Misión en Angola. Epílogo en Molenbeek. Episodio 28 y último

10 abril, 2016

En el barrio bruselés de Molenbeek, en la triste rue des Étangs Noirs, más oscura que su nombre, poblada ya sólo de magrebíes, todavía se puede ver la enseña oxidada y casi sin pintura ‘Herrinkx, Atelier de Bicyclettes’. Habían pasado más de veinte años, y en uno de mis viajes al centro de Europa, cuando ya Portugal era parte del Mercado Común, me acerqué por el lugar a fin de indagar dónde había parado la familia de aquel entusiasta empleado, muerto de celo profesional a manos de oscuras complicidades triangulares entre los pides, los FNLA y Couto.

Se entraba por un gran portón que daba a un estrecho y húmedo pasadizo adoquinado. En el patio, bajo un cobertizo de uralita, todavía estaban los ganchos para colgar las bicicletas y unos cuantos cuadros oxidados que ni siquiera servían para chatarra. Al fondo, bajo un escuálido árbol de patio interior, estaba la puerta de vidrio del antiguo taller. Algunos de los ventanucos estaban tapados con contraplacado clavado en el marco. Una vieja con los pelos decoloridos y revueltos entreabrió, un abrigo sobre el arrugado camisón de color amarillento, medrosa y desconfiada.

-¿La señora Herrinkx, por favor?

– …¿sí?

-Soy un antiguo conocido de Albert Herrinkx, de Angola.

-¿Qué desea? Mi hermano murió hace muchos años.

No podía reconocer en sus rasgos frágiles, gastados, la rubicundez y fortaleza del viejo camarada… Tras explicarle brevemente quién era yo, le pregunté,

-¿Puedo hablar con usted?

Se apartó, dejándome pasar. Un gato gordo y peludo se enroscó entre sus medias de lana gris. En lo que había sido un antiguo taller había ahora una cocina, un fregadero, una mesa, sillas, una televisión sobre un baúl y un viejo sofá cubierto con una manta de viaje. Junto a un reloj de cuco parado había una fotografía enmarcada de la reina Astrid y una estantería con unos cuantos libracos. Olía a mantequilla refrita y a gato. La hermana de Herrinkx bajó el volumen de la televisión dejando sólo las imágenes y dejándose caer en el sofá, me invitó a hacerlo en una butaca también algo descuajeringada.

-Albert era un idealista. Se fue al Congo con diecisiete años. Al principio trabajó en una granja experimental cerca de Stan[1]. Pero se cansó pronto y se bajó a Katanga. El sabía hacer de todo, había trabajado con nuestro padre desde pequeño.

No dijo nada de la guerra, de los alemanes.

Las mentiras piadosas de la anciana, creando una pequeña leyenda heroica de su hermano no estorbaban mis pensaminetos y mis sospechas.

-¿Había trabajado en las bicicletas?

-En las bicicletas, con las motocicletas, hasta arreglando armas, motores de camión. Aquí en el barrio no había más que un taller de confianza, Herrinkx, o el taller de Antoine, que era el nombre de mi padre. Así que en Katanga se puso enseguida a trabajar con las minas, siempre había que arreglar un elevador, una polea, un motor. Todo le fue bien hasta que conoció a la fámula aquella.

-¿Katia?

-Le gustaban las mujeres como a todos los chicos, pero aquella… allí empezaron todos los problemas.

-Y le dejó tirado…

-No, qué va. Al contrario, no lo soltaba ni a sol ni a sombra. Aquella Catherine, que decía que era una duquesa rusa, le sorbió el seso, le saco los cuartos, lo arruinó. El tenía tan buena reputación, empezó a faltar al trabajo, a pedir dinero prestado. Ella fue quien le convenció de que se fuera a Windhoek, con los alemanes, tras la independencia del Congo belga. El se podía haber vuelto a Bélgica, donde tenía su trabajo, su familia, le hubieran indemnizado, como a todos los repatriados. Pues no, se tuvieron que ir al sur y luego todo salió mal. La dejó, se escapó. Por eso lo conoció usted en Angola, allí estaba, huyendo de la maldita furcia.

-¿Por qué a Namibia?

-Ah, pues porque era alemana, ni más ni menos. Si mi padre hubiera levantado la cabeza, él que pasó un año preso en el fuerte Breendonk, en manos de los rexistas y de la Gestapo.

La hermana se había inventado una nueva vida para la memoria de su padre y de su hermano. De luchador en la legión Wallonie había pasado a represaliado de los alemanes, mezclando adrede las dos vidas.

-¿Ha visto alguna foto de ella?, pregunté con una especial intuición de que en aquellos años no había tantas alemanas libres, disponibles y come-hombres en aquellos parajes.

-Creo que tengo alguna, aunque quemé casi todo, pero dejé una entre sus cartas.

-¿Las conserva? ¿Tiene las cartas?

-Debajo de la televisión, en ese baúl. Yo creo que no lo he abierto desde que recibí el certificado de defunción del pobre Albert.

-Mire, creo que he conocido a esa tal Catherine; si pudiéramos confirmarlo, sería importante.

-¿Para qué? Hace tanto tiempo de eso. Yo ya no quiero remover más…

-Es importante. Su hermano murió en circunstancias muy raras, no esclarecidas.

-Y ahora ¿qué más da?

– Sí da. Allí todo el mundo pensó que había sido asesinado por la guerrilla. Pero todo era muy confuso. Esa mujer quizás estuviera por medio y si ella hubiera estado por medio, hubiera sido con ayuda de la PIDE. Y si demostramos eso, tendrían que indemnizarla a usted. El Estado portugués ha pagado indemnizaciones, pequeñas, es verdad, a veces simbólicas, como reparaciones por los crímenes cometidos por su policía, sobre todo cuando se ha podido comprobar que se extralimitaron, que eran meros delitos de derecho común.

Los ojos de la anciana brillaron un instante. Yo podía ver toda la miseria en torno, el frío apenas atenuado por una peligrosa estufa, la botella de leche que compartía con el gato, una lata de galletas abierta en el fregadero. Tendría como setenta y cinco años. Casi me dio vergüenza la añagaza porque no estaba nada seguro de que mi país indemnizara a una vieja belga más de treinta años después. Pero yo también tenía mis cuentas que ajustar con el pasado, con aquella rusa que pasaba sus días tranquilos entre la gente guapa de Marbella, entre sesiones de talasoterapia y partidas, precisamente, de bridge.

 La anciana se incorporó con dificultad.

-¿Me podría ayudar a retirar la televisión?

El baúl contenía ropa gastada, de hombre, un viejo salacot con el corcho de las alas carcomido, unas correas, corbatas arrugadas de colores indefinidos, monturas de gafas, cartillas bancarias, unos periódicos amarillos, casi marrones, en unas carpeta de una empresa katangueña. Y una carterilla de gutapercha que reventaba de cartas y sobres. La señora Herrinkx me las tendió, mientras escudriñaba entre la ropa mohosa, con un súbito ataque de nostalgia. Sólo había una foto. Reconocería esa mirada aunque todo el resto de la fotografía estuviera velado. Lilo sonreía con la boca mientras sus ojos miraban calculadores al objetivo. Era la expresión algo lasciva y triunfante tras sus ejercicios sexuales, aquella gimnasia para la que siempre había tenido algún incauto europeo, fuera Albert Herrinkx, el despechado checo, y todos los que por allí hubieran pasado, incluido yo mismo.

En el tranvía, de vuelta al hotel Bedford, me iba quitando todavía pelos de gato del gabán y los pantalones. Pero a la mañana siguiente, en el avión que me llevaba a Málaga, con algunos papeles y la fotografía de la Katia/Lilo encontrada en la maleta, todavía encontraba pelos de gato. Las ganancias del bridge y del casino de aquellos supervivientes alemanes serían más rápidas de liquidar que un improbable procedimiento en un perezoso despacho de la Praça do Comercio, donde se apolillaban los viejos expedientes coloniales y las indemnizaciones improbables por los crímenes de la PIDE. Madeleine Herrinkx podría vivir su últimos días sin olor a orines y con luz del sol. Precisamente quizás en la Costa del Sol. Y sin necesidad de inventarse una vida para su hermano.

[1] Stan es el nombre familiar que los belgas de la colonia daban a Stanleyville.


Misión en Angola. 15. El turbio pasado del Africa occidental alemana, o Namibia, y otras conversaciones.

24 junio, 2015

1905 marcó el inicio de una masacre planeada con lucidez y detalle, encomendada por Heinrich Goering, gobernador del Africa Occidental Alemana -otros dicen que era sólo el juez encargado de la represión- (cuyo vástago, Hermann, se distinguiría años después como alto jefe nazi) a un tal Eugen Fischer que la cumpliría con el característico celo tudesco y exterminaría pulcramente a cien mil hereros, especialmente mujeres y niños para asegurar la extinción de la raza. Entre otras operaciones, como sostiene el informe de Robert Pimenta, elaborado en 1916, mucha mujeres y niños hereros fueron empujados al desierto del Kalahari, donde murieron de sed. Otros métodos más expeditivos consistieron en encerrarlos en recintos construidos como inmensas cabañas y prenderles fuego con keroseno. El diligente Fischer, que años después trabajaría con igual entusiasmo junto a un tal doctor Mengele, inauguró el concepto del campo de concentración con los infortunados bantús, encerrados en inmensos Konzentrationslager de donde nunca más saldrían vivos. Recordaba yo esa histórica habilidad de los alemanes para ensayar en vivo sus técnicas de destrucción y recordaba cómo habían aprovechado la guerra civil de nuestros hermanos para poner a punto sus técnicas de bombardeo sobre la población civil. Cuando los ingleses entran en la colonia alemana en 1916 y ocupan Windhoek sólo pueden levantar acta de las atrocidades. El pueblo herero había prácticamente desaparecido.

En aquella época en Angola quedaban algunos hereros en la provincia de Moçamedes que, bellos y de distinguido porte, como son todos los de raza bantú, destacaban enseguida entre los demás boys. Ironía de la historia, la mayoría de ellos trabajaban en las haciendas alemanas, entendían y hablaban el alemán y hacían de capataces para los demás trabajadores.

En aquellas cenas y veladas que eran mi oportunidad para convencerlos de montar una operación de independentismo suave y controlado, se hablaba de todo menos de lo que yo me traía entre manos. Argelia, Leopoldville, Indochina, eran sus temas favoritos. Los últimos días en las colonias alemanas fui testigo de los grandes preparativos para celebrar la Navidad. Amontonaban caza, cerveza, vinos Rieslings apócrifos venidos del Sudoeste Alemán, en las cocinas se preparaban exóticos strudels en los que había frutas tropicales en vez de reinetas y otras ácidas manzanas.

Una vez tomados unos cuantos schnaps veían con condescendencia y con un cierto placer el desastre francés de Argelia, y no ocultaban su admiración por los comunistas vietnamitas que habían humillado al ejército galo en Dien Bien Fu. Yo pensaba que el señor Doutor tenía una idea bastante equivocada de estos colonos. No tenían miedo, no veían necesario ningún proyecto a la brasileña, no necesitaban dinero. La única Angola interétnica que podían imaginar era una donde las dos únicas razas fueran los alemanes, de amos, y los portugueses, de criados. Lo demás, para estos junkers, era paisaje.

Una de aquellas noches algo frescas del planalto, uno de los asiduos invitados, un tal Halter, nos hizo una descripción muy brillante de sus años de ocupación en París.

-Me estuve paseando durante todos esos años con mi uniforme, recibiendo sonrisas por doquier, siendo atendido el primero desde la boulangerie hasta la última sastrería -decía ufano Halter, un feliz propietario de una hacienda de café que le reportaba los suficientes beneficios como para permitirse un par de lujosos viajes a Europa al año. El último día, antes de salir, pues los americanos, no los franceses, se acercaban, a mi peluquero se le saltaron las lágrimas y me dijo que esperaba tenerme de nuevo como cliente muy pronto, “cuando acabe esta confusión señor Halter”, me decía, acompañándome a la puerta de su barbería, en pleno Montmartre. Ha, ha, y luego decían que aquel barrio era el bastión de la resistencia, unos gallinas, eso es lo que han sido toda su vida, un buena mesa y unas faldas bien ondulantes, y ya no necesitan más, concluía el plantador, entre los asentimientos y coloradotas sonrisas de los comensales.

            Halter también se jactaba de haber formado parte de la Legión Cóndor –de entonces databa su conocimiento del español, lo que hacía que hablase un portuñol detestable-, de haber tenido novias en todas las provincias castellanas, incluso en Salamanca, que ya debía ser difícil en aquellos años. Sus contactos en España le habían permitido encargarse de comprar tierras por Cádiz para revenderlas a compatriotas que iban abandonando Alemania desde 1944. Desde allí dió el salto al Algarve y de allí, a Cuanza Sur. Luego, al hablar más rato con este inmenso alemán de mostachos que casi le llegaban a las patillas, se descubría que nunca había pilotado un avión, había estado sólo en los servicios de tierra, al frente de los mecánicos, y que toda su formación consistía en unos cursos de maquinaria y motores. Pero en eso era excelente, a pesar de las manazas enormes, casi tan grandes como las del gigante Haraldsson, y era el responsable de que toda la maquinaria de las grandes haciendas alemanas funcionase como un reloj, a pesar de los negros, como él decía y de que las aduanas portuguesas retrasasen siempre las franquicias para las piezas de recambio que se hacía traer directamente de Alemania. Tenía también intereses en la Ford Werke.

Conservar la colonia segura con el correspondiente dispositivo militar era el único proyecto que entendían aquellos plantadores. Un territorio ocupado en toda regla, sin mezclas ni imaginación. Para ellos, los negros eran netamente inferiores y sólo podían ser, como mucho, terroristas, bandoleros o carne de cañón. La debacle francesa no interesaba. A ojos de estos junkers de la época del kaiser Guillermo II, adoctrinados en la guerra total de Clausewitz, la derrota francesa en Indochina, la claudicación –así la llamaban- de Argel, no era sino una prueba de su debilidad, de su irrelevancia militar y de su afeminamiento como raza, confirmada en ambas guerras mundiales, en franco-prusiana y en cuantos enfrentamientos históricos habían tenido con los detestados franceses.

Veía yo que las utópicas tesis y proyectos del Senhor Doutor iban a tener que recorrer un arduo camino hasta ser aceptadas. Tras muchas reuniones, el único convencido de ellas era el conde. Me sabía el papel y hacía mi exposición al comienzo de las cenas, antes de que el alcohol hubiera empezado a nublar las mentes y enturbiar los ojos de aquellos agricultores soldados. Ante su impermeabilidad, sin embargo, empecé a sospechar si todo ésto no era más que un embeleco imaginado por el Presidente del Consejo y por su fiel secretario administrativista para ir ganando tiempo mientras preparaban una gran ofensiva militar de guerra total, a la alemana.

-¿Cuándo ganaron esos caballeros (los franceses) la última batalla?, repetía Von Coerper desde la cabecera de la mesa con una sardónica sonrisa- antes de Waterloo, sin duda.

-Crimea…-aventuraba alguno menos francófobo.

-Hace más de cien años y si no hubiese sido por los ingleses, no hubiera vuelto ni un francés de Sebastopol- concluía, chispeando de ironía y lanzando miradas de soslayo a los escasos invitados portugueses y belgas (si éstos eran flamencos, cumplimentaban a Von Coerper, ach so, ach so, con grandes gestos y risotadas, algunos de ellos golpeándose alegremente las altas botas con sus inseparables chicotes, como animándose).

-Pero sin embargo tienen París lleno de nombres de la guerra de Crimea –añadía Halter, el experto en temas franceses, debido a sus paseos y holganzas en el plácido París ocupado.

-¿Qué se puede esperar de un ejército al que no se le ocurrió otra cosa que enviar al cursi de Giraudoux a formar las tropas portuguesas que iban a los campos de Flandes ?, cortaba otro granjero colorado y agitado.

Yo me temía que terminasen metiendo al ejército portugués en las diatribas, ironías y sarcasmos que lanzaban enardecidos contra el francés y miré al conde. Aunque todos sabíamos que habíamos hecho un pobre papel en los campos de Flandes, donde se quedaron la inmensa mayoría de nuestros camponeses[1] enviados como carne de cañón para satisfacer al inglés…

-Compromisos ineludibles de Portugal , nuestro país casi adoptivo, para con su madrastra Inglaterra, terció y cortó Von Coerper, que había captado mi inquietud por cómo derivaba la conversación.

[1] 50.000 portugueses quedaron enterrados en el fango de flandes en la Primera Guerra Mundial en una especie de tributo en especie ofrecido por Portugal a los aliados. Mal instruidos, fueron pasto de la artillería alemana en pocas semanas.


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