas frente al idealismo ingenuo del joven, que se empeña en desfacer entuertos a diestro y siniestro.

Hoy día, claro, el que no haya personajes femeninos (sólo la Castafiore, casi ridícula) podrá ser  considerado por alguien un baldón (seguramente también acusarán a Tintín de machista). Otros han llegado incluso a la tontería de acusar a Hergé, por causa del capitán Haddock, de ser un apólogo del alcoholismo. Una demanda de prohibición de Tintín en el Congo –intento de censura inquisitorial- fue desestimada hace pocos años por un tribunal. Pero la inquisición políticamente correcta no cesa. El silogismo es perverso: es así que Tintín es nazi, luego a todos los que nos gusta se nos puede llamar nazis.

También podría la policía protestar por la imagen que se da, contra la graciosa estupidez de Dupont y Dupond (Hernández y Fernández), la pareja de policías que no hacen sino disparates y son básicamente tontos.

En cualquier caso, los tintines, si bien no transportan ideología extrema (salvo el del Congo y el de los Soviets, pero que de tan caricaturales no tienen fuerza ideológica), ni son revolucionarios ni reaccionarios. Son burgueses, reflejo de la sociedad europea. No son catolicoides ni defienden la discriminación de ningún tipo. ¿En dónde se puede ver una malévola ideología, en Las Siete bolas de cristal, en El secreto del Unicornio, en el El asunto Tornasol, en La estrella misteriosa? No sé dónde ve a un nazi el autor de ese artículo que rezuma no ya fobia, sino odio contra este personaje de tebeo.

Con esos parámetros podríamos llegar a calificar –diacrónicamente- de fascistas a escritores muy notables del siglo de Oro, como Góngora o Quevedo, que alabaron, lisonjearon y adularon a sus protectores y mecenas (Góngora al Duque de Lerma, por ejemplo, que fue un personaje más que dudoso), o incluso de escritores del siglo XX como Marcel Proust porque silencian la lucha de la clase obrera.

Es curioso cómo la fidelidad a una ideología puede nublar el entendimiento. Con estas anteojeras, descartaremos de plano a muchos escritres y artistas. Por ejemplo a Ezra Pound, que sí apoyó al fascismo italiano, y a quien evoca en dos poemas, en verso y en prosa, un poeta tan poco sospechoso de ser fascista como José Hierro. Podremos también echar por la borda a Ungaretti, que coqueteó inicialmente con el fascismo, o a Lawrence Durrell que parece que defendía el Imperio Británico y la nostalgia de aquella Alejandría cosmopolita que Nasser destruiría (léase El naufragio de las civilizaciones, de Amin Maaluf, para saber qué y cómo sucedió). No sé cómo calificará el autor del artículo, por ejemplo, a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, que se pasaron la Ocupación tranquilamente en el café de Flore y el llegó a publicar y estrenar –Les mouches- bajo el mandato nazi. Pero sí podremos, con esos criterios, descartar a Céline o a Drieu La Rochelle, aunque escribieran bien. Y a Knut Hansum, que sí fue filonazi pero buen escritor, habrá que dejar de leerlo. A Von Karajan –personaje nada simpático, pero gran director-, no podremos escucharlo. Y así sucesivamente.

Usar este nuevo canon de lo políticamente correcto nos hará descartar también a escritores como Handke, y la visión de género a todos los que presenten a la mujer como objeto de deseo (hasta Cervantes sería culpable pues describe a una Maritornes, a Dulcinea y a la Marquesa, que no son precisamente modelos de mujer). Por eso claman contra la última película de Roman Polanski sobre el caso Dreyfus, haciendo abstracción de su calidad cinematográfica. Muchos nacionalistas vascos se han cargado así a Unamuno y a Pío Baroja, por criterios ideológicos, otros denostan a Josep Pla, y algunos siguen calificando a Ortega y Gasset de protofascista. Hasta Antonio Machado ha sido tachado recientemente de españolista –es decir, fascista- por muchos independentistas catalanes.

Desgraciadamente, este afán de clasificar a los escritores ideológicamente en afectos y desafectos –esa tradición inquisitorial que prevaleció en la postguerra española y que una cierta izquierda ha recuperado para su particular syllabus de errores, como el de Pío IX- sigue bastante vivo. También prevalece en la derecha, pues somos un país de fobias y filias: otro día hablaré de quienes, con otras anteojeras, desprecian y han tirado a la basura toda la literatura del realismo llamado socialista, o los que prohibieron en su momento a Brecht o a Peter Weiss y que siguen con la mentalidad de la guerra fría. Responden al mismo patrón.

La Fundación Carlos de Amberes, que preside Miguel Angel Aguilar, no merecía este insulto.


Fidel, un andaluz de Jaén. La Puerta de Segura.

25 febrero, 2020

Me acerco a la manifestación de agricultores. Estamos a finales de febrero, es un día muy luminoso. Por las noches hay algo de escarcha, pero luego el sol calienta bastante. Los montes están verdes, los pinares oscuros parecen relucir. Algún almendro ya en flor blanquea entre las olivas. Por la ribera del Guadalimar, chopos y fresnos aún desnudos, los troncos grises.

El pueblo de La Puerta de Segura, en la calle

Los olivares que trepan hacia las cumbres tienen ese gris azulado (¿verde?) oscuro que toman tras las lluvias, ya descargados de aceituna, sanos, trabajados por los que están atravesados en el puente. En las cooperativas se sigue moliendo aceituna, extrayendo aceite. Aceite cuidado, limpio, virgen, honesto. El aceite indispensable en nuestra alimentación.

Un aceite que les valdrá poco, que se tardará en vender y que muchos grupos de distribución saldarán en ofertas de supermercados. Los precios se han hundido. La demanda no aumenta y la oferta sí. Y los productos, la energía, los vehículos, tractores, remolques, cada vez son más caros. Y el gobierno –aunque dice ser de progreso-, con un gesto arrogante, no ha recibido aún a los agricultores. Pero el oportunismo electoral le hará sentarse al final y ofrecer dinero, que no será sino una mera cura de los síntomas, no del mal de fondo. En el gobierno no hay gente de pueblos, del campo, hay funcionarios y gente de ciudad. No hay entendimiento.

-Parece usted forastero – me dice un hombre que se me acerca amable.

Me lo dice quizás por la ropa, por la boina, por las gafas. No llevo mono azul ni zamarra como muchos de los agricultores y tractoristas que cortan el cruce sobre el puente, pacíficamente, humildemente. Alguien tendrá que escucharlos. Nunca se quejan.

-No –le desengaño- , mi padre era de aquí, nació en una casa que hay todavía junto a la iglesia, que llegaba cuesta abajo casi hasta el río, donde estaban los lavaderos. Hace mucho, casi un siglo. Luego ha habido allí una panadería, la casa la dividieron en tres.

– Ah, sí la panadería de Jacinto, me dice Fidel, congratulándose de que seamos paisanos.

– Yo no vivo aquí, pero vengo cuando puedo; paso al menos una semana.

Fidel ha trabajado dieciséis años en el Pas de Calais, no en el túnel del tren, pero muy cerca. Como miles de andaluces tuvo que emigrar. Pero volvió al pueblo, a La Puerta de Segura, en la provincia de Jaén, tras sufrir un derrame que le dejó casi un año totalmente inválido. Lo trajeron en avión a Granada. Me cuenta que su médico francés, que veraneaba en Marbella y hablaba español, le tuvo que presentar a su propia mujer y a su hijo, señalándoselos: “ésta es tu mujer, éste es tu hijo”. No los reconocía.

            – Fue de la tensión, me explica.

Poco a poco, Fidel se ha ido rehabilitando aunque su mano derecha la tiene inmóvil, en el bolsillo. Habla bien, pausado, muy correctamente, aunque el francés, que lo hablaba bien, se le ha borrado.

– Es como cuando uno le quita el disco duro al ordenador, todo se ha perdido.

Pero Fidel, que ha venido a unirse silenciosamente a la manifestación, vive bastante bien en su pueblo, tiene su casa y su salud es aceptable.

Bajo el puente que ocupan los manifestantes, los cisnes nadan en el Guadalimar, tranquilos, en este río que por el Arroyo del Ojanco también llaman el río Colorado, por el frecuente color de sus aguas (y que es exactamente la transcripción del árabe), hasta que en Mengíbar desagua en el Guadalquivir.

Me despido de Fidel, esperando volverlo a ver por las calles de La Puerta, a donde siempre retorno. Afable, me sonríe. Me muestra su mano que no me puede dar. Fidel es un hombre cabal y discreto.

El olivar en la Sierra de Segura. Pago de Pisa

El es uno de esos andaluces cuyas pocas olivas le producen menos de lo que le cuesta cultivarlas; entre otras razones, porque él ya no puede hacer las faenas del campo, como hacen muchos otros de su edad para ahorrarse jornales destallando, podando, curando y recogiendo. Para vivir.

En Jaén no se quejan nunca, ésta es casi la primera vez que recuerdo, aunque razones no les faltan. El campo suele estar callado, es parco de palabras, pero no es insensible al abandono ni al menosprecio. Ni tren, ni carreteras decentes -como muestra la pesadilla de la N 322, en obras desde hace más de veinte y cinco años. Este día en que he conocido a Fidel había en la provincia noventa y siete pueblos parados, con las tiendas y los bares cerrados. Si no cortan carreteras pareciera que no existieran. Los diputados que les debieran representar no comparecen. Para el gobierno no existen. Como si España terminase en la M 30.

Uno tiene la tentación de recordar los versos de Miguel Hernández, de otra época, pero aún vigentes, “Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares.”


Un poema de Nuno Júdice

17 febrero, 2020

Nuno Júdice, poeta portugués bien conocido (le han sido concedidos el Premio Nacional de Poesía en España y el Rosalía de Castro), con el que me encuentro casualmente por librerías lisboetas, me ha autorizado generosamente a traducir y publicar su poema Exercício de Astronomia.

Esperemos que un día se traduzca toda su poesía en España (en México ya hay publicada una gran parte de su prosa y de su poesía).

Para Nuno Júdice, la poesía significa la sobrevivencia del yo a través de la lengua, sin que la comunicación sea la prioridad. Hay en ella siempre un ritmo, un latido que es la respiración, la oralidad, algo así como las olas del mar (muy presente también en su poesía, como en toda la poesía portuguesa). Es, nos reitera, la mejor forma de darnos a conocer.

En su escritura, prosa o verso, hay a menudo una especie de evocación del pasado, que no es nostalgia, sino recuperación de la historia, de las vidas de personas singulares, especiales, de pueblos y campos, de las costas atlánticas. Los elementos, la luz, la lluvia, el viento, la intemperie, entran en su universo lírico, lo mismo que las calles, las plazas, los pueblos, sus cafés solitarios. Leer a Júdice es entrar en la lírica portuguesa más genuina, en ese Portugal que amamos y él nos hace apreciar.

Optimista, positivo, nos ha dicho que contrariamente a lo que parece un lugar común, los jóvenes leen poesía, se interesan por esa forma de expresarse.

Sería imposible en tres párrafos dar una idea de su poesía (y de su prosa, entre la que ahora recuerdo O anjo das tempestades, El ángel de las tempestades), pero como resumen reproduzco aquí un poema, entre los cientos que podría escoger:

EJERCICIO DE ASTRONOMÍA

por Nuno Iúdice

Ahora que es de noche, las luces se apagan en la plaza

y los autobuses pasan completamente vacíos

camino de las cocheras. Con la oscuridad, veo

todas las estrellas sobre mí. Adivino el brillo

de las que no veo en los mantos de niebla de remotas

vías lácteas; y oigo la música de las constelaciones

más cercanas. Hay estrellas que dejan en su rastro

el color liso de la piel de mujeres evasivas, y

si las mirase más despacio tal vez descendiesen

hasta mí, con sus manos de fuego perdiendo

fuerza y con sus ojos acostumbrados a la sequedad

del infinito deshaciéndose en un agua nebulosa.

Mas no recuerdo ninguno de sus nombres, y

busco sólo la luz fija de uno de mis pálidos

planetas de la noche, lo que no detiene su lenta

rotación en el fondo de mi cabeza y lleva

a cuestas su cuerpo que amé hasta quedar exhausto. Tiene

la luz de las tardes más frías del otoño, y me hace

ir hasta el centro de la plaza donde se reúnen los que

perdieron el abrigo de la memoria, y gastan los labios

repitiendo el mismo nombre, en un murmullo, como

si alguien los oyese bajo el suelo. También

diré tu nombre, y oigo partirse sus sílabas

en el suelo de piedra, perdiéndose para siempre.


La estéril búsqueda de la baronía de Baudrehage

10 febrero, 2020

Cuando llegó a aquel verde valle por Soumagne, no muy lejos de Herstal (donde se dice que nació Carlomagno), buscando el lugar de Baudrehage, una anciana que estaba sentada en el umbral de su puerta, en su wallon casi incomprensible le desengañó al decirle que ya no existía ni torre, ni castillo, ni casa solariega alguna.

– Baudrehage – le dijo, aspirando la hache- n’est qu’un lieu dit.

Es decir, no era sino un lugar, un topónimo perdido entre aquellos prados y bosques de las Ardenas. La zona había sido arrasada por mil guerras, la última cuando la ofensiva de Von Rundstedt en la Navidad de 1944. Intentaron los alemanes recuperar el puerto de Amberes y desencadenar un segundo Dunkerque, y estuvieron a punto de conseguirlo. De haber parado el avance norteamericano, la guerra en el frente oeste hubiera cambiado de vencedor. Aunque nadie sabía por dónde venían avanzando los soviéticos, que forzaron a retirar un Ejército blindado SS y dieciséis divisiones de la Wehrmacht para llevarlos hacia el Este, lo que dio un respiro a los norteamericanos.

Quizás lo supiera el capitán Baudrihaye, que estaba encerrado en el offlag de Prenzlau, en Brandenburgo; allí, en aquellos viejos cuarteles prusianos convertidos en prisión de oficiales belgas y franceses, los rumores del avance ruso por Polonia eran cada vez más insistentes; se notaba en la cara y actitud de los hoscos y nerviosos guardianes. Los paseos diarios – simplemente dar vueltas al ancho cuadrilátero de hormigón entre los cuatro cuarteles- habían sido suprimidos y los paquetes de las familias y de la Cruz Roja ya llegaban muy de tarde en tarde. Había tenido un cautiverio relativamente tranquilo; uno de los jefes alemanes del campo, un militar de cierta edad destinado ‘en guarnición’, es decir, no combatiente, se decía que escribía versos a escondidas de sus subordinados. Les dejaba representar obras de teatro, normalmente de Molière, en las que el capitán no actuaba sino que era solamente tramoyista. Algún oficial incluso podía tocar un acordeón cuando eran autorizados en fechas especiales.

El pabellón de los mandos alemanes del antiguo offlag de Prenzlau

Cuando fue a Prenzlau, que está a hora y media hacia el noreste de Berlín, nadie le supo dar razón de qué era aquel offlag abandonado. No sabían, no contestaban. Y además, por toda lengua extranjera, hablaban ruso. Sólo una joven, en la entrada de la imponente catedral del característico gótico de ladrillo rojo, el backsteingotik, en vías de reconstrucción (durante todo el régimen de la RDA no reconstruyeron, naturalmente, ni una sola iglesia), sonreía tímidamente y hablaba las suficientes palabras de inglés para cobrar las entradas.

Pero volviendo al valle de Soumagne, le llevaba allí solamente una curiosidad heráldica, como esas amazonas heráldicas con las que sueñan los pequeño burgueses tratando de imaginarse unos antepasados ilustres y singulares. La familia, además de tener como todas ciertos delirios de grandeza, estaba precisada de recibir alguna buena noticia tras haber sido su militar pasado a la reserva por oscuras razones de rencillas en cautiverio, envidias y resentimientos (eso que tanto contribuyó a la famosa Depuración en Bélgica y en Francia). Además habían perdido la riqueza de sus antiguos negocios de antes de la guerra. En todo caso serían títulos algo artificiales pues es sabido que el rey Léopold I, antes de morir en 1865 había otorgado baronías a diestro y siniestro (o más bien arriba y abajo, pues había que repartirlas equitativamente entre flamencos y wallones). Su sucesor, Léopold II, colonialista y urbanista (lean El fantasma del Rey Leopoldo, de Adam Hochschild, El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa), también inventó muchos títulos, todos igual de “antiguos”. Los títulos genuinos de la época de las Cruzadas, los únicos de origen medieval, eran franceses. En Flandes, en cambio, sí había títulos antiguos, entre otras cosas gracias a los doscientos años de ocupación española.

A unos treinta kilómetros de Aquisgrán y otros tantos de Maastricht (la Trajectum Mosam), zonas romanas, este territorio había perdido, entre las guerras, la minería y las autopistas toda su personalidad y las casas eran bastante vulgares, los pueblos sólo tenían una tienda o un pequeño súper, el inevitable kebab donde no servían ni siquiera la insulsa Stella Artois; las mantequerías y lecherías habían desaparecido y el pan había que ir a comprarlo a kilómetros. Eso sí, todos tenían su monumento a los muertos de las dos guerras y en algunos una bandera americana recordaba que la mayoría de los caídos eran más de Iowa y Nebraska que de las Ardenas.

El territorio ha sido desde remotas épocas carolingias, un país sin pueblo sino con pueblos, sometido a dinastías precarias y durante siglos, dependiendo del Arzobispado de Lieja, es decir, de algo sin personalidad. Tierra de compromiso, no patria, a merced de los Orange o de los alemanes, luego de Napoleón y, por fin, en 1830 formando parte del nuevo país inventado, tapón entre Prusia y Francia, Bélgica, con un Flandes que sólo se diferenciaba de Holanda porque era católico y una Wallonia que parecía un Departamento francés. Sorprende que este triángulo carolingio fuera sólo un nudo de autopistas a tres países, como si el exceso de sedimento histórico le hubiera arrebatado y apagado el alma. De ahí esa especie de falta de personalidad, que quizás sea su propia personalidad.

Siempre que volvía a Lieja, ciudad algo fantasmal a partir de las seis de la tarde, intentaba descubrir algo del pasado pero sus calles anodinas de color hollín eran una sucesión de tiendas de marcas banales y kebabs y gente con el rostro cerrado. Sólo una vez compró algo, por pasar el rato, Servitude et grandeur militaires de Alfred de Vigny, con el que pretendía ahondar y escudriñar en la mentalidad del capitán.

El área de paseo del offlag

En la zona carbonífera de Lieja, así como en la de Charleroi, había cada vez más socialistas y pocas familias monárquicas. Una de ellas era la dinastía militar de los Baudrihaye, que ya existía desde la fundación del Estado, en 1830, y que perduraría incluso durante las dos guerras mundiales. Las inquietudes creadas por las marchas de mineros tras la bandera roja harían del futuro capitán un anticomunista testarudo. Ironía de la historia, sería el Ejército Rojo, concretamente, el 70º ejército soviético y el 3º ejército blindado del Grupo de Ejércitos del Vístula, quienes le liberasen a finales de abril de 1945. Tardó cinco meses en poder llegar a Bruselas a través de ciudades alemanas que mostraban sus muñones chamuscados y estaciones desarticuladas en uno de los convoyes organizados para repatriar militares, prisioneros y sobrevivientes de los campos. Pero en aquellos trenes nunca volverían las dos amiguitas de sus hijas, Irène y Sylvie Grumberg, esas que venían a merendar y jugar los domingos por la tarde a la gran casa con jardín en Woluwe-St. Lambert.

Edificio del offlag

El capitán había rechazado siempre evadirse (lo que sus camaradas le reprochaban) pero se había también negado a ser intercambiado por prisioneros alemanes, algo que muchos oficiales flamencos aceptaron de inmediato. Esa disciplina (docilidad, le reprochaban sus camaradas) frente a sus guardianes y sus simpatías derechistas le jugarían una mala pasada cuando la Liberación, que para él supuso Depuración. De todas maneras era para preguntarse qué podía haber sentido –servitude et honneur militaires-, un soldado de profesión que nunca ha invadido país alguno y la única vez que ha hollado suelo enemigo ha sido como prisionero. La campaña de Bélgica en 1940, recuérdese, duró quince días. La debâcle.

El pabellón 2

Tras buscar arduamente las huellas de alguna casa solariega, algún torreón, aunque fuese una granja que justificase esa baronía inventada o soñada, lo único que descubrió fue que un tal Lambert Baudrihaye había firmado una acta del nuevo gouvernement belge, en 1834, que trataba de algo tan trascendente como la navegación de gabarras por el canal de Maastricht. Ni siquiera pudo verificar si era verdad, como decía su amigo Joan Mundet, bibliófilo tenaz, que había visto una lista de la Guardia Valona de Carlos III en la que figuraba un tal Badraye, que algún antepasado hubiera servido en España.

Quizá todo provenga de la confusión lingüística, tan propia de esas tierras entre holandeses, alemanes, flamencos, wallones y franceses. Baud significaría en viejo alemán fuerza, la terminación haye, es un seto, pero también una barrera. Obsérvese Den Haag, La Haya, en francés La Haye. ¿Pero hage? Qué es real, qué significa un apellido? Al cambiar el nombre, cambian el concepto, el lugar y el origen y todo desaparece.

Salvo que encuentren algún documento, el sueño de la supuesta baronía, esa especie de obsesión decimonónica por los árboles genealógicos, se ha esfumado. Mejor será, porque la nobleza y la firmeza de espíritu, como la del capitán a lo largo de su vida, es mucho más valiosa y superior a un título entregado por un rey.


Paisaje minero andaluz

4 febrero, 2020

Otro pequeño homenaje a Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba)

Acrílico sobre tela, 60 x 73 cms, obra de Jaime-Axel Ruiz


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

"Dejarlo dicho y nada más"

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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