Misión en Angola. Epílogo en Molenbeek. Episodio 28 y último

10 abril, 2016

En el barrio bruselés de Molenbeek, en la triste rue des Étangs Noirs, más oscura que su nombre, poblada ya sólo de magrebíes, todavía se puede ver la enseña oxidada y casi sin pintura ‘Herrinkx, Atelier de Bicyclettes’. Habían pasado más de veinte años, y en uno de mis viajes al centro de Europa, cuando ya Portugal era parte del Mercado Común, me acerqué por el lugar a fin de indagar dónde había parado la familia de aquel entusiasta empleado, muerto de celo profesional a manos de oscuras complicidades triangulares entre los pides, los FNLA y Couto.

Se entraba por un gran portón que daba a un estrecho y húmedo pasadizo adoquinado. En el patio, bajo un cobertizo de uralita, todavía estaban los ganchos para colgar las bicicletas y unos cuantos cuadros oxidados que ni siquiera servían para chatarra. Al fondo, bajo un escuálido árbol de patio interior, estaba la puerta de vidrio del antiguo taller. Algunos de los ventanucos estaban tapados con contraplacado clavado en el marco. Una vieja con los pelos decoloridos y revueltos entreabrió, un abrigo sobre el arrugado camisón de color amarillento, medrosa y desconfiada.

-¿La señora Herrinkx, por favor?

– …¿sí?

-Soy un antiguo conocido de Albert Herrinkx, de Angola.

-¿Qué desea? Mi hermano murió hace muchos años.

No podía reconocer en sus rasgos frágiles, gastados, la rubicundez y fortaleza del viejo camarada… Tras explicarle brevemente quién era yo, le pregunté,

-¿Puedo hablar con usted?

Se apartó, dejándome pasar. Un gato gordo y peludo se enroscó entre sus medias de lana gris. En lo que había sido un antiguo taller había ahora una cocina, un fregadero, una mesa, sillas, una televisión sobre un baúl y un viejo sofá cubierto con una manta de viaje. Junto a un reloj de cuco parado había una fotografía enmarcada de la reina Astrid y una estantería con unos cuantos libracos. Olía a mantequilla refrita y a gato. La hermana de Herrinkx bajó el volumen de la televisión dejando sólo las imágenes y dejándose caer en el sofá, me invitó a hacerlo en una butaca también algo descuajeringada.

-Albert era un idealista. Se fue al Congo con diecisiete años. Al principio trabajó en una granja experimental cerca de Stan[1]. Pero se cansó pronto y se bajó a Katanga. El sabía hacer de todo, había trabajado con nuestro padre desde pequeño.

No dijo nada de la guerra, de los alemanes.

Las mentiras piadosas de la anciana, creando una pequeña leyenda heroica de su hermano no estorbaban mis pensaminetos y mis sospechas.

-¿Había trabajado en las bicicletas?

-En las bicicletas, con las motocicletas, hasta arreglando armas, motores de camión. Aquí en el barrio no había más que un taller de confianza, Herrinkx, o el taller de Antoine, que era el nombre de mi padre. Así que en Katanga se puso enseguida a trabajar con las minas, siempre había que arreglar un elevador, una polea, un motor. Todo le fue bien hasta que conoció a la fámula aquella.

-¿Katia?

-Le gustaban las mujeres como a todos los chicos, pero aquella… allí empezaron todos los problemas.

-Y le dejó tirado…

-No, qué va. Al contrario, no lo soltaba ni a sol ni a sombra. Aquella Catherine, que decía que era una duquesa rusa, le sorbió el seso, le saco los cuartos, lo arruinó. El tenía tan buena reputación, empezó a faltar al trabajo, a pedir dinero prestado. Ella fue quien le convenció de que se fuera a Windhoek, con los alemanes, tras la independencia del Congo belga. El se podía haber vuelto a Bélgica, donde tenía su trabajo, su familia, le hubieran indemnizado, como a todos los repatriados. Pues no, se tuvieron que ir al sur y luego todo salió mal. La dejó, se escapó. Por eso lo conoció usted en Angola, allí estaba, huyendo de la maldita furcia.

-¿Por qué a Namibia?

-Ah, pues porque era alemana, ni más ni menos. Si mi padre hubiera levantado la cabeza, él que pasó un año preso en el fuerte Breendonk, en manos de los rexistas y de la Gestapo.

La hermana se había inventado una nueva vida para la memoria de su padre y de su hermano. De luchador en la legión Wallonie había pasado a represaliado de los alemanes, mezclando adrede las dos vidas.

-¿Ha visto alguna foto de ella?, pregunté con una especial intuición de que en aquellos años no había tantas alemanas libres, disponibles y come-hombres en aquellos parajes.

-Creo que tengo alguna, aunque quemé casi todo, pero dejé una entre sus cartas.

-¿Las conserva? ¿Tiene las cartas?

-Debajo de la televisión, en ese baúl. Yo creo que no lo he abierto desde que recibí el certificado de defunción del pobre Albert.

-Mire, creo que he conocido a esa tal Catherine; si pudiéramos confirmarlo, sería importante.

-¿Para qué? Hace tanto tiempo de eso. Yo ya no quiero remover más…

-Es importante. Su hermano murió en circunstancias muy raras, no esclarecidas.

-Y ahora ¿qué más da?

– Sí da. Allí todo el mundo pensó que había sido asesinado por la guerrilla. Pero todo era muy confuso. Esa mujer quizás estuviera por medio y si ella hubiera estado por medio, hubiera sido con ayuda de la PIDE. Y si demostramos eso, tendrían que indemnizarla a usted. El Estado portugués ha pagado indemnizaciones, pequeñas, es verdad, a veces simbólicas, como reparaciones por los crímenes cometidos por su policía, sobre todo cuando se ha podido comprobar que se extralimitaron, que eran meros delitos de derecho común.

Los ojos de la anciana brillaron un instante. Yo podía ver toda la miseria en torno, el frío apenas atenuado por una peligrosa estufa, la botella de leche que compartía con el gato, una lata de galletas abierta en el fregadero. Tendría como setenta y cinco años. Casi me dio vergüenza la añagaza porque no estaba nada seguro de que mi país indemnizara a una vieja belga más de treinta años después. Pero yo también tenía mis cuentas que ajustar con el pasado, con aquella rusa que pasaba sus días tranquilos entre la gente guapa de Marbella, entre sesiones de talasoterapia y partidas, precisamente, de bridge.

 La anciana se incorporó con dificultad.

-¿Me podría ayudar a retirar la televisión?

El baúl contenía ropa gastada, de hombre, un viejo salacot con el corcho de las alas carcomido, unas correas, corbatas arrugadas de colores indefinidos, monturas de gafas, cartillas bancarias, unos periódicos amarillos, casi marrones, en unas carpeta de una empresa katangueña. Y una carterilla de gutapercha que reventaba de cartas y sobres. La señora Herrinkx me las tendió, mientras escudriñaba entre la ropa mohosa, con un súbito ataque de nostalgia. Sólo había una foto. Reconocería esa mirada aunque todo el resto de la fotografía estuviera velado. Lilo sonreía con la boca mientras sus ojos miraban calculadores al objetivo. Era la expresión algo lasciva y triunfante tras sus ejercicios sexuales, aquella gimnasia para la que siempre había tenido algún incauto europeo, fuera Albert Herrinkx, el despechado checo, y todos los que por allí hubieran pasado, incluido yo mismo.

En el tranvía, de vuelta al hotel Bedford, me iba quitando todavía pelos de gato del gabán y los pantalones. Pero a la mañana siguiente, en el avión que me llevaba a Málaga, con algunos papeles y la fotografía de la Katia/Lilo encontrada en la maleta, todavía encontraba pelos de gato. Las ganancias del bridge y del casino de aquellos supervivientes alemanes serían más rápidas de liquidar que un improbable procedimiento en un perezoso despacho de la Praça do Comercio, donde se apolillaban los viejos expedientes coloniales y las indemnizaciones improbables por los crímenes de la PIDE. Madeleine Herrinkx podría vivir su últimos días sin olor a orines y con luz del sol. Precisamente quizás en la Costa del Sol. Y sin necesidad de inventarse una vida para su hermano.

[1] Stan es el nombre familiar que los belgas de la colonia daban a Stanleyville.


Misión en Angola. Episodio 27. Los sospechosos -para la PIDE- conocimientos del barón Von Stapel.

23 marzo, 2016

El barón sabía muchos de los dialectos indígenas, lo que a finales de los sesenta había parecido a la PIDE una señal inequívoca de sus contactos con la guerrilla.

El gabinete de curiosidades de Von Stapel hacía las delicias de los celosos e ineptos pides -a la par que iletrados- que habían leído precipitadamente, para superar las oposiciones de ascenso, los viejos manuales de espionaje. El barón era un coleccionista empedernido; iba clasificando hojas de plantas imposibles que, debidamente prensadas durante semanas, engrosaban sus cuidados cuadernos. Las nervaduras, las manchas de las hojas, eran a los ojos de los probos funcionarios de la policía, otros tantos planos de los campamentos del ejército portugués en el sur con sus casamatas, blocaos, arsenales, caminos y, para colmo, cuando el tenaz barón había guardado varias hojas de un mismo árbol, eran las formas de defensa, las estrategias de ataque, los puntos vulnerables lo que los calenturientos pides creían leer en las inocentes hojas, a veces de una inmensidad casi cartográfica, que el barón guardaba entre cartones, con breves anotaciones en alemán. Además, Von Stapel, ameno científico, apuntaba la fecha y el lugar donde había recogido la muestra, lo que permitía a la policía seguir un itinerario paralelo al de alguna reciente y no comprobada incursión de bandoleros. Avidos de éxitos que vender a los exigentes jefes, inventaban cualquier superchería para cubrirse sus holgazanas espaldas, aunque para ello tuvieran que ensuciar la reputación de un sabio honesto .

Para terminar de colmar de satisfacción al inefable inspector Rosa, allá en la lejana Luanda, ansioso de por una vez aportar alguna luz intelectual a las pesquisas normalmente brutales y basadas en confidentes zafios, borrachos o tahúres, también encontraron en el revoltijo general de su casa perdida en las inmediaciones de la hacienda del conde multitud de objetos altamente sospechosos como piedras pintadas, maderas talladas y, misterio profundo, ciertas clases de mariposas cuyas extrañas alas a veces parecían coincidir en las turbias mentes pidescas, tras muchas copas de ginginhas y cachazas, en noches de calor e insomnio, con los presuntos planos de la disposición defensiva de los comandos. La PIDE logró interceptar envíos de lepidópteros, cartones con hojarasca varia y demás pruebas de la taimada y artera tarea científica del inocente y despistado barón. Se contaba después del 25 de abril, con cierta rechifla, que uno de los militares que tomaron la sede de la PIDE, despchó con unos cuantos manotazos todas aquellas pruebas acumuladas que dormían en combados y sucios estantes esperando el descifrador que nunca llegó. Por la Feria de Ladra, el Rastro de Lisboa, por detrás de São Vicente de Fora, terminarían vendiéndose meses después las cajas de mariposas, minerales y los libros de botánica que cuidadosamente había ido ordenando mi estimado barón.

Cuando por fin fue asignado a residencia en la polvorienta y desolada Moçamedes, ciudad de arena y salmuera, los pides le intervinieron además todos sus trabajos sobre la lengua bosquimana, que ya se sabe se expresa con chasquidos y que Von Stapel no había encontrado otro modo de codificarla más que a base de números y letras peligrosamente parecidos a los códigos navales y militares. El barón tenía además un profundo respeto por la población de aquellas zonas del sur, pues pertenecían a la etnia de los hereros, de cuya práctica extinción en el Sudoeste africano se sentía solidariamente culpable como alemán. Para los pides, los negros eran simplemente salvajes, caníbales, y no les entraba en sus acorchadas cabezas que un científico alemán pudiera interesarse por su forma de hablar. “Son macacos, no interesa. Eso es otra cosa”, y se llevaron fichas y cuadernos, dibujos y viejos mapas, todo lo cual desaparecería en alguno de sus edificios.

En 1970 abandonaría Moçamedes por el vecino Porto Alexandre, la vieja ciudad de salazones y ballenas -a Von Stapel le gustaba decir que salió de lo que consideraba su patria, Angola, que era una ballena varada, desorientada en una playa desolada del Atlántico- donde se había retirado después de que el FNLA le quemase su modesta hacienda. Allí, en la antigua ciudad sobre el desierto, moriría su mujer. Solo, pobre, sin más bagajes que sus libros, partiría hacia el Brasil para retornar en 1978 a Lisboa donde nunca se le hizo justicia, quizás por ser un testigo molesto para viejos y nuevos dirigentes.

El fue, junto con Von Bodenberg, quien se movilizaría cerca de los oficiales menos conservadores para sacarme de las garras de la policía política con el tesón y valentía que sólo dos activos resistentes al nazismo como ellos eran capaces de mostrar sin temor a los peligros ni arredrarse a las amenazas de la energuménica PIDE.

Según tengo entendido, todos aquellos libros y carpetas duermen bajo el polvo en la Sociedade de Geographia de Portas de Santo Antão, esperando que se levante ese embargo bienpensante que ha caído sobre nuestra presencia en Angola. El barón, limitado por el uso del portugués, una lengua que no era la suya, y sin encontrar jamás un editor alemán que se interesase en sus trabajos, había publicado apenas dos pequeñas separatas, que una amable estudiante suya había puesto en portugués correcto. Hoy, esos estudios singulares sobre dos casos de tribus o sub tribus ya extinguidas, son inencontrables. El resto de sus papeles, por un azar de la historia, han terminado, algo más de un siglo después que se fundasen tan polvorientos archivos, en la que fuera institución pionera en el fomento de nuestra colonia, bajo el visionario mandato del maestro Luciano Cordeiro y del egregio marqués Sá da Bandeira, cuyo llevaba el nombre la otrora bella, hoy revolucionaria -y destruida- ciudad de Lubango, sita en una alta montaña.

Despacio, subí la calle vacía de Domingos Sequeira, pasé por el cinema París y me instalé en A Tentadora, en la esquina de Saraiva de Carvalho; donde, al sonido familiar y triste de la campanilla de algún tranvía reluciente bajo el agua que caía como lágrimas, de camino al cementerio de los Prazeres (nombre que viene de placeres acuíferos, no de placeres sensibles, lo que explico para mis lectores), tomaría un último café en honor de mi dilecto barón. Mi último testigo de la Operación Feijoada se había despedido.

Pero yo tenía aún una especial tarea para cerrar aquella operación. Aunque hubieran pasado más de treinta y cinco años y aunque en su día no hubiera evitado ni la PIDE, ni la CIA, ni los intelectuales herbáceos de Luanda, ni el servicio de información militar y, mucho menos la seducción -de la femme fatale Lilo- que me desvió de mi objetivo y me echó de bruces en manos de los pides;  siempre he sostenido y defendido que logré mantenerme frío y distante de las seductoras bailarinas andaluzas y brasileñas de las boîtes de Luanda.


Misión en Angola. Episodio 25. El doble juego de Couto

15 febrero, 2016

Couto, naturalmente, estaba en otra batalla, apoyando a los elementos más radicales del ejército portugués para echar a Salazar, proclamar la independencia total de Angola y quedarse de plutócrata en la confusión que sucedería al éxodo. Parte del plan, la independencia, el éxodo, la confusión, terminarían cumpliéndose, con el millón de retornados que nadie quería ni ver ni oir en Lisboa, pero los tipos demasiado astutos como Couto no pudieron sobrenadar en las aguas turbias. Los del MPLA, UNITA y FNLA no querían nuevos mentores. Le dieron parte de lo suyo, mal ganado, y le invitaron a hacer mutis lo más rápido posible.

Mucho tiempo después supe de la idea genial que yo atribuía al señor Doutor, y que no era sino un pastiche de todas aquellas ideas de Claridade y del idealista brasileño Gilberto Freire preconizando el mestizaje y sobre las que oí varios comentarios sarcásticos y crueles en las haciendas alemanas. En 1964, aquella idea ya había perdido todo el fuelle y lo que yo tomé por confidencias novedosísimas no eran sino papeles mojados y sonsonetes de viejo chocho.

Los directores de la PIDE y otras personas que leían demasiada historia, como el profesor Marcello Caetano, estaban en contra de aquel recurso a los alemanes. Aún recordaban, como si los hubieran vivido, los sucesos de 1891, con el intento de apropiarse de Cuanhama, y los penosos episodios –por la impotencia del ejército luso- de las incursiones alemanas desde el Sudoeste alemán en 1915, los landins, tropas indígenas, que fueron sistemáticamente ahorcados por los soldados alemanes –como en el fuerte de Naulila- para disuadir a los negros de vestir el uniforme portugués, las armas que entregaban a las tribus irredentas para que atacaran a los portugueses, sembrando el caos en la ribera sur del Cunene. Demasiados agravios para que ahora fueran a confiar en la mano alemana, aunque fuese traida por el señor Doutor (Oliveira Salazar, para los lectores olvidadizos). Era considerado todo aquello una demencia senil. Marcello confiaba más en las tropas que en utópicos brasiles.

Los pides, mucho menos sofisticados, también odiaban en el fondo a los alemanes, como a los boers, porque los hacían sentirse inferiores y eran excluidos de sus farms y de sus fiestas en las que se decía, sin fundamento alguno, que las rubias Fräulein eran bastante fáciles tras haber corrido la cerveza. Pero el hambre sexual de los pides era sólo equiparable a la de los estudiantes. Yo era por tanto un peligroso subversivo vendido al marco alemán y al florín holandés, probablemente hasta un peligroso demócrata.


Misión en Angola. Episodio 23. El turbio pasado del belga Herrinkx

22 enero, 2016

 

La vida de Herrinkx no había sido fácil. Con veinte años fue alistado, no se sabe muy bien si a la fuerza o lo hizo voluntariamente, que sobre esto todo el mundo ha mentido mucho, en la División Wallonie, reclutada por Léon Degrelle y marchó a luchar a la estepa rusa. La aventura acabó pronto y en 1944 estaba de vuelta en Bruselas, con una pequeña condecoración y la extraña sensación de que había cometido un error irreparable, la gran equivocación de su vida. Sus amigos del colegio y de los boys scouts habían tomado el camino inverso y estaban  en Londres, con la resistencia. 1945 se anunciaba muy difícil. Afortunadamente para él, se necesitaban manos en el Congo y ninguna autoridad reparó demasiado en aquel recluta perdido que, astuto, había sabido borrar o enturbiar las pistas.

En Léopoldville se ilustró como un excelente conductor (camiones, pesos pesados, jeeps, lo que le pusieran que tuviera ruedas) y sus servicios fueron recompensados debidamente con un contrato sólido con la empresa …, encargada de las minas del Alto Katanga. Herrinkx no había echado en saco roto la disciplina de aquellos cuerpos valones en Rusia y destacó inmediatamente como un capataz severo, fiable, inflexible con los negros y, sin embargo, sin el espíritu corto y miope de un vulgar negrero. Su único problema fue el calor, indirectamente, porque el calor llevaba a la cerveza y ésta al abuso, de tal manera que Herrinkx, siempre solitario, como un huérfano, pasaba lo más claro de su tiempo libre entregado a la bebida. Esta le daba llorona y afectiva, y terminó haciendo indebidas confidencias a envidiosos capataces, sin mejor ni más limpio pasado que él mismo, que aquello era una especie de legión extranjera poblada de indeseables, huidos de la justicia y desertores de varios ejércitos en la debacle de los años cuarenta. En Bélgica andaban ajustando cuentas con oficiales, funcionarios y soldados e incluso con el rey, acusado de connivencia con el enemigo. Había sonado la hora de partir.

Herrinkx partió para el sur, llegando a Luanda sin más que unos francos en el bolsillo pero curtido en las selváticas tareas de manejar negros y trabajadores de las minas. Su destino natural era la Diamang, Diamantes de Angola, que necesitaba organización y manos fuertes, y duras. En Luanda, en 1950, la vida le volvió a sonreir, aunque no fue sino un ojo de sol en la tormenta. Encontró una bella rusa, Katia, con la que pronto congenió y a la que sedujo –quizás el único hombre que le había lanzado piropos en su lengua desde su temprana juventud-. Katia le hizo dejar la bebida por unos meses, le dio una hija, Catherine o Catarina o Ekaterina, que sobre estos detalles siempre hubo dudas. Herrinkx engordó y se puso aún más colorado, con una especie de grasa feliz y opulenta que aumentaba la robusta rubicundez, aderezada con alcohol, que le caracterizaba.

Pero Katia desapareció un mal día en brazos de un furtivo cazador de mujeres en el trópico, un oficial de un barco de paso. La niña también desapareció, aunque no en el barco, sino entregada deprisa y corriendo a la clínica rusa de Luanda (pero esto nunca lo llegó a saber el padre en vida) y Herrinkx se hundió en la bebida por un par de años hasta que dio con el viejo …., al que sus hazañas rusas le habían convencido de que era una buena captura. Desde entonces trabajó para los alemanes y, a través de éstos, para WNLA.

 

 


Misión en Angola. 11. Don Francisco Couto.

24 marzo, 2015

 

Que nunca falte um pérfido inimigo

Aqueles de quem foste tanto amigo!

 

Don Francisco Couto se ha llevado muchos secretos a la tumba. Desde los más triviales, como saber cuántos pequeños mulatos llevan su sangre, hasta el que más me inquieta, ¿qué papel jugaba Couto en aquellos grupos inspirados en la OAS? ¿A quién traicionó? ¿Traicionó a los alemanes y, en especial, a Lilo Forst, a mí? Creo que nos traicionó a todos y se marchó tan fresco a pasar sus últimos años sin ‘Já pode’, oportunamente fallecida en 1973 de un síncope, en alguna villa perdida de Petrópolis.

Couto era un rico mercader, hábil en todos los negocios, entre los cuales, su Hotel Sul, de rosadas columnas que imitaban mármol, su restaurante donde servían las mejores ensaladas de Luanda, aunque abusaban algo de la dulzona remolacha con sabor a moho, no era más que un divertimento, una inocente tapadera para sus conspiraciones. Por el Sul pasaban discretamente militares de alta graduación, colonos alemanes que podrían haberse pagado holgadamente el hotel Continental pero que preferían ese aire algo más provinciano y en desuso del Sul, funcionarios del Banco de Angola, despachantes de aduanas, comerciantes, empresarios sudafricanos, algún que otro americano con aire de predicador y la agenda repleta de peligrosos y turbios encargos de la CIA.

En el comedor, Couto hacía su aparición a la una en punto, con su piel cetrina bruñida, el pelo pegado a las sienes con dosis de brillantina, un fino bigote y unos ojos entre reidores y de metal negro, impecablemente vestido de lino blanco, con zapatos crujientes de dos colores y una sonrisa entre burlona y triunfal. Saludando a todos los insignes comensales, se detenía fugazmente ante el desorbitado escote de alguna bella alemana, a la que cumplimentaba con ojos libidinosos, enmascarados en obsequiosidad oriental. Aparentemente no hacía nada, simplemente ejercía de anfitrión, daba breves y mudas órdenes a los camareros negros, de inmaculados uniformes y maneras suaves, corregía la posición de unas copas, revisaba las cubetas de hielo donde se enfriaban las botellas de vinho verde, echaba un vistazo a las frutas colocadas en inmensos conos en mesas laterales. El maître, un portugués del norte, rosado y redondo frotado con agua de colonia, iba con gesto grave tras el ubicuo patrón, levemente echado hacia delante, atento al menor atisbo de reproche o sanción.

Pero mientras Couto se dedicaba a estos menesteres con sus maneras algo afectadas, cardenalicias, iba grabando en su memoria la disposición de las mesas, qué comensales acudían, quién veía a cuál, medía la efusión de los saludos, espiaba la reacción de algún boer que cortejaba algún alto cargo de la administración. Couto era el meticuloso e infalible diario de todo cuanto pasaba en Luanda. El Gobernador militar le odiaba pero le invitaba a cenar por lo menos una vez al mes, lo necesitaba, los capitanes de barcos anclados en la bahía recalaban por el Sul para tomarse la última copa antes de seguir para El Cabo y Lourenço Marques, con los debidos encargos y recados de don Francisco.

Tras dos días en Luanda, su morada era mi visita obligada, inaplazable. Me citó en su casa con un tarjetón de bordes dorados, más propio de un bautizo o una pedida cursi : tener acceso a su casa era una deferencia familiar inestimable, distinción máxima a un joven recién llegado. Vivía cerca del consulado suizo, en una casa rodeada de muros con buganvilias …

La señora Couto, embutida a duras penas en un traje de organza azul gritón, me recibió con ruido de pulseras y regada de perfume francés denso y dulzón. Me entretuvo unos minutos haciendo las más dispares preguntas sin esperar respuesta, desde el trabajo de Isabel hasta las tiendas del Campo de Ourique, que era su nostalgioso barrio lisboeta. Tras un breve aperitivo, sirvieron la mesa dos mulatas escogidas entre las más feas de la ciudad, cautela innecesaria de la señora, que los cazaderos de Couto eran otros y de más postín, quien me hizo un despliegue de todas sus sabidurías culinarias de las que sólo recuerdo que el aceite de palma estaba presente en todos los platos menos quizás en el café.

Tras el opíparo y pesadísimo almuerzo, Couto me llevó a su gabinete, que daba sobre un jardín trasero, sacó un par de puros de las Azores y tras cortarlos cuidadosamente, ofrecerme uno, encenderlos y dar una primera calada profunda, se dispuso a escucharme entre la humareda.

Desde el primer momento supe que no creía un ápice mi historia. Yo maldecía por dentro aquellos militares simplones que me habían dado coartadas de un peligroso infantilismo. Pero era suficientemente discreto como para intuir un encargo de alguien de cierta importancia, aunque no sospechase aún que el propio presidente del Consejo hubiera tenido la locura de encomendarme la más mínima tarea ultramarina.

-Quédese en mi casa, Rui, dijo meneando la cabeza, se ahorrará el dinero de sus dietas, tendrá todo lo que quiera y hasta uno de mis automóviles a su disposición. Y entrada privada para las madrugadas, añadió con un brillo malicioso. Y estará más seguro, añadió, súbitamente serio.

-Señor Couto, no puedo, debe comprenderlo, todos los abogados saben que paro en el Globo, Q. de M. es muy puntilloso en esta materia, me ha exigido expresamente que esté disponible veinticuatro horas al día, que siga sus instrucciones al pie de la letra, yo soy su empleado, al fin y al cabo…

-Estos funcionarios de Lisboa no han pisado Africa, no saben nada, no saben distinguir una palanca de un antílope, un ambundo de un quimbundo, para ellos todo es lo mismo, todos negros, y luego quieren venir a poner orden tarde y mal. Primero, el Globo no es hotel para usted, está lleno de pobres, segundo, para tener entrada en los clubes donde pueda usted encontrar negocio, hay que estar mejor conectado. Pero, en fin, si así lo mandan, yo me someto, dijo, haciendo un gesto como de impotencia ante la necedad.

Yo quería cambiar de conversación, hablar del jardín, de automóviles –alguno de los cuales reposaba al fresco del jardín, sin una mota de polvo-, preguntarle por su negocios, pero él cortó pronto toda inquisición. Empezó un largo monólogo sobre Salazar, sobre las masacres de hacía dos años en …, sobre el comandante Galvão, con quien había cazado más de una palanca. Couto hablaba con la seguridad de quien conocía todas las debilidades de los enviados de Salazar. Al hilo de su exposición clavaba sus ojos en mí, espiando mi reacción, a ver si me cogía en un renuncio, si enseñaba mis cartas. Podría haberle contado cualquier historia menos la que me habían inculcado.

Yo había traído en un baúl pesados expedientes del despacho, códigos, material forense. Había instalado todo ello en la modesta habitación del hotel y emborronaba todas las mañanas algunos folios para que los agentes de la PIDE, los que hacían las camas, no dudasen de mi artimaña y pensasen que dedicaba largas horas al estudio de legajos y escrituras. Y ahora don Francisco me tomaba por un idiota que pretendía hacerle pasar a él mismo, al todopoderoso y sabelotodo Couto, por otro estúpido. Aterrado, pensaba en cómo reaccionaría la policía, si aquella coartada del viaje no se tenía en pie para alguien que, al fin y al cabo, no era policía. ¿O era?

Gracias a Couto fui conociendo todo lo que había de interesante en Luanda. Para compensar mi abrupta renuncia a su hospitalidad solíamos quedar al caer la tarde para dar una vuelta por la Marginal antes de recalar en el Bambi, en el Siberia o en el Copacabana, donde oficiales de permiso, comerciantes de pesados párpados aburridos y oscuros escandinavos y flamencos con nostalgias de Katanga liquidaban pausadamente long drinks dejándose mecer por la brisa y la luz de poniente. A veces nos despachábamos un par de suculentas langostas en O Farol Velho, donde encontrábamos la nata, si no la flor, de la provincia.

Según pasaban los días en esa maravillosa indolencia me iba dando cuenta que su hospitalidad era un control más ; no me podía despegar de él.

Los europeos se paseaban impúdicamente con aire de propietarios en inmensos automóviles descapotables de colores pastel. Africa parecía allí todavía, dulcemente suya. Léopoldville, Elizabethville, todo aquello había sido olvidado. La vida seguía y era bella.

Las dos primeras semanas que pasé en Luanda me dediqué a transpirar y a despistar. Por las noches, cuando el calor húmedo se hacía más soportable, iba al cine, recalando sobre todo en el Tropical, donde ví Un taxi para Tobruk, que pensaba me ilustraría sobre mis próximos encuentros con los colonos alemanes, y en el Restauração, que tenían aire acondicionado ; a veces me pasaba por la Marginal, por el Touring u otros mentideros. Pero siempre con un deliberado aire de funcionario, de pasante de abogado algo pasmado, enviado a gestionar unos títulos de propiedad, a visitar a los cartorios notariales y otras inocentes y tediosas ocupaciones. Así hacía tiempo hasta que los alemanes vinieran a buscarme, pretendiendo estar ocupadísimo en meticulosas tareas hipotecarias y registrales, expedientes de dominio y tractos sucesivos.

Una de aquellas húmedas veladas, tras otra densísima cena que me había ofrecido la señora Couto, servida esta vez por unos criados enguantados, don Francisco me llevó al fumoir. Repantigado en un amplio sillón blanco, me empezó a dar su versión de los acontecimientos. Sería aquel un primer aviso que yo, entonces ingenuo e insconsciente de la gran cámara de rumores y mentiras que era Luanda, creí ser sólo una lección de historia contemporánea y era una encubierta advertencia para que me fuese de allí cuanto antes y no jugase a aprendiz de brujo.

-Esto es todo muy complicado, joven. Todo empezó con la llegada – me dijo Couto tirando de un larguísimo puro habano, esta vez no un azoriano, que había extraído de un imponente humidor, un aparato que yo nunca había visto parecido – de un tal Míster Markson al consulado norteamericano en Luanda en 1961. Con él los americanos empezaron a meter las narices en nuestros asuntos. Desde el consulado se hacían operaciones encubiertas con el títere, el mono ese de Jonas Savimbi y su ridículo Frente Nacional de Liberación, que ya ha causado no pocas masacres en nuestras haciendas con ayuda de dólares y armas automáticas facilitadas, regaladas, por los yanquis con el pretexto de que así luchará contra los marxistas de Neto.

-Aquel tipo era un estúpido, añadió, como examinando cuidadosamente la vitola, se dedicó a enredar con unos cuantos asimilados que se las daban de listos, todos becados por nuestro gobierno para que estudiasen en Coimbra. Allí, en nuestra tierra, se hicieron marxistas, conspiraron con los otros pretos de Guinea, de Mozambique, de Cabo Verde, nosotros mismos les dimos alas. Bueno, el caso es que este Markson, que parecía salido de algún Peace Corps, no, ni siquiera, del Ejército de Salvación, se dedicó a suministrarles materiales, a inflamarlos, a hablarles de los derechos humanos. Un imbécil. No se daba cuenta de que le utilizaban, que eran ya más comunistas que Lenin. Ellos ya habían vuelto de los derechos humanos que el curilla aquel quería inculcarles. Pero como los portugueses hemos sido siempre unos acomplejados, el que un tipejo, por el hecho de ser alto y rubio, ya nos impone, aunque no sea más que un meapilas del consulado americano les protegiese, nos tuvo un tiempo indecisos. Hasta que nos abrieron los ojos en febrero del 61. Pero cuando nos despertamos, le quitamos las ganas de volver a las andadas. Le tiramos al mar.

-¿Lo tiraron al mar, al americano?

-Bueno, no , de momento sólo su automóvil ; se libró por los pelos pero su Buick acabó en el agua durante la manifestación en marzo de ese año. Ya nos tenían hasta la coronilla, [1] . Los americanos de Kennedy son de lo más hipócrita, quieren Africa para los africanos, pero sólo para los africanos negros, los demás no contamos, no existimos. El yanqui se esfumó, yo creo que su embajador en Lisboa lo repatrió en el primer avión. Pero en fin, el mal estaba hecho, además de Savimbi, el Holden Roberto, otro oportunista, ya se había montado su gobierno de opereta en Léopoldville –Kinshasa, que la llaman ahora – y recibía dinero de todos, hasta de los suecos. Ahí nos empezaron a hacer la pinza todos los que se dicen nuestros aliados. Y luego le fueron creciendo enanos por todas partes, que si pro castristas, que si maoistas, todos los seminaristas de Luanda, .

Couto se iba encendiendo por momentos en su antiamericanismo, tan ibérico ; parecía que había ido coleccionando agravios para echárselos en cara al primer yanqui que traspasase la terraza del club.

-¿No se les ocurrió sublevar las Azores con el pretexto de que éramos fascistas ? Con aliados como ésos no necesitamos amigos. Tanto pregonar el anticomunismo y en el fondo –y en la forma- lo único que les interesa es mangonear toda Africa, y toda Europa, y el mundo entero, bramaba Couto alzando el diapasón[2].

[1] Pá es una expresión coloquial, como la española ‘hombre’. El traductor la ha conservado por un prurito de fidelidad a la forma de hablar de Couto, que salpicaba sus largas disertaciones de pás, con un afán de populismo verbal que no le iba nada.

[2] Pero es verdad que el entonces general que dirigía los Servicios Secretos norteamericanos, Donovan, había inventado y animado un movimiento independentista azoriano en 1940 para convertir nuestro archipiélago en una especie de Puerto Rico o, aún mejor, en un Hawai cualquiera.


Misión en Angola, 7. Lo que era nuestra provincia ultramarina.

16 febrero, 2015

Angola era nuestro inmenso patio trasero, nuestro espacio vital donde colocar a la emigración endémica fruto de la política antiindustrial del Estado Novo. Inmensas obras públicas, repartos de territorios grandes como términos municipales del Alentejo, iban a parar a familias portuguesas, alemanas y a concesionarios mineros extranjeros. La mano de obra gratuita, esclava, y los cuadros intermedios portugueses, aseguraban una economía saneada y una estabilidad social. Los negros, resignados desde hacía siglos, amedrentados desde remotos tiempos por los mercaderes de esclavos y por sus propios reyezuelos que vendían el excedente a los europeos para llevarlos al Brasil, eran sumisos y bondadosos. La vida era bella y el tedio invadía nuestras ciudades, construidas a imagen y semejanza de las poblaciones creadas por Salazar en las zonas deprimidas del Portugal continental; su escuela, su iglesia, sus paseos con árboles y sus almacenes pintados de rosa de esquinas redondeadas y con tejados a la portuguesa. El proyecto más reciente y más disparatado, como los años se encargarían de demostrar era la futura capital Nova Lisboa, en el centro del planalto, colonia del futuro y base de la Angola asociada del señor Doutor. Parecía como si la emulación del Brasil se reflejase en la edificación de esa nueva capital, una especie de Brasilia que nunca cuajaría.

Pero la catástrofe se cernía sobre nuestra plácida colonia. Argelia, cuya independencia hacía unos meses había provocado el éxodo masivo de europeos, algunos de los culaes llevaban allí varias generaciones, el Congo Belga, eran pruebas recientes de que no iba a ser fácil. La Unión Soviética y sus circunstanciales compañeros de viaje, los escandinavos, los americanos, los siempre benévolo, ingenuos y bienintencionados canadienses, no iban a dejarnos instalar allí un país que se saliera del reparto a compás y cartabón que los aliados habían trazado hacía más de quince años. Mi escasa experiencia diplomática, reducida a frecuentar los salones de las embajadas de Inglaterra y Estados Unidos en la colina de Lapa en recepciones encorsetadas por el protocolo, me habían desengañado hacía tiempo. Si éramos atacados, nos las deberíamos apañar solos y contra corriente.

Salazar, tras reiterarme un par de veces su consigna favorita “todo por la Nación, nada contra la Nación”, lo que era redundante y ocioso pues la sabíamos obligatoriamente todos los portugueses desde nuestra tierna infancia salazarista, me había insistido en la condición de provincia de Angola que no de colonia. Y en verdad, pobres campesinos de Tras os Montes y la Beira Alta, maestros y practicantes, capataces y mecánicos, eso era la gran mayoría de lo que la propaganda enemiga calificaba de esbirros del imperialismo y representantes del capital financiero. Y, contrariamente a Argelia, donde los franceses disfrutaban de todos los derechos y libertades garantizados por la República, ni en Angola ni en la metrópoli, no votábamos portugueses, ni blancos, ni negros ni mestizos, que en eso estabamos igualmente ayunos, sin la menor discriminación.

Desde la independencia del Congo Belga, las incursiones se habían hecho frecuentes en el norte de nuestra provincia ultramarina. Los obreros nativos de las plantaciones dudaban en unirse a los insurgentes o no, duda que era fácil de resolver porque las represalias de éstos si no lo hacían eran tan temibles como las exacciones de la policía territorial o las mucho más aflictivas de la PIDE. Pero el aplastamiento de la primera huelga en la Baixa do Cassange los habia –creía yo- apaciguado. Los sudafricanos nos ayudaban con la información y colaboraban activamente en aplastar los focos insurgentes. Ellos tenían aviones, pilotos y conocían Africa perfectamente, mientras que, en general, nuestros reclutas habían ido a la zaga, hasta entonces, en eficacia. Sólo a partir de entonces, con los Comandos que se organizaban como tropas especiales, empezamos los portugueses a estar a la altura de aquel enemigo sinuoso, que no daba la cara, difícil de aprehender. Pero cuando ya íbamos ganando militarmente, la batalla política ya había sido perdida desde hacía mucho tiempo y tuvimos que irnos, aunque esa es otra historia.

Dominado por mi vanidad, ciego a las alertas interiores, me sentía un nuevo Pimpinela Escarlata, un Miguel Strogoff, un héroe antiguo, dispuesto a vencer los bandoleros, la PIDE, los bloques del Este y del Oeste. Había sido ungido por el señor Doutor y todas mis precauciones y cautelas se habían disipado. Había pensado en mí, yo era su hombre. Que yo no supiera de Africa más que cuatro cantigas recitadas por un viejo criado de mis padres que había intentado sin éxito establecerse en Mozambique, y la novela de Rider Haggard, Las minas del rey Salomón.

Celebré este acontecimiento que durante unos meses de mi vida me iba a disipar un poco el habitual aburrimiento de mí mismo y aunque era tarde, solo y con el egotismo exacerbado por aquella altísima encomienda que me pondría en el trampolín para devenir una figura del colegio de abogados, despaché un bacalao à Brás que sólo eran capaces de preparar en O Velho Macedo, en la rua da Madalena, regado con un Dão que no estaba tampoco nada mal. Estos excesos me permitieron dormir sin darle más vueltas al asunto y levantarme con un rabioso dolor de cabeza que sólo logré calmar a base de aspirinas y cafés.

Apenas un año después de mi accidentada vuelta al Cais do Sodré, todo se precipitaría en una lamentable cuesta abajo, con el asesinato de Humberto Delgado, la crispación y rabieta del señor Doutor y el ascenso de un vigoroso y gris Marcello Caetano que no se andaría con contemplaciones con las guerrillas y demás terroristas y que, de no ser por el contubernio onusiano, habría incluso conseguido ganar la guerra colonial. Los alemanes venderían o abandonarían sus sueños angoleños y se instalarían en otras tierras más dóciles y fáciles de manejar, principalmente en la Africa del Sudoeste, una vez levantadas las restricciones impuestas tras las dos guerras mundiales.


Misión en Angola, 5. Los contubernios contra Portugal

26 enero, 2015

Una vez despachado el contubernio sudafricano, el señor doutor atacó una rapsodia anticastellana de las que a mi me gustaban por aquella época y a la que no podía por menos que asintir alborozado, sintiéndome que comulgaba en todas las ideas de nuestro prócer. Pues si los boers y sus aventuras me resultaban algo lejanas, a pesar de haber leído con fruición algunos relatos de Conan Doyle, que cubrió aquella sangrienta guerra, la enemiga castellana era mi canción de cuna, los cuentos de mi infancia y mis primeros sobresalientes en historia patria. Desde los albores de Aljubarrota hasta la guerra de las Naranjas, me sabía de memoria todos los agravios perpetrados por tan avieso enemigo. Que el señor Doutor evocase el peligro castellano con motivo de la salvación de nuestras provincias ultramarinas, no hacía sino confirmarme su preclara visión de la historia.

– No se engañe usted, España está al acecho aquí al lado, las provincias de ultramar son nuestra única fuerza, nuestro cordón sanitario. En cuanto perdiésemos nuestro Imperio, esperarían a que cayéramos en sus codiciosas manos como una fruta madura. Toda la historia de Portugal no ha sido más que la de nuestra testaruda (teimosa, decía el señor Doutor) resistencia a ser absorbidos, asimilados, engullidos por Castilla. Y ha acontecido con todos los gobiernos, con todos los Estados -se embalaba el Presidente del Consejo-, desde los Felipes españoles, Godoy, los apoyos a los Miguelistas, que distaban mucho de ser tan generosos y desinteresados como el absurdo Don Miguel suponía, pues através de la ayuda se nos colaban por Duero las tropas españolas; y no olvide usted las tentativas durante la República, del socialista Prieto, para entregar armas a los irredentos de 1934, hace ahora treinta años casi justos, los editoriales del falangista ‘Arriba’ clamando por la anexión, en pleno poderío de Serrano Súñer, ese que llamaban el cuñadísimo (que el agitado Teotonio Pereira le reproducía en sus telegramas). Nuestro último bastión es Ultramar. Si lo perdiéramos no tendríamos más línea de resistencia y, ya fuera por la fuerza, que no creo, o mediante inversiones, Portugal pasaría a ser un apéndice peninsular. Nuestro designio histórico nos obliga a defender con imaginación, con energía y con visión de futuro, nuestra lusitanidad pluricontinental.

El palacete donde me recibió Salazar

EL palacete donde me recibió Salazar

Yo recordaba al escucharle mis atisbos de la España imperial, en aquel poblacho de Badajoz, polvoriento y destartalado, donde lo único que se podía comprar eran caramelos y algún cigarro puro reseco. Se me habían quedado grabados los guardias civiles hoscos y con olor a sudor, correaje y tabaco y los arrieros agitanados que se arremolinaban ante el Mercedes de mi padre. Todos aquellos inquietantes símbolos de un pueblo taimado, brutal y maleducado, dispuesto a arrebatarnos la nacionalidad al menor descuido.

– Y hoy en día, continuaba Salazar, Inglaterra ya no es apoyo, nos toleran pero nos envidian. Incluso a Sudáfrica la considero un aliado interesado, recuerde usted los boers, cómo pretendían ir extendiéndose como una mancha de aceite hacia el norte del Cunene. Inglaterra se sirvió de la famosa Alianza durante cuatro siglos, hasta que perdió la India. No oculto que nos sirvió para contrarrestar la codiciosa España, que aún hace sólo veinte años coqueteaba con los alemanes dando a entender cuán fácil les resultaría invadirnos. Por eso les tuve que ceder las Lajes, en mis queridas Azores, para equilibrar el peso sobre la Península, totalmente escorada hacia Alemania por culpa de Franco.

….

-Mi asistente le facilitará cuantos datos necesite, los papeles y cartas de introducción. Pero no espere que nadie de esta casa, e hizo un gesto hacia el techo, salga en su ayuda si las cosas se tuercen. No me volverá a ver. Cuando vuelva, en un par de meses, se entrevistará con mi asistente, al que deberá usted entregar un informe de por lo menos cien páginas. Quiero nombres, haciendas, datos sobre los bienes, lo que se dice en las haciendas alemanas, quiénes son de fiar, con quién podemos contar. El conde Von Bodenberg tiene buena cabeza, pero no quiero que venga por aquí, sería indiscreto, peligroso. Usted será el mensajero, el intermediario, el correo. Y además, necesitamos que no adquiera mucho protagonismo. Esta acción será llevada a cabo por Portugal y por los portugueses.

El resto de aquella velada trascurrió escuchando el cansino monólogo del señor Doutor, su disertación sobre la obra civilizadora, nuestras provincias, la voluntad de los pueblos, la subversión, la excesiva humildad de los portugueses rayana para él en el servilismo ante las grandes potencias, los informes de Teotonio Pereira –del que se fiaba sólo a medias por considerarlo un anglófilo, un exagerado y un alarmista-, las insidias de los capitalistas y de los traficantes de armas, la perversidad de los suecos, que por un lado eran los apóstoles de la democracia y por otro vendían armas a los insurgentes, los judíos y todos los demás grupos especialmente dilectos para Salazar.

Cuando salí era noche cerrada. Seguía lloviendo lentamente, con tristeza, como si nunca hubiera dejado de llover ni fuera a dejar hasta el fin de los tiempos. Un taxi me estaba esperando, con las luces discretamente apagadas y el motor parado, llamado sin duda con la debida antelación por los sumisos y silenciosos guardias republicanos que custodiaban San Bento.

Eran todavía los tiempos en que el Presidente del Consejo aún tenía cierta paciencia y conservaba una cierta esperanza en que el inmenso imperio ultramarino, venticinco veces más grande que el Portugal continental, seguiría siendo una nación plurinacional bajo el empuje de la raza portuguesa. Africa, como diría el profesor Caetano, no era sólo de los negros. Eran los tiempos suaves en que su fiel María seguía preparándole suculentos platos del Portugal profundo y oficiando de ama de llaves, de jefa incógnita del gabinete, además de servirle para espantar mosconas del tipo de la señorita Christine Garnier que hacía unos años, con motivo de unas sospechosas Vacances avec Salazar, había intentado seducirlo y robarle a su verdadera y única esposa, Lusitania. Hay encontradas versiones de si el señor Doutor cayó en la tentación. Mis amigos más iconoclastas sostienen que era impotente, mientras otros reivindican un machismo oculto del que el Presidente del Consejo gustaba hacer gala con toda la hipocresía del católico aldeano que siempre fué. El señor doutor seguiría soltero, casado sólo con Lusitania y prisionero de la residencia de san Bento y el fuerte de San Julián donde pasaba algunos días del estío.

El señor Doutor había tenido que trasladarse a San Bento a raíz de un atentado fallido. Pero no le gustaba, añoraba su pequeño y pacato piso de solterón ensimismado y se le notaba. Era difícil recordar si en todo el despacho, en el que trabajaba hasta altísimas horas todos los días de la semana, como un rey Felipe encerrado en El Escorial verificando y anotando hasta la más nimia correspondencia de Indias, era difícil, digo, recordar si había algún detalle personal. Creo que no, quizás una pluma con la que jugueteó brevemente para volverla a colocar en la escribanía. Ni una fotografía, ni un libro dejado como al azar, ni un papel manuscrito. Pareciera como si aquel despacho de maderas oscuras, barnizadas, lisas, impecables, se hubiera usado por primera vez para recibirme a mí, anónimo y gris súbdito.

-Ya recibirá el señor instrucciones, me susurró un personaje gris, de gafas, que me acompañó mudo hasta la salida, y que parecía una especie de edecán más que un secretario civil. Su cara me resultaba familiar, como un vago recuerdo de mis años universitarios.


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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