Mi semana en Bakú y el origen de las plantas cultivadas

20 enero, 2020

Cuando fui a Bakú tenía 19 años. Era en 1970 y el Partido me consiguió un pasaporte ‘blanco’, que luego quedaba en su poder mientras yo volvía a España tranquilamente con mi pasaporte español válido “excepto para Rusia y los países satélites” impoluto, con sólo el sello de la aduana de Irún. El viaje era en el tren Puerta del Sol, que tenía que cambiar de ejes, por la diferencia de anchura de vías, en Hendaya. Iba atestado de trabajadores portugueses, con opíparas cenas de pescados y demás en papel de estraza, y de marroquíes dormidos bajo mantas. En Austerlitz nos recibió un adusto camarada, bien repeinado, con la manía de repetir ‘o sea’ a cada frase.

Bakú es la capital del Azerbaiyán, una de las quince repúblicas soviéticas de entonces, donde había una curiosa mezcla de nacionalidades (de las setenta que componían oficialmente la URSS) y de lenguas. Desde los tiempos de Catalina la Grande, a finales del siglo XVIII, había formado parte del imperio ruso, conquistada definitivamente en 1822 por el legendario general Yermolov y sus cosacos. Sobre el caos oriental imperaba la razón occidental.

Jiamil Janiarov, En los campos del Azerbaiyán

Apresuradamente, desde que supe que había sido invitado a Bakú, me enfrasqué en un manual de Assimil que había pertenecido a mi padre, Le russe sans peine, pero más adelante explico cómo no me sirvió absolutamente de nada, entre otras cosas porque teníamos una guía de Alemania del Este, del Intourist, que hablaba perfectamente un español con un delicioso acento cubano. Se llamaba Lilo, tenía el pelo muy negro y los ojos como de cobalto.

A la delegación de jóvenes comunistas de Europa occidental empezaron por recibirnos y agasajarnos en el Palacio de los Pioneros. De España sólo veníamos cuatro, Elies, un catalán cuyo padre había sido pintor, una chica mallorquina parecida a María del Mar Bonet, pero algo sosa, y un donostiarra, Alfredo, grandón, que no parecía comunista y se pasó la semana sospechosamente hablando de Gabilondo, una fábrica de pistolas que decía estaba cerca de su tierra (pero estaba en Vitoria).

 Pasé solamente una semana, aunque me hubiera quedado todo el verano. Hacía mucho calor, bochorno, era agosto. Bakú, de anchas avenidas, edificios bastante suntuosos, salvo la vieja medina que conserva su laberinto típicamente árabe, está en la península de Apsheron, sobre la costa oeste del mar Caspio. Se tenía una extraña sensación de estar en Asia pero con calles y edificios muy europeos. En ninguno de los edificios donde estuvimos había la menor instalación de aire acondicionado, sólo a veces unos enormes ventiladores en el techo que giraban muy despacio. Pero las noches fueron magníficas, perfumadas por los jardines en flor y las arboledas de cipreses y frutales. Nos instalaron en en una especie de ciudad sindical que llamaban Campo Internacional Gyanlick, que acababan de terminar en medio del campo, rodeado de granjas o koljoses y de sembrados. Un poco en medio de ninguna parte.

El campo internacional Gyanlick

La ciudad, con las calles y parque limpios y cuidados, aparecía sin embargo sumida en una especie de polvareda amarillenta y el viento, que no paraba, no quitaba ese bochorno. Había, dentro del ajetreo industrial de la ciudad, como una especie de confort y confianza, una nonchalance en las gentes que, tras el trabajo, paseaban en mangas de camisa, las mujeres con sus graciosos vestidos claros y estampados, por las aceras arboladas, entraban en las heladerías y en las librerías, leían el Pravda –del día anterior, me dijeron- sentados en los bancos; muchos jugaban interminables y silenciosas partidas de ajedrez en una mesas dispuestas al efecto en las sombras, con el tablero dibujado en la chapa. También vi mucha gente en las colas de los numerosos cines. Los rusos eran casi todos rubios, claros, mientras la inmensa mayoría de la población era oscura y los azerbaiyanos parecían persas, pero sin barba. A veces, cerca de la parte vieja, se veían tipos con atavío musulmán.

La guía alemana Lilo fue compartiendo confidencias conmigo. Resultaba que su padre había combatido con la Wehrmacht en Rusia. Cuando volvió a Berlín se hizo del Partido y logró así limpiar su turbio pasado. Sus tres hijos estudiaron becados por el gobierno alemán y Lilo se enamoró de un soldado soviético, de ahí que hubiera terminado en el Intourist y en las orillas del Mar Caspio, un mar gris, como grasiento. Trabajar para la Unión Soviética era para ella una especie de catarsis. Nunca le había preguntado a su padre qué hizo ni dónde estuvo. Su novio la había dejado y estaba en guarnición en algún lugar de Asia. Todo eso me lo contó mientras, terminadas las visitas instructivas, podíamos robar algún tiempo para pasear por el bulevar sobre la costa, por la avenida umbrosa, la Alameda del Honor, parándonos a tomar algún delicioso helado en los aguaduchos que había por todas partes. Allí probé por primera vez un helado verde, que era de pistacho. Los árboles, los macizos de arbustos, estaban recubiertos de ese mismo polvillo amarillento muy fino. Pero el suelo estaba húmedo del riego casi permanente que recibían todos aquellos jardines. De vez en cuando venían unas tufaradas como de olor a alquitrán. De los pozos en el Caspio, nos decían.

Los tres principales asuntos que amenizaron nuestra visita eran la alfabetización y la cultura, las industrias no petrolíferas y la agricultura y los ensayos botánicos.

En el Instituto Pedagógico nos explicaron todo el proceso de alfabetización emprendido en 1920, cuando sólo el 3% de la población sabía escribir. Conservaron la lengua azerí y enseñaron, implantaron, la rusa, pero tenían a gala presentarnos a escritores que escribían, como decíamos entonces en España, en la lengua vernácula, aunque la mayoría escribía en ruso. A los españoles, Lilo nos presentó a Mirzá Ibraguimov, una celebridad que había escrito una obra de teatro sobre la defensa de Madrid en la guerra civil. Hablar de la Gran Guerra Patria, la Segunda guerra mundial, iba parejo con alusiones a la guerra de España, como dos hitos de la lucha contra el fascismo. De hecho, algunos de los escritores, los más viejos, llevaban condecoraciones. Muchos parecían más funcionarios que escritores. También pudimos conocer a un compositor que había hecho la banda sonora de la película Don Quijote, un tal Kará Karaev. De todos estos nombres me acuerdo por que los apunté en un minúsculo cuadernillo que logré traer de vuelta a Madrid aquel verano.

Nos dieron una conferencia sobre literatura, subrayando lo que llamaban “contemporaneidad” y contar la “realidad de la vida socialista”. Pero resulta que estaban más interesados en Cervantes, Lope de Vega y hasta en Caballero Bonald, que en nuestra literatura realista del momento. Con las innumerables botellas de vino y los cigarrillos que fumaban a todo momento, las lenguas se iban soltando; el grupo hispanófono e italiano era evidentemente el más locuaz.

En las artes se limitaron a enseñarnos las ancestrales del país, azulejos y tapices, lo que nos aburrió bastante a pesar del candor y entusiasmo que ponía la guía azerbaiyana.

La industria petroquímica era su gran orgullo, con el famoso petróleo blanco, de extraordinaria calidad, que extraían del Caspio. Varios ingenieros nos explicaron todas sus investigaciones, nos pusieron una película sobre los derricks y estacadas del mar Caspio, pero siempre hablándonos de cómo procuraban conservar la naturaleza y evitar la contaminación de las aguas, de sospechosos color oscuro.

Luego, dedicamos un par de jornadas al Jardín Botánico y a la agricultura, el otro tema estrella de nuestra visita. Allí nos hablaron de las clases de trigo que habían conseguido, del algodón y, por supuesto, de la vid que, como todos (debíamos) saber, es originaria de Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán), que se dice es la tierra de Noé. Al terminar cada conferencia, con su traducción correspondiente, nos ofrecían el excelente vino de la República y unos dulces orientales.

Como los cuatro españoles éramos de Derecho no entendimos mucha cosa de la visita al Botánico y una conferencia sobre el origen de las plantas cultivadas, con citas al sabio Nicolai Vavilov (que, nos susurró Lilo, murió en la cárcel a donde lo había enviado Stalin que también purgó a los biólogos), pero sí pudimos apreciar la inmensa cantidad de fruta de todos los colores y tamaños de uno de los mercados. Incluso el presumido Elies tuvo que reconocer que era mejor y había mucha más variedad que en la Boquería. Yo intenté memorizar algunas de las enjundiosas explicaciones sobre injertos, cebadas y trigos duros y blandos para podérselo contar a la vuelta a mi tío Ramón, gran agricultor propietario andaluz.

Lo que más me  impresionó de todas aquellas abstrusas explicaciones sobre semillas, injertos y demás arcanos botánicos, fue lo del regadío. Y, sobre todo, cómo habían investigado la relación entre los periodos secos y los lluviosos con la mayor o menor actividad solar y cómo el Volga podía menguar y el nivel de las aguas del mar Caspio subir o bajar hasta ocho metros en varios siglos. Esto lo habían comprobado los soviéticos con estudios arqueológicos -nos amplió y explicó la amable Lilo tras las conferencias.

Los españoles hicimos pandilla con los dos portugueses y con los diez italianos enviados por el PCI, que estaban mucho más interesados en su rubia guía y en otras cuantas rusas que en los discursos y repetidas anécdotas sobre un guerrillero azerbaiyano que había luchado con la Resistencia italiana en el Adriático. Los alemanes del Este y unos cuantos franceses no cruzaron palabra con nosotros, a pesar de que yo les hablé a éstos en su lengua.

Una noche, la última, Lilo –Liselotte-, me invitó a cenar a mí solo. Tenía que ir por mi cuenta hasta su apartamento, situado en un barrio un poco extremo, de bloques obreros rodeados de jardines, menos bien cuidados que los del centro, pero anchos y abiertos, con cipreses también polvorientos y oscuros. Fui en un taxi Volga  que cogí en la plaza de la estación ferroviaria, prácticamente el único sitio donde se podía encontrar un taxi. El taxista era una especie de árabe, me parecía a mí, por el color y el atuendo. No pronunció una sola palabra en toda la carrera y se limitó a leer la dirección que ella me había escrito en una hoja del cuaderno que llevaba a todas horas, donde anotaba todo en alemán.

El apartamento constaba de una sola habitación que hacía de cocina, sala y dormitorio. Un canapé con cajones, una mesa con un flexo, un mapa del Azerbaiyán, un cartel cubano de la Zafra de los Diez Millones y una estantería donde había unas decenas de libros y un tocadiscos. Me puso a Serrat, un disco que había comprado en Cuba. Lilo me iba hablando de la cultura rusa, de la que yo sólo sabía de un libro de Dostoievski y de libros de Lenin que debíamos leer para esas reuniones de célula que se alargaban sábados enteros entre fumadores y bocadillos. Luego empezó a hablarme de España, a hacerme preguntas, digamos a sonsacarme sobre el Partido, que les había molestado que hubiera condenado la invasión de Checoslovaquia. Cuba y su zafra de los diez millones, ya no le interesaban gran cosa. Y yo quería otra.

Mañana empieza la cosecha, por Viktor Krílov

Cuando salí estaba amaneciendo. Ella me había pedido un taxi, otro inevitable Volga de gasoil, que me conducía, como irresoluto por la larga avenida Lenin, cruzándonos ya con los primeros autobuses atestados y humeantes que se dirigían a las fábricas de las afueras. Los faroles aún no se habían apagado y el cielo era de color natillas. Hacia el centro empezaban a circular los trolebuses. Yo me salté el centro o residencia sindical y me presenté directamente, sin dormir, en el ZVM, una especie de centro comercial estatal, supermarkt le llamaban, donde podíamos comprar los últimos recuerdos. Los españoles no compramos nada porque no hubiéramos podido pasar la aduana con recuerdos soviéticos, ni siquiera aquellos frascos de frutas y nueces en almíbar que eran deliciosas y que nos ofrecían por doquier. Eso sí, o no, no probamos el legendario caviar en toda la semana porque no debíamos tener la suficiente jerarquía para tal manjar.

Antes de irme aquella tarde, le dí a una mujer que limpiaba los pasillos con su pañuelo en la cabeza, el libro de poemas del ubicuo Nisamí en español, traducido por el conocido Farjad Aliev, un tipo muy simpático que nos había acompañado en la visita al Instituto Pedagógico y que era el traductor oficial del español al azerí y a la inversa, la estatuilla en una especie de granito que simbolizaba la creación de la república soviética el 28 de abril de 1920, y la cajita plateada forrada de terciopelo rojo con una medalla en bronce del Cincuenta aniversario de la revolución. Me miró alzando las cejas y no dijo nada, ni sonrió, guardando todo en una bolsa donde llevaba los trapos.

En la sala del aeropuerto no ví aquellos ojos de cobalto. Por la ventanilla del Iliushin que nos llevaba a Moscú, contemplé en silencio los extensos campos de algodón. Luego caí en un sueño profundo y no desperté hasta aterrizar en Moscú. Nunca ví las cumbres del Cáucaso. Por medio del club García Lorca de Bruselas le envié unas cuantas cartas a Bakú, a la avenida Narimov, pero nunca me contestó.

Este sería, por el azar de la policía española y la no renovación de mi pasaporte, el último viaje que hice al extranjero hasta 1976.


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