Aquellos fascistas: Italo Balbo y los demás

Italo Balbo fue quizás el fascista con mejor prensa internacional debido a sus proezas aeronáuticas. Su violenta trayectoria la edulcoró con un sentido del espectáculo, con una hábil propaganda. Hace poco he leído su biografía, Italo Balbo, a fascist life, escrita por Claudio G. Segrè, quien fuera hijo de uno de los investigadores atómicos de Los Alamos, Emilio Segrè, premio Nobel de física.

Claudio Segrè murió en 1995 a los cincuenta y ocho años, haciendo jogging. Nacido en Palermo en 1937, en 1938 su familia tuvo que irse a los Estados Unidos pues su padre había sido excluido de la investigación por las leyes antisemitas de Mussolini. Su biografía del aviador y héroe fascista es probablemente la mejor, pues lo sitúa en el contexto histórico y revela aspectos curiosos como cuando Balbo, a la sazón gobernador de Libia, invita a Göering, ministro como él de Aviación, a una cena fastuosa a la que también ha invitado a los notables judíos de Trípoli, para horror del alemán. Balbo muere en combate en Tobruk, al ser derribado su avión por fuego amigo. La leyenda y las teorías conspiratorias llegaron a acusar a Mussolini de este supuesto accidente, porque Balbo parecía ser su sucesor nato.

Viene esta referencia a Balbo y a Segrè a propósito del libro de Antonio Scurati, M, el hijo del siglo, sobre el ascenso y llegada al poder de Mussolini. Scurati ha ganado el año pasado el prestigioso premio italiano Strega por esta obra. Cubre desde 1919 a 1924 y está escrito en base de documentos, de manera objetiva, relatando al pormenor la personalidad, andanzas e ideas del dictador fascista, de sus seguidores y sus oponentes. Es un libro que, incluido curiosamente en la colección de ficción, es puramente histórico, es una narración histórica, no una novela. La traducción es excelente, así como la edición, sin una sola errata.

En el libro de Scurati, nos sorprende -o no- que ese desprecio de los fascistas por lo que ellos llamaban ‘casta’, los políticos parlamentarios de la primera postguerra europea, sea algo que resuena en España utilizado por la extrema izquierda y Podemos, en particular. También José Antonio tuvo desprecio por las urnas y los políticos tradicionales.

El libro es esclarecedor porque, si hemos conocido los orígenes del nazismo a raíz de la vergüenza de la vengativa Conferencia de Versalles, menos sabemos de las reacciones que provocó en Italia, que de vencedora se vio convertida en vencida (Italia entró en la Primera Guerra, recordemos, con los aliados, contra Austro-Hungría). Versalles fue la perversa incubadora de los movimientos nacionalistas y del fascismo. El libro describe magistralmente la marcha sobre Fiume, hoy Rijeka, en Croacia, protagonizada por el inefable poeta Gabriele D’Annunzio, fascista de la primera hora. Recordemos que no pocos artistas e intelectuales se unieron al fascismo, a veces sólo temporalmente, como el caso muy conocido del futurista Marinetti, del compositor Arturo Toscanini, el poeta Giuseppe Ungaretti, Indro Montanelli, Curzio Malaparte, Giovanni Gentile, casi Benedetto Croce, Pirandello, y hasta el poeta y novelista judío Guido da Verona (que, acosado posteriormente por el régimen, se suicidaría en 1939).

En estos tiempos en que a cualquiera de derechas se le tacha de fascista al menor descuido, no viene nada mal leer estas dos biografías, que van quitando las capas de la cebolla y nos describen la complejidad de personajes y situaciones históricas que explican, aunque no justifiquen, el recurso a la fuerza de los humillados de Versalles, como sería Hitler, y como serían también los italianos.

Otra biografía de Mussolini, que comprende toda su vida y pone de relieve las diferencias entre el fascismo y el nazismo y la complejidad de la política exterior que quiso llevar a cabo Mussolini intentando acercarse a Inglaterra es la del historiador inglés Christopher Hibbert. No hay edición española, como tampoco del libro sobre Italo Balbo, lo que muestra un desdén sorprendente de los editores sobre un país tan cercano y de una historia paralela y a menudo compartida).

El libro de Scurati trata también de bastantes dirigentes del socialismo, como Pietro Nenni, Giolitti, Giacomo Matteotti, De Gasperi, o como Nicola Bombacci (socialista, luego comunista y finalmente fascista, asesinado por los resistentes comunistas en 1945). En Alemania hubo SA y nazis procedentes de las filas socialistas y comunistas. Los orígenes obreros y socialistas de los movimientos fascistas fueron un tiempo comunes, incluida la Falange (Manuel Hedilla, por ejemplo).

Scurati en su detallada descripción del ascenso del fascismo, sobre un fondo de revuelta obrera parecida a las que hubo en Alemania, en España, en Hungría, se destaca algunos caldos de cultivo del fascismo: las cuestiones territoriales y nacionalistas, como Fiume, Trieste, la salida de Albania ordenada por -el nefasto, por imperialista de saña antieuropea- presidente Wilson, que unieron a todos, izquierda y derecha, a excombatientes y obreros, el malestar de los pobres de siempre, de los campesinos y la extrema violencia de las huelgas organizadas por la izquierda en el valle del Po. Las ‘capas medias desclasadas’ se volcarían hacia el fascismo, amedrentadas por la violencia de la izquierda, que además en 1921 se divide entre comunistas y socialistas.

Destaca también algo común en los líderes fascistas: su histrionismo y su facilidad de palabra, de elocuencia, que los burgueses y muchos marxistas menospreciaron, pero que movilizaron perversamente a las masas carentes de dirigentes más resueltos. Los “picos de oro” son los perfectos dirigentes populistas, peligrosos, por tanto. Son preferibles los dirigentes menos carismáticos, menos elocuentes y menos mediáticos.

El libro puede resultar demasiado largo y prolijo, pero es el recuento exacto de la decadencia del Parlamento, de la vieja política, incapaz de hacer frente al fascismo, del desastre -como en Alemania- de la izquierda, dividida. “La política se había convertido en mera disputa”. Es el vacío del Estado, que es ocupado por el Fascio. “El fascismo se impone […] o se convertirá en la linfa con la que se alimente el Estado, o reemplazaremos al Estado” (Bianchi). “Duce, nadie desprecia más que yo este paisucho contaminado, podrido, senil, piojoso, patria de castrados pacifistas en que se ha convertido Italia” (De Vecchi). Y se extiende en todas las atrocidades, asesinatos, destrucción de casas sindicales, que llevan a que los campesinos se pasen en masa, del socialismo al fascismo. El fascismo da la última “palada en el ataúd de la vida parlamentaria”.

Hay numerosas citas textuales de las frases y proclamas de los dirigentes fascistas, de sus juergas de vino, prostitutas y sangre. Italo Balbo, de Ferrara, funesto héroe, germanófobo y no antisemita, es uno de los más despiadados dirigentes que conduce a los escuadristas a las llamadas operaciones de castigo de una terrible violencia. Luego, llegado al poder, intentará reciclarlos en fuerzas regulares para evitar más desmanes que desprestigian al gobierno fascista. Recordemos que Balbo es el inventor del uniforme fascista, con las camisas negras, y el promotor de la tortura haciendo beber aceite de ricino con un embudo a los sindicalistas de izquierda.

Y otra pequeña enseñanza: ese pueblo italiano que parecía carnavalesco, “de vodevil”, como decían muchos entonces, fue un caldo de cultivo del fascismo, de una guerra civil en su ascenso y al final. En España era parecido. Sociedades alegres y confiadas al borde del abismo. Los biergarten, las terrazas, los cafés, los bellos automóviles -que Mussolini y Balbo adoraban- y una cierta alegría de vivir no bastaron para alejar la tragedia que los viejos políticos no supieron ni quisieron evitar. Cuando en septiembre de 1922 ya se preparaba la Marcha sobre Roma, el liberal Giolitti estaba tomando las aguas en Vichy. La abdicación de los poderes estatales se consumaba. El rey encargaba a Mussolini formar gobierno, a pesar de que los fascistas solamente tenían treinta y cinco diputados.

El libro, en fin, aunque de un detalle casi abrumador para el lector no italiano -nombres, lugares, citas-, con más de ochocientas páginas, no pierde la tensión y es un inmenso reportaje del ascenso del fascismo que el lector contempla como si estuviera en primera fila, gracias a la pluma exacta y vívida de Antonio Scurati, que como un escalpelo nos describe ese período histórico.

La Italia de Vasco Pratolini

Hablar de Vasco Pratolini (1913-1991) a estas alturas podría parecer un ejercicio de nostalgia. Pero visto lo que sucede en Italia y otros países, es oportuno recordar su posición ética y estética.

En  Alegoría y escarnio, Allegoria e derisione, un hombre, Valerio, se planta ante dos espejos, el de sus propios diarios, y otro que da a la calle, que refleja su memoria de unos años aciagos, de 1935 a 1945, los años de la guerra de España, de la invasión de Abisinia por Mussolini, de la guerra mundial y de la resistencia.

6019274En la obra hay tres ejes: la responsabilidad del intelectual resistente, la amistad y el amor, el auge y caída del fascismo. Y se basa en las tres cualidades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

La memoria, que es la madre, los Marsili, familia de campesinos, antigua, modesta, sus orígenes obreros. El entendimiento, porque Valerio conserva la lucidez y la ética en medio del totalitarismo, de la pobreza, de la guerra. La voluntad, porque no pierde de vista la necesidad de libertad, de vencer al opresor.

Serán la cultura, el arte, el amor y la amistad los resquicios de libertad de Valerio Marsili en medio de la impuesta uniformidad fascista, mental y hasta vestimentaria (le sancionan porque llevar una boina azul en vez del fez en una revista de la juventud fascista, a la que pertenece).

Los diarios de Valerio se escalonan en función del amor, la madre, las sucesivas amigas, enamoradas, hasta una prostituta, y finalmente, su mujer. Dos, tres amigos, como el pintor Vieri Mangani, Mauricio y Corrado, son las otras referencias del protagonista. La novela, si se puede llamar así, que no creo, tiene bastante de autobiográfica, donde fluye la memoria de la ciudad, del barrio, las ventanas con geranios, las trastadas de los chicuelos. Todo brota de la propia experiencia de Pratolini. Nos ha dejado su testimonio y no en vano dos de sus grandes obras llevan el título de crónica (De los pobres amantes, Crónica familiar). Para captar mejor todo su universo, habría que leer también El Barrio, Il quartiere, donde describe con afecto, sensibilidad y cierta nostalgia la vida en el barrio florentino de clase obrera donde creció el autor.

Vasco Pratolini, florentino, autodidacta, estuvo siempre entre el marxismo y el existencialismo, lo que no es necesariamente incompatible. Su dolor personal expresaba el dolor colectivo de un pueblo, de la clase obrera italiana, de los intelectuales más honestos, En ese sentido, habría que trazar los paralelos con dos escritores de su generación, Albert Camus y Peter Weiss. Sus temas, su estética –como La estética de la resistencia del alemán, comentada hace poco-, o L’homme revolté, traducido dudosamente por ‘El hombre rebelde’, son similares y constituyen piedras angulares de un compromiso vital, racional, libre, revolucionario, frente a los totalitarismos y frente a la rapacidad capitalista primaria que alentaba el fascismo y el nazismo. Trae el perfume de aquellas películas del neorrealismo italiano, filmadas al poco de liberarse Italia.

El barrio

Portada de Rafael Alberti

Sería un error encasillar a Pratolini en el neorrealismo. Pratolini no escribe de forma naturalista (tampoco estoy de acuerdo con la afirmación francesa de que fuera el Zola italiano) ni en la simplicidad de lo que entendemos por realismo socialista. De la trilogía Una historia italianaMetello y Lo Scialo (El desperdicio) son quizás más clásicas de factura, más novelas, en sentido estricto, mientras Alegoría y escarnio profundiza más en la complejidad del pensamiento humano, de sus actos y decisiones para los que no bastan las doctrinas, los conocimientos teóricos, pues la vida presenta demasiadas variantes. Así, el personaje ambiguo de Francesca, prostituta pero con lealtad, aunque al final sea condenada, cuya condena Pratolini deja flotando en la duda de si  fue justa. Lo que lleva a deshacer otra simplificación, cual es que Pratolini como escritor legitimaba automáticamente la política del Partido Comunista. Era  mucho más sutil y de hecho sería apartado temporalmente del mismo.

Pratolini encarna lo que debe ser la responsabilidad del intelectual, algo que hoy parece olvidado (miremos lo que pasa en Cataluña y el silencio de muchos ante ello). Nos confronta con la naturaleza contradictoria del hombre, del amor, a las distintas posibilidades dentro del estrecho cerco a que está sometido. La vida no venía determinada totalmente, aunque estuviese muy limitada por la omnipresencia del fascismo. Siempre hay lugar para alzarse contra la opresión. La comunicación entre camaradas y amigos era difícil, con altibajos y malentendidos –como con Vieri el pintor-, aunque la lealtad terminaba por sobreponerse. Los camaradas han tenido que hacer la guerra en Etiopía, en España, en Rusia, y sin embargo ellos luchan contra el fascismo. Nada es sencillo ni lineal, ser conscientes del propio ser, no aceptar el destino trazado conllevaba el mayor riesgo, la muerte. No se rindieron.

Alegoría y escarnio está constantemente referida a la cultura del momento porque, así como Weiss, se interroga sobre el papel de la cultura en la sociedad. Hay referencias, a los grandes autores (no es casual la mención reiterada de Dostoievsky), a Proust, Joyce o Stendhal. La pintura, Goya, Picasso, Géricault, Morandi, el desconocido en España Scipione, Ottone Rosai, Masaccio, Giotto, los clásicos italianos.

¿Puede considerarse a Pratolini pasado de moda, pues a las empresas editoriales ya no les interesa por no ser rentable? Curiosa, esta banalidad cuando Alegoria y escarnio y toda su obra (como la de su amigo Elio Vittorini, las de Pavese, Calvino, todos ellos forjados contra el fascismo) es precisamente la historia de la lucha contra la banalidad, contra lo impuesto, contra la alienación.

CronicaGran parte de los críticos literarios sólo parecen atender a lo reciente, salvo los ídolos indiscutibles, de la escolástica y el santoral habitual (Pessoa, Lorca, Virginia Woolf, Auster o Knausgaard, por citar algunos) a la producción editorial del momento, a los servicios de prensa de las grandes casas de edición o a las redes llamadas sociales. Hay como una endogamia entre edición y crítica, que se satisfacen recíprocamente, de modo que sólo se analiza lo que interesa a la primera. Pratolini tuvo siempre poca suerte en la edición española, pero mucha más en la argentina (Siglo Veinte, Losada), aunque sean traducciones con argentinismos. Hoy, la mayoría de sus libros son inhallables.

Nuestra sensibilidad y quizá nuestro gusto cambiaron, el canon parece que mudó de parámetros (¿pero quién establece el canon?) y los lectores ya no tienen paciencia para ciertas historias. Sin embargo, los testimonios, las crónicas, siguen siendo válidos y muy pertinentes. Pratolini, además de escribir muy bien, hace que el lector vea lo que describe, por lo que puede considerarse un clásico en el sentido que da Azorín, citando a Lasserre, “el que reduce sus experiencias personales a lo esencial”, o consigue que “lo eterno (esté) inscrito en lo cotidiano”.

Vasco Pratolini ha contribuido al imaginario cultural, literario e histórico de su país y forma parte de la civilización literaria italiana. Y más cuando Italia es hoy un país en dudas, vacilante, cuando la izquierda digna de tal nombre prácticamente ha desaparecido (entre todos, menos del 19%), en esta Europa que se inclina hacia el nacionalismo y el populismo.

Aquí tenemos todavía las obras de esa otra Italia posible, libre, abierta, embrollada pero siempre fascinante, que, tras el desencanto de los años sesenta del pasado siglo, late en el alma de muchos italianos. Volver a leer a Pratolini no es en absoluto un ejercicio melancólico ni sólo para italianos, sino para comprender mejor de dónde venimos, de dónde salieron la Italia y la Europa de hoy y cuáles son el papel y la responsabilidad de los que aún llamamos intelectuales.

[Nota.- En Florencia en las elecciones de este año, los demócratas del centro izquierda aún han resistido a la Lega y a Salvini, pero han bajado del 46% al 37%.]