La catástrofe, de Eça de Queiroz, 1881. Traducción e introducción de Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

13 enero, 2016

Introducción

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A catástrofe, que Eça de Queiroz titulase antes, en un olvidado proyecto de novela, A Batalha de Caia (precisamente la frontera de Badajoz), describe una invasión en 1881 de las tropas de Alfonso XII. Con la ironía que le caracteriza, Eça de Queiroz imaginó lo que podría sacar a su país de la decadencia y de la indolencia: una invasión española que les despertase.

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

El escritor portugués José María Eça de Queiroz

Todo, hasta la imagen del centinela portugués, cansado y aburrido, es una metáfora de Portugal, que él consideraba postrado, sin energía, inane, y que recuerda a ese verso de Luis de Camões en Os Lusíadas, de la “apagada y vil tristeza”.

Sin la crueldad y la hiel de Fialho d’Almeida, su rival, caústico pero sin acritud, Eça insistiría en muchas de sus obras, sobre todo en Os Maias y en O primo Basilio (el retrato de esa burguesinha da Baixa), en la quiebra moral, intelectual y física de una generación portuguesa, la que corresponde al último tercio del siglo XIX. Una época que, sin embargo, tuvo una densidad literaria e intelectual muy importante, casi sin par en Portugal. En ellos se desplegó, como nunca, espíritu, fantasía, improvisación, creatividad, incluso humor (Eça de Queiroz fue considerado por muchos de sus contemporáneos más un humorista que otra cosa, lo que era injusto e  incompleto).

Eça de Queiroz había pertenecido en Lisboa al grupo de O Cenáculo, más centro de discusiones y debate que mera tertulia, críticos con la situación del país, y después al grupo de Os vencidos da vida, de nombre tan expresivo, escritores  y pensadores desesperados con la inercia e inacción general de los políticos y del gobierno. Ambos estaban compuestos por los típicos académicos revolucionarios (utópicos), con personalidades como el poeta y pensador Antero de Quental, o el historiador Oliveira Martins.

Portugal tendría, en su paralelismo con la historia española, su 98 en 1889 cuando el Ultimátum Inglés, que les obligó a evacuar y renunciar a los territorios de Xire y Maxona, con los que habían soñado un mapa color de rosa que uniese Angola con Mozambique.

Muchas veces, Eça ha sido considerado muy de actualidad, en sus críticas a la clase dirigente, a los ministros, a los financieros, a las clases acomodadas y holgazanas. Aunque amaba su país y añoraba Lisboa desde sus puestos de cónsul en La Habana, Bristol, Newcastle o París, llegó a decir que “el horror de Portugal era Lisboa”, refiriéndose a las clases rentistas y a esa “apatía china de los  lisboetas”.

En este relato, que sería encontrado por su hijo en un cajón, escrito a lápiz, fue publicado un cuarto de siglo tras la muerte de Eça, en 1900, en París, hay escenas que evocan sucesos muy posteriores, como el pánico de los parisinos cuando se acercaban los alemanes en 1940, con aquella gran desbandada en desorden y pavor. Eça diría después, a su colega y amigo Ramalho Ortigão, que concibió ese cuento o nouvelle, como un sueño, una visión.

La conclusión, además de reprochar al pueblo su derrotismo y que todo lo espere del Estado, del gobierno, -un poco como hoy día-  es una cierta esperanza en las generaciones venideras, pero tiene algo de irónica, de cerrada, cuando se celebra y conmemora la Patria, con mayúscula, en el interior de las casas, con cuidado, en voz queda.queiroz

La catástrofe

Relato de José María Eça de Queiroz

(Traducido, por diversión personal, por Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye)

Yo vivo en la esquina del Largo do Pelourinho[1], justo enfrente del Arsenal. Ya vivía allí antes de la guerra y de nuestros desastres, en el segundo piso, derecha. Nunca me gustó este sitio: sin ser un bucólico, fue siempre mi ambición vivir lejos de esas tristes manzanas de la Baixa, en un barrio con más aire y horizonte, con una huerta, el frescor del follaje y algunos metros de terreno donde, en el rumor de los árboles, pudiera tener unos rosales y que los pájaros me animasen en las tardes de verano.

Pero cuando heredé de mi tía Petronila, compré esta casa frente al Arsenal[2]. Estos edificios son, a causa de las tiendas y de los almacenes, casas más rentables que las de otros barrios y, como inversión, un edificio en la Baixa es mejor que el de una bonita casa en Buenos Aires[3] o por el Barrio de las Janelas Verdes. Eso fue por lo menos lo que me dijeron los propietarios con más experiencia.

Por lo demás, yo intentaba alquilar el edificio entero y vivir con los míos en una casita pequeña, alegre y fresca, que me hubiera apetecido por la zona del Vale de Pereiro. Pero cuando ocurrieron nuestras desgracias y el ejército enemigo ocupó Lisboa, la necesidad de hacer economías, los tiempos tan difíciles, me obligaron a descartar aquel plan de vivir en el campo, y aun estoy aquí, en este triste segundo piso del Largo do Pelourinho, frente al Arsenal.

En mala hora se me ocurrió venir aquí. Porque creo que esta vecindad con el Arsenal me ha hecho sentir mucho más las amarguras de la invasión. Quienes viven por Buenos Aires, o por las Janelas Verdes, o por el Vale do Pereiro, sufren también, claro, y dolorosamente, la presencia de un ejército extranjero en Lisboa. Aunque el primer terror pasó y la ciudad ha ido recuperando poco a poco su fisonomía habitual, y circulan las calesas y los tramways, todavía pesa algo doloroso sobre la ciudad: el aire está como cargado de una cosa sutil y opresiva, hay una atmósfera intolerable que planea sobre las plazas, penetra por las casas, cambia el sabor del agua, hace parecer la luz del gas menos clara, y va depositando en el alma una tristeza permanente, obsesiva.

A veces, cuando alguien sale, y está ocupado con algún negocio, distraido, se olvida del gran desastre que nos envuelve, pero basta con que se tope en una esquina con un uniforme enemigo para que caiga sobre su ánimo, como con el peso de todo un pinar, la idea de la derrota y del fin de la Patria. No se lo que es, pero, por ejemplo, desde que en lo alto de un edificio ondea la bandera extranjera, parace que este azul ya no es nuestro cielo y que tiene algo de bruma luctuosa.

A pesar de todo, en otros edificios, en otros barrios basta con recogerse en casa para sustraerse a esta desolación.

Ya que no hay Patria, hay Familia: se cierran las puertas, se reunen todos en el salón, alrededor de la lámpara; se habla. El recuerdo de las desgracias alivia … y la perspectiva de una cierta esperanza ilusiona como una pasajera felicidad; se recuerdan los amigos, los conocidos que murieron con bravura en la batalla; después, alrededor de la lámpara, en voz queda, en un pálpito, hay una pequeña conspiración en familia.

Y el sueño de la revancha hace soportar la realidad de la catástrofe…

Pero yo ni siquiera me puedo permitir ese aislamiento porque salvo que cierre las ventanas, que me entierre en una tiniebla permanente, que viva a la luz del gas cuando afuera brilla el sol de julio, no puedo dejar de ver, en la puerta del Arsenal, como un odioso recordatorio, el centinela extranjero hollando el suelo patrio…

Y es precisamente ese centinela lo que me indigna: por supuesto que otros uniformes extranjeros, todos esos oficiales de acorazados fondeados en el puerto, pasan continuamente, con la brillante insolencia de sus espectaculares uniformes … Pues bien, esos no me irritan… En ese vaivén de oficiales hay algo de apresurado, de inquieto, que dan una idea de una ocupación transitoria, de escuadras que van a levantar ancla, de humillaciones que van a partir para siempre.

Pero ese centinela, eterno, que me parece siempre el mismo, tiene un aire de estabilidad, de perpetuidad que me hace la sangre negra. Cada taconazo que da, con la dura suela, me retumba como un eco lúgubre en el alma, y en sus monótonos pasos, de garita a garita, me da la sensación de que nunca dejará de haber, sobre la tierra portuguesa, un centinela extranjero.

Y no puedo apartar la vista de ese espectáculo. Por la mañana, mientras me afeito, me quedo con la navaja en el aire, la cara cubierta de espuma, asombrado ante ese pequeño soldado que parece embutido en su capote azul, con una gorra acharolada y con el arma al hombro…, una de esas armas con más del doble de alcance que las nuestras, que nos segaban de golpe, a lo lejos, en nuestras líneas defensivas, regimientos enteros.

Así que ya conozco casi todos los centinelas del Arsenal. Durante algún tiempo, fueron soldados de la Marina; ahora suelen ser del 15 de Línea. Pero hay sobre todo un tipo de soldado que me indigna: es un tipo robusto, sólido, bien plantado y firme sobre sus piernas, con cara decidida y ojos relucientes; siempre pienso: ese fue el que nos venció. No se porqué, acordándome de nuestro propio soldado, bisoño, sucio, encogido, macilento del aire viciado de nuestros cuarteles y de los ranchos  insalubres, -veo en esa superioridad de tipo y de raza que explica la catástrofe.

Antiguamente, antes de la invasión, rara vez presté atención al centinela del Arsenal: me acordaba, sin embargo, de haberlo visto desde la ventana: si llovía, lo percibía encogido en la garita, mirando tristemente la lluvia; si el día era calmo, era sus andares, sus hombros derrengados lo que me  impresionaban… la blandura y lentitud del paso, su constante expresión de tedio y de cansancio; y, después, tras dos horas de servicio, era un desmadejamiento aun mayor, un embrutecimiento, una manera idiota de mirar, todo –los mensajeros, los americanos[4], las pescaderas pregonando su mercancía, los vendedores ambulantes, la tienda de enfrente- hacían más evidente la falta de nervio, de vigor, de rigidez disciplinada, de firmeza, de tenacidad. Y esta visión de nuestro soldado me parece ahora que abarca toda la ciudad, todo el país. Fue esa somnolencia lúgubre, ese tedio, esa falta de decisión, de energía, esa indiferencia cínica, ese relajamiento de la voluntad, creo, lo que nos perdió…

Aun hoy me resuenan las acusaciones tan repetidas en tiempos de lucha: que no teníamos ejército, ni escuadra, ni artillería, ni defensas, ni armas…¡Qué! Lo que no teníamos eran almas… Era eso lo que estaba muerto, apagado, adormecido, desnacionalizado, inerte… Y cuando en un Estado las almas están envilecidas y gastadas – lo que queda poco vale …

Nunca me olvidaré de la impresión que me dió el día que supe que nos habían declarado la guerra y que ya estaban de antemano preparadas las tropas para la invasión, por el sur y por el norte.

Era el cumpleaños de mi pobre amigo Nunes, que vivía entonces en el Rossio. Desde por la tarde un pánico atenazaba la ciudad, porque la verdad es que, incluso si estallase en Europa la guerra, tan violentamente provocada por Alemania, invadiendo Holanda, nunca en Lisboa, por lo menos la mayoría del público, sospechó que una cosa así pudiera suceder ‘en nuestro rinconcito’, como se decía entonces.

Incluso cuando el viejo Salisbury, ya casi en su lecho de muerte, lanzó su gran manifiesto y declaró la guerra a Alemania, y vimos a nuestra protectora ocupada en la lucha en el norte, no tuvimos conciencia del peligro. Y sin embargo, parecía llegado el día terrible en que las pequeñas nacionalidades desapareciesen en Europa… Por eso, cuando en esa tarde fatídica fue anunciada oficialmente la entrada del ejército enemigo por la frontera, toda la ciudad se quedó como petrificada, en un terror enloquecido.

El primer movimiento de la población fue correr a las iglesias. Se imaginaba ya los regimientos enemigos desplegándose por las calles… No creo siquiera que hubiera ningún intento de resistencia. Se dijo, es verdad, que se intentaría dar una batalla junto a Caminha, o en Tancos, solo para demostrar a Europa que todavía nos quedaba alguna vitalidad: pero era una simple finta…. Porque la idea era retirarnos para las Líneas de Torres Vedras y defender Lisboa. Yo, de todas formas, no conocía los secretos del Estado Mayor y solo sé lo que decían la gentes en las calles, amedrentadas, en voz baja.

Aquella noche fui al Rossio. Nunes daba una soirée… En el salón pesaba la misma tristeza siniestra que en la calle. Había en los rostros, en las voces, una expresión desencajada de espanto y de terror: una especial forma de preguntar “¿y ahora?”, con los ojos desorbitados y las caras blancas…

A pesar de haber dos salones, el de visitas y otro para el juego, estaban todos apiñados en torno al sofá, como un rebaño que siente el lobo… La señora de la casa, que tenía un hijo militar en Tancos, a pesar de su vestido azul descotado, tenía una cara de pasmo y los ojos rojos e hinchados… Se pasaba el día llorando. Y en las mujeres y en los hombres había como un abatimiento invencible, en la resignación ante la derrota, con esa pasividad inerte de las almas frágiles… Como no se tenían noticias, los rumores eran absurdos; se hacían silencios lúgubres que daban la sensación de recogimiento ceremonioso de los días de entierro. Nunes, el pobre, muy pálido, daba vueltas por el salón, con los faldones de la casaca al aire, frotándose nerviosamente las manos, intentando distraernos de esas preocupaciones dolorosas, proponiendo que se hiciese algo. Hubo una petición de un cuarteto… Una señora se sentó al piano, pero los primeros compases de los lanceros sonaron, y se perdieron en el susurro general de las conversaciones atemorizadas: nadie siguió, no se bailó… Alguien propuso un juego de prendas, una comedieta figurada: las caras asombradas sonreían, murmuraban con esfuerzo:

– Vamos, vamos, no estaría eso mal …

Pero todos seguían sentados, con las manos caídas, con los  pies  paralizados.

Fui a la sala de juego para hablar con algunos individuos. Había periodistas, magistrados, políticos, y a través de las frases, se notaba el abatimiento de las almas. Nadie creía posible la resistencia y, ante el peligro, el egoísmo campaba, feroz y brutal. El odio al enemigo era violento –menos por la pérdida de la Patria libre que por los desastres privados que traería la derrota: uno temía por su puesto, otro por los intereses de sus inversiones. Hasta entonces el Estado era quien daba el pan al país, y con la pérdida del Estado se acababa el pan de cada día. Pero esta indignación en frases hechas agotaba todo el patriotismo de que aquellas almas eran capaces: porque en cada propuesta se sugería lo peor –ceder las colonias a cambio de una alianza inglesa inmediata, o ceder dos provincias – había, en el fondo, la idea inmutable de una capitulación, el horror a la lucha, la ansiedad por no perder el empleo, el terror de perder los depósitos. Y, por lo demás, cada cual, sintiendo la debilidad egoísta de su alma, pensaba que todo el país estaba inmerso en el mismo abatimiento. La idea de un levantamiento en masa, de crear una guardia móvil, unas milicias, era recibida con un encogimiento de hombros: ¿para qué? No se puede hacer nada. Estamos aplastados.

Mientras hablaban así, junto a la mesa de juego donde reposaban, olvidadas, las cartas de la última partida, me acerqué a la ventana: el cielo estaba ensombrecido por una neblina blancuzca; pero bajo el Arco da Bandeira se ensanchaba un gran espacio azul, como un pórtico y en el centro brillaba una gran Luna triste, muda, lívida. La colina, al lado, con su castillo, se recortaba en la oscuridad con su línea suave sobre la palidez azul del fondo. Una inmensa tristeza parecía descender de ese decorado. Me invadió una vaga piedad por las desgracias patrias y, sin saber porqué, me sentí con una saudade angustiada, la nostalgia de algo que había desaparecido, que había acabado para siempre y que no sabía muy bien lo que era… Abajo, el Rossio brillaba en sordina entre los escaparates de las tiendas: la plaza, en torno a la columna, que la luna dibujaba con trazo pálido, hormigueaba de gente: ni un grito, ni una voz… era una masa oscura que parecía amodorrada, arrebatada por ese terror instintivo que hace juntarse a los animales, esperando resignadamente la tormenta, y de las casas blancas, altas, desoladas, descendía la misma sensación de abstención aterrorizada y de concentración egoísta de un oscuro miedo.

De pronto, por el lado de la calle do Carmo, vino un rumor: era una especie de melopea rítmica, que se sentía, que venía por al aire, aproximándose: las luces de antorchas se destacaban sobre las casas blanqueadas, y apareció por la esquina del Rossio un grupo marchando enérgicamente, al compás de un himno patriótico cuyo ritmo imponía un paso largo:

Guerra, guerra, la guerra es santa,

Por la santa independencia…

Eran unos veinte y parecían ser alumnos, por sus altos sombreros, de alguna escuela o de alguna de las asociaciones que por entonces abundaban en la ciudad. Siguieron a lo largo del Rossio, agitando los brazos, alzando las voces, en un llamamiento a la oscura multitud. Pero nadie respondió; toda la masa se apiñaba para ver pasar aquellos entusiasmos solitarios; las tiendas apagaban sus luces, se cerraban por si había una revuelta; y en aquel silencio frío de la indiferencia de la gente y de las fachadas mudas, parecía como si el cántico se extinguiese por sí solo, que el entusiasmo decaía, como una bandera que por falta de brisa, pende inerte del mástil. Cuando llegaron cerca del teatro Dona María el himno casi cesó, las antorchas se apagaron… Todo aquello se hundió en esa masa oscura, como un efímero esfuerzo de heroismo en medio de una vasta indiferencia.

Me retiré de la ventana con un nudo en la garganta, pensando que estábamos definitivamente perdidos.

En fin, como la noche avanzaba, fue necesario hacer algo para disipar aquel pavor. Yo, Nunes Correia, nos instalamos para una partida. En el salón también se sintió la necesidad de sacudirse aquel estado de calamidad de las asustadas señoras: hubo alguna escala de piano, acordes apagados, y al poco rato, una voz que yo conocía de un oficial de Caballería, amigo de la casa, se alzó, floja y afligida, recitando La Judía[5]:

Duerme que yo te velo, seductora imagen…

Entonces aquella melodía, aquella voz suave y nostálgica me parecieron muy raras en esos momentos. Era como un sonido antiguo, obsoleto, de un mundo extinguido, que pasaba como un sueño. Alrededor de la mesa, las  voces monótonas continuaban: paso, pido, … Del Rossio, subía también el mismo rumor sordo de la multitud que llenaba la plaza, y en la sala, con la languuidez amorosa del acompañamiento, elgante, suspiraba la voz del alférez:

                        Duerme que yo te velo, seductora imagen…

¡Y a esas horas el ejército enemigo ya pisaba el suelo de la Patria!¡ Pobre alférez!

 

Nos encontramos días más tarde… yo iba con mis compañeros de la milicia nacional. ¡Y qué milicia! Todo lo que teníamos de uniforme era un capote deshilachado. ¡Y qué armas! Armas de caza. Pero, en fin, allá íbamos, en aquella fría mañana de abril, bajo una lluvia torrencial.

Parece que había una gran batalla, pero no sabíamos nada. Nos hallábamos a media pendiente de una colina que nos ocultaba la línea del frente, junto a un caserón abandonado. Allí estábamos desde hacía dos horas, con el barro por las rodillas, empapados, después de haber andado toda la noche, atontados de cansancio, hambrientos, apoyándonos los unos a los otros para no dormirnos. A nuestro alrededor, de un cielo bajo y lúgubre, caía un diluvio; y el caserón parecía, entre sus cuatro árboles, entre la lluvia, tan encogido y soñoliento como nosotros. En la distancia, la artillería atronaba; otras veces, eran descargas secas, que parecían como si se rasgase una gran pieza de seda; pero ni veíamos el humo, en aquella niebla de aire y lluvia. No sé ni dónde estábamos, ni lo que defendíamos.

Quien mandaba la compañía era el alférez –el mismo que recitaba La Judía. Amarillo, empapado, encogido en su capote, iba y venía delante de nosotros. Ay, ya no se parecía al alférez que se retorcía el bigote junto al piano, girando los ojos tiernos en los pasajes más emotivos.

De pronto, en la tierra mojada, un galope sordo: un oficial, con el uniforme desabrochado, empuñando la espada, la cara encolerizada por la batalla; bello joven, con un hilo de sangre que le caía por la oreja. Detuvo el caballo y gritó furioso:

-¿quién manda este destacamento?

-Yo, mi capitán –respondió el alférez, firme.

– Un millón de diablos, ve por la izquierda, por detrás de la casa, para tomar posiciones en la carretera, al pie del vallejo.

Y partió al galope. Y allí seguimos, en marcha, en el barro en que se nos hundían los pies, con un esfuerzo brutal para saltar por aquel terreno de resitencia blanda, jadeando, bajo la tormenta de lluvia y el estruendo de la artillería que parecía acercarse.

Pasamos frente al caserón: en la puerta, carros de ambulancia y dentro, los gritos de los heridos. Era la primera vez que  oíamos aquellos berridos de dolor abandonado y hubo en el destacamento como un movimiento de duda: era nuestra carne de campesinos, de burgueses, que rehusaba aquella evidencia del dolor y de la muerte.

-¡Marchen! –gritó el alférez.

Llegamos a la carretera pero no veíamos nada. Enfrente, una línea pálida de chopos; detrás, otros árboles, una ermita en lo alto, y por el valle abajo sólo la bruma áspera de la incesante lluvia. Nos detuvimos: en la distancia se distinguía la masa oscura de otro destacamento. Y allí nos quedamos, inmóviles, bajo el agua, tiritando, con una mortal fatiga. Ni un trago de aguardiente… Los pies hinchados en las botas mojadas me torturaban. Y pensando en los días de paz, cuando veía caer la lluvia desde el sillón de mi despacho, me asaltaba una cólera furiosa contra el extranjero, el furor de avanzar, un deseo brutal de carnicería… Y desesperado por aquella inmovilidad, acusaba, en la alucinación de mi cólera, a los generales, al gobierno, a todos los de arriba que no me  hacían marchar. Aquella inacción era odiosa. La ropa se nos pegaba al cuerpo y sentíamos cómo el agua nos escurría piernas abajo; las manos se nos helaban en los cañones de las escopetas, el viento afilado y agreste soplaba valle arriba.

De pronto, un ruido sordo: era una batería de artillería que marchaba a tomar posición: pasó como un torbellino, entre gritos, en la niebla, la lluvia y el barro hasta en las corcovas de los caballos, en los zarandeos de las carretas, con el estallido furioso de los látigos, y pasó, perdiéndose en la bruma con un rumor sordo y blando sobre la tierra mojada.

Súbitamente, a nuestra derecha, una descarga de fusilería; ahora sentimos silbar las balas. Instintivamente nos agachamos, reculando cobardemente como una bisoña milicia…

-¡Firmes! – gritaba el alférez.

Ante mí, un soldado se derrumba como un fardo sobre el barro…y se queda inmóvil, muerto…. Ahora vemos las nubecillas de humo pardo que la lluvia limpia y el viento sacude…. El alférez, de repente, se tambalea, cae de rodillas: está herido en el brazo… pero se levanta como un muelle, agita la espada, como un loco, gritando:

– ¡Fuego, fuego!

Después, ya no recuerdo. El tremendo ruido de la artillería nos alucina. Es como un sueño, como un sonámbulo hago fuego al azar, contra la niebla que envuelve todo delante de mí.

Junto a mí, el alférez cayó de nuevo: se retorcía en el suelo, a gritos, en un dolor de agonía:

– ¿Acábenme, muchachos, acábenme, muchachos!

Fue entonces cuando nos vimos rodeados por una masa negra que bajaba en tromba. Corrimos, tirando las armas, en medio de un griterío ensordecedor…. Sentía que aquella enorme masa de gente se partía, se dividía en grupos, dispersos; unos cien, en el medio, corren, cayéndose, levantándose, rodando por el barro, humillados… Tengo una vaga conciencia de que esto significa la derrota, lasdesbandada, el pánico de las milicias…. y huyo, huyo con una amargura desesperante, gritando sin saber porqué, con el ansia abyecta de encontrar un hueco, una casa, un agujero…

Recuerdo haber visto, en aquella carrera, delante de mí, un oficial sin gorra, – una figura delgada y furiosa – gritando con la boca abierta, agitando la espada, intentando de verdad detener la desbandada… Pero la marea de gente lo sepulta, lo aplasta – y siento, vagamente, mi bota esurrirse sobre su cuerpo inerte y machacado…

Oh, ¡maldita guerra!

Cómo entré en Lisboa y me encontré en mi casa, no lo sé. Recuerdo, sí, pasar por el Rossio y verlo lleno de una multitud horrible – toda la población de los alrededores, refugiándose, en una fuga despavorida frente al enemigo. Era un caos de carros, de ganado, de muebles, de mujeres gritando; una masa bruta y acobardada, remolineando, pidiendo pan, bajo la implacable lluvia. Fue en Lisboa donde me enteré, de forma fragmentaria, de todos los detalles de la catástrofe: las escuadras enemigas en el Tajo, la ciudad sin agua porque el acueducto de Alviela había sido cortado, la insurrección en las calles, y la plebe alucinada, pasando del abatimiento al furor, o atacando las iglesias o pidiendo armas, uniendo a la confusión de la derrota los horrores de la demagogia.

¡Días amargos! Mis cabellos se volvieron blancos.

¡Y pensar que durante años nos podríamos haber preparado!. ¡Y pensar que, como Inglaterra, podríamos haber creado cuerpos de voluntarios, haciendo de cada ciudadano un soldado, y preparando de antemano, así, un ejército nacional de defensa, armado, equipado, enérgico y que hubiera recibido, con el hábito de la disciplina, el orgullo del uniforme!…

Pero ¿de qué sirve ahora pensar en lo que se  podría haber hecho?…Nuestro peor mal fue el abatimiento, la inercia en que habíamos caído. Hubo una época en que se atribuyeron todos los males al gobierno. Acusación grotesca que hoy nadie se atrevería a repetir.

¡Los gobiernos! Podrían haber creado, ciertamente, más artillería, más ambulancias; pero lo que no podían crear era un alma enérgica en el país. Habíamos caido en una indiferencia, en un escepticismo imbécil, en un desdén por cualquier idea, en una repugnancia a todo esfuerzo, en una anulación de toda voluntad… ¡Estábamos caquécticos! El gobierno, la Constitución, la propia Carta tan escarnecida, nos dieron todo lo que nos podían dar: una amplia libertad. Fue al abrigo de esa libertad que la patria, la masa de los portugueses debería haber convertido el país en algo próspero, vivo, fuerte, digno de la independencia. ¡El gobierno! El país esperaba de él lo que debía conseguir por sí mismo, pidiendo al gobierno que hiciera lo que a éste le correspondía hacer… Quería que el gobierno le labrase las tierras, que el gobierno crease industria, que el gobierno escribiese sus libros, que alimentase a sus hijos, que le construyera edificios, que el gobierno le diera un Dios.

¡Siempre el gobierno! ¡El gobierno debía ser el agricultor, el industrial, el comerciante, el filósofo, el sacerdote, el pintor, el arquitecto – todo! Cuando un país abdica en manos de un gobierno toda su iniciativa, se cruza de brazos esperando que la civilización le venga dada desde los ministerios, como la luz viene del sol, ese país está mal: las almas perdieron el vigor, los brazos  perdieron el hábito del trabajo, la conciencia pierde el norte, el cerebro pierde acción. Y como el gobierno está para hacer todo – el país se echa al sol y se acomoda para dormir. Pero cuando despierta – y cómo nos despertamos – es con un centinela extranjero a la puerta del Arsenal.

¡Si hubiéramos sabido!

Pero ahora ya lo sabemos. Esta ciudad, hoy, parece otra. Ya no hay esa multitud abatida y fúnebre, apiñada en el Rossio en vísperas de la catástrofe. Hoy se ve  en la actitud, en las maneras, una decisión. Las miradas tienen un fuego contenido pero valiente; los pechos se hinchan como si de verdad contuvieran un corazón. Ya no se ve por la ciudad ningún vagabundeo: cada uno está ocupado con un deber que cumplir. Las mujeres parecen tener sentido de su responsabilidad, y son madres porque tienen el deber de preparar ciudadanos. Ahora trabajamos. Ahora leemos nuestra historia, incluso las fachadas ya no tienen ese aspecto de rostros estúpidos, sin ideas, porque ahora tras cada ventana, hay una familia unida, organizándose fuertemente.

Por lo que a mí respecta, llevo todos los días mis hijos a la ventana, los pongo sobre mis rodillas y les muestro el CENTINELA. Se lo muestro, paseando despacio, de garita en garita, a la sombra que da el edificio al cálido sol de julio y los empapo del horror, del odio hacia aquel soldado extranjero…

Les cuento entonces los detalles de la invasión, las desgracias, los temibles episodios, los capítulos sangrientos de la siniestra historia… Después, les  señalo el futuro – y les hago desear ardientemente el día en que, desde esta ventana, vean, sobre la tierra de Portugal, pasear otra vez un centinela portugués. Y para ello les muestro el camino seguro –ese que deberíamos haber seguido: trabajar, creer y, aunque seamos pequeños en territorio, seamos grandes por la actividad, por la libertad, por la ciencia, por el coraje, por la fuerza del alma… Y los enseño a amar la Patria, en vez de despreciarla, como hicimos antes.

¡Cómo me acuerdo! Ibamos a los cafés, al Gremio[6], a cruzarnos de piernas y decir, entre el humo de los cigarros,  indolentemente:

-¡Esto es una chusma, ésto está perdido, ésto está en manos de otros…!

Y en lugar de habernos esforzado en salvar ‘ésto’ – pedíamos más coñac y nos íbamos al burdel.

¡Ah! ¡Generación cobarde, tuviste un buen castigo!…

Pero ahora, esta nueva generación es de otra clase. Ya no dice ‘esto’ está perdido: calla y espera; si no animada, está al menos concentrada…

Y, al fin y al cabo, no todo son tristezas: también tenemos nuestras fiestas. Y como fiesta, todo nos sirve: el 1º de diciembre[7], el Otorgamiento de la Carta, el 24 de julio, cualquier cosa, con tal de que celebre una efeméride nacional. No en público –todavía no podemos- pero cada uno en su casa, en su mesa. En esos días se ponen más flores en los jarrones, se decora la lámpara con ramas verdes, se pone la vieja bandera, los escudos[8] que nos hacían sonreir hoy nos enternecen – y después, todos en familia cantamos en sordina, para no llamar la atención de los espías, el viejo himno, el Himno de la Carta… ¡Y se alza la copa por un futuro mejor!

Y hay un consuelo, una alegría íntima en pensar que a esa misma hora, en casi todas las casas de la ciudad, la generación que se prepara está celebrando, en el misterio de sus salones, de una manera casi religiosa, ¡las antiguas fiestas de la Patria!

Notas.-

[1] El Largo do Pelourinho, o plazuela de la Picota, es la que está frente al Ayuntamiento de Lisboa, o Cámara Municipal.
[2] El Arsenal está junto a la Praça do Comercio.
[3] Calle del barrio de Lapa.
[4] Los ómnibus de tracción animal.
[5] Opera de Halévy, estrenada en 1835.
[6] El Gremio Literario, club literario y político que aun existe en la rua Ivens de Lisboa.
[7] El 1º de diciembre de 1640 Portugal se liberó del yugo castellano y recuperó su independencia.
[8] Las quinas son los siete escudos pequeños que hay en el blasón de Portugal, que representan las siete ciudades principales.


Misión en Angola, cap. 2

14 enero, 2015

Octubre de 1974

Los archivos de la PIDE (Policia Internacional de Defesa do Estado) están abiertos y a disposición del pueblo soberano. La rua Antonio Maria Cardoso[1] de Lisboa está llena de papeles, de cajas desfondadas. Algún trapero rebusca entre los archivadores rotos, entre las astillas y los restos de mobiliario y cajones. Cuando algunos celosos pides[2], sin saber que sus amos hacía horas que habían desertado, intentaron una desesperada defensa, la ira de nuestro pueblo, a pesar de sus « blandas costumbres », provocó estragos en la ominosas y vulgares a más no poder, oficinas de la policía política.

Paseo ahora furtivamente entre una multitud greñuda, de pantalones acampanados, barbas –nunca había visto tantas barbas (¿o es que se las han dejado crecer desde marzo pasado?), puños cerrados, gritos y consignas. Los muros del barrio están cada día más llenos de pintadas, de convocatorias, de consignas, siglas desconocidas, algunas quizás improvisadas. El grupo más prolijo parace ser el MRPP, pero no le van mucho a la zaga el PRP, el FPL, el FPLN, el MES, la CDE, URML, ARPML, CMLP, PCML, y así sucesivamente, cambiando el orden de la L, libertad o liberación, o leninista, la M, movimiento, marxista, la P, popular, pueblo, portugués. Parecen acertijos plantados en las esquinas para que los lisboetas vayamos descifrando claves dignas de máquinas de cifrar. Por todas las esquinas nos recuerdan, ‘o povo unido...’; está copiado de la Unidad Popular chilena, pues nosotros no inventamos nunca nada. O povo unido…”, no queda mal. La rima es pegadiza, como la de una canción de verano.

Tras el desastre chileno, me temía que los soviéticos intentarían otra experiencia en uno de los puntos débiles de esta Europa de tercera que formamos en la península ibérica.

Han aparecido también no pocos artistas que se inspiraron en el realismo de la Revolución cultural para ilustrar con fruición al pueblo. Me recuerdan a los muralistas mexicanos. Se adelantan a las nacionalizaciones de la banca, al reparto de tierras y a la movilización imparable de un ejército popular. Las fachadas de Lisboa despliegan mensajes revolucionarios, campesinos del brazo de soldados, obreros y empleados tras banderas victoriosas.

Entre tanto dislate y alegría revolucionaria mi atuendo burgués, encorbatado y serio, llama algo la atención. A menudo me piden la documentación. De momento, el carnet de abogado es la mejor garantía. Todavía creen que un abogado es parte del pueblo. ¡Qué ingenuidad! El pueblo unido, unido a no se sabe muy bien qué, pero unido al fin y al cabo.

El otoño acude a su cita con Lisboa. La lluvia lava las calzadas. Se lleva panfletos y papeles sueltos. Los carteles se despegan de las tapias. Las plazoletas y los largos se vacían al caer la tarde. La gente se refugia en cualquier ginginha[3], o en los cafés, a comentar las novedades de la jornada. Se trabaja poco –salvo los periodistas y los aguerridos soldados populares- y eso contribuye al debate peripatético.

Un ocio filosófico se extiende por este jardín plantado junto al mar, ahora barrido por un vendaval de reuniones permanentes, convocadas con cualquier motivo o pretexto.

Antes, las únicas reuniones autorizadas en Portugal eran los funerales, las bodas y los almuerzos dominicales con la familia. De repente, los lusitanos hemos descubierto que es mucho más divertido reunirse con gente que no conocemos de nada, con la que no tenemos el más mínimo interés en dialogar y con las que no tenemos que respetar ni las formas ni tan siquiera el más mínimo recato.

Mis compañeros de despacho, que cada día se levantan más de izquierdas, salen del bufete –incluso los hay que ni siquiera llegan a entrar- para precipitarse en cafés, tertulias, asistir a reuniones de barrio, de comités, de escuelas alternativas, ir a películas de arte y ensayo en cines imposibles o participar en obras de teatro de vanguardia que nadie comprende, en las que todos gritan, incluido el público.

Los que tienen hijos en edad escolar están estableciendo cooperativas autogestionarias. Se denuncia al Ministerio de Educación a aquellos maestros más recalcitrantes. Son obstáculos que frenan el proceso revolucionario.

Los periodistas turiferarios del pasado han sido despedidos fulminantemente y salen precipitadamente hacia Río y Madrid. Todo el mundo en la calle lleva algún libro encima, hatos de periódicos bajo el brazo, revistas, declaraciones y proclamas diversas que recogen por las esquinas de la Avenida, donde los harapientos ardinhas[4], pobres pero alegres como siempre, se dedican a repartirlas. Hay ansia de escritos, de libertad.

En pleno tumulto he recibido una citación firmada nada menos que por el propio coronel A.M. No he dicho nada en el despacho. Como los horarios y la puntualidad han sido declarados a extinguir debido a que son armas del capitalismo para explotar a la clase obrera y a su aliado objetivo, las clases profesionales de la revolución científico-técnica (de aquel olvidado checo, Radovan Richta), podré escabullirme sin que se note.

Mantengo una cierta calma por no haber sido convocado a Cova da Moura, nido revolucionario de los militares, sino a un tradicional cuartel. Me abstengo, no obstante, del primer café de cada mañana. Me desayuno apenas con mi acostumbrado bolo de arroz acompañado de un café Delta del gran Nabeiro, de Campo Maior, en el Alentejo.

El cuartel, pasados los primeros controles de la Policía Militar, unos tipos con pinta un poco de paletos y no mucha marcialidad, con patillas, cabellos crespos bajo las gorras, vuelve a tener la apacible pero siniestra apariencia anterior al mes de abril.

Los mismos automóviles negros en el patio, los mismos pasillos vacíos, azulejos dieciochescos en las escaleras, peldaños abrillantados. Sólo la mirada algo insolente, desafiante, de algún soldado, recuerda que estamos en octubre de 1974.

Los despachos están en la parte alta del Campo de Santa Clara, un barrio que no frecuento mucho desde que me mudé del Largo do Outeirinho da Amendoeira a otro barrio Siempre me ha parecido un poco olvidado a pesar de sus vistas, su tranquilidad y de la feria da Ladra que anima los martes y los sábados las inmediaciones del parquecillo que tantas saudades me trae.

[1] La sede principal de la PIDE en Lisboa.

[2] Los miembros de la policía política.

[3] Taberna popular donde se consume la ginginha, un aguardiente de cerezas.

[4] Ardinha: chaval que vende periódicos por las calles.


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