Los memorables de Daniel Vázquez Díaz. El poeta Miguel Hernández

21 febrero, 2014

Texto de Rui Vaz de Cunha (heterónimo de Ignacio Vázquez Moliní y Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye) en el libro Los memorables de Vázquez Díaz, una  mirada al siglo XX (se vende en la librería Pérgamo, General Oráa, Madrid).

Rui Vaz de Cunha

Rui Vaz de Cunha

Miguel Hernández (Orihuela, 1910 – 1942, Alicante).-

La relación del poeta de Orihuela con Portugal es una de las más tristes que imaginarse puedan. Al concluir la guerra civil Miguel Hernández se aventuró como pudo hasta llegar a la raya portuguesa. Pasó por Sevilla, subió a la sierra onubense, estuvo en Aroche y, desde allí, amparado tal vez por arrieros, o por contrabandistas tan abundantes en aquellos tiempos, cruzó la frontera. No lo hizo por el paso natural, que entonces, como hoy, era el de Rosal, sino a pie siguiendo desmontes y fincas hasta llegar a una pequeña aldea llamada Santo Aleixo da Restauração. Alguien le habría informado, los arrieros o los contrabandistas, que de esa manera evitaría los numerosos controles militares del lado español.

Uno sabe que cruzar de aquella manera la frontera no es, ni mucho menos, complicado. El único obstáculo que tiene que salvarse es la ribera del Chanza, modesto cauce que en muchos sitios puede pasarse sin peligro alguno. Basta con remangarse las perneras del pantalón. Además, en aquella adelantada primavera del año 1939 no bajaría en exceso caudaloso. Para entrar en Portugal hay que salir de la carretera unos pocos quilómetros antes de llegar a Rosal. El mejor paso se encuentra casi en frente del cortijo Monteperro, que pertenece desde siempre a don Misael Baones, desde antiguo buen amigo de mi familia y propietario del afamado hierro caballar de la cercana Almonaster la Real.

No tuvo suerte Miguel Hernández. Es cierto que nada más entrar en la aldea fue socorrido por un joven del que hoy poco se recuerda. Al parecer, le insistió para que no intentara dirigirse de inmediato hacia Lisboa. Era preferible, le dijo, esperar unos días escondido hasta que la vigilancia no fuera tan severa. No tenía nada que temer, añadió. Tendría comida y un techo bajo el que descansar. Luego ya verían cómo organizar mejor su viaje hasta la capital. El poeta no le hizo caso. Pensó que era mejor seguir adelante. Alejarse cuanto antes de la frontera. Lisboa no estaba lejos.

Intentó vender un reloj de oro blanco, regalo que en su día le hiciera Vicente Aleixandre. Pero las cosas no fueron tan sencillas. Un campesino avariento no sólo se quedó con aquel reloj sino que denunció al fugitivo para recibir la vergonzante recompensa estipulada por los franquistas.

Al cabo de unos días en los que estuvo detenido en el calabozo de Ficalho, Miguel Hernández fue entregado a los guardias civiles. Pasó unos días más en la cárcel de Rosal. Magullado y hambriento fue por fin trasladado a Madrid donde ingresaría en la cárcel de Porlier. Después, no se sabe muy bien por qué, fue liberado. El poeta, ingenuo como era, regresó a su tierra donde, como es sabido por todos, inició el calvario que unos años después acabaría con su propia vida.

El dibujo que le hiciera Daniel Vázquez Díaz, cuyo paradero actual mucho me gustaría averiguar, es sin duda todavía más interesante que aquel otro que suele reproducirse siempre, el realizado por don Antonio Buero Vallejo, también excelente dibujante.

En el retrato de Vázquez Díaz, realizado al carbón, como a toda prisa, destacan las sombras del rostro casi adolescente. La mirada ingenua del poeta se pierde en la distancia proyectada por unos ojos asombrados ante el mundo. Los trazos se difuminan hasta perderse en un fondo apenas sugerido. La frente, sin embargo, es ya la de un poeta maduro, llena de pensamientos y de versos todavía no plasmados en poema alguno. Ahí es donde creo que reside sobre todo el misterio de este gran dibujo. Al contemplarlo con detenimiento, uno tiene la extraña sensación de adivinar las siniestras líneas de la que pronto será una faz yaciente, sin alma, sin aliento, a falta sólo de que alguien llegue a cerrarle los ojos, esos ojos desmesuradamente abiertos.

Lo que muy pocos conocen son las gestiones infructuosas que en Lisboa se llevaron a cabo para impedir que Miguel Hernández fuese devuelto a España. Cierto era que los tiempos, en aquel año de 1939, no estaban como para muchas aventuras románticas. Portugal se encontraba en una hora decisiva. Por una parte, las tropas franquistas acuarteladas en la frontera no auguraban nada bueno. Las ansias expansionistas de los vencedores de la guerra civil española eran evidentes. La negativa de los ingleses para vender el necesario material de guerra había impedido el rearme del ejército portugués. El estallido de la guerra mundial era inminente.

Entre tanto, como de costumbre, Salazar jugaba a varias bandas. Por una parte colaboraba abiertamente con Franco. Por otra, a través de terceros países, mantenía abiertas las vías de comunicación con lo que quedaba de la República Española.

Así las cosas, en Lisboa algunos diplomáticos hispanoamericanos proseguían sus actividades en favor de los refugiados republicanos. Especialmente activos fueron los representantes de México y de Chile. En aquellos años la cónsul chilena era Gabriela Mistral. Por ciertos recuerdos familiares cuyo origen ahora no viene al caso, sé de buena tinta que ambas legaciones llevaron a cabo decididas gestiones para salvar a Miguel Hernández. No tuvieron éxito tan sólo por uno de aquellos azares que tan a menudo se dan en la vida diplomática, un almuerzo que se alarga demasiado, un teléfono que no es atendido, una ausencia inesperada de aquél que tiene que plasmar su firma en la orden oportuna.

Quién sabe si algún día no me animaré a poner orden en los muchos papeles familiares para narrar en detalle aquellos acontecimientos. Habría materia suficiente para una entretenida novela.


Los memorables de Daniel Vázquez Díaz (José Antonio Primo de Rivera)

17 febrero, 2014

José Antonio Primo de Rivera (Madrid, 1903 – 1936, Alicante).-

Este es un capítulo, para muestra y promoción, del libro Los memorables de Vázquez Díaz. Una mirada al siglo XX. Portada Vázquez Díaz 19 11 13Escrito por Rui Vaz de Cunha (heterónimo de Ignacio Vázquez Moliní y de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye).

Se vende en la librería Pérgamo de Madrid y lo vende también el editor, Romero Libros, que es de Jabugo (Huelva), romeroediciones@telefonica.net.

Rui es un portugués reaccionario pero liberal, nada carca y bastante europeista (dentro de un orden) ; le gusta romper moldes y no ser políticamente correcto, esa plaga del pensamiento actual que paraliza las mentes más lúcidas (si Allen Ginsberg volviera escribiera otra vez Aullido -Howl– empezaría así: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la corrección política y la opinión pública, miedosas, reprimidas, culpables…”.

Rui Vaz de Cunha

Rui Vaz de Cunha

Tanto Rui como Ignacio Vázquez colaboran en www.estrelladigital.es con sendos blogs Cartas desde Lisboa y La mirada tranquila.-

El dirigente de la Falange, gran admirador de Rudyard Kipling, orteguiano, distinguido, de belleza clásica y visionario, fue como la némesis de Franco. A pesar de su apellido y parentesco –hijo del dictador y nieto de militares, como don Fernando Primo de Rivera, gobernador militar de Madrid y Castilla la Nueva en 1874-, no era un señorito ni un militar golpista sino una especie de filósofo de la acción futurista, un Marinetti de la política que, como él, quería “romper la superficie de la convención” (el futurista italiano se murió oportunamente en 1944, librándose probablemente del oprobio de la purga de la postguerra italiana), que, evidentemente, no pudo arraigar en la España de los terratenientes, de los clérigos de mesa camilla, de los banqueros vascongados y de políticos comilones. Su inspiración era dorsiana, como subraya Dionisio Ridruejo, con una gran influencia vascongada (los Mourlane, Maeztu, Sánchez Mazas, etc). Les robaba a las izquierdas votos en sus propios cazaderos y no gustaba del militarismo. Su muerte, execrable crimen y gran error, les hizo un favor a todos. Les vino bien. Curiosamente en Madrid, donde proliferan las placas romboidales conmemorando efímeros pasajes de algunos artistas y políticos perfectamente dispensables, no hay ninguna en la casa de la calle de Génova donde viviera José Antonio, a pesar de ese ejercicio penitente del que gustan tanto a nuestros hermanos españoles, siempre algo necrófilos, de memorias históricas y fusilados de hace ochenta años. En Portugal no tuvimos ningún equivalente a José Antonio (Homem Christo murió a tiempo en un accidente de automóvil en Italia), a pesar de tener un régimen dictatorial –teñido de un cierto despotismo ilustrado muy pombalino, a fin de cuentas- como el Estado Novo. A lo más que llegamos fue a los partidarios de la restauración de la monarquía, con Paiva Couceiro, y a los ‘viriatos’, una especie de juventudes uniformadas, más parecidos a boy scouts que a camisas pardas, negras o azules. Somos, efectivamente, un país de brandos costumes, bastante suave en comparación con otros.

Boceto al óleo

Boceto al óleo

José Antonio no creía en la igualdad –aunque sí en el control de las riquezas de los poderosos y en la protección de los trabajadores- ni en la democracia, simple juego de multitudes sometido a la demagogia de cuatro charlatanes y las cantinelas de fabuladores políticos. Creía en el deber de las élites de prestar su servicio a las masas, guiándolas. Las necesidades del combate dialéctico, la premura de la lucha casi callejera, hicieron que José Antonio no puliera más sus escritos ni profundizase más en sus ideas, distantes del nazismo y del fascismo italiano entre otras cosas, porque reconocía la esencia cristiana de España y veía con enorme desconfianza el nihilismo nazi. Sus escritos, inmediatos, efímeros, de brega, parecen hoy demasiado panfletarios, aunque escritos en buen castellano. El, para combatir la vieja España, quería imponer la verdad por la fuerza, con la energía organizativa que limpiase el rancio polvo de la corte, la decadencia de los terratenientes holgazanes y la avaricia de banqueros sin escrúpulos. Ni adulaba ni halagaba. En cierto modo, creó una nueva estética política, una retórica, diferente de las decimonónicas monárquica y republicana. No era actor de la política. En ese sentido, era el anti-orador.

Yo recuerdo haber leído hace muchos años uno de sus libros. Tal vez Nicolás Franco, en los muchos años en los que fue embajador en Lisboa, se lo regalaría a mi padre. Luego se perdería entre el desorden inexcusable de los anaqueles de mi biblioteca de Alcácer, que algún día prometo remediar. El libro se titulaba La hora de los enanos. En un pequeño volumen bien encuadernado se reproducían los que hubieran sido discursos parlamentarios de José Antonio. Se había presentado a diputado en las Cortes constituyentes de la República Española con el objetivo único de reivindicar la memoria de su padre, el general Primo de Rivera fallecido en el exilio de París, dictador militar desde 1923. Sin embargo, al no conseguir el acta de diputado, José Antonio decidió pronunciar una serie de conferencias y publicar multitud de artículos con el propósito de honrar la memoria paterna. Todo aquello ocurrió varios años antes de la fundación de la Falange, en una etapa que algunos han denominado prefascista. Refiriéndose a los nuevos diputados republicanos, encabezados por Ortega y Gasset, afirmará aquello de “aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería. Son la descendencia, venida a menos, de aquellos intelectuales que negaron la movilidad de la tierra y su redondez, y la posibilidad del ferrocarril, porque todo ello pugnaba con las fórmulas. ¡Pobrecillos!”

Poco después José Antonio Primo de Rivera apostaría definitivamente por el fascismo.

Todo ello se vino abajo con la guerra y el franquismo, quedando en boca de unos cuantos decepcionados seguidores, como la “revolución pendiente”, una especie de mesianismo político que alimentó unas cuantas mentes. Heredero de la tradición heleno-latina, detestaba las imposiciones germánicas y el racismo. En el fondo, fue mejor que no viviese para ver a muchos de sus secuaces convertidos en ministros, en adoradores del Tercer Reich o en estraperlistas , o en las tres cosas a la vez. Quiero pensar que, de haber vivido, hubiera sido más como Dionisio Ridruejo quien, dicho sea de paso, es un gran ausente en la galería de retratos de Vázquez Díaz.

El retrato expresa muy bien esa especie de figura apolínea del adalid de la Falange. De hecho, el cuadro pintado en 1944 se titula ‘Retrato espiritual de José Antonio’. Sin aditivos pilosos -a los que tan aficionados eran los viejos políticos de toda laya-, con un perfil de torero y una mirada fría, es el retrato de un desaparecido. José Antonio, hombre de alcurnia, era singular en la España de entonces. Conducía un descapotable rojo (escarlata, dice Ernesto Giménez Caballero), sabía vestir tanto el smoking como el mono azul, leía mucho. Además de ser un hombre con grandes dones de simpatía y buena educación, gracejo, decían algunos, emanaba de él una sinceridad que hasta sus adversarios, socialistas y nacionalistas no podían por menos que admirar. Su última carta expresa bien su carácter: “…esta muerte en la que no cabe la ironía (…) me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta…”. Tras su muerte (el recurso de casación había sido visto, pues estaba señalado par el 24 de julio de 1936, el director de la cárcel de Alicante entregó sus últimos escritos a Indalecio Prieto, quien los reproduce: “(los sublevados) un grupo de generales de honrada intención, pero de desoladora mediocridad política” (…) detrás está el viejo carlismo intransigente, cerril, antipático; las clases conservadoras, interesadas, cortas de vista, perezosas; el capitalismo agrario y financiero, es decir, la clausura en unos años de de toda posibilidad de edificación de la España moderna” y proponía “la deposición de las hostilidades y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional sin persecuciones, sin ánimo de represalias, que haga de España un país tranquilo, libre y atareado”. No tenía nada que ver con lo que luego devendrían muchos falangistas de la segunda hora, revanchistas y aprovechados.


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