Madrid 1936, la España que pudo ser

16 junio, 2019

Cuando pensamos en 1936, todo el mundo imagina uniformes, milicias, disparos, desorden, en pueblos destruidos, todo antiguo, cutre y algo siniestro (o quizá heroico, para algunos). Es algo que nos han contado, como se habla de una mala cosecha, de un año de sequía, y no de las cosechas normales, anuales. El mito de la España negra, que viene del 98, ese gusto lúgubre por rasgarnos las vestiduras.

Pero había entonces una España que no encaja con esa imagen sórdida, negativa, vieja, de iglesias quemadas, de paseos, ejecuciones y checas. Parece como si solo el relato del Madrid de Corte a Checa, ese libro tan interesante de Agustín de Foxá, y la ‘memoria histórica’ que saca de las cunetas ejecutados vilmente, siguiera ocupando el escenario de la imaginación.

Pero el otro día encontré en la Feira da Ladra, en Lisboa, un par de revistas de arquitectura, Nuevas Formas, del año 36, que me trajeron otra idea de esos años.

Sus fotografías, artículos, anuncios, me hablan de un Madrid en la que se construía con gusto, en la que había cierta prosperidad burguesa, de una España que iba por buen camino, a pesar de todo, pero que fue destruida en una guerra y que después, mandó al exilio a sus más egregios profesionales, artistas, escritores, poetas, arquitectos, músicos. El resultado, ya lo sabemos, fue un tremendo vacío cultural y educativo, una pérdida del buen gusto que aún hoy arrastramos. El “envilecimiento estético” del que hablaba don Julio Caro Baroja.

Algunos se quedaron, por convicción o porque no tenían dónde ir. Y se esforzaron en mantener vivas las brasas de la inteligencia. Demasiado tarde y demasiado pocos.

La diferencia con la guerra mundial -a la que la española pertenece en el siglo XX, como ha señalado Eric Hobsbawm-, es que la liberación creó un optimismo, fomentó una creatividad, que en España no sucedió. Sucedió en Italia, en Francia, en los Estados Unidos, a pesar de la guerra fría. En España, solamente “apagada y vil tristeza” (Camões, Os Lusíadas).

Calle Serrano, 106

En fin, hojear la revista Nuevas Formas ha sido como descubrir aquella España, aquel Madrid que pudo ser y no fue.


El pintoresquismo, enfermedad senil de la arquitectura

1 mayo, 2019

Cuando recorremos algunos pueblos y campos españoles, nos llama la atención lo poco agraciadas que son las construcciones, la arquitectura al uso. En definitiva, lo fea y poco adaptada al campo y al paisaje.

Hay varias posibles causas de este envilecimiento estético (frase que utilizaba Julio Caro Baroja):

  1. Una, es que las construcciones en el campo ya no responden a su finalidad primigenia, es decir, el apoyo al cultivo. El cultivo de la tierra, al industrializarse y convertirse en agrobusiness, no precisa de casas, quinterías, cortijos, patios, cuadras, establos, aljibes. Se alzan naves lo más baratas posibles para guardar la maquinaria y se construyen establos inmensos o gallineros tipo campo de concentración. La belleza de lo pequeño, de lo accesible, es innecesaria, irrelevante, fútil. Y no han dado con el diseño estético de lo grande. Al campo se va en un todo-terreno, ya no se anda (vean el porcentaje de obesos entre la gente del campo). El agricultor ya no cultiva sus tierras, las explota. Ya pocos plantan su huerto en una ladera, como quería Fray Luis de León. Y recordemos que cultura y cultivo tienen la misma raíz latina. Solamente el antiguo huertano, el viejo que tiene su hortal, puede tener aún necesidad de una pequeña casa, del pozo, de un tejadillo donde guardar el carro y la leña. Por eso las casas de antes, en su humildad sin pretensiones, son más bellas.
  2. Segundo, que al desaparecer la vivienda del hortelano, del agricultor que allí vivía todo el año, las viviendas en el campo se han convertido en segundas residencias. Tienen la misma función que la de un ‘chalet’ de una urbanización. Construidas “haciendo típico”, están llenas de adornos que quieren imitar las antiguas funciones de los cortijos, quinterías, alquerías y heredades. Todo parece pues, falso, decorado. E inevitablemente surge el folklorismo, el pintoresquismo para “hacer campestre”.
  3. Tercero, los arquitectos suelen irse a las grandes ciudades, donde hay más posibilidad de prosperar, y en los pueblos las obras quedan en manos de constructores y de propietarios que quieren aprovechar al máximo sus metros cuadrados. Los arquitectos han sido relegados a la mera función de asegurar una cierta garantía en la edificación, a los materiales, y conseguir así la licencia de construcción municipal. El arquitecto ha de ser un firmante obediente y cuanta menos imaginación, mejor, parecen pregonar los alcaldes.
Los cortijos tradicionales quedan abandonados

Pero no debería ser así. Es sabido que la arquitectura debe adaptarse al paisaje, encajar, armonizar, pero eso no significa que todas las casas andaluzas tengan que tener arcos y columnas, ladrillos y macetas, estilo marbellí o pseudo-mudéjar.

Este fenómeno asuela todo el territorio nacional y llama más la atención porque el paisaje español suele ser bello, agreste, desde lo árido y pardo a lo montañoso y verde, desde los páramos a las dehesas. El contraste entre la belleza del paisaje y la fealdad de miles de pueblos, aldeas y construcciones en el campo es entristecedor.

Esto es particularmente visible en uno de los parajes más bellos del país, el Parque Natural de las sierras de Segura, Cazorla y Las Villas. En él está literalmente prohibida la arquitectura moderna. Digamos que si pudieran hubieran prohibido la Bauhaus en los años veinte del pasado siglo. Hoy prohíben, no dan licencia ni visto bueno cuando algún atrevido propietario tiene la intención de romper los esquemas falsamente andalusíes, aunque su proyecto encaje mejor en el paisaje que lo que se suele construir. Se fomenta el pintoresquismo de arcos y ladrillos y el resultado es una fealdad que se enseñorea de muchos de sus pueblos.

Muchos ayuntamientos practican el libertinaje constructor, importándoles solamente que se paguen las correspondientes licencias de obras. A menudo son de un mal gusto notorio, insolente, como sucede en muchos pueblos (donde además pareciera que la mitad de las casas están a medio hacer o a medio derrumbarse, con ladrillo visto, bloques, uralitas y demás chapuzas).

Afortunadamente, en otros lugares no es así y hay ejemplos de cómo hacer compatible modernidad y buen gusto con el paisaje. Éstos se dan sobre todo en Cataluña y Baleares, donde las líneas limpias, claras, no hieren, al revés, con los pinares, encinares, alcornocales, y con las vistas al mar.

En ruinas…
Los antiguos cortijos de piedra esperando el fin…

El pintoresquismo, en definitiva, es un fenómeno senil, es el fin de la creatividad, es la senectud, no la antigüedad. Es la decadencia del gusto, el recurso a lo ya trillado so pretexto de mantener el espíritu regional sin mantenerlo, pues es una falsedad. El “espíritu regional”, si es que existe, se mantiene conservando no solamente los monumentos sino todas esas alquerías, quinterías y cortijos que yacen en ruinas por culpa de herencias reñidas, registros de la propiedad demasiado burocráticos y tractos de dominio perdidos, con lo cual no son de nadie.


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