Misión en Angola. Episodio 27. Los sospechosos -para la PIDE- conocimientos del barón Von Stapel.

23 marzo, 2016

El barón sabía muchos de los dialectos indígenas, lo que a finales de los sesenta había parecido a la PIDE una señal inequívoca de sus contactos con la guerrilla.

El gabinete de curiosidades de Von Stapel hacía las delicias de los celosos e ineptos pides -a la par que iletrados- que habían leído precipitadamente, para superar las oposiciones de ascenso, los viejos manuales de espionaje. El barón era un coleccionista empedernido; iba clasificando hojas de plantas imposibles que, debidamente prensadas durante semanas, engrosaban sus cuidados cuadernos. Las nervaduras, las manchas de las hojas, eran a los ojos de los probos funcionarios de la policía, otros tantos planos de los campamentos del ejército portugués en el sur con sus casamatas, blocaos, arsenales, caminos y, para colmo, cuando el tenaz barón había guardado varias hojas de un mismo árbol, eran las formas de defensa, las estrategias de ataque, los puntos vulnerables lo que los calenturientos pides creían leer en las inocentes hojas, a veces de una inmensidad casi cartográfica, que el barón guardaba entre cartones, con breves anotaciones en alemán. Además, Von Stapel, ameno científico, apuntaba la fecha y el lugar donde había recogido la muestra, lo que permitía a la policía seguir un itinerario paralelo al de alguna reciente y no comprobada incursión de bandoleros. Avidos de éxitos que vender a los exigentes jefes, inventaban cualquier superchería para cubrirse sus holgazanas espaldas, aunque para ello tuvieran que ensuciar la reputación de un sabio honesto .

Para terminar de colmar de satisfacción al inefable inspector Rosa, allá en la lejana Luanda, ansioso de por una vez aportar alguna luz intelectual a las pesquisas normalmente brutales y basadas en confidentes zafios, borrachos o tahúres, también encontraron en el revoltijo general de su casa perdida en las inmediaciones de la hacienda del conde multitud de objetos altamente sospechosos como piedras pintadas, maderas talladas y, misterio profundo, ciertas clases de mariposas cuyas extrañas alas a veces parecían coincidir en las turbias mentes pidescas, tras muchas copas de ginginhas y cachazas, en noches de calor e insomnio, con los presuntos planos de la disposición defensiva de los comandos. La PIDE logró interceptar envíos de lepidópteros, cartones con hojarasca varia y demás pruebas de la taimada y artera tarea científica del inocente y despistado barón. Se contaba después del 25 de abril, con cierta rechifla, que uno de los militares que tomaron la sede de la PIDE, despchó con unos cuantos manotazos todas aquellas pruebas acumuladas que dormían en combados y sucios estantes esperando el descifrador que nunca llegó. Por la Feria de Ladra, el Rastro de Lisboa, por detrás de São Vicente de Fora, terminarían vendiéndose meses después las cajas de mariposas, minerales y los libros de botánica que cuidadosamente había ido ordenando mi estimado barón.

Cuando por fin fue asignado a residencia en la polvorienta y desolada Moçamedes, ciudad de arena y salmuera, los pides le intervinieron además todos sus trabajos sobre la lengua bosquimana, que ya se sabe se expresa con chasquidos y que Von Stapel no había encontrado otro modo de codificarla más que a base de números y letras peligrosamente parecidos a los códigos navales y militares. El barón tenía además un profundo respeto por la población de aquellas zonas del sur, pues pertenecían a la etnia de los hereros, de cuya práctica extinción en el Sudoeste africano se sentía solidariamente culpable como alemán. Para los pides, los negros eran simplemente salvajes, caníbales, y no les entraba en sus acorchadas cabezas que un científico alemán pudiera interesarse por su forma de hablar. “Son macacos, no interesa. Eso es otra cosa”, y se llevaron fichas y cuadernos, dibujos y viejos mapas, todo lo cual desaparecería en alguno de sus edificios.

En 1970 abandonaría Moçamedes por el vecino Porto Alexandre, la vieja ciudad de salazones y ballenas -a Von Stapel le gustaba decir que salió de lo que consideraba su patria, Angola, que era una ballena varada, desorientada en una playa desolada del Atlántico- donde se había retirado después de que el FNLA le quemase su modesta hacienda. Allí, en la antigua ciudad sobre el desierto, moriría su mujer. Solo, pobre, sin más bagajes que sus libros, partiría hacia el Brasil para retornar en 1978 a Lisboa donde nunca se le hizo justicia, quizás por ser un testigo molesto para viejos y nuevos dirigentes.

El fue, junto con Von Bodenberg, quien se movilizaría cerca de los oficiales menos conservadores para sacarme de las garras de la policía política con el tesón y valentía que sólo dos activos resistentes al nazismo como ellos eran capaces de mostrar sin temor a los peligros ni arredrarse a las amenazas de la energuménica PIDE.

Según tengo entendido, todos aquellos libros y carpetas duermen bajo el polvo en la Sociedade de Geographia de Portas de Santo Antão, esperando que se levante ese embargo bienpensante que ha caído sobre nuestra presencia en Angola. El barón, limitado por el uso del portugués, una lengua que no era la suya, y sin encontrar jamás un editor alemán que se interesase en sus trabajos, había publicado apenas dos pequeñas separatas, que una amable estudiante suya había puesto en portugués correcto. Hoy, esos estudios singulares sobre dos casos de tribus o sub tribus ya extinguidas, son inencontrables. El resto de sus papeles, por un azar de la historia, han terminado, algo más de un siglo después que se fundasen tan polvorientos archivos, en la que fuera institución pionera en el fomento de nuestra colonia, bajo el visionario mandato del maestro Luciano Cordeiro y del egregio marqués Sá da Bandeira, cuyo llevaba el nombre la otrora bella, hoy revolucionaria -y destruida- ciudad de Lubango, sita en una alta montaña.

Despacio, subí la calle vacía de Domingos Sequeira, pasé por el cinema París y me instalé en A Tentadora, en la esquina de Saraiva de Carvalho; donde, al sonido familiar y triste de la campanilla de algún tranvía reluciente bajo el agua que caía como lágrimas, de camino al cementerio de los Prazeres (nombre que viene de placeres acuíferos, no de placeres sensibles, lo que explico para mis lectores), tomaría un último café en honor de mi dilecto barón. Mi último testigo de la Operación Feijoada se había despedido.

Pero yo tenía aún una especial tarea para cerrar aquella operación. Aunque hubieran pasado más de treinta y cinco años y aunque en su día no hubiera evitado ni la PIDE, ni la CIA, ni los intelectuales herbáceos de Luanda, ni el servicio de información militar y, mucho menos la seducción -de la femme fatale Lilo- que me desvió de mi objetivo y me echó de bruces en manos de los pides;  siempre he sostenido y defendido que logré mantenerme frío y distante de las seductoras bailarinas andaluzas y brasileñas de las boîtes de Luanda.


Misión en Angola. Episodio 26. Revelaciones tardías del barón Von Stapel

29 febrero, 2016

Además de Dumba, mi último gran amigo de aquellos tiempos fugaces del Planalto fue el barón Von Stapel, al que había conocido demasiado tarde. Con él reanudé la relación cuando casi doce años después se instaló en Lisboa, en un piso queirosiano de la rua Mouzinho da Silveira, frente al palacio Medeiros. En aquel piso, entre libros y mapas antiguos, con ese olor a polvo de sabiduría de las viejas bibliotecas, he pasado lo mejor de la década de los ochenta, lejos de los tumultos políticos y en la placidez de los tiempos pasados. Allí descubrí mi pasión por la bibliofilia y el spicy tea, única bebida que parecía tolerar el barón.

Recuerdo cómo, ya pasada la Revolución de los claveles, sacó una tarde un viejo archivador y, tras buscar unos minutos, extrajo dos papeles amarillentos, uno en francés, otro en alemán. Este, con una pequeña fotografía en el ángulo superior derecho. Era de un joven en uniforme -no distinguía bien las solapas, pero Von Stapel susurró, SS-.

-¿No le resulta un rostro familiar?

-Sí, algo me dice…

-¿Y el apellido?, Fürst.

-No caigo.

-Este señor no es sino el padre de su querida en Angola, de aquella señorita que no le dejaba un minuto, Liselotte…Forst, una leve variación de Fürst.

Ante mi sorpresa, el barón continuó.

-Yo tampoco lo supe hasta mucho más tarde, en Brasil. Su padre se estrenó como SS en Francia, tiene prohibida la entrada en ese país. Se refugió en Brasil donde vive su retiro con toda tranquilidad, admirado y reconfortado por el club alemán de Curitiba. De ahí la gran fluidez de aquella chica en portugués. Ella llegó al Brasil con apenas cinco años. Y después, en Angola trabajó para la PIDE, la naturaleza le llevaba a ese campo. Ella fue la que me denunció y la que le denunció a usted y, por supuesto, la responsable de la muerte de aquel belga.

-Lilo, ¡imposible! Al belga Herrinkx lo mató la guerrilla.

-No saque conclusiones tan pronto ¿Cómo cree que aquellos pides, que no sabían alemán, que rehuían acomplejados el contacto con los colonos alemanes, sabían tanto de toda aquella operación? Liselotte traducía para usted y también para la policía política portuguesa, no sea usted ingenuo.

-Sí, la verdad es que los tipos de Luanda sabían todo, pero yo lo atribuí a los chóferes de los Land Rover que nos condujeron por todo aquel periplo.

-No, esos no hablaban más que quimbundu y un poco de portugués. Fué ella. Desapareció de Angola al poco. En todo caso, aquí tiene dos documentos de su ilustre padre; como verá, la joven no podía tener mejor currículum, y me tendió los papeles para que los viera con tranquilidad.

-Bueno, pero ella no iba a ser culpable de lo que su padre hubiera hecho, dije, devolviéndole aquellos documentos tan evidentes.

-Sí, de acuerdo, pero vivió siempre con él, bebió en sus fuentes, y luego el conde y yo fuimos atando cabos. Nada más llegar usted, se hizo la encontradiza, lo sedujo, lo acompañó, estuvo presente en todas las cenas y reuniones, con el pretexto de traducirle y de hacer de cicerone. Esta señorita no había nunca frecuentado nuestras reuniones, no era como nosotros.

-¿Actuó por resentimiento?

-Y porque le pagaban bien. Ella no tenía dinero, vivía, digamos -dudó un momento en decirlo- de una prostitución de lujo, para entendernos.

-¿Y cómo un hombre tan avezado como el conde pudo recomendármela, contratarla ?

-El conde era demasiado aristócrata para pensar mal de la gente. Y se la había recomendado Halter…

-¿El de la Legión Cóndor ? Menuda recomendación.

-Sí, pero un militar de los pies a la cabeza, y eso al conde le hacía perder toda prevención. Para él un militar siempre era honorable.

-¿Qué habrá sido de ella ?

-No se preocupe, se volvió al Brasil, cazó un diplomático español algo viejete, ya en fin de carrera y me parece que ahora vive un retiro dorado en la Costa del Sol, con la herencia del viejo.

Yo me sentí póstumamente algo humillado en mi donjuanismo pues lo que pensaba una conquista no era más que trabajo a sueldo de la PIDE. Eso sí, la Policía Interancional de Defensa del Estado me proporcionó nueve semanas de desafuero total, como nunca más he tenido en toda mi lusitana existencia.

La rua do Patrocinio baja trazando una leve curva desde el Campo de Ourique, enfrente mismo del café de mis encuentros galantes de otrora, A Tentadora, hacia la rua Santo Antonio a Estrela. Está empedrada de guijos negros, irregulares. A la derecha, un despacho de pan donde, desde hace años, salazarista impenitente, el señor Alves sirve a una clientela de abuelas y de niños que van a la escuela, disertando sobre el estado de nuestra nación, y un poco más abajo deja a su izquierda el viejo palacio de los…. La bordean casas modestas y algo decrépitas. Frente al palacio está el cementerio alemán, siempre cerrado, con unos cipreses grandes y sombríos y unas tumbas románticas con letras góticas y verdín. Descansan allí incluso algunos oficiales de la Kriegsmarine cuyo navío fue hundido por los ingleses en el largo de Ericeira allá por 1944. Y unos viejos nobles, comerciantes olvidados y algún que otro nazi emboscado en la postguerra que vivió sin ser molestado en nuestra Lisboa del Estado Novo.

Allí nos encontramos el 24 de septiembre de 1989 unos pocos viejos amigos para acompañar en su último destierro al barón Von Stapel. Las primeras tormentas habían ocultado el sol, trayéndonos un otoño triste que duraría meses. Las calles rezumaban agua y yo pensaba en los lejanos días claros del planalto, en la veranda de Von Stapel, en su esposa Jutte de una modestia antigua, de vieja alemana digna y laboriosa. Un circunspecto empleado de la embajada alemana, oficioso y taciturno, era el único enlace oficial y germano en aquel responso. Los demás, amigos descubiertos hacía unos instantes para perdernos inmediatamente en la lluvia triste y no volvernos a vernos más.

Von Stapel, viudo, encerrado en su viejo piso de la rua Mouzinho da Silveira que olía a libros, había pasado sus últimos años recopilando cuidadosamente sus estudios y completando sus fichas sobre los últimos bosquimanos del distrito de Namibe y de Huila, intentando corroborar las conclusiones algo superficiales del padre Carlos Eastermann, otro estudioso, todo lo que había sido su pasión durante toda su pacífica e inofensiva vida, en la que se preció de la amistad del gran estudioso que fue nuestro Antonio de Almeida. Algunas tardes, avaro de mi tiempo y que hoy me parecen pocas ahora que ya no está, le había hecho compañía y le había escuchado disertar con su todavía fuerte acento alemán, en un portugués que tenía algo de brasileño, sobre los kwengo, los vazama o bosquimanos negros, los kwankhala, los khun, los mucucuancalas y los cassequeles, entre otros innumerables grupos que las guerras civiles habrán dispersado o llevado a la total extinción pero que durante la colonia se mantuvieron preservados y aislados, sin ser inquietados.

 


Misión en Angola. Episodio 21. El bridge y la inteligencia de la PIDE

22 diciembre, 2015

Excuso contar todos aquellos interrogatorios, siempre de madrugada, en sótanos calientes y sin aire renovado desde hacía años, con la boca seca delante de los cafés que los pides saboreaban con fruición o la botella de zumo que alguno bebía ostensiblemente con deleite mientras me espiaba de reojo. En los cuartos que íbamos pasando, los policías con insomnio jugaban interminables, silenciosas y aburridas partidas de ajedrez, para avivar su mente y su improbable espíritu de deducción, con el incierto resultado de conseguir que excitasen su fanatismo viendo por todas partes peones subversivos que entorpecían la marcha del emperador o rey y de sus secuaces torres y caballos. De vez en cuando, en aquellas idas y venidas de calabozos y salas de interrogatorio, me cruzaba con algún detenido, conducido esposado y cabizbajo. Solían ser mestizos, los más claros modelos de assimilados, fruto de nuestra obra colonizadora pues, como siempre ha sido, los más espabilados eran los primeros en organizarse, emprendiendo el arduo camino de la subversión, aquél contra el que el señor Doutor había proclamado su famoso rápidamente y masivamente (es decir, rápida y masiva represión). No los encontraba dos veces, masivamente eran torturados y rápidamente desaparecidos, aunque entonces yo aún no fuera consciente de la dimensión de la acción policial, crédulo del proyecto afrobrasileño. Pero aún así, evitaba cruzar sus miradas por miedo a que los ajedrecistas dedujeran algún enlace oculto. Yo, privilegiado, sólo recibía algún bofetón puramente educativo, docente, de cuando en cuando. No en vano el ochenta por ciento de los pides alardeaban de tener estudios superiores. No eran de la turba soldadesca de las Beiras, lejos de tal.

Uno de los momentos más interesantes fue cuando el pide que respondía al nombre, probablemente de préstamo, Senac, me mostró un pequeño papel de fumar con unos números :

A J 5 4           Q 8 6 3           7 2                  K 10 9

A K J 10         Q 8 4              7 6 5 3 2        9

3                     A J 5 4           K 2                 Q 10 9 8 7 6

Q 10 4 2        6 5                  A J 7 3           K 9 8

Toca oeste, y debajo, N/S Vulnerable.

El tal Senac estaba encantado con su hallazgo, al parecer entre las páginas de un libro del padre Vieira que yo transportaba conmigo, sin haber conseguido leer una sola página en toda mi estadía. Para él, ahí estaba la clave de todo. No conseguí jamás convencerlo que era una fórmula del bridge, una partida que el conde, o el barón, o alguien, me había puesto una tarde como ejercicio. Muchos años después, aún me entretengo repasando todo el expediente, que me ha sido devuelto tras el 25 de abril y del que transcribo parte de los papeles y fórmulas mágicas que hicieron soñar a los pides con una gran conjura germano belga para entregar el sur de Angola a los nostálgicos de Windhoek.

Los esbirros de la PIDE tenían ese odio atávico al señorito de Estoril y Cascais, con quien identificaban el juego del bridge. El bridge que sin embargo no es un juego sino un deporte, como yo trataba de convencerlos, ni más ni menos que el fútbol, a bola, como decían ellos. Pero mi supina ignorancia del balompié y su resentimiento de clase fueron obstáculos insalvables para demostrarles que yo era inocente de toda conspiración.

Perdí la cuenta de los días y las noches que pasé en tan buena compañía, conté lo poco que sabía -ellos ya sabían aparentemente todo- y traté de no corroborar todo lo que ellos afirmaban. En fin, intenté sobreponerme al miedo y la desorientación, convencido de que el senhor Doutor, al fin y al cabo, me echaría un cable. Y como al único que podía denunciar era a él, estaba con el ánimo relativamente tranquilo. Hablé mucho de Couto, cuya frecuentación consideraba una buena coartada.

Se encasquillaron en varios papeles y misivas que los del hotel, horribles colaboracionistas, les debían haber pasado. Todavía recuerdo cómo insistían una y otra vez en un mensaje absurdo y absolutamente misterioso que decía:

La única defensa posible es alzarse con el trébol y así el Este podrá obtener dos ruffs.

También recuerdo su turbación y desconcierto generalizado cuando se me ocurrió soltar la palabra maniqueo en una de aquellas madrugadas húmedas y mareantes. Ellos creían que aludía a Pina Manique, ese histórico comisario de policía que aterrorizó a los liberales, para los pides un héroe, un precursor, lo que contribuyó aún más a hacerme más impopular si cabe entre aquellos energúmenos. Durante días estuvieron preguntándome qué quería exactamente decir con esa especie de insulto, tras haber escudriñado cuanto diccionario -que debería ser malísimo- pudieron encontrar en sus mugrientas oficinas. Lo hallaron de lo más sospechoso. Incluso creyeron que me refería a otro tal Manique, un oscuro subversivo que ellos habían hecho desaparecer hacía unos meses.

Creo que mi libertad sin cargos fue un alivio para sus tórridas y acorchadas mentes. Había uno especialmente, apodado ‘el Adobe’, que paseaba una panza tensa como un tambor y su aire gaseoso entre las mesas con una especie de rabia contenida porque « no entendía ». Era alentejano y mi heredad en Alcácer do Sal, en cuyas tierras había trabajado su padre, le mantenían en el dilema de la revancha popular y el respeto reverencial de generaciones con un analfabetismo sideral por cuyo perpetuación tanto nos habíamos esforzado las clases altas, incluso despidiendo al osado jornalero que enviase a su hijo a una escuela, práctica bastante habitual en nuestras quintas y haciendas.

La confusión general terminó de extenderse por los servicios cuando un avispado pide, ex seminarista, pálido, granujiento y probablemente onanista, cayó en la cuenta de que en el distrito norteño de Zaire existía el puente de M’Bridge, sin duda apto para que los terroristas que venían del ex Congo Belga introdujeran las armas por aquellos parajes. Que encima uno de los palos del juego sean los diamantes ya los terminaba de sacar totalmente de quicio. La conspiración iba tomando forma entre cafés, cigarros y vasos de cachaça. El ‘seminarista’, que respondía al nombre de Isaque, Isaque Salgadoera, el sedicente experto en cartografía.

Pero si el arte de la deducción y el análisis no eran lo suyo, eran excelentes en reclutar los más variopintos confidentes, soplones, infiltrados, provocadores y demás ralea con cuyos informes algo borrosos iban nuestros serviciales pides construyendo sus castillos de cartas, no de bridge, para, a su vez, tener entretenido al poder de la metrópoli. Por ejemplo, conocían todas mis andanzas con Lilo de primera mano. Ello hizo que aunque no hubiera estado enamorado, me acompañase una sensación de abandono cuando descubrí que aquel placer había traído esta desgracia, como la purga de mi pecado, lo que venía aconfirmar todas las crudas advertencias que nos hacían los Salesianos en los ejercicios espirituales sobre los vicios de la carne y el consiguiente castigo por pecar contra el único mandamiento que importaba, el sexto.

A pesar de que habrían pedido verificaciones a Lisboa y los informes sobre mi pasado no podían ser más que lo más apaciguado y mediocre que el objeto de sus pesquisas, los pides seguían enfrascados y absolutamente ofuscados por aquellas inocentes claves y muestras del bridge, embotado el entendimiento entre tabaco y cachaça, en un mareo total. Por fin, gracias al barón Von Ahlefeldt, al conde y a un par de militares con algo de sentido común (y a la longa manus de Marcello -Caetano-, sospecho hoy), una buena mañana quedé en libertad sin más explicaciones. El fanfarrón de A Alcatra, aquel militar que llamaban Dumba, y que yo al principio había calificado para mi uso personal como un militarón, estaba pacientemente esperándome en un UMM flamante con neumáticos blancos de la policía militar. Noté su mirada mezcla de reproche, simpatía y bienvenida.

Pasé tranquilamente un par de semanas en el fuerte de San Miguel, bajo plena jurisdicción militar y a los cuidados de Dumba. Las tardes somnolientas, regadas con whisky de importación y mucho naipe (no bridge, desgraciadamente) las aproveché para ordenar mis notas que remitiría, una vez llegado a Lisboa, al pequeño funcionario de San Bento. No eché en absoluto de menos el hotel Globo ; las piedras edificadas por nuestros ancestros en el sólido y eterno fuerte mantenían una temperatura mucho más llevadera en aquellas salas abovedadas por las que entraba el aire marino. Reconocí que había sido injusto con Dumba que unía, a su fiereza militar natural, un extraordinario sentido común y un desprecio por los malolientes pides que él consideraba militares frustrados y tan cobardes que se habían refugiado en la tortura, la delación y la molicie para eludir el servicio de las armas. « Sólo disparan contra la gente desarmada », escupía Dumba, haciendo un gesto de asco con la boca.

Dumba, desde nuestro encuentro en Lisboa, había estado instruyendo comandos sobre el terreno y unos pides borrachos de los que seguían a nuestros soldados para ir limpiando las zonas de simpatizantes de los terroristas, le habían hablado de Couto y de mí.

-Decían que trabajabas para los belgas y para la ONU.

-¿De dónde se sacaban esas historias ?

-Un tal Couto, ¿lo conoce ?

-Sí, claro, es el tío de mi novia.

-Un pájaro. Por lo visto les habló de sus andanzas por las haciendas alemanas, de sus contactos con un belga…

-¿Herrinkx ?. Ha muerto, lo mataron en el sur.

-Ellos decían que el belga transportaba armas para la guerrilla, aprovechándose de su trabajo de reclutamiento de trabajadores para la De Beers.

-Yo creo que no, parecía un personaje inofensivo y nada politizado. Y la De Beers le pagaría bien, no necesitaba…

-Bueno, nosotros hemos visto de todo, suecos, americanos, vendiendo armas, traficando con la guerrilla, hablando con nosotros para luego informar de nuestras posiciones al enemigo. Aquí en Africa con el mambo que hay montado todas las ideas que pudiéramos traer del país dejan de ser válidas en cuanto desembarcamos.

-Herrinkx era hombre de confianza de Von Bodenberg. Por eso participó en nuestras reuniones. Al revés, si lo mataron era porque era un tipo cabal.

-A alguien le estorbaba, afirmó rotundo Dumba, aspirando el humo de un cigarrillo más. Y no a los guerrilleros, ésos no saben nada de ésto. Lo matarían los negros, pero la orden salió de otro lado. De aquí cerca.

-¿Couto ?

-¿Sabe usted que llenaron el camión de cajas de fusiles checos ? ¿que hicieron fotografías de todo antes de levantar el cadáver del que, curiosamente, no hay ni una sola fotografía ?


La pluma del cormorán

Lecturas y paisajes

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: