La Italia de Vasco Pratolini

9 octubre, 2018

Hablar de Vasco Pratolini (1913-1991) a estas alturas podría parecer un ejercicio de nostalgia. Pero visto lo que sucede en Italia y otros países, es oportuno recordar su posición ética y estética.

En  Alegoría y escarnio, Allegoria e derisione, un hombre, Valerio, se planta ante dos espejos, el de sus propios diarios, y otro que da a la calle, que refleja su memoria de unos años aciagos, de 1935 a 1945, los años de la guerra de España, de la invasión de Abisinia por Mussolini, de la guerra mundial y de la resistencia.

6019274En la obra hay tres ejes: la responsabilidad del intelectual resistente, la amistad y el amor, el auge y caída del fascismo. Y se basa en las tres cualidades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

La memoria, que es la madre, los Marsili, familia de campesinos, antigua, modesta, sus orígenes obreros. El entendimiento, porque Valerio conserva la lucidez y la ética en medio del totalitarismo, de la pobreza, de la guerra. La voluntad, porque no pierde de vista la necesidad de libertad, de vencer al opresor.

Serán la cultura, el arte, el amor y la amistad los resquicios de libertad de Valerio Marsili en medio de la impuesta uniformidad fascista, mental y hasta vestimentaria (le sancionan porque llevar una boina azul en vez del fez en una revista de la juventud fascista, a la que pertenece).

Los diarios de Valerio se escalonan en función del amor, la madre, las sucesivas amigas, enamoradas, hasta una prostituta, y finalmente, su mujer. Dos, tres amigos, como el pintor Vieri Mangani, Mauricio y Corrado, son las otras referencias del protagonista. La novela, si se puede llamar así, que no creo, tiene bastante de autobiográfica, donde fluye la memoria de la ciudad, del barrio, las ventanas con geranios, las trastadas de los chicuelos. Todo brota de la propia experiencia de Pratolini. Nos ha dejado su testimonio y no en vano dos de sus grandes obras llevan el título de crónica (De los pobres amantes, Crónica familiar). Para captar mejor todo su universo, habría que leer también El Barrio, Il quartiere, donde describe con afecto, sensibilidad y cierta nostalgia la vida en el barrio florentino de clase obrera donde creció el autor.

Vasco Pratolini, florentino, autodidacta, estuvo siempre entre el marxismo y el existencialismo, lo que no es necesariamente incompatible. Su dolor personal expresaba el dolor colectivo de un pueblo, de la clase obrera italiana, de los intelectuales más honestos, En ese sentido, habría que trazar los paralelos con dos escritores de su generación, Albert Camus y Peter Weiss. Sus temas, su estética –como La estética de la resistencia del alemán, comentada hace poco-, o L’homme revolté, traducido dudosamente por ‘El hombre rebelde’, son similares y constituyen piedras angulares de un compromiso vital, racional, libre, revolucionario, frente a los totalitarismos y frente a la rapacidad capitalista primaria que alentaba el fascismo y el nazismo. Trae el perfume de aquellas películas del neorrealismo italiano, filmadas al poco de liberarse Italia.

El barrio

Portada de Rafael Alberti

Sería un error encasillar a Pratolini en el neorrealismo. Pratolini no escribe de forma naturalista (tampoco estoy de acuerdo con la afirmación francesa de que fuera el Zola italiano) ni en la simplicidad de lo que entendemos por realismo socialista. De la trilogía Una historia italianaMetello y Lo Scialo (El desperdicio) son quizás más clásicas de factura, más novelas, en sentido estricto, mientras Alegoría y escarnio profundiza más en la complejidad del pensamiento humano, de sus actos y decisiones para los que no bastan las doctrinas, los conocimientos teóricos, pues la vida presenta demasiadas variantes. Así, el personaje ambiguo de Francesca, prostituta pero con lealtad, aunque al final sea condenada, cuya condena Pratolini deja flotando en la duda de si  fue justa. Lo que lleva a deshacer otra simplificación, cual es que Pratolini como escritor legitimaba automáticamente la política del Partido Comunista. Era  mucho más sutil y de hecho sería apartado temporalmente del mismo.

Pratolini encarna lo que debe ser la responsabilidad del intelectual, algo que hoy parece olvidado (miremos lo que pasa en Cataluña y el silencio de muchos ante ello). Nos confronta con la naturaleza contradictoria del hombre, del amor, a las distintas posibilidades dentro del estrecho cerco a que está sometido. La vida no venía determinada totalmente, aunque estuviese muy limitada por la omnipresencia del fascismo. Siempre hay lugar para alzarse contra la opresión. La comunicación entre camaradas y amigos era difícil, con altibajos y malentendidos –como con Vieri el pintor-, aunque la lealtad terminaba por sobreponerse. Los camaradas han tenido que hacer la guerra en Etiopía, en España, en Rusia, y sin embargo ellos luchan contra el fascismo. Nada es sencillo ni lineal, ser conscientes del propio ser, no aceptar el destino trazado conllevaba el mayor riesgo, la muerte. No se rindieron.

Alegoría y escarnio está constantemente referida a la cultura del momento porque, así como Weiss, se interroga sobre el papel de la cultura en la sociedad. Hay referencias, a los grandes autores (no es casual la mención reiterada de Dostoievsky), a Proust, Joyce o Stendhal. La pintura, Goya, Picasso, Géricault, Morandi, el desconocido en España Scipione, Ottone Rosai, Masaccio, Giotto, los clásicos italianos.

¿Puede considerarse a Pratolini pasado de moda, pues a las empresas editoriales ya no les interesa por no ser rentable? Curiosa, esta banalidad cuando Alegoria y escarnio y toda su obra (como la de su amigo Elio Vittorini, las de Pavese, Calvino, todos ellos forjados contra el fascismo) es precisamente la historia de la lucha contra la banalidad, contra lo impuesto, contra la alienación.

CronicaGran parte de los críticos literarios sólo parecen atender a lo reciente, salvo los ídolos indiscutibles, de la escolástica y el santoral habitual (Pessoa, Lorca, Virginia Woolf, Auster o Knausgaard, por citar algunos) a la producción editorial del momento, a los servicios de prensa de las grandes casas de edición o a las redes llamadas sociales. Hay como una endogamia entre edición y crítica, que se satisfacen recíprocamente, de modo que sólo se analiza lo que interesa a la primera. Pratolini tuvo siempre poca suerte en la edición española, pero mucha más en la argentina (Siglo Veinte, Losada), aunque sean traducciones con argentinismos. Hoy, la mayoría de sus libros son inhallables.

Nuestra sensibilidad y quizá nuestro gusto cambiaron, el canon parece que mudó de parámetros (¿pero quién establece el canon?) y los lectores ya no tienen paciencia para ciertas historias. Sin embargo, los testimonios, las crónicas, siguen siendo válidos y muy pertinentes. Pratolini, además de escribir muy bien, hace que el lector vea lo que describe, por lo que puede considerarse un clásico en el sentido que da Azorín, citando a Lasserre, “el que reduce sus experiencias personales a lo esencial”, o consigue que “lo eterno (esté) inscrito en lo cotidiano”.

Vasco Pratolini ha contribuido al imaginario cultural, literario e histórico de su país y forma parte de la civilización literaria italiana. Y más cuando Italia es hoy un país en dudas, vacilante, cuando la izquierda digna de tal nombre prácticamente ha desaparecido (entre todos, menos del 19%), en esta Europa que se inclina hacia el nacionalismo y el populismo.

Aquí tenemos todavía las obras de esa otra Italia posible, libre, abierta, embrollada pero siempre fascinante, que, tras el desencanto de los años sesenta del pasado siglo, late en el alma de muchos italianos. Volver a leer a Pratolini no es en absoluto un ejercicio melancólico ni sólo para italianos, sino para comprender mejor de dónde venimos, de dónde salieron la Italia y la Europa de hoy y cuáles son el papel y la responsabilidad de los que aún llamamos intelectuales.

[Nota.- En Florencia en las elecciones de este año, los demócratas del centro izquierda aún han resistido a la Lega y a Salvini, pero han bajado del 46% al 37%.]


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