La compasión selectiva

Sed nullis ille movetur fletibus

Eneida, IV, 438

Nada les mueve a compasión. Ni a Putin, ni a todos sus servidores, ni a la mayoría de los rusos (que no quieren saber nada), pero tampoco a Mélenchon (tan sensible y favorable al separatismo catalán), ni a Le Pen, ni a los del Bloque Nacionalista Galego, ni a los de la CUP, ni a los del Partido Comunista Portugués, ni a Trump ni a muchos más, a un largo etcétera.

Una de las amargas sorpresas de esta guerra de hoy es cómo la sensibilidad y la compasión tiene fronteras en la ideología: las víctimas son compadecidas según de dónde sean, según de qué país o religión. Eso lo vemos todos los días en la prensa española, por ejemplo cuando un muerto palestino “es asesinado”, mientras un israelí solamente “ha muerto” (véase La Vanguardia del 7 de abril pasado, por ejemplo). Me recuerda a la prensa franquista cuando decía policías “gravemente heridos” y había habido tres obreros muertos (manifestación en julio de 1970 en Valladolid), “levemente muertos”.

Nuestra compasión está reglada, filtrada, condicionada. Las grandes izquierdas se manifiestan con gusto, premura, solicitud, si son los EEUU quienes atacan: Si es Rusia, cunde un inmenso silencio, una abstención total.

Al final, no se sabe qué es peor, si ver los destrozos y las masacres perpetradas por el ejército ruso, o si contemplar la pasividad, la indiferencia, el silencio de tantos personajes -ese mundo intelectual tan propenso a dar lecciones y a la ‘moralina’- que alzan la voz siempre, bien alto. Hoy, callan.

En fin, estoy esperando a ver si los humanistas de verdad, como António Guterres o como el Papa Francisco, van a Kiev (¡o a Mariúpol!), o si la FAO -que se supone trata de la alimentación, hace algo cuando el granero ucraniano, arrasado por el ejército de Putin, lleve a la carencia en tantos países africanos. La inutilidad de la ONU y todas sus agencias es pasmosa.

Pero, nada, como el agresor no es americano ni israelí, da igual todo.