Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


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