Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura, por Antonio Damián Gallego

14 julio, 2017

Descubro tardíamente las fotografías que hizo Antonio Damián Gallego Gómez de la gente de La Puerta de Segura (Jaén), editadas hace quince años, en 2002.

Como él dice, son sus gentes, los niños, los abuelos, los que ya se fueron y los que vienen. Hay fotografías de la vieja aldea de Las Graceas, a dos pasos del pueblo, pero ya deshabitada, hay retratos que hablan. Que además son técnicamente perfectos. La pequeña,historiamde un pueblo español.

La calidad de las fotografías, en blanco y negro, no tiene nada que envidiar a las de todos esos fotógrafos norteamericanos que nos dejaron su testimonio y que son mundialmente reconocidos.

Con humildad, pero con gran sentimiento y orgullo sano de su tierra y de sus vecinos, Antonio Damián nos ha dejado un monumento al pueblo llano, a esas personas que forman el mundo pero que, como dice el poema de María del Pilar Martínez, son

gente buena de mi tierra,
rescatada del olvido
al que se hallan condenados
los humildes y los sencillos

Ver esos rostros, esos quehaceres antiguos, desde el labrador, el aceitunero hasta el hojalatero, el carpintero o el herrero, ver los gitanos del pueblo, tan señeros como él, producen emoción. ¿Qué más puede desear un fotógrafo que hacernos partícipes de su poesía gráfica?

Este libro, bellamente editado, debería ser mucho más conocido. Los retratados y el retratista lo merecen.

 


Verano del 44 en La Puerta de Segura (Jaén)

11 noviembre, 2015

Los aliados habían desembarcado en Normandía al precio de miles muertos y heridos. La liberación de Europa del totalitarismo nazi había dado un giro importante. El Tercer Reich se iría a pique, era cuestión de meses (que fueron, hasta mayo de 1945, diez. En nuestra postguerra, no estábamos para muchos trotes, teníamos decenas de miles de presos, casi un millón de exiliados, el pueblo llano a duras penas iba sobreviviendo en la penuria.

Y, de repente, encontramos el programa de las Fiestas del Carmen de La Puerta de Segura, como fuera del tiempo, atemporal, como en muchos pueblos perdidos de aquella España

Fiestas de La Puerta en 1944-1

Parte del programa La Puerta 1944

Anunciantes La Puerta 1944-1


El homenaje de La Puerta de Segura a don Santiago Ramón y Cajal

27 octubre, 2015

Con ocasión de la concesión del Premio Nobel a don Santiago Ramón y Cajal, en 1925, unos ilustrados de La Puerta de Segura (Jaén), le rindieron homenaje enviándole un telegrama y costeando una placa para colocarla en una calle del pueblo.

El telegrama

El telegrama

Ramón y Cajal contestó, naturalmente, muy afectuoso y agradecido.

Primera carta de Cajal

Primera carta de Cajal

imgres

2ª carta de Cajal


Fotos antiguas

6 junio, 2015

El morbo de las memorias de la guerra no me atrae. Está demasiado trillado y hay demasiado maniqueismo. Pero a veces, entre viejos papeles, aparecen fotografías perdidas como ésta de la entrada de las tropas nacionales en La Puerta de Segura, provincia de Jaén, en marzo de 1939.

La entrada de los nacionales en La Puerta

La entrada de los nacionales en La Puerta

En La Puerta acogieron a los refugiados de Espejo, pero el pueblo vivió en cierta calma, sin “paseos”, durante toda la guerra. Entre otras personas que contribuyeron a mantener el orden estaba el alcalde, Vivas, fontanero, de izquierdas y hombre sensato y honradísimo que yo llegué a conocer en los años sesenta, siempre con sus pantalones de azul de Vergara, de obrero, y sus gafas redondas. ¿Por qué no se recupera su memoria pues fue un español cabal en aquel maremágnum de despropósitos?

Es difícil encontrar otras fotografías con los puños en alto –que las habría- pues serían quemadas por sus poseedores, ante el miedo que se implantó. También es difícil encontrar las cartas que recibían las familias de los movilizados en el frente. Sin embargo, en algún cajón o alguna cámara estarán aun, y serían útiles para recrear cómo era la vida cotidiana, en ambos lados.


Recuerdo de David Bellón Campos

27 enero, 2015

Hijo de carpintero, nacido en La Puerta de Segura (Jaén, Andalucía), con una infancia dura ayudando a su padre en el taller, genio para la pintura, para la canción y para los negocios, David vivió poco, apenas rozó los sesenta años. El corazón lo abandonó una tarde en su bella casa La Jacarandá, en el Pedregalejo, Málaga.

De lenguaje fuerte, ocurrente, lleno de pimienta (por decirlo suavemente, que sabía propasarse), contador de historias jocosas de las gentes de allí, sus frases se nos han quedado grabadas. Sabía adjetivar las cosas con gracia. Por ejemplo, su coche era “recogido”, utilizaba mucho el adverbio ‘no obstante’ y le gustaba aseverar las cosas con un aire sentencioso.

David, en un viaje a Rabat y Marraquech

David, en un viaje a Rabat y Marraquech

Con ojos azul verdosos, un celta de Jaén, pelo blanco de plata, barba bellida y una determinación incomparable y sagacidad para ir ganando dinero, David fue el ejemplo del self made man. Pero que no le llevasen la contraria, si estaba convencido de tener razón.

Lo recuerdo al principio de su vida independiente, cuando vivía en Móstoles y vendía seguros por las casas, con su traje verde, recién casado con María Jesús. Luego se iría a Málaga, enviado por la empresa, que apreció sus cualidades de vendedor, aunque pronto él no necesitaría de empresa y volaría solo.

En aquellos veranos densos de comienzos de los años sesenta, en La Puerta, pasábamos las siestas leyendo tebeos (El Jabato, Capitán Trueno y Roberto Alcázar y Pedrín) o en las bicicletas, yendo a Polinario a bañarnos, en el río Guadalimar, o subiendo a los cortijos.

David pintaba, usando colores contundentes, muy vivos. Y tocaba en el conjunto del pueblo, por las ferias de los alrededores. Eran las canciones de finales de los sesenta, con algunas traducciones de Adamo y de italianos hoy olvidados.

En los últimos tiempos, en las vacaciones en la sierra de Segura pasamos ratos en Peñolite, en el mesón El Jaraiz, frente a los olivares y montes de Los Yegüerizos, en casas de comidas de Málaga. Nunca nos faltó conversación, ni humor, ni risas. No hablábamos de libros (aunque David leía, y además le gustaba la poesía) sino de la vida, porque él lo que más amaba era la vida. Aunque la quemó muy rápido, quizá por eso, para no llegar a la edad de la decrepitud.

David era el exceso con gracia, la exageración, el no parar. El saber contar historias, que había heredado de su madre, Marina. En estos tiempos en que parece perderse la personalidad en un mundo de espectáculo, televisión y fútbol, a David lo recuerdo como una personalidad y un carácter poco comunes.


La búsqueda del coche perdido. Bruselas (6ª entrega)

27 octubre, 2013

Tío Pablo.-

C´était au temps où Bruxelles bruxellait, como cantase Jacques Brel. Había llegado tío Pablo y mi padre, su gran amigo, me dijo “asómate al balcón y verás qué coche ha traído”. Solitario e imponente, había aparcado un inmenso Ford 1952 Crestline Sunliner descapotable azul cobalto. Era en la pequeña rue des Six Aunes (calle de los Seis Alisos, árboles que allí debieron existir hace siglos),

Rue de Six Aunes BXLuna vía del viejo Bruselas, de casas oscuras y algún modesto comercio. En aquel piso empecé a jugar con los cochecillos de hierro (los legendarios Gasquy) que me regalaban y desde la azotea ventosa contemplaba la ropa congelada en las cuerdas y el perfil oscuro de lejanos edificios, cúpulas y torres. Cuando he vuelto, muchos años después, la he visto convertida, como en un mal sueño, en un pasadizo del Ministerio del Interior belga. Fueron demolidas todas las casas de vecinos y sólo el viejo adoquinado recuerda que fue una modesta calle normal y acogedora si bien algo triste.

Tío Pablo enseguida organizó una excursión al Bois de la Cambre, su paraíso particular, su escapatoria, pues vivía no lejos de allí, en la Avenue Louise. Paul Fayt, tío Pablo, siempre me sorprendía con sus automóviles. El primer coche en que yo monté era suyo, un Ford Custom 1949. Cuando años atrás veía alguno, rara vez, por Madrid, sentía siempre una pequeña punzada de algo ya visto en una ciudad gris y lluviosa, como dibujada con tinta china, cuyas mejores fotografías son en blanco y negro, de parques muy umbríos y un lago donde la gente, los días de sol, se tumbaba en la hierba. Años después reconocí aquel lago como el gran lago del Bois de la Cambre, donde íba con mi padre y tío Pablo en su Ford. Paul Fayt pertenecía a una familia de alcurnia, entre cuyos antepasados se contaba el pintor Jan Fijt (Amberes 1611-1661), uno de cuyos cuadros está en el Museu de Arte Antiga de Lisboa.

Con parabrisas partido, un adorno en forma de proyectil en el centro del radiador y sus pilotos traseros transversales sobresaliendo un poco en las aletas, ha sido uno de mis coches totémicos. El Ford 1949, Ford Fordor Sedán, fue el primer modelo de la posguerra fabricado tras la reorganización de la fábrica. Los colores más comunes eran el negro, como el de tío Pablo, y el azul oscuro, aunque se fabricó en once colores. También existía una versión descapotable y otra de dos puertas. Del Ford 1949-50 se fabricaron 841.000 unidades, más que del Citroën Tracción Delantera, por ejemplo.l

Ese Ford ha sido inmortalizado en On a marché sur la Lune, es el coche del ingeniero. Hergé, para dibujar esos automóviles que tan bien ilustran los albumes de Tintin, se inspiró en el magnífico parque automovilístico belga, además de en los Dinky Toys, según dicen. Los tintines los descubrí a los doce años en un club de Madrid donde tenían toda la colección. Primero me atrayeron los excelentes dibujos de los coches, luego las historias. Y sobre todo flotaba ese ambiente belga que me traía como recuerdos perdidos. Probablemente recordaba esos dibujos de mis primeros años, pues existían desde los años treinta.

Una de las razones de que tío Pablo tuviera siempre buenos autos era porque no podía viajar en avión a causa de una dolencia cardíaca. Su transporte siempre era terrestre o marítimo. Todos sus coches fueron americanos, hasta que se pasó al Peugeot 403, ya en 1959. Viajaba por toda la España polvorienta de los cincuenta con sus lujosos coches, se albergaba en los Paradores, leía libros españoles, estaba suscrito al ABC y era uno de los pocos belgas que podían pronunciar ‘carretera’ con todas las erres.

Tio Pablo tenía dinero por su familia (negocios en el Congo) y fue uno de los numerosos jóvenes belgas, muchos con orígenes del catolicismo boy scout, que pasaron a Francia y de ahí a España para terminar en un inmenso campo para prisioneros aliados en Miranda de Ebro. Este era el filtro desde el que se dirigían a Lisboa o a Tánger para incorporarse a las fuerzas aliadas en Londres, o que cruzaron clandestinamente el Canal de la Mancha. Todavía recordaba, entre bromas, lo mal que cocinaban los ingleses en aquel Londres que resistía estoico bajo las V1 y las V2. Estas bombas, los primeros missiles, también cayeron en la capital belga y en Amberes, entre octubre y diciembre de 1944. Cuando iba a caer una V1 –recuerda mi familia- primero se oía como el zumbido del motor de un avión que de repente se paraba, entonces durante casi un eterno minuto una especie de tic tac y después era cuando la bomba se precipitaba, se desplomaba literalmente al suelo. Durante esos apenas sesenta segundos, los bruseleses contenían el aliento y esperaban resignados la sacudida de la explosión.Sin título-Escaneado-14

En los años 50, tío Pablo disfrutaba de la vida y por tanto de los buenos automóviles. Empezó a comprarse las maravillosas exageraciones americanas después de haber incrustado su pequeño enigual negro (el Volswagen) bajo la trasera de un camión y salir vivo de milagro. En sus coches hice mis primeras excursiones. Años después, tras la muerte de mi padre, tío Pablo fue mi único y último vínculo con la Bélgica brumosa y gris, añorada, de mi primera infancia. Me traía pequeños regalos pero sobre todo era como si el espíritu de mi padre volviera por unas horas con él. La última vez que le ví acababa de volver de un viaje por el sur de España, como siempre, en solitario, y recordaba con emoción cómo había vislumbrado a lo lejos en la noche las luces de La Puerta de Segura, cuando iba de Córdoba a Valencia. Esa sería la última y fugaz visión de aquellas tierras que su gran amigo español le enseñó a amar.

En otro viaje anterior se quedó a dormir en El Escorial, en el Hotel Felipe II, para poder absorber demoradamente el espíritu de un rey que él, a pesar de ser belga, admiraba a contracorriente de la leyenda negra que en aquellos años cincuenta estaba de moda en Bélgica (ya me decían en el colegio que los belgas eran malos y eran enemigos de España), y vino en un Plymouth Plaza que relucía como un transatlántico frente a las escalinatas del hotel. Tío Pablo tenía más de Egmont que de Orange e interpretaba la historia sin los prejuicios imperantes.

Tío Pablo murió en 1968 al volante de un demasiado veloz y ligero BMW, estrellado contra el pilar de un puente cerca de Namur, tras patinar sobre el agua que caía a torrentes. Su final, sólo cinco años después de mi padre (a cuyo fin llegaría demasiado tarde por no poder coger un avión; me lo encontré, alto y elegante, con una sonrisa afable y reconfortante de hombre, que no olvidaré nunca, a la vuelta del cementerio), coincidía con el fin de una etapa de mi vida.

(continuará…)


Las mañanas de verano en La Puerta de Segura hace cincuenta años

13 junio, 2013

Temprano, con el frescor del río ( el Guadalimar, el río colorado, que en Mengíbar da en el Guadalquivir), las mañanas de verano en La Puerta de Segura (Jaén, España) eran tranquilas. Los olmos, viejos, de copas densas y oscuras, se animaban con los pájaros. El barrendero municipal pasaba con el escobón de ramas de mimbrera. Rebulle ponía en marcha su camión, aquel Ford de antes de la guerra que tan buenos servicios le seguía prestando. Con él hacía portes y se llegaba hasta La Mancha a traerse unos pellejos de vino negro y fuerte y unos quesos. Dominguillo, el churrero, calentaba el oloroso aceite cerca del Casino, algo más allá del magnolio centenario que cobijaba por las tardes las tertulias interminables de los que nada tenían que hacer sino esperar la cosecha de aceituna. Por la calle del horno olía a pan recién cocido.

Las hermanas Piña barrían su puerta y el pregonero anunciaba las entradas del mercado, sobre todo las sardinas en barrica. Tocaban a misa y algunas mujeres, las más de negro, con velo y misal, subían silenciosamente la calle cruzándose con algún acemilero cargado con aperos, con las albardas dispuestas para bajar los pepinos, los pimientos, las habichuelas y la alfalfa. El herrero iba al taller en bicicleta y los Limber ya estaban trabajando arreglando motos y algún auto viejo. Vivas, el viejo Vivas, con su mono azul y sus gafas, todavía iba a arreglar alguna cañería.

Los hombres ya estaban en el campo desde el amanecer. Las ocho de la mañana ya era tarde.

La Puerta de Segura sobre el Guadalimar

La Puerta de Segura sobre el Guadalimar

Hoy ya no tocan a misa a diario, no hay olmos, porque fueron mandados talar hace ya años por uno de esos alcaldes arboricidas que abundan en las Españas, tampoco está el magnolio ni hay tertulias en el casino. Las aceras ya no tienen pontanillas y la calle, que era la avenida del Generalísimo, para variar, hoy se llama avenida de Andalucía, también para variar, y está llena de coches. En los campos no se madruga, no hay mulos ni burras y los hortales se han plantado de olivos.

No eran tiempos mejores, no cabe en absoluto la nostalgia de “que todo tiempo pasado fue mejor”. Había pobreza, emigración, incluso miseria. Algunos niños – hoy tendrán sesenta años, no son tan viejos- iban descalzos y con los calzones remendados. Para ellos, el pan y miel era un manjar y el único chocolate conocido era el Cristo de Villajos, casi sin cacao, envuelto en papel azulón. Las naranjas no existían, como tampoco los limones. Allí no llegaban. La fábrica de hielo, abajo, hacia la Casa China, hacía polos y refrescos Nik.

Pero quizá sea cierto que había una cierta armonía y el campo tenía cierta magia antigua. Se olvidaban las horas en las siestas al frescor de las higueras olorosas de las fuentes y los jornaleros entonaban viejos cantos por los campos. Las noches eran oscuras y las estrellas brillaban más porque no había tanta luz artificial.


La pluma del cormorán

Lecturas y paisajes

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: