Madrid 1936, la España que pudo ser

16 junio, 2019

Cuando pensamos en 1936, todo el mundo imagina uniformes, milicias, disparos, desorden, en pueblos destruidos, todo antiguo, cutre y algo siniestro (o quizá heroico, para algunos). Es algo que nos han contado, como se habla de una mala cosecha, de un año de sequía, y no de las cosechas normales, anuales. El mito de la España negra, que viene del 98, ese gusto lúgubre por rasgarnos las vestiduras.

Pero había entonces una España que no encaja con esa imagen sórdida, negativa, vieja, de iglesias quemadas, de paseos, ejecuciones y checas. Parece como si solo el relato del Madrid de Corte a Checa, ese libro tan interesante de Agustín de Foxá, y la ‘memoria histórica’ que saca de las cunetas ejecutados vilmente, siguiera ocupando el escenario de la imaginación.

Pero el otro día encontré en la Feira da Ladra, en Lisboa, un par de revistas de arquitectura, Nuevas Formas, del año 36, que me trajeron otra idea de esos años.

Sus fotografías, artículos, anuncios, me hablan de un Madrid en la que se construía con gusto, en la que había cierta prosperidad burguesa, de una España que iba por buen camino, a pesar de todo, pero que fue destruida en una guerra y que después, mandó al exilio a sus más egregios profesionales, artistas, escritores, poetas, arquitectos, músicos. El resultado, ya lo sabemos, fue un tremendo vacío cultural y educativo, una pérdida del buen gusto que aún hoy arrastramos. El “envilecimiento estético” del que hablaba don Julio Caro Baroja.

Algunos se quedaron, por convicción o porque no tenían dónde ir. Y se esforzaron en mantener vivas las brasas de la inteligencia. Demasiado tarde y demasiado pocos.

La diferencia con la guerra mundial -a la que la española pertenece en el siglo XX, como ha señalado Eric Hobsbawm-, es que la liberación creó un optimismo, fomentó una creatividad, que en España no sucedió. Sucedió en Italia, en Francia, en los Estados Unidos, a pesar de la guerra fría. En España, solamente “apagada y vil tristeza” (Camões, Os Lusíadas).

Calle Serrano, 106

En fin, hojear la revista Nuevas Formas ha sido como descubrir aquella España, aquel Madrid que pudo ser y no fue.


Ílhavo y Aveiro, esa luz atlántica

9 junio, 2019

(Fue publicada otra versión en El Laberinto español, suplemento de http://www.cronicapopular.es)

Portugal es un país de luz, pero algunos lugares parece que han sido hechos de y por la luz, como la ría de Aveiro e Ílhavo. La luz cambia con las nubes, el curso del sol, las tempestades. Cada día es diferente, como es cada estación del año. Al despedirse el sol, nos deja la inmensa noche atlántica sobre el mar oscuro. A lo lejos, la ráfaga del faro más alto del país. En los días de niebla parece querernos recordar las playas belgas de Knocke le Zoute, tras las dunas y con el océano gris. No es casual que toda la poesía portuguesa haya cantado el mar, desde Camões hasta Ruy Belo o Sophia de Melo Breyner, pasando por Álvaro de Campos (Pessoa) y Nuno Júdice. La “mar océana” ha sido la gran protagonista de la historia del país, y en Aveiro e Ílhavo el viajero sensible lo siente.

A unos cincuenta kilómetros al sur de Oporto, en una costa cuya luz que Raul Brandão llamaba “dorada y viva, hecha de agua azul y traspasada de sol”, se encuentra la ciudad de Aveiro y su Ría de características muy especiales en cuanto a la geología, el mar y el clima. El paisaje es singular, con una barra de arena que corre paralela a la costa, llamada Costa Nova.

Aveiro

En la Barra o Costa Nova, las casas pintadas con bandas verticales de color, los palheiros, se fueron construyendo a partir de 1808, cuando los más importantes pescadores allí se trasladaron desde Aveiro. Hacia 1822 empieza el uso balneario, compatible entonces con las faenas pesqueras. Los palheiros son modestos edificios de dos plantas que antes fueron casetas de pescadores en las que guardaban el pescado para secar y salar. Tienen dos pisos como máximo, una balaustrada, un porche y unas mansardas (en Portugal llamadas con el sugestivo nombre de aguas furtadas). Son de tablas de madera, de bandas pintadas de blanco y rojo, o blanco y azul, aunque las antiguas eran de un solo color. Hace muchos años, la arquitectura y el gusto eran peculiares, las casas se construían a gusto del dueño, no del arquitecto y éste, profesional raro, más escaso que hoy, era ilustrado, veía revistas extranjeras, viajaba. Entonces, los arquitectos constituían una cierta élite. Las buenas influencias estéticas llegaban hasta el extremo occidental de Europa.

Aveiro y su vecina Ílhavo son los dos centros ancestrales de la pesca del bacalao por los mares de Groenlandia y Terra Nova. Era la llamada ‘faena mayor’. Junto a ella, la pesca de altura más cercana, y la de bajura, con las famosas xávegas, nombre de los barcos y de esas redes de arrastre que se lanzan al mar y se recogen gracias a las yuntas de bueyes que tiran del copo en la playa, escena tantas veces reproducida en las guías turísticas. En Ílhavo, además de apreciar sus casas modernistas, una visita a su Museu Marítimo será la parada necesaria para entender mejor la industria e historia de la zona, la historia de Portugal.

Palheiros, Costa Nova, Ílhavo

La Gafanha de Nazaré está formada por aldeas de pescadores en torno a la Ría en lo que fueran zonas pantanosas y arenosas, hoy plantadas de inmensos pinares, pero donde también proliferan acacias y cambrones. El observador de aves saldrá también satisfecho.

La segunda industria floreciente fueron las salinas, de las cuales hay ya registro en el siglo X, aunque hoy quedan muy pocas, habiendo sido muchas de sus balsas convertidas en piscifactorías. La sal, monopolio real, fue un producto estratégico sobre todo para un imperio marítimo como el portugués.

Una tercera industria es la cerámica fina. La fábrica de cerámica de Vista Alegre, fundada en 1824, continúa activa y con buena salud aunque la propiedad haya cambiado. Las primeras instalaciones respondían a ese capitalismo algo filantrópico que era capaz de hacer compatible el trabajo infantil -véanse las fotografía de la exposición permanente- con la protección social, con la construcción de viviendas para los obreros en una especie de ciudad-jardín idealizada, con su iglesia y sus escuelas. Hoy también hay un bello hotel, el Montebelo, anexo a la fábrica, moderno, sin impacto paisajístico y muy bien acondicionado.

Aquí la industria prosperó gracias a las inversiones del Estado, a los pinares que suministraban combustible para la cerámica y el cristal. Es una manifestación práctica de lo que Mariana Mazzucato ha señalado en El Estado emprendedor de que es gracias al Estado, a las inversiones estatales, como las empresas privadas han podido prosperar. Así, las infraestructuras, la protección del paisaje y las plantaciones los extensos pinares-, los espigones para impedir que desaparezcan las playas, amenazadas por la construcción de edificios y bloques. Esto ha sucedido en las Landas francesas y también en toda esta costa portuguesa.

Tras la Primera Guerra Mundial, Portugal se enriqueció, Inglaterra era su mejor aliado y sus colonias eran rentables. Flotaba un cierto optimismo que la nueva República (fundada en 1910), bastante inestable, no llegó a desmoronar. De ahí tanta construcción modernista y luego Déco. De hecho, el llamado Estado Novo, la dictadura de Salazar, siguió impulsando una cierta modernidad –a veces teñida de imperialismo y nostalgia- y no travó ni el Art Nouveau ni el Art Déco.

De estos dos movimientos quedan muchas trazas en Aveiro y en la cercana Ílhavo. Todo es de una volumetría sensata, con equilibrio, sin destrozos demasiado visibles pues los portugueses han tenido el gusto de conservar el decoro.

No muy lejos está la Pousada –Parador- que data de 1960 y es un edificio moderno pero de buen gusto, leve, bien construido, junto a la Reserva Natural das Dunas de São Jacinto. En el lado sur de la bocana, el Farol da Barra, el faro más alto de Portugal, que se puede ver desde muy lejos.

Todas estas tierras son de una belleza sin pretensiones, callada, recogida, con la luz del océano como gran protectora. El escritor Eça de Queiroz, que había nacido no muy lejos de allí, en Póvoa de Varzim, consideraba que la “Costa Nova era uno de los lugares más deliciosos del planeta”. Sin embargo, su amigo y compañero de pluma, Ramalho Ortigão, no habla de ella en su libro-guía Las playas de Portugal. Todavía no tenía la consideración de zona balnearia.

En Aveiro, veremos los moliceiros, especie de grandes góndolas decoradas y pintadas con ingenio y gracia que recorren el canal y la ría. Se llaman así porque antiguamente transportaban el moliço, una mezcla de limo, algas y sargazos que se utilizaba como abono. Hoy son una atracción turística. Aquí hay que probar los dulces a base de yema de huevo (entre ellos esa rosca imponente, la lampreia de ovos), el barquillo –llamado bolacha americana-, y experimentar los restaurantes (yo me quedo con el más auténtico, lleno de portugueses que vienen en familia, O Mercantel, en un primer piso de una sosegada calle, la rua António Lé). Habrá que probar el bacalao, pero sin olvidar el rodaballo o los mariscos. Y quien guste, las anguilas.

Los moliceiros

Al ayuntamiento de Aveiro se le antojó hace unos pocos años autorizar el mamotreto del Fórum, un centro comercial con aparcamiento subterráneo. Ocurrencias que tienen los alcaldes en busca de inmortalidad. Pero pasemos por alto ese exabrupto arquitectónico y fijémonos en todo lo que hay de bello y apacible, que representa mucho mejor la esencia del alma portuguesa.
Para los aficionados a los automóviles antiguos, hay que recordar que en Aveiro se celebra cada primavera la feria más importante de toda la península ibérica, la Feira de Autos Clássicos.

Sobre los riesgos de saturación, hace quince años la experta medioambiental portuguesa Luisa Schmidt ya alertó y prestó su pluma para alertar de los riesgos de sobreedificación en la Barra de la Ría de Aveiro que, como toda esa zona, corre el riesgo de una grave erosión costera. El Ayuntamiento de Aveiro, en un afán de modernidad mal entendida, decidió autorizar la ocupación inmobiliaria de la Costa Nova y de muchos espacios junto a la Ría que beneficiaban solamente a las empresas constructoras y no añadían nada, sino que restan, al paisaje.

El viajero desearía que se estén quietos y paren con los afanes de atraer más turismo de masas, que puede acabar con el encanto sosegado de esas playas, gafanhas y barras. El viajero busca sosiego, serenidad, que para movimiento ya tiene las mareas, los vientos, la luz siempre cambiante, del alba al crepúsculo .


En la Feria del Libro de Madrid, caseta 354.

3 junio, 2019

Solamente en la caseta nº 354, de Sin Tarima Libros, se puede encontrar el libro, que describe las andanzas de un joven madrileño que procedía del Colegio de Nuestra Señora del Pilar, en la calle Castelló, en el tan conservador y ordenado barrio de Salamanca, estudiante de Derecho en la Complutense, donde la vida era entre amena, por todos los descubrimientos que íbamos haciendo, y agitada, de lucha contra una dictadura agonizante.

Habla también el autor de sus inicios profesionales como abogado laboralista. Y terminan los episodios no nacionales, significativamente, con las elecciones de junio de 1977, que fueron el primer paso a la constitución de la democracia y las libertades en España. Todo ello sin acritud y sin que sea la crónica de un desencanto.


Banales dicterios contra los políticos

17 mayo, 2019

Parece un nuevo deporte: denigrar a los políticos. En España no es nuevo, ya lo decía don Antonio Machado, “bosteza de política banales dicterios al gobierno reaccionario…”: charlas de café, de barra de bar, inútiles para resolver nada, para aportar soluciones, pero excelentes para debilitar la democracia. Se apoyan en el desafecto claro hacia políticos que se han aprovechado el poder para beneficiar sus personas y amiguetes o que han sido notoriamente ineficientes, meros floreros del consejo de ministros. Y así hacen la amalgama.

Esto viene de antiguo. Ortega y Gasset, en Ideas sobre Pío Baroja, ya en 1916 decía que “los credos políticos son aceptados por el hombre medio, no en virtud de un análisis y examen directo de su contenido, sino merced a que se convierten en frases hechas.”

Una pintada en Lisboa que denota ese facilón y simplista desprecio a todos los políticos

Y el mismo Pío Baroja, tan hispano, se hacía eco de este sentimiento en sus Paseos de un solitario, “A mí me parece muy lógico que no guste la política –replica el médico Fournier- porque hay en ella demasiado lugar común (…) ya no hay los que leen con avidez los discursos parlamentarios y nadie cree que va a salir de ellos una solución o un cambio. Hoy la mayoría están desencantados de todo”.

“Los políticos son incompetentes”, “no están a la altura”, “están sobrepasados por los acontecimientos”, etc, muletillas y latiguillos en las redes sociales de muchos españoles. El fruto del denuesto generalizado son el menosprecio de la política, que fomenta los populismos de ambos extremos, el aventurerismo y, mucho más grave, la deslegitimación del parlamentarismo y la democracia.

El discurso sobre la decadencia e inepcia de los políticos está en nuestro código genético y ahora lo explotan Vox, la CUP, Rufián y Otegi, algunos de los cuales, si no hubiera democracia y Estado de Derecho y lo que llaman despectivamente “el régimen del 78”, estarían probablemente tras los barrotes.

Y en el resto de Europa, este mismo tipo de mensajes está haciendo el juego a los Trump y sus comparsas, a Bannon con su monasterio de Anagni, al evangélico Pompeo, a Le Pen, Orban, Salvini, Vox, Farage, y a un largo etcétera.

En este sentido, el Brexit, el secesionismo catalán y los ‘gilets jaunes’ forman parte del mismo síntoma, esa huída hacia atrás, hacia el soberanismo, el miedo al futuro. Criticar a las personas, personalizar en el insulto y la denigración es un nublado que oculta el problema de fondo, es decir, las disfunciones del sistema político y los abusos del capitalismo salvaje. Pero la solución no es tirar por la borda la democracia.

Ya se ha dicho que la extrema derecha hace a veces algunas preguntas interesantes, pero que las respuestas son siempre erradas. La desigualdad y las peores consecuencias de la crisis financiera de 2008, la inmigración no integrada (ni por activa ni por pasiva), el miedo a la delincuencia y al desorden, todo eso moviliza mucho y la izquierda no debe ignorarlo, como suele hacer con demasiada frecuencia (muchos de izquierda vivimos en zonas sin riesgo, en barrios burgueses, nos creemos por encima del bien y del mal, no tocamos la realidad).

Bajo una apariencia de insurgentes, de libertarios –los apolíticos o antipolíticos de toda la vida- se esconde la más siniestra reacción contra las libertades garantizadas por los Estados de Derecho y por la Unión Europea.

Ante las próximas elecciones europeas este machacar a los políticos se extiende por toda Europa. Lo que puede llevar a que Le Pen sobrepase a Macron, a que  Orban, antieuropeo y antidemócrata, como Salvini, refuercen su posición. A que Farage, un gritón de pub, gane más apoyos. Todo eso no irá contra los políticos ‘tradicionales’, a quienes quizás les darán una patada, sino contra las libertades, que serán mutiladas.

Que Jean-Claude Juncker haya sido probablemente el peor presidente de la Comisión no hace buenos a los antieuropeos. Ni la inutilidad de David Cameron o de Theresa May hacen bueno a Nigel Farage. Recomiendo para ver con otra perspectiva más racional cuáles son los retos de las próximas elecciones la lectura del Informe 2019 de la Fundación Alternativas, El estado de la Unión Europea, El parlamento europeo antes unas elecciones transcendentales https://www.fundacionalternativas.org/

Si ganan los populistas, Trump se regocijará pues cree que todo lo que perjudique y debilite a la Unión Europea le beneficia, lo que es, una vez más, un inmenso error. Sin una Unión Europea estable, coherente –no en manos de un personaje como Juncker, en eso estamos de acuerdo, porque ha sido un gravamen y no un valor- el mundo puede ser mucho más inflamable, como se ve ahora en el Golfo pérsico o con las veleidades militaristas norteamericanas para resolver el grave problema de Venezuela.

Necesitamos una Europa en la que los principios de la democracia y del internacionalismo tengan una clara supremacía. Si no, con tanto denigrar a los políticos, llevaremos el agua al molino de los Orban y Trump. Y las consecuencias no serán simplemente estéticas, sino de riesgo bélico.


La conmovedora poesía de Joan Margarit

8 mayo, 2019

He descubierto a Margarit algo tarde, hace sólo tres años, en una librería de Barcelona (a Barcelona hay que ir también por sus librerías, de lance y de nuevo).

Desde que existe el lenguaje la poesía es un intento repetido de comprender la vida, esto es, la muerte. El paso del tiempo es el camino de la vida donde el poeta encuentra en lo que le rodea, la naturaleza, la ciudad, los seres humanos, la metáfora de su vida.

Joan Margarit hace exactamente eso, va destapando el velo de Maia, la escoria y la ganga que oculta la verdadera y profunda veta del ser humano: descarta el brillo fútil y efímero, las convenciones y lugares comunes, la mentira y la farsa.

Su obra no es intelectual sino que hace referencia a hechos, desde los históricos a los personales, desde sus sensaciones ante el paisaje, a la música o los textos de otros escritores y poetas, como Josep Pla,

…mentre camino per la seva prosa,

que serà un dia per a mi

l’única geografia,

o Cernuda, Lorca, Machado, Espriú, el menos conocido por los castellanos Miquel Martí i Pol y, naturalmente, Léo Ferré.

No deja de ser significativo que sea un técnico, un arquitecto, quien se empeña en desmontar los andamios que cubren la casa, las fachadas (façana es una palabra que aparece varias veces en sus poemas); nos descubre bajo la razón, más allá de la lógica, lo trágico, la pasión, el envejecimiento, el dolor interminable por la muerte de su hija Joana.

Es una poesía que se reduce a pocos temas, a pocos colores pero con múltiples tonos. Margarit reitera, vuelve sobre lo mismo, elimina la sobreabundancia cultural, literaria y artística. Como esos mosaicos que, hechos de miles de pequeñas piezas, nos ofrecen un único, solo dibujo, una sola escena.

¿Por qué reitera? Porque es consciente tal vez –en mi lega opinión- de la insuficiencia e incapacidad del lenguaje para expresar bien los sentimientos primigenios: amor, dolor, miedo, la vejez, la muerte. Tiene que decirlo, volver a decirlo de otra manera, para lograr representárselos y con-movernos.

El desencanto dulce de sus poemas nos envuelve –quizás haya que haber llegado a una cierta edad para compartirlo-, como si fuese el relato de muchos episodios de nuestras propias vidas.

Desde su infancia en la postguerra sórdida, gris, represora, de la derrota, después con la luz de Tenerife (“que mai no havien profanat els turistes”), Barcelona, París (“quadres de una exposició”), el inacabable, perdurable dolor por la pérdida de Joana, Joan Margarit nos ha ido abriendo su alma, sus sentimientos.

Y como acontece con la buena poesía, nos identificamos con ella, con esa sensación de ‘eso es lo que yo quería decir y no sabía cómo’.

Perquè la poesía, que a vegades comença

sent un paisatge on arribem de nit,

acaba sent sempre un mirall

on un està llegint els propis llavis.

[porque la poesía, que a veces comienza siendo un paisaje al que llegamos de noche, termina siendo un espejo donde uno lee sus propios labios]

En todas sus colecciones aparecen determinados hitos, la música, Bach, el jazz de Chet Baker,

… pots recordar

dels seus últims concerts un son maligne

de trompets, bellísim i apagat…

o Charlie Parker, Coltrane, Grecia, Italia, los árboles, la luz y la oscuridad (fosc, adjetivo que vuelve tantas veces), las calles y carreteras, todo le sirve al poeta para evocar el constante sentir de su vida, su íntima autenticidad. Ha convivido con la muerte, la ha rozado y quizás, como se deduce de algún poema, le ha tentado. Pero al final, su poesía es protectora, como un remedio –aunque insuficiente- contra el dolor.

és ella qui em salva d’aquest monstre

que és a l’aguait en algun lloc dins meu

[es la que me libra de ese monstruo que me acecha]

Como a todo buen cuadro, o buena música, se puede volver a ella, porque siempre encontraremos algo diferente, incluso nuestro mudable estado de ánimo.

Joan Margarit acaba de conseguir un premio más, aunque ya no los necesita. Pero esto nos recuerda que en estos tiempos de ciertas desavenencias obtusas, leer a Joan Margarit, así como a Josep Pla, a Carner, al sensible Màrius Torres, a Espriú, a Martí i Pol, a tantos escritores catalanes en ambas lenguas, debería ser una necesidad cívica en toda España. Abriríamos puertas, en lugar de cerrarlas.

[Tots els poemes (1975-2012), Labutxaca, Edicions 62, Proa, 2015.]


El ex-ciudadano

5 mayo, 2019

El ex-ciudadano ya no puede hablar con las empresas sino con los callcenters. Las empresas han desplazado sus gastos hacia el cliente y el tiempo no vale lo mismo para ellas que para él, que se supone puede perderlo. Es la nueva teoría de la relatividad del tiempo.

Cuando intentamos hablar con una aseguradora (Allianz, por ejemplo), una compañía aérea, con Renfe o con la operadora telefónica, pasamos de un disco a otro. Ponen muzak, ese sucedáneo de mozart (sin mayúscula, ¡pobre Wolfgang Amadeus!), tecleamos todos los números y opciones posibles que nos indica el robot, nuestro DNI, el nuestro número de contrato, el número de factura, para al final llegar al invariable “todos nuestros operadores están ocupados”.

Hace unos días James Max, comentarista y experto inmobiliario denunciaba en un artículo en el Financial Times, lo que denomina chatbots (como chat y robot), escudos protectores de las empresas para no ser molestadas y hacer perder el tiempo y la paciencia a los clientes.

En las páginas web el número de teléfono suele estar escondido, escamoteado o ausente. Si queremos hacer una reclamación suele desplegarse un menú tipo en el que las preguntas ya están preconfiguradas (ej: Amazon, WordPress). Nada de contacto humano, para evitar contagios.

Como siempre: proteste usted al maestro armero, eso tan castizo.

Si queremos tomar un vuelo, el procedimiento de embarque, el check-in (¿vendrá  de cheka?, porque suele ser una tortura), lo tiene que hacer el cliente. Si se equivoca en la maleta o bulto, tendrá que pagar aún más en el aeropuerto, por tonto (ej: Air Europa). O perder el avión.

Las Administraciones públicas han imitado el sistema y es difícil hablar con un ser humano. Ni con Pin ni sin Pin, el sistema de las Diputaciones (ej: Jaén) es puramente electrónico y no responde, y el Registro Civil Central ha tardado seis meses en mandarme el certificado de nacimiento literal que una gestoría me ha conseguido en 48 horas. Y en Hacienda, al final hay que hablar con alguien pidiendo cita, o se pierde uno en su abstrusa página web, hecha para sabios. Lo único que he comprobado rápido ha sido el sistema del DNI y del pasaporte.

Me pregunto qué hacen los millones de personas que no manejan internet. ¿Desaparecen de las pantallas, dejan de existir?

Nos llevan décadas anunciando reformas y la digitalización de la Administración, pero todo sigue casi igual. Las tecnologías de la información y la inteligencia artificial permiten ahorrar personal y presentar magníficas cuentas de resultados y presumir de perfección. Pero no facilitan la vida a los ex-ciudadanos.

Las macroempresas, las aseguradoras, las Amazon, Facebook, WordPress, Google, telefónicas, y miles más son mucho peores que las Administraciones públicas. Les da igual el cliente individual. La llamada “atención al cliente” es la mayor superchería de nuestros tiempos.

Apunto algunas causas, que no razones:

  • Los directivos privados y públicos viven desconectados de la realidad, en urbanizaciones, no cogen el metro, no hacen colas, no van a Urgencias. Ni siquiera van al cine o al teatro ni se sacan sus billetes de avión.
  • Existe un notorio menosprecio de la persona (cliente o ex-ciudadano) que es vista como una uva a exprimir en su lagar, o como un puro incordio, o como un votante cuatrienal.
  • No hay retorno de la insatisfacción del ex-ciudadano. Los directivos son sordos y mudos, no hay feed back (eso no lo deben dar en tantísimos másters de empresariales). Siempre tienen razón, todo va bien.

El pintoresquismo, enfermedad senil de la arquitectura

1 mayo, 2019

Cuando recorremos algunos pueblos y campos españoles, nos llama la atención lo poco agraciadas que son las construcciones, la arquitectura al uso. En definitiva, lo fea y poco adaptada al campo y al paisaje.

Hay varias posibles causas de este envilecimiento estético (frase que utilizaba Julio Caro Baroja):

  1. Una, es que las construcciones en el campo ya no responden a su finalidad primigenia, es decir, el apoyo al cultivo. El cultivo de la tierra, al industrializarse y convertirse en agrobusiness, no precisa de casas, quinterías, cortijos, patios, cuadras, establos, aljibes. Se alzan naves lo más baratas posibles para guardar la maquinaria y se construyen establos inmensos o gallineros tipo campo de concentración. La belleza de lo pequeño, de lo accesible, es innecesaria, irrelevante, fútil. Y no han dado con el diseño estético de lo grande. Al campo se va en un todo-terreno, ya no se anda (vean el porcentaje de obesos entre la gente del campo). El agricultor ya no cultiva sus tierras, las explota. Ya pocos plantan su huerto en una ladera, como quería Fray Luis de León. Y recordemos que cultura y cultivo tienen la misma raíz latina. Solamente el antiguo huertano, el viejo que tiene su hortal, puede tener aún necesidad de una pequeña casa, del pozo, de un tejadillo donde guardar el carro y la leña. Por eso las casas de antes, en su humildad sin pretensiones, son más bellas.
  2. Segundo, que al desaparecer la vivienda del hortelano, del agricultor que allí vivía todo el año, las viviendas en el campo se han convertido en segundas residencias. Tienen la misma función que la de un ‘chalet’ de una urbanización. Construidas “haciendo típico”, están llenas de adornos que quieren imitar las antiguas funciones de los cortijos, quinterías, alquerías y heredades. Todo parece pues, falso, decorado. E inevitablemente surge el folklorismo, el pintoresquismo para “hacer campestre”.
  3. Tercero, los arquitectos suelen irse a las grandes ciudades, donde hay más posibilidad de prosperar, y en los pueblos las obras quedan en manos de constructores y de propietarios que quieren aprovechar al máximo sus metros cuadrados. Los arquitectos han sido relegados a la mera función de asegurar una cierta garantía en la edificación, a los materiales, y conseguir así la licencia de construcción municipal. El arquitecto ha de ser un firmante obediente y cuanta menos imaginación, mejor, parecen pregonar los alcaldes.
Los cortijos tradicionales quedan abandonados

Pero no debería ser así. Es sabido que la arquitectura debe adaptarse al paisaje, encajar, armonizar, pero eso no significa que todas las casas andaluzas tengan que tener arcos y columnas, ladrillos y macetas, estilo marbellí o pseudo-mudéjar.

Este fenómeno asuela todo el territorio nacional y llama más la atención porque el paisaje español suele ser bello, agreste, desde lo árido y pardo a lo montañoso y verde, desde los páramos a las dehesas. El contraste entre la belleza del paisaje y la fealdad de miles de pueblos, aldeas y construcciones en el campo es entristecedor.

Esto es particularmente visible en uno de los parajes más bellos del país, el Parque Natural de las sierras de Segura, Cazorla y Las Villas. En él está literalmente prohibida la arquitectura moderna. Digamos que si pudieran hubieran prohibido la Bauhaus en los años veinte del pasado siglo. Hoy prohíben, no dan licencia ni visto bueno cuando algún atrevido propietario tiene la intención de romper los esquemas falsamente andalusíes, aunque su proyecto encaje mejor en el paisaje que lo que se suele construir. Se fomenta el pintoresquismo de arcos y ladrillos y el resultado es una fealdad que se enseñorea de muchos de sus pueblos.

Muchos ayuntamientos practican el libertinaje constructor, importándoles solamente que se paguen las correspondientes licencias de obras. A menudo son de un mal gusto notorio, insolente, como sucede en muchos pueblos (donde además pareciera que la mitad de las casas están a medio hacer o a medio derrumbarse, con ladrillo visto, bloques, uralitas y demás chapuzas).

Afortunadamente, en otros lugares no es así y hay ejemplos de cómo hacer compatible modernidad y buen gusto con el paisaje. Éstos se dan sobre todo en Cataluña y Baleares, donde las líneas limpias, claras, no hieren, al revés, con los pinares, encinares, alcornocales, y con las vistas al mar.

En ruinas…
Los antiguos cortijos de piedra esperando el fin…

El pintoresquismo, en definitiva, es un fenómeno senil, es el fin de la creatividad, es la senectud, no la antigüedad. Es la decadencia del gusto, el recurso a lo ya trillado so pretexto de mantener el espíritu regional sin mantenerlo, pues es una falsedad. El “espíritu regional”, si es que existe, se mantiene conservando no solamente los monumentos sino todas esas alquerías, quinterías y cortijos que yacen en ruinas por culpa de herencias reñidas, registros de la propiedad demasiado burocráticos y tractos de dominio perdidos, con lo cual no son de nadie.


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

n'entendant même les bruits extérieurs, les cormorans qui vont comme de noirs crieurs... (V. Hugo) ָׁ שְּפ"-מז ֶר- רשְּ ַד-ודֹס"

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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