Azorín y Zunzunegui

25 octubre, 2015

Tirar de diccionario con Azorín y Zunzunegui

 

Dice hoy Javier Marías en El País, que en España no se puede hablar mal de los escritores vivos. Bueno, se puede uno callar y si no se tiene nada bueno que decir, no decir nada.

En esta especie de recuperación de escritores olvidados de La pluma del cormorán, ave bastante solitaria y pensativa, como Samain o Deledda, o de otros injstamente preteridos, como el portugués, bien actual, Almeida Faria, querría recordar dos escritores, que tenían treinta años de diferencia, ambos con nombre con la importante Z, y que parecen estar pasados de moda. La intelectualidad bienpensante los ha relegado al museo. Los editores, más pendientes de las modas que del valor, los evitan. Sus libros apenas se encuentran en los libreros de lance, y no todos ni en todos.

Azorín

Azorín

Y, sin embargo, leerlos es volver al castellano, descubrir palabras y giros abandonados. Y contemplar como era nuestro país hace sesenta, cien años. Azorín lo veía todo inmóvil, mientras Zunzunegui nos describe vidas agitadas, atormentadas muchas veces, con finales algo trágicos. No pueden distar más el uno del otro, de Monóvar a Portugalete. Monovero y portugalujo son los gentilicios.

Zunzunegui

Zunzunegui

Su gusto por las letras fue tal que exhumaron vocablos olvidados, algunos tan pertinentes como helgadura, hueco entre los dientes por pérdida de uno. O tartalear, ese andar dubitativo de los ancianos a pasitos cortos e inseguros; aloques, esos rojos claros, otoñales, de los vinos; desmarrido, flojo, desmadejado. No todas las palabras que redescubrieron, ni todas las que inventó Zunzunegui, gran neologista, están en nuestro diccionario, y eso que ambos fueron académicos. Ni en el tan aclamado, pero no tan extenso, al fin y al cabo, de María Moliner. Es que Zunzunegui creaba neologismos o los sacaba de su margen izquierda de la ría del Nervión, fértil en decires, cantares y vocablos.

 Ninguno de los dos son rebuscados, simplemente utilizan el castellano que leyeron y oyeron, antes de la masiva nivelación por lo bajo iniciada por la televisión y continuada impunemente por las nuevas tecnologías de la información.La tía Asunción, Zunzunegui

Mientras en Azorín predomina la mesura, la contención, un cierto minimalismo que deja soñar al lector, Juan Antonio de Zunzunegui gusta de lo desmesurado y del detalle trivial; sus libros a veces son demasiado largos, demasiada palabra para acciones o sucesos que se pueden contar con menos capítulos (como en Una ricahembra).

Azorín habla de una España intemporal, Zunzunegui de una muy concreta, la del nuevo rico, la del dinero fácil, la de los viejos salaces y las mujeres de envergadura, de la decadencia vital. En La vida como es, la descripción de los tipos de la pequeña hampa rateril del Lavapiés de antes de la guerra, no ha sido superada. No en vano Zunzunegui dedica su discurso de ingreso en la Academia a Pío Baroja. Azorín lo dedica a la vida en un pueblecito castellano entre 1560 y 1590, Una hora de España.

Algunos giros y frases de Zunzunegui:

  • corazón moceril
  • rafagueo de temporales en la costa cantábrica
  • sahumadores de su vida
  • la mollez verde-azul del mar
  • traspasada de vaticinos
  • almenarle el rostro (al subirse las solapas del abrigo)
  • tristeza cenizosa
  • la potente y densa fluvialidad de sus muslos
  • la portalada del verano
  • se miraron frugales y zaragateros
  • su masturbadora soledad devorante
  • la línea jarifa de su cuerpo
  • se sentía endichecido (feliz)
  • flojuras desfallecientes, socarradísimas

 


Los escritores se hacen sombra; pero “no hay libro malo”

16 diciembre, 2014

Eso decía Azorín, que era especialmente bondadoso en sus críticas y seguía ese sabio principio “si no tienes nada bueno que decir, no digas nada”. Primero, hay que respetar a todo el que le da por escribir. Ya es algo, mantener la lengua viva. Y en cualquier libro, aunque no nos entusiasme, siempre encontramos algo que nos puede inspirar, una pequeña sugerencia, una imagen, una palabra, un adjetivo.

Seguir a los críticos tiene el peligro de que muchos se guían por la moda del momento, cuando no por motivos más venales –las editoriales mandan- o por amistad con el escritor. Y entierran a escritores muy dignos mientras ensalzan a otros, de méritos dudosos. Ponen arbitrariamente en su lugar (presunto) a los escritores, y unos ocultan a otros, se estorban, se tapan.

Luis Cernuda, poeta

Luis Cernuda, poeta

Sin contar con las afinidades políticas, que a veces, como en Babelia, el suplemento literario de El País, tan políticamente correcta, parecen llevar la delantera sobre toda consideración literaria. Esto en España es de siempre. Así fueron defenestrados históricamente muchos escritores de derechas (término horrible para definir a alguien), como Manuel Machado, que tuvo la mala ocurrencia de quedarse en la España franquista.

Un problema, además, es que determinados autores, a base de ser ensalzados, hacen sombra a otros, tan buenos o mejores. Véase el caso de García Lorca, que casi eclipsa a Jorge Guillén o a Luis Cernuda. O Pessoa, que oculta a Camilo Pessanha (1867-1926).

Ruy Cinatti, poeta portugués

Ruy Cinatti, poeta portugués

Y tantos otros, olvidados, por mor de las modas, como el poeta portugués Ruy Cinatti.

António Lobo Antunes

António Lobo Antunes

En Portugal, la omnipresencia de Saramago casi oculta a otros escritores de mayor envergadura, como Antonio Lobo Antunes.


Azorín pasa la guerra de España en París

31 julio, 2012

En su segunda y última estancia en París, durante los años de la guerra civil española, Azorín viviría en un barrio con poca alma. Se alojaba en el hotel Buckingham, en el 45-47 de la rue des Mathurins, frente a la Capilla Expiatoria, panteón de Luis XVI y María Antonieta, cuyos cuerpos decapitados fueron llevados años después a ese lugar. Por allí vivió Godoy, según el Marqués de Rochegude que en su Guide pratique à travers le vieux Paris (Hachette, 1903) nos informa de que la apertura de la calle Scribe hizo desaparecer el palacete de Manuel Godoï, “prince de la Paix”. Su descendiente, monsieur Philippe Godoy, afirma que su antepasado, olvidado por la Corte española y por el infame Fernando VII, vivió en la mayor pobreza sus últimos años, habiendo abandonado dicho palacete cuando se arruinó por culpa de Pepita Tudó, su segunda esposa, que se largó con el último dinero que le quedaba de sus cuentas francesas e inglesas que le había administrado Cabarrús.

Azorín busca libros viejos en los puestos del Sena

Azorín en los puestos de libros de lance del Sena

Después moraría Azorín en el Hotel Peiffer, situado en un callejón de la Madeleine, cerca de Les Arcades. Este era unos de los grandes barrios elegantes de París, de la nobleza del Imperio. Son barrios fríos como aburridos salones burgueses, de una sequedad cartesiana. No muy lejos está la iglesia de Saint Philippe du Roule, triste, envarada. Allí enterraron a Balzac, y fue el lugar donde se celebraron los funerales de la mujer y gran amor de otro gran –e injustamente- olvidado, Pierre Benoit.

Azorín se acercaba algunos días al número 112 del cercano Bulevar Malesherbes, donde su amigo Sebastián Miranda esculpía su busto. Quizás la elección de los barrios y calles donde moró Azorín, le dificultaron relacionarse con los intelectuales franceses y con el resto de españoles que pululaban por París, entre Montparnasse y sobre todo por Saint Michel y Saint Germain. Su amigo Baroja, a pesar de ser huraño, sí los encontró de vez en cuando.

Tampoco se mezcla Azorín con el pueblo francés vivo y voluptuoso, sino con los modestos artesanos, trabajadores como él, de la minucia y el detalle. Admira al zapatero, al ebanista, a la coqueta telefonista o a la joven modista que va en un autobús. Y, contemplativo, se detiene en los squares, esas pequeñas plazuelas silenciosas, con jardín, que para él son el culmen de la civilidad, pues invitan al descanso, a la lectura y permiten el juego de los niños (Azorín, sin hijos, sí gustaba de los niños, de su alegría y sus juegos). Prefería el square Carpeaux, pero el viajero de París puede encontrar estos oasis por toda la ciudad, a espaldas de una iglesia o una de esas escuelas centenarias, de ladrillo. Los squares, para Azorín, forman parte de la narrativa de la ciudad. Fueron creados en la época de Haussmann para amenizar los bulevares y los barrios, dotándolos de arbolado, zona de juegos, una fuente y bancos.

Con un libro de Azorín en la mano redescubriremos aquel París amable, suavemente gris y otoñal. Sumergirse en el pasado para volver al presente.


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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